RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Tob Cazamian
Una reacción previsible
Dedicado a R.

Todo fue bien a lo largo de los años que pasaron juntos. No había suficiente acero en  el mundo para construir un muro infranqueable que los separara. El amor incondicional que sentían el uno por el otro, y la fe ciega en su lealtad eterna, serían suficientes para hacer saltar por los aires cualquier obstáculo, incluyendo la distancia. Tan sólo la muerte de uno de ellos tendría poder por encima de una relación tan estrecha, por encima de su convicción en el amor, la amistad y el respeto profesados.

Parece ser que se conocieron durante el segundo año de instituto, hacia el 1985. Fue una década penosa y hortera, según convendrían luego Louis y Angela, pero dio cabida al perfecto inicio de su amor. Mil novecientos ochenta y cinco en particular fue un año lluvioso y feroz. En la pequeña ciudad de provincias donde vivían, Heartsville, una oleada de asesinatos dio al traste con la pálida estabilidad de la localidad, arruinada entre las montañas después de que las compañías mineras y madereras que operaban en la región sucumbieran a la crisis económica y cerraran sus puertas, dejando sin trabajo, y prácticamente en la calle, a gran parte de la población de Heartsville. Uno de los afectados por el cierre de las fábricas dedicó su tiempo y su furia enloquecida a asesinar en serie hasta a siete personas antes de ser detenido por la policía, juzgado por el tribunal y aniquilado por el verdugo mediante la silla eléctrica.

El primer encuentro de Louis y Angela disfrutó de un impecable escenario invernal. El instituto donde cursaban estudios fue, un siglo atrás, convento, y poseía esa arquitectura religiosa tan característica que parece diseñada para residir eternamente bajo la lluvia, sombría y dura como un demonio del bosque. Todo el edificio orbitaba en torno a una especie de jardín  interior sin flores, una plaza octogonal, sin techo, abierta a las alturas, quizás confiando en que las viejas plegarias llegasen al Creador sin que ningún artificio humano se interpusiera en su camino. En el centro del jardín se levantaba pétrea la escultura de una Madonna con el Niño en brazos, si bien la escena resultaba infinitamente triste y desoladora, provista de esa belleza que hay en la ternura humana, en el amor  y la protección de una madre a su hijo, aún cuando la vida reserva las peores penurias para el neonato.

Angela, una chica bonita y extraña, de perfil arisco e inteligencia acerada, estaba sentada en un bajo muro que separaba los pasillos interiores y el jardín. Caía una llovizna fina y helada, pero el viento era rápido y hacía silbar la antigua arquitectura. Las nubes se movían veloces hacia el este.

Louis también se movía veloz. Era un tipo alto y ágil, de espalda ancha y la expresión muy marcada del que sabe demasiado para que las cosas le importen un cuerno. De uno de sus hombros colgaba la mochila. No parecía abrigado, con un jersey fino marrón y los vaqueros agujereados a la altura de una rodilla, pero al verle uno no diría que sentía frío. En general era un adolescente muy maduro que no sentía grandes cosas. Había heredado el temperamento social del entorno, más que la perturbadora fragilidad de su madre o la fijación de su padre por ser cortés con todo el mundo. El clima y las agrestes montañas, sin embargo, sí parecían influir sobre su carácter, como inyectándose en sus venas y mutando su código genético más de lo que lo había hecho la combinación de sus progenitores.

Todo parecía colapsado o a punto de la ruina con aquel escenario de fondo. Algo flotaba en la luz de Heartsville que sacaba lo más árido de sus habitantes y lo más triste de los perfiles. Louis, sin embargo, se veía beneficiado por esta cualidad de la fotografía local, aunque no lo sabía y no le importaba. Angela lo vio allí por primera vez, y como suele ocurrir, lo primero que atrajo su atención fue la discreta y encerrada apostura del muchacho. Aunque no era un joven guapo, tenía un cuerpo flexible, casi sexy, bien formado, y unas facciones que parecían talladas. No eran bonitas, pero resultaban fuertes y peculiares, desinhibidas, y se consideraba atractivo si el gusto de una mujer se apartaba un poco de la norma.

Louis se apoyó en una de las columnas que soportaban el techo desde el muro bajo que conectaba el jardín y los pasillos por donde se accedía a las aulas. Había unos cuarenta alumnos conversando a la espera de que llegara el profesor, y se movían entre Louis y Angela velando la visión. Aunque Louis no observó en un primer momento la presencia de aquella chica recostada sobre la siguiente columna, a unos dos metros de distancia, se percató muy pronto de sus miradas. La chica estaba sola, era atractiva y no tenía reparos en mostrar su interés por él. Él, por su parte, no tuvo inconveniente en soportar algunas de sus miradas. Estaban solos -no allí en el instituto, sino probablemente en el mundo-, pero parecía existir una pulsión entre ambos que los dos percibieron enseguida. En aquel momento todo quedó decidido, sellado y proyectado para los siguientes años. De una manera absurdamente directa y cabal asumieron este hecho como una verdad inefable.

Sin embargo, Louis pensó que sería preferible no hablar con ella en un lugar tan vulgar, rodeado de unos compañeros cuyo silencio, en lugar de demostrar indiferencia o prestarles intimidad, absorvía los actos de los dos extraños como una bestia que roba la realidad con solo mirarla. Louis se acercó a Angela y  habló sin vacilar.
- ¿Conoces el viejo teatro de piedra?
Angela no se movió. Presumía de un temple inquebrantable y conservó la calma como si aquel fuera su pan de cada día. De cerca era bastante más hermosa, y una  corriente de fría hostilidad subía desde sus labios y mandíbulas en forma de energía eléctrica.
- Sé dónde está -dijo Angela.
- Estaré allí a las seis y media. No esperaré.
- No esperes -respondió ella.
- Hasta entonces -dijo Louis y se fue.
 
 

Louis llegó primero, conduciendo cuidadosamente el coche familiar de su padre sobre el piso sin asfaltar. El camino estaba bordeado por el bosque y la noche empezaba a abovedarse en las alturas; los árboles, además, proyectaban más oscuridad de la que de por sí teñía el aire. Detuvo el coche en un claro del bosque, a unos veinte metros del teatro de piedra, e hizo el resto del camino a pie. Había dejado de llover, pero la temperatura se había desplomado como un jugador de boxeo en estado de k.o. y Louis se vio obligado a coger un anorak forrado de cordero para abrigarse. El camino era difícil y sus botas iban dejando profundas huellas a cada paso en el espeso barro. Su respiración lanzaba nubecillas de vaho, pero por lo general se sentía satisfecho, casi eufórico, no tanto por su nueva cita como por la posibilidad de visitar el teatro de piedra.

Al final del camino, de repente, el suelo se hundía en una pendiente muy pronunciada; en la cuesta sobresalían grandes pedazos de roca cubiertos de espeso musgo. Alguna cultura india, no se conocía cuál, parecía haber tallado la piedra en forma de pequeña escalera, aunque los peldaños estaban desgastados y el musgo era resbaladizo. Bajar por allí suponía un cierto riesgo. Louis lo asumió con mucho gusto y descendió, tomando precauciones de no caer y partirse la crisma contra el suelo del fondo. La luz del crepúsculo poseía un ligero matiz dorado, aunque predominaba el gris oscuro a medida que las sombras iban tomando cuerpo, lo cual ocurría a gran velocidad.

En realidad no existía constancia de que lo que se conocía en Heartsville como "teatro de piedra" hubiera sido en efecto, alguna vez, un teatro, salvo para los fundadores del municipio. Sin embargo, desde 1950 no se utilizaba el enclave para representar obras dramáticas. Se trataba de un octógono de piedra en cuyo centro alguna vez hubo una plataforma de piedra y madera, encima de la cual se levantaba una escultura arruinada que ponía los pelos de punta; era cierto que apenas se diferenciaban sus facciones destrozadas, pero todavía permanecía en su rostro un gesto cruel e impío descrito por los finos labios perlados de colmillos. Si era un demonio o la representación de un monstruo de la civilización que construyó el teatro, no se sabía.

Louis avanzó en dirección al centro del teatro, donde se levantaba el escenario, y se sentó en el canto; era muy alto y sus pies apenas tocaban el suelo. Consultó la hora y vio que eran las seis y veintinueve. Echó un vistazo a la entrada del teatro, por donde él había llegado: no vio a nadie. La oscuridad galopaba y no había más luz que los últimos rescoldos solares. En cierta manera, el lugar era mágico a aquella hora crepuscular, cuando ya no quedaban esperanzas y el día se arrodillaba delante de la noche, humillando por una derrota definitiva. Los árboles de alrededor se movían animados por el viento. Algunas fisuras entre las rocas lanzaban un silbido agudo.

Angela apareció en la entrada con la discreción de un vampiro que aprovecha la noche para salir de caza. Su figura tomó forma en la entrada del teatro sin hacer ruido, aunque el roce de los árboles y el silbido del viento la ayudaron a pasar desapercibida.
- Hola -dijo en voz alta para hacerse oír, sin bajar la escalerilla de piedra.
- Hola -respondió Louis, satisfecho de tenerla allí. La miró y consideró que era preciosa. El viento hacía flotar su melena y el frío despertaba un tono sonrosado en sus mejillas. Además, la combinación de sombras resaltaba su perfil bueno, como una fotografía en blanco y negro que saca a relucir las mejores facciones y destierra los errores de la osamenta.
- ¿Por qué me has citado aquí? -dijo ella, quieta en la altura, entre los árboles enfebrecidos, igual que una hechicera o un oráculo.
- Es un lugar precioso, ¿no crees?
Angela echó un amplio vistazo al círculo de piedra encerrado en la esfera arbolada, como si nunca lo hubiera visto antes.
- Es precioso, y muy extraño. ¿Sabes que esa escultura que tienes a tu espalda se comió a diez hombres de los primeros colonos?
- He oído algo al respecto -dijo Louis-. ¿Lo crees?
- No, pero esas historias tienen su encanto. Hacen la vida más divertida. Todo lo que me ronda me parece aburrido.
- Apenas queda luz. ¿Por qué no vamos a mi coche?
- Yo también tengo coche -dijo ella.
- Pero seguramente el mío es más grande.

Louis se levantó sin añadir nada más y emprendió el camino hacia la escalerilla, que subió con cierta dificultad. Cuando estuvo junto a Angela recibió el vaho de su fragancia e intentó saborearlo, pero el viento se lo llevó sin traer un poco más a cambio. Guardaron silencio durante casi todo el trayecto; en cualquier caso, era una sensación cómoda, íntima, llena de una confianza que parecía reforzarse por minutos, a diferencia de lo que ocurre por lo general, cuando se requieren meses o años de trato para anfianzar la fe en la otra persona.

La noche se cerró antes de que llegaran al claro del bosque donde, como descubrió Louis, ambos habían aparcado sus coches uno al lado del otro.  Él tomó la delantera y se movió a tientas entre los automóviles hasta que logró acceder a su coche. Abrió la puerta del conductor  y la lámpara del techo dispersó un mantillo de luz naranja en la oscuridad impecable de la noche en el bosque. Invitó a Angela a entrar y ella lo circuló por delante para meterse dentro.
- Hace frío -dijo Louis-. Pondré el calefactor.
- Será lo mejor -asintió ella.
Louis accionó el calefactor y una corriente de aire cálido comenzó a soplar desde las salidas. Ahora sí, su olfato recobró la fragancia de Angela. Dejó que calara sus fosas nasales y penetrara hacia sus pulmones como el vuelo de flores amargas.
- ¿Sabes? Te he traído un regalo.
- ¿Sí? -Angela demostró una ligera sorpresa, pero no parecía impactada. Tampoco era la intención de Louis que la chica reaccionara de una manera especial. Consideraba hacer el regalo un gesto perfectamente natural; estaba desprovisto de ninguna intención adicional, ni romántica, ni sexual. Lo que tenía que ocurrir estaba más o menos claro con independencia del regalo.
- Está en la guantera, cógelo.
Ella se inclinó adelante, deslizó la tapadera negra y sacó del compartimento un libro editado en tapa dura. Se lo acercó y leyó el título.
- Cumbres borrascosas -dijo.
- Supongo que ya lo has leído -dijo Louis.
- Así es. Hace años. Lo repetiré ahora.
- ¿Te gustó?
- Me encantó.
- Es mi novela favorita -le confió Louis-. Dentro hay una rosa seca. Tiene el color pardo de la sangre. Cuando la vi me pareció tan dura como los escenarios de la novela. También me recordó a ti.
- ¿Por dura, por sangrienta...?
- Por sangrienta, quizás -dijo Louis.
Angela soltó una carcajada y él la acompañó. Fue ella quien, haciendo un esfuerzo por aplacar la risa, se acercó a la boca de Louis y lo besó. Sacó la lengua roja como un animal que extrae la cabeza de su gruta para echar un vistazo y exploró la cabidad de él. Tenía un lejano matiz mentolado. Era agradable, cálido, masculino.
Después de los besos preliminares Louis le hizo el amor lo mejor que supo. Su masculinidad estuvo dispuesta desde que percibió la fragancia por primera vez en la entrada del teatro. Abrirse camino en las entrañas de Angela fue una travesía peligrosa; las embestidas de su cintura recibían la desaprobación de la chica, que arañaba su espalda cuando notaba sus testículos retozar y hundirse a la entrada. Cuando más tarde terminó diseminando su esperma en la boca de Angela en chorros generosos y cálidos como la lluvia de los trópicos, consideró que el plan estaba sellado. El brillo astuto de los ojos negros de Angela, al recibir su fecundidad, indicaban que también ella daba el trato por cerrado. El comienzo fue tan sencillo como un amanecer: una perla solar se enciende en el horizonte, y el trabajo más duro ya está hecho. Tan sólo resta el placer.
 

Una pareja que conserva el amor y el deseo sexual a lo largo de los años debe despertar un cierto grado de admiración entre sus semejantes. También debe tenerse en buena estima la estabilidad de una pareja cuando, con frecuencia, la esposa se sienta en una silla al lado de la cama con el fin de observar, para su propio deleite, cómo un tipo de dos metros de estatura, espalda de toro y cabeza de león, sodomiza a su marido empleando una espectacular herramienta, y finalmente se le corre en la cara empapándole de la frente a la boca, con evidente disgusto del varón, quien considera que ser embestido por un tiparraco descomunal vestido de cuero no es el colmo de los placeres del sexo.

Los siguientes trece años contemplaron, por decirlo así, una especie de cotidiana gloria de su relación. Afecto, erotismo y la pulcra inteligencia de Louis y Angela se sostuvieron y equilibraron a la perfección, uniéndoles de una forma tan precisa que nadie apostaría un centavo por su ruptura. No era el tipo de relación que se ve todos los días, y si bien las escasas peleas eran realmente espectaculares, ostentando ambos una frialdad de carácter que alcanzaba los cincuenta grados bajo cero, la normalidad de su convivencia eran tan vigorosa y pacífica como el pastar de un enorme animal salvaje. La misma unión con la naturaleza, la misma confianza en las bondades de la existencia, y el mismo sentido instintivo del sexo y la unidad, sazonados con las peculiaridades humanas.

Compraron una bonita casa de dos plantas en el extrarradio de Hearsville, al final de una amplia urbanización que nunca terminó de construirse debido a la crisis económica; ésta asestó un duro golpe al pueblo, un coup de grace del que no se ha repuesto hasta la fecha, cuando sigue sumido en una larga y penosa decadencia. Angela estudió psiquiatría y Louis dejó la universidad durante el segundo año de periodismo, sinceramente asqueado de los conceptos que allí enseñaban y conmovido por la imposibilidad de que una sociedad adquiera conocimiento de sí misma mediante un método tan desacreditado. En todo caso, Louis tenía pericia en el trato con las palabras y era un tipo ingenioso, de forma que pudo ganar el suficiente dinero escribiendo novelas de circuito muy limitado y muchos artículos de cierto calado para revistas urbanas, logrando así una cartera de lectores muy decente.

Louis solía tener el sueño tranquilo, firme y reparador, salpicado de reveladoras escenas apenas recordadas al amanecer. Sin embargo, la noche del quince de noviembre encontró una gran dificultad para conciliar el sueño, y se despertó a menudo a lo largo de las siguientes horas. Caliente y protegido en su dormitorio, no podía evitar sentirse turbado, acosado por una especie de febril sombra interior que no lograba reconocer. La lluvia nocturna y el viento hacían temblar la casa, moviendo algunas ventanas en los marcos y silbando en los canalones. La respiración de Angela, dormida a su lado como una inocente, sonaba relajada y ajena a cualquier preocupación. No quiso despertarla por una minucia, aunque por momentos se notaba más cansado y aturdido. Empezaba a sudar y un calor enfermo le recorría la espalda en olas distantes pero regulares.

Esperó mirando el techo, con los brazos cruzados bajo la cabeza, a caer de nuevo por la pendiente del sueño. Le parecía que no lo conseguiría y, desorientado, perdía la noción del tiempo una y otra vez, aunque un vistazo al reloj digital de su mesilla le devolvía a la realidad con un zarpazo: un minuto del infausto aparato equivalía a quince minutos de su tiempo mental. No obstante, sin darse cuenta, se durmió y tuvo un sueño.

Se encontraba de nuevo donde de forma simbólica comenzó su relación con Angela, en el viejo teatro de piedra, cercano al lugar donde habían comprado la casa. Era el momento del crepúsculo, y si bien el cielo estaba encapotado, un resplandor dorado del sol otoñal salpicaba el escenario. Louis estaba de pie junto a la estatua del monstruo, con la espalda muy erguida y los músculos de las piernas tensos, como dispuesto a embestir o salir corriendo en cualquier momento. La talla, aunque vieja y polvorienta, estaba mejor conservada que en la realidad, y sus colmillos, desdibujados en su versión mundana, aparecían muy marcados en el sueño. Mostraba una sonrisa perversa y afilada.

Una implacable congoja afligía el corazón de Louis. Se sentía solo de una manera tan clara e indiscutible que parecía haber nacido sin madre en un universo donde nadie existía salvo él. Entonces cayó en la cuenta. Recordó que, después de todo, era el propietario legítimo del amor incondicional de Angela, y con una media sonrisa y turbado por el alivio, echó a correr hacia la salida del escenario, dejando atrás al monstruo de piedra. Subió los escalones teniendo cuidado de no resbalar, sujetando bien los pies entre las formas de la roca, y anduvo el camino hasta el claro de bosque donde había aparcado el coche. Llegó enseguida y lo que vio heló su sonrisa.

El coche de Angela estaba aparcado junto al suyo y se agitaba. Aunque las lunas estaban algo empañadas a causa del vaho de los ocupantes, pudo ver en el interior a su chica desnuda, con las piernas abiertas, apoyadas en los costados de un tipo descomunal que se agitaba encima suya como un caballo desbocado. Louis avanzó y abrió la puerta de un tirón. El olor de aquel ogro le inundó las fosas nasales dándole ganas de vominar. Testosterona pura, arrojada al aire, el perfil metálico del esperma recién expulsado... en las entrañas de su chica. El sudor del tipo empapaba el cuerpo de Angela, que miró a Louis con una expresión perturbadora: divertida, perversa y sorprendida simultáneamente, pero no había asomo de culpa. El amante se hizo a un lado y dejó que su enorme pene rojo e hinchado pendiera y goteara sobre la vulva de la chica. Louis reconoció al hombre y tuvo plena consciencia de su virilidad, porque de alguna forma, a la manera extraña y desorientada de los sueños, sabía que aquel músculo feroz le había dado por detrás sin contemplaciones, mientras Angela se masturbaba disfrutando de su humillación como hombre.

Louis volvió a despertar, aunque la angustia se había disipado y se encontraba algo mejor. Sin embargo, el corazón reverberaba en su pecho como la percusión de una marcha militar. A su lado, con gran constraste, Angela dormía plácidamente y su pacífica respiración susurraba en la oscuridad igual que el ronroneo tranquilo de una gatita. Louis metió la mano bajo la sábana y se buscó el pene. Estaba hinchado, aunque entumecido, y cuando empezó a masajearlo, se irguió enseguida, expulsando una prematura gotita de líquido. Se preguntó qué tal sería la vida lejos de Angela Boorem.
 
 

Louis le dijo a Angela que pasaría la mañana fuera unas tres semanas después del sueño. Tenía que recabar numerosa información sobre la cultura popular americana en aquel estado durante la segunda mitad del siglo XVIII, época en que escenificaba parte de la trama de la novela que se disponía a comenzar; en realidad no era más que un flash back de unas treinta páginas, pero Louis detestaba dejar cabos sueltos y borrones en sus narraciones a causa de informaciones anacrónicas o falta de verosimilitud. Para ello necesitaba visitar la sección de historia local de la biblioteca municipal de Heartsville y, en el mejor de los casos, la labor de investigación requería un mínimo de cinco horas, contando con que sacara prestados algunos ejemplares para hacer parte del trabajo en el despacho de casa.

Angela lo acompañó a la puerta por la mañana temprano y lo despidió con un beso en los labios. No fue gran cosa, nada más que una señal inequívoca de que la relación marchaba viento en popa. Louis le devolvió el beso, lamiendo sus labios, fue al coche, subió y se marchó. Sin embargo, no visitó la biblioteca, sino que tomó una curva de acceso al teatro de piedra. Se vio obligado a ejecutar un gran rodeo porque la entrada principal estaba muy cerca de su casa. Detuvo el automóvil en el mismo claro donde lo hizo tantos años atrás, pero esta vez estaría solo si todo iba bien. Era una mañana fresca y la fricción del viento le sonrojaba las mejillas. Se sentía vigorizado, casi feliz. El bosque era un buen medicamento para el alma, y aquel clima, con las nubes grisáceas moviéndose en las alturas, le insuflaba nuevas fuerzas para encarar su vida.

Dio un paseo tranquilo hacia el teatro entre los silbidos del viento y el agitar del bosque. El suelo estaba húmedo pero apelmazado, y sus botas de montaña marcaban huellas poco profundas. Llegó a la abertura y descendió la escalerilla de rocas. Un pie resbaló y a punto estuvo de caer de bruces contra el suelo y partirse la crisma en aquella pétrea oscuridad, pero logró recobrar el equilibrio escorando su peso hacia la pendiente de la escalera y sujetándose en los salientes. Una vez abajo, se encaminó hacia la escultura y se sentó delante de ella. Era poco más alta que él, cuando estaba sentado, y bastante más imponente que él o que cualquier otro hombre. El juego de sombras y la soledad del bosque le conferían una fuerza de la que ningún humano podía estar provisto. Sus finos labios soltaban polvillo, erosionados por el viento y avejentados por el paso de los siglos.

La mañana avanzó dos horas. Louis se había dado la vuelta y apoyaba la espalda en la escultura del monstruo, hasta que consideró que era el momento de volver a casa y emprendió el camino de vuelta. Sintió una inefable tristeza al caer en la cuenta de que con toda probabilidad nunca volvería a ver el teatro de piedra. Una vez arriba de la escalerilla echó un vistazo atrás. El monstruo de roca seguía erguido y sonriente, y no parecía que fuera a echarle de menos. Louis, pensando en ello, volvió al coche y regresó a casa.

No pudo aparcar su auto junto al de Angela porque ese puesto ya estaba ocupado por un mastodóntico todoterreno azul profundo. Pertenecía a Angel Boorem, el hermano de Angela; eran hijos únicos, se llevaban dos años de diferencia y los padres consideraban ingenioso llamarlos igual. Los abuelos también se llamaban Angel y Angela.

Louis entró en la casa y caminó tranquilamente hasta la amplia cocina. Las ventanas encima del fregadero mostraban una preciosa vista del bosque unos metros más allá, y las montañas del condado en el horizonte, igual que viejas osamentas de bestias de épocas glaciares. Se acercó a los cajones de cubiertos y del segundo extrajo un cuichillo de unos veinte centímetros de hoja; tenía una sierra minúscula y los dientecillos eran diminutos. Cortaba la carne con una precisión impecable. Lo sujetó con fuerza en la mano derecha hasta que los nudillos se pusieron blancos y salió de la cocina.

Subió la escalera. Cruzó un pequeño pasillo y dio a su dormitorio. La puerta estaba abierta y podía oír a Angel y Angela. Ahora también los vio. Él estaba embozado en una careta de cuero negro, con la zona del cráneo atravesada por una cremallera plateada que por algún motivo resultaba muy agresiva. Le daba la espalda -su gran espalda de toro-, estaba encima de la cama, arrodillado a horcajadas sobre su hermana desnuda. Angel sostenía a Angela de la cabeza, y la movía con violencia adelante y atrás con su erección metida en la boca de la mujer. Aunque no le veía la cara a su esposa, Louis concluyó que disfrutaba como una perfecta zorra haciendo de garganta profunda para la desproporcionada polla de Angel Boorem.

Louis se acercó en silencio por detrás del amante, extendió el brazo armado con el cuchillo pasándolo por el costado y trazó un arco ascendente desde la altura de los testículos de Angel. Amputó la polla casi de raíz; aunque el músculo se resistió, el fuerte brazo de Louis se las ingenió para serrar la carne y cercenarla completamanete. El grito atronador y asustado de Angel quebró la paz sexual que reinaba en la habitación. El tipo enmascarado de cuero cayó hacia atrás, llevándose las manos hacia la entrepierna en un estúpido intento de cerrar la espita de sangre. Los astutos ojos de Angela mostraron el horror extremo del cordero a punto de ser degollado, pero el miembro viril que tenía metido en la boca dejaba claro que no era tan inocente como el animal. Asimismo estaba empapada de sangre de arriba abajo. Louis dio un salto hacia ella, que intentó retroceder y extraerse el pene a la vez, posiblemente temiendo asfixiarse. La larga hoja de cuchillo se hundió en la cuenca ocular hasta el puñal en sentido descendente, de forma que reventó el ojo, sajó el cerebro  y se abrió paso en la carne de la cabeza, apareciendo por la boca y saliendo por la zona posterior del cuello, unos centímetros por debajo de la nuca.

Angela murió enseguida. Louis dio un tirón del cuchillo y se dio la vuelta para terminar el trabajo sobre la mole de Angel, que  se arrastraba en el suelo clavando las uñas en la moqueta mientras con la otra mano hacía un esfuerzo infructuoso por detener la hemorragia. Louis se inclinó sobre su cuñado y, aunque sabía que su muerte era inminente a causa de la pérdida de sangre, introdujo la hoja del cuchillo por el ano y tiró, rajándolo. Pensó, muy divertido, que la escena resultaba de lo más paradójica. Siempre dio por sentado que aquel cabrón era homosexual, que disfrutaba sodomizándolo, y si bien era posible que esto fuera cierto, sospechaba que fundamentalmente la causa de que le diera por el culo era para satisfacer a Angela. ¿Se reían de él cuando el festín erótico terminaba y él se marchaba al baño a limpiarse el semen de la cara? En realidad eso era algo que nunca le importó gran cosa. Lo consideró siempre un juego paralelo a su felicidad y amor junto a Angela. Pero descubrió que no. La ignominia era la base de su relación.

Angel gritó y gorgoteó alguna vez más antes de morir.
Louis tuvo entonces una gran idea. Disponía de una sierra eléctrica en el garaje, para las escasas ocasiones en que se decidía a cortar su propia leña en lugar de comprarla en lotes, que en Heartsville se adquirían a precios irrisorios. Bajó a toda prisa al garaje, eufórico: la adrenalina atravesaba su sistema sanguíneo a la velocidad de un vólido, quemándole por dentro y haciéndole sentir más vivo que nunca. Entró a oscuras en el garaje lleno de trastos, haciendo uso de una pequeña ventanita con rejilla que daba a la calle, y dio con el artefacto. Lo probó una vez tirando de la cuerda, comprobó que funcionaba y regresó al dormitorio, donde los dos cadáveres se desangraban cada vez más lentamente, a medida que la gravedad hacía su trabajo. El motor del corazón ya no bombeaba los generosos chorros rojos de hacía unos minutos.

Se acercó a la cama dejando que la pesada y vieja sierra eléctrica se balanceara al final de su brazo con el fin de aligerar la carga. Tendió el cadáver empapado de Angela bocarriba y activó de nuevo la máquina. Hizo el trabajo de un mal carnicero cortándole la cabeza a su esposa. Los chorros de sangre saltaron en todas direcciones como las chispas de un soldador. La expresión de la mujer, aterrada pero con un pene deshinchado metido en la boca, era grotesca y no inspiraba más compasión que un monstruo envuelto en llamas. Una vez decapitada, Louis cogió la cabeza enterrando su mano en la espesa melena negra y se la llevó consigo fuera de la casa.
 

A fin de cuentas se equivocó. Sí vio el precioso y sugerente teatro de piedra una vez más en su vida. Le hizo una visita para regalar la cabeza de Angela al monstruo. Por algún motivo consideraba que aquel demonio, posiblemente Manitu, le había dado las claves para sospechar que Angela le era infiel y faltaba a una cláusula fundamental del contrato de la felicidad.

Louis depositó la cabeza de Angela a los pies de la vieja estatua, que parecía encantada con el presente. O con el sacrificio, cabría decir. El pene de Angel Boorem seguía colgando de la boca de Angela en forma de lengua deforme, o quizás como un gusano. Daba igual. Louis sonrió, guiñó un ojo a la estatua inerte y se dio la vuelta. Esta vez no echó un último vistazo al teatro de piedra antes de marcharse. Por lo que a él respectaba, la relación entre dicho espacio y su vida estaba cabalmente terminada y ahora él se disponía a comenzar una nueva vida lejos de allí. Alcanzó el coche, se subió y se puso en marcha.

Las nubes grises del cielo se abrieron un momento y un poderoso sol invernal desbordó toneladas de luz de oro sobre el bosque. Louis no dejaba de sonreír mientras conducía, excitado frente a las nuevas perspectivas de futuro que veía ante sí. Pulsó el acelerador, convirtiendo el bosque a su alrededor en una mancha difusa de colores verdes y marrones, y se encomendó encontrar un nuevo amor para el resto de su vida. Ésta vez no fallaría.
 

Tob Cazamian - www.cielonegro.com

Nota:
Envío libremente este relato a www.ciberanika.com para su publicación en la sección adecuada, conservando los derechos de propiedad intelectual y cediendo los derechos de difusión en este sitio.

Tob Cazamian, 2003.



Kruela
Otro relato impecable de Tob Cazamian, un escritor de pies a cabeza. Su forma de narrar es para quitarse el sombrero.

Claudia (Temuco. Chile)
Kruela, eres genial, gracias. El relato 120 es espectacular. Lo he leído varias veces, digno de guión de película. Adiós.
 


[VOTAR CUENTO DE FICCION y mi opinión]
recuerda poner tu nombre, ciudad y país para el voto

© Todos los derechos reservados. No plagiar ni copiar el contenido de la web.
Webs relacionadas ciberanika | Anika Entre Libros | Anika Cine MagazineVinilo  |

© La Casa de Kruela, ciberanika.com
[si sólo ves esta página y no ves el menú, pincha aquí]