RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Kruela (Valencia. España)
Lucrecia
A lo largo de los días y las noches miraba a través de las pesadas cortinas con melancolía. Desde que murió Lucrecia no hacía otra cosa que vagar por la casa y dejarme atender por los criados, pero no vivía… sobrevivía. El amor de Lucrecia era tan fuerte que odié, como nunca lo había hecho con nada ni con nadie, a la maldita enfermedad que se la llevó. Desgarradora crueldad. Ella fue palideciendo, las ojeras se hacían más vistosas, más oscuras, su mirada perdió el brillo, sus labios se marchitaban y los pómulos se marcaban. Mi querida Lucrecia se convirtió en un cuerpo apenas con pellejo, sin un gramo de carne que la embelleciera, y cada día perdía más las ganas de vivir.

Me levantaba tarde y sin ganas. La criada me traía el desayuno a la cama pero terminaba llevándoselo entero porque yo no probaba bocado. Arreglaba el dosel, hacía la cama y se santiguaba. Mientras, yo miraba a través de la ventana recordando los tiempos en los que Lucrecia jugaba con las flores como una niña, dando vueltas bajo el sol y haciendo que su vestido volara con ella. Una niña, eso es lo que era cuando me casé con ella, una bella niña de ojos claros, dulces coloretes, bellos ojos… Todo eso se perdió, y yo me perdí con ella.

Una noche creí verla. Trataba de dormir pero me resultaba imposible, pensaba en ella constantemente. Terminé por alzarme y salir de la cama para asomarme a la ventana. Aparté las cortinas y escudriñé en la oscuridad. La luz de la luna daba un aspecto espectral al jardín, sin embargo no fue eso lo que provocó un vuelco a mi corazón. Una figura blanca, casi transparente, parecía acercarse hacia la ventana. Me llevé la mano al corazón asustado al notarlo palpitar con tanta agitación y parpadeé. En un momento dado, entre un pequeño abrir y cerrar de ojos, la imagen desapareció, pero mi ansiedad no.

Aquella noche me tumbé en la cama enfermo. Enfermo de dolor, de amor y de desesperación. Soñé con ella, con sus palabras de amor susurradas al oído, y desperté febril. La criada me encontró sudando y salió de la habitación dando gritos. Sé que vino el médico pero apenas puedo recordar ese momento. Fue cuando me obligaban a tomar una horrorosa medicina cuando me despejé por completo. Desperté de un sueño, recuperé las fuerzas y volví a levantarme. La vieja criada se santiguaba de nuevo y me contaba lo preocupaba que había estado por mi salud.

Afortunadamente no había sido nada grave, sin embargo yo sabía que tenía que ver con la imagen espectral que ví un par de noches antes. No lo conté, al menos no entonces, porque no quería que me tomaran por loco, mas necesitaba hacerlo, así que llamé a un viejo amigo.

Lord Matthews y yo éramos compañeros del Club Masculino del Pócker, además de miembros fundadores de la organización lúdica. Al primer aviso vino a mi casa.
- Te juro, amigo mío, que creo que la vi.
- Lo crees, -dijo él- lo cual no significa que la vieras.
- Pero algo me dice que sí era Lucrecia.
 Sólo pronunciar su nombre me producía dolor.

- Estás ojeroso Víctor. –Me dijo-. Quizá sería mejor que siguieras descansando y no pensaras en estas cosas.
- No puedo. La vi con un vestido blanco que le compré en nuestra luna de miel. Era el mismo, un vestido que hoy día ni siquiera sé donde está.
 Lord Matthews frunció el ceño.
- Querido amigo, mala memoria la tuya. Creo recordar que ése fue el traje con el que la vestiste en su lecho de muerte. Así quisiste enterrarla. ¿Es posible que no lo recordaras?
- ¡Dios mío! Qué mal estoy. –Murmuré- ¿Estaré volviéndome loco, amigo?
- No, no… No digas eso ni en broma. Lo tuyo es dolor, pena. Lucrecia y tú os queríais mucho. Creo absolutamente lógico que lo estés pasando tan mal como para creer verla en una noche oscura. Pero es una alucinación Víctor.

La contundencia con la que dijo esta última frase me hizo pensar que mi querido Matthews no me ayudaría, así que una vez se marchó, desistí de volver a llamarlo cuando de nuevo vi a Lucrecia.

Eso fue tres noches después de que me recuperara.
 

Había cenado frugalmente y había rechazado el postre. Los criados se retiraron a la cocina y más tarde escuché subir a la criada a su habitación. Recuerdo que el mayordomo fue quien me avisó de que se retiraban a dormir pero que si les necesitaba sólo tenía que llamarles. No creo que hiciera falta que me lo dijeran, siempre había sido así. Supongo que estaban preocupados. Me hubiera gustado, en realidad, que aquella noche uno de ellos se quedara allí conmigo, pues de ese modo habría tenido un testigo.

Me senté en una mecedora frente a la chimenea y dejé vagar mis pensamientos. Estaba totalmente relajado cuando escuché la voz de Lucrecia. Me llamaba. ¡Me llamaba de verdad! ¡Pude escucharla! ¡Víctor! ¡Víctor ven!, decía.

Me levanté y corrí hacia la ventana y allí, tras el cristal, a unos cincuenta metros, estaba ella de nuevo. Mi joven y bella Lucrecia con su vestido blanco de gasa volando con la brisa nocturna. Me tendía un brazo, alargaba su mano tratando de llegar hasta mí. Mostraba preocupación en su mirada, como si tuviera miedo de no poder avanzar. Pero fui yo quien no soporté la visión y grité.

El mayordomo fue el primero en llegar según me contaron. Me encontró desmayado en el suelo. Tiró de mí y con ayuda de su esposa, la criada, me depositaron sobre el sofá del salón. Lograron hacerme despertar con sales, pero la fiebre ya había vuelto a mí.

De nuevo el médico vino a visitarme y esta vez, sin que yo dijera nada, Lord Matthews fue avisado. Desperté tres días después. La criada estaba en mi habitación haciéndome compañía y cuando me vio abrir los ojos corrió hacia el pasillo y gritó el nombre de mi amigo que apareció en el umbral con signos evidentes de alegría y preocupación.
- ¡Has despertado, al fin! ¿Cómo te encuentras, Víctor?
- Un poco cansado.
- Es lógico, no has comido nada en tres días. Déjame que llame a la criada para que te traiga algo de comer.
- ¡No, no! Agua, solamente agua. No podría comer nada ahora.
- Un caldo, entonces. –Decidió mi amigo, que desapareció durante un minuto de la habitación para volver con más ánimo.- Ya está, en unos minutos empezarás a entrar en calor. Y dime, ¿acaso has vuelto a verla?

Su pregunta me dejó anonadado. Era obvio que yo sabía que existía una relación entre la imagen de Lucrecia y mi fiebre, pero no esperaba ni por un momento que mi amigo hubiera atado cabos y hubiera llegado a la misma conclusión que yo.
- Sí. –Confirmé- Tan bella como cuando nos casamos, pero preocupada.
- ¿Preocupada? Explícate. ¿Hablaste con ella?
- No, no… eso es prácticamente imposible. La vi a través del cristal de la ventana del salón. Ella estaría como a cinco metros de mí, y estiraba el brazo. Parecía llamarme.
- ¿Fue cuando te desmayaste? –Lord Matthews fruncía el ceño.
- Exactamente. – Hubo un pequeño silencio entre los dos que finalmente yo mismo rompí:- Creo que quiere comunicarse conmigo.
- ¿Lo dices en serio? – mi querido amigo mostró un aspecto de sorpresa que cambió su cara.
- Totalmente. Hay en su rostro una mueca de preocupación, como si quisiera llegar hasta mí y no pudiera.
- ¿Crees que… te busca?
- No sé si te entiendo. –Dije.
- Mmm… cómo lo diría yo… ¿Crees que quiere que estéis juntos?
Sentí un escalofrío. Llegó el momento de confesar.
- Sí. Eso es lo creo.
- Verás Víctor… al principio esta historia no me parecía de hombre cuerdo sin embargo te conozco y sé que lo eres. La primera vez pensé que se debía al cansancio y al dolor, además ten en cuenta que estamos hablando de un fantasma… pero esta vez hay algo más que no te hemos contado.
- ¿De qué se trata? Matthews, ¡no me tengas en ascuas!

Lord Matthews se levantó del taburete y paseó preocupado por la estancia, como si temiera que hacerme la confesión pudiera provocar algo peor en mi estado de ánimo. Y no se equivocó…

- A tu lado, cuando te encontró el mayordomo, había algo. En el suelo.
- ¿Qué era? -.La ansiedad me invadía y note cómo se me secaba la boca.
Mi amigo se acercó a mi armario y lo abrió, y de allí sacó el vestido blanco de Lucrecia.

Desde entonces cada noche, temblando por una mezcla de miedo y fiebre, acudo a la ventana esperando verla de nuevo, porque esta vez, cuando mis ojos se posen sobre ella, correré para abrazarla y nos marcharemos juntos.
 

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Kruela: no voy a darme otro voto porque pensaríais mal pero ¡qué demonios! me encanta este relato :)

Eliana (Córdoba. Argentina)
Hola Kruela... Soy Eliana de Córdoba Capital, Argentina... y la verdad que a esta página la encontré de casualidad a los 13 años y desde ahí no paro de leerla!!!. Me encantan las historias y leyendas que aparecen en ésta siempre y es la primera vez que dejo mi opinión... Te dejo un cordial saludo y a todos los que visitan esta página también... Bss...CHIAU!
 

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