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El sheriff Woolfson marchaba ágilmente a través del bosque, dando manotazos para apartar el ramaje de su camino. Sus fuertes piernas se las ingeniaban bien para hacer a un lado los hierbajos y salir del barro, donde sus botas se hundían a cada paso. Woolfson avanzaba en silencio sin prestar atención a la palabrería histérica del agente Bertoll. El sheriff se preguntaba hasta qué punto un tipo de aspecto fornido y valeroso podía perder los estribos en una situación adversa, y Bertoll le ponía la respuesta a un palmo de sus narices. Era evidente que el chico estaba más nervioso de lo que Woolfson consideraba aceptable, e incluso necesario, y sabía que si empezaba a prestarle cuidado, perdería los estribos. Quería pensar tranquilamente, enfocar el asunto con un poco de perspectiva, pero la voz de su colaborador reverberaba en su cerebro como un mosquito durante una calurosa noche de verano. Claro que en su escenario particular hacía un frío de cojones, el aire estaba húmedo desde la última tormenta, media hora atrás, y todos los árboles, que componían una perfecta cúpula opaca sobre sus cabezas, estaban empapados y seguían descargando gotas de agua después de que dejara de llover.
- Jon, por favor, cállate de una vez –dijo el sheriff al final. Su voz vibró profunda y fría en el bosque y se alejó volando. Cuando uno está perdido en la inmensidad de un bosque casi virgen, las voces que se alejan son la mejor señal de que las cosas se han puesto feas. Woolfson no hizo caso a su propia voz-. Intento pensar con calma, maldita sea.
- Lo siento, señor –dijo Bertoll.
El sheriff se detuvo y sintió que la tierra cedía bajo sus pies y el fango le cubría las botas. Menudo desastre, pensó. Esto pasará a los anales del pueblo, mierda. El sheriff se pierde cuando busca a unos excursionistas perdidos a su vez. La radio no funcionaba debido a la abrupta geografía de la región, o debido a que muchas de las cosas que usualmente funcionan bien en cualquier lugar razonable, en Heartsville iban mal. Así de sencillo. Se sentó sobre un tronco alto y apisonó el barro para dejar de sentir que la tierra cedía bajo sus pies. Era un matiz ridículo, pero ayudaba.Habían pasado unas dos horas desde que sospechó que se habían perdido. Más bien, Bertoll lo sospechó; él estaba demasiado concentrado en buscar a los excursionistas, con los oídos bien atentos para captar el menor murmullo humano procedente de las profundidades del bosque. Entonces Bertoll mencionó en tono circunstancial si conocía aquella zona. Woolfson apenas conocía el bosque, y aquella zona en concreto le decía menos que una canción de hip-hop de las que escuchaba su hijo. Su sentido de la orientación, que por lo general era tan templado y eficiente como todos sus talentos de sheriff, no sirvieron de nada para retroceder hasta el redil. En algún momento perdió la noción del espacio y, por lo que a él respectaba, podían encontrarse en otro mundo y no se daría cuenta. Al principio se lo tomó con humor y sopesó la posibilidad de localizar a los excursionistas: menudas sonrisas de satisfacción pondrían, aliviados por la nueva compañía. Luego les diría que seguían tan perdidos como un minuto atrás. ¿De qué forma iban a reaccionar al saberlo? Woolfson sonrió. Luego abandonó el humor y se limitó a caminar en dirección sur, que era donde debía encontrarse Heartsville; pero era evidente que sus cálculos estaban equivocados, porque un paseo de dos horas era suficiente para, en el peor de los casos, salir a la carretera norte o al descampado de caravanas. Sin embargo, el inmenso escenario era el mismo de antes: el bosque.
- Se está haciendo de noche –dijo-. ¿Te encuentras bien, Jon?
- Claro, señor.
- De acuerdo. No voy a mentirte. La situación es ésta: estamos perdidos, igual de perdidos que esos excursionistas, y se está haciendo de noche muy deprisa, de forma que para cuando se den cuenta de que faltamos, ya no podrán empezar una batida de búsqueda. Mira a tu alrededor. Nadie se internará en este lugar a oscuras. Hay pozos antiguos, animales peligrosos y todo ese tipo de cosas que disuaden a un ciudadano corriente de poner los pies en mal lugar. Sin embargo, mañana temprano empezarán a buscarnos, a nosotros y a los chicos desaparecidos, y todo se habrá arreglado. No creo que tarden en encontrarnos. Si se acercan lo suficiente es posible que nuestras radios funcionen de nuevo. ¿Me has entendido?
- Claro, jefe.
- Fantástico. ¿Quieres adentrarte un poco más en el bosque?
La expresión de Bertoll, dominada por una especie de angustia mal disimulada, divirtió al sheriff y le fue difícil evitar una risa. No obstante, logró mantenerse sobrio y añadió:
- ¿Recuerdas los peñones que cruzamos hace unos veinte minutos?
- Ajá...
- ¿Dónde estaban?
- Por aquella dirección, si no me equivoco –respondió Bertoll girándose y señalando donde pensaba que había visto las piedras del tamaño aproximado de una casa pequeña.
- Exacto, en dirección este. Vi algunas cuevas por aquel lado, entre las rocas superpuestas. Pasaremos la noche allí mismo. –Se puso en pie, se quitó el sombrero y lo agitó para descargar el agua que habían acumulado las alas-. Con un poco de suerte incluso encontraremos madera seca en el interior. Tal vez podamos encender una hoguera y calentarnos un poco.
- Sería una buena idea...
- Desde luego. En marcha, Jon.Se pusieron en camino. Woolfson se colocó de nuevo al frente. Creía disponer aún de un poco de orientación y a lo largo del camino de vuelta descubrió algunas ramas partidas, que rompió él mismo para apartarlas de su ruta, de modo que estaba más o menos claro que había tomado la decisión correcta. El regreso fue cansado y lento, aunque al final en efecto dieron con las formaciones de piedra, varios farallones acumulados en un claro. Las rocas se subían unas encima de otras como tortugas amontonadas. Estaban cubiertas de musgo y parecían enormes caparazones. Los huecos abiertos en ellas no eran gran cosa, pero dieron con una cavidad suficientemente grande para que cupiesen ambos además de una fogata.
Dentro del hueco encontraron algunos cúmulos de ramas y hierbas secas. Recogieron una parte y formaron una discreta montaña del lado de la pared, para que el viento les llegase directamente y airease el dióxido acumulado. Woolfson llevaba un mechero. Prendió los hierbajos y, una vez el fuego adquirió cierta firmeza, se sirvió un cigarrillo. Bertoll rechazó el pitillo que el sheriff le ofreció.
Woolfson y Bertoll charlaron durante un rato, o mejor sería decir que el ayudante del sheriff habló durante ese rato antes de echarse a dormir. Woolfson sabía que Bertoll no llevaba bien la pérdida en el bosque; al principio supuso que se trataba tan sólo de cobardía, aunque el chico fuera más alto que él y bastante más fornido, y por tanto contaba con más opciones de sobrevivir al ataque de alguna bestia. Sin embargo, en la cueva percibió que había algo más en su aprensión, posiblemente un elemento de naturaleza psicológica, un fleco mental no resuelto. No se trataba de un temor infantil a los animales del bosque, aunque de hecho ése era un peligro objetivo. Por este motivo, Woolfson permitió que el agente llevara el peso de la conversación y se aliviara de esta forma. A continuación, cuando ya habían entrado en calor, se recostaron en la angosta cavidad y esperaron el sueño.
No obstante, el sheriff no se durmió enseguida, a diferencia de Bertoll, que cayó en un sueño profundo delatado por sus generosos ronquidos. Tranquilo por lo demás en la pacífica y gélida noche del bosque, Woolfson seguía con los ojos bien abiertos, fijos en las vacilantes llamas de la hoguera, cuando percibió el olor a carne asada. Se inclinó y se apoyó sobre los brazos, estirando el cuello hacia la salida de la cueva, y aspiró profundamente. Humedad, tierra mojada, un deje de excrementos, dulzor y... en efecto, carne asada. Olía a gloria y se levantó. Había encontrado a los excursionistas. Sacudió a Bertoll del brazo. El agente abrió los ojos.
- ¿Qué pasa? –preguntó.
- Llega olor a carne asada –respondió el sheriff-. Seguramente son los excursionistas. Si seguimos el olor ahora podremos encontrarlos, quizás mañana vuelvan a perderse. Levántate y echemos un vistazo.La satisfacción de cumplir con su trabajo y localizar a los excursionistas perdidos perdió fuerza cuando salieron fuera: el frío era terrible y, aunque no llovía, el cielo estaba encapotado, y tan sólo cada cierto lapso de tiempo las nubes dejaban un hueco y la luna, gorda y radiante igual que una antigua moneda de plata, proporcionaba un poco de luz. Apenas suficiente para impedir que los dos hombres tropezaran una vez por cada cuatro pasos. Woolfson regresó a la cueva en busca de una tea; recogió de la hoguera una rama algo más corta que su antebrazo. Posiblemente daría la talla, pero el humo saturaba su olfato y no podía cazar en el aire el olor de la carne.
- Toma el fuego –dijo Woolfson pasándole la rama a Bertoll-. Ve detrás mía, el viento viene de frente.
- De acuerdo, jefe.Ambos caminaron en línea recta, aunque sería imposible asegurarlo con toda seguridad. A veces el olor de la carne se perdía y otras procedía de tres puntos a las vez. Sin embargo, el buen olfato del sheriff dio la talla y observó que a medida que avanzaban el olor cobraba fuerza.
Bertoll insistía en que no olía nada, ni ahora que sostenía el fuego, ni antes, pero el sheriff estaba convencido de lo que decía y al final vieron una luz anaranjada entre los árboles del bosque, a unos cincuenta metros. Era diminuta y vacilante –posiblemente se trataba de una fogata-, pero se distinguía fácilmente en la oscuridad. Sortearon los arbustos, las ramas caídas y los troncos derribados y avanzaron en dirección al resplandor.
Tardaron unos minutos en alcanzar la luz. Sólo cuando estuvieron muy cerca descubrieron que el resplandor brillaba a través de la ventana de una vieja cabaña casi en ruinas. Era de madera y parecía podrida, pero se mantenía en pie. Era simple igual que una caja de zapatos, con el techo inclinado del que sobresalía una chimenea cuadrangular: la abertura expulsaba una espesa columna de humo. Allí el olor a carne era mucho más intenso, y desde luego delicioso. Woolfson pudo oír un gruñido del estómago de Bertoll.
Ambos caminaron hacia la puerta de la cabaña. Tenía un aldabón en forma de cabeza de tigre. Woolfson lo levantó para llamar y en ese momento algo lo detuvo: un grito de mujer procedente del interior de la cabaña le puso la piel de gallina. Bertoll, todavía detrás suya, sintió que una dosis de horror se inyectaba en sus venas. El pecho del sheriff se tensó y extrajo el revólver de la cartuchera.
- Apaga el fuego y desenfunda, Jon –dijo en voz baja, sin mirar a su ayudante.
Bertoll lanzó la tea a un charco fangoso, donde el fuego lanzó un siseo y se apagó. Desenfundó el arma y se colocó al lado de la puerta mientras el sheriff se acercó a la ventana y se asomó en silencio. Lo que Woolfson vio le heló la sangre: un hombre vestido de negro, armado con un cuchillo, presto a rebanar el vientre de una chica desnuda. El sheriff golpeó el cristal con la culata, introdujo el cañón por la abertura y gritó:
- Suéltela ahora mismo o disparo. Bertoll, pasa dentro.
El tipo vestido de negro extrajo el cuchillo de la clavícula partida de la chica y dejó que el cuerpo inerte se desplomara junto a la chimenea, sobre el charco de sangre. Una vez roto el abdomen, los intestinos se habían salido y formaban una montaña sangrienta sobre la piel manchada.Cuando tuvo el apoyo de su ayudante, Woolfson dio la vuelta y pasó al interior de la cabaña. Lo primero que pensó fue que Jon temblaba como un cachorro en una noche de tormenta. Luego descubrió los cestos al lado de la puerta: estaban llenos de brazos, piernas, cabezas, torsos, manos, pies y genitales amputados.
Woolfson sintió el deseo irrefrenable de disparar al tipo de negro, pero se contuvo. Respiró hondo hasta que el flujo sanguíneo restableció el oxígeno al cerebro tras el shock y dijo:
- Siéntese en esa silla, junto a la mesa. Si hace un movimiento en falso, me dará la oportunidad de volarle la cabeza. Eso es precisamente lo que quiero hacer. Deposite el cuchillo en el suelo, junto a la chica.El hombre vestido de negro siguió las instrucciones del sheriff al pie de la letra, aunque no parecía afectado por la amenaza. No obstante, era evidente que la intrusión de los agentes le resultaba un inconveniente bastante molesto, y sus finos labios amoratados estaban apretados. Medía un metro ochenta aproximadamente, ochenta kilos, pelo negro, fino y ralo, algo largo; su piel era blanca como el mármol y tenía ojeras bajo los ojos grisáceos, que parecían nublados como las montañas de Heartsville un día de invierno.
- ¿Quiénes son? –dijo Bertoll. El revólver vacilaba al final de su brazo.
- Los excursionistas, a los que ustedes buscan, claro está –dijo el habitante de la cabaña con una sonrisa huesuda. Su cara parecía demasiado delgada en comparación con su cuerpo bien constituido.Woolfson enfundó el revólver, pero no lo sujetó con la cinta de cuero de la cartuchera. Cerró la puerta y se alejó de las cestas de los trozos de excursionistas, cuya sangre borboteaba aún a través del mugriento mimbre. Bertoll no dejaba de apuntar a la cabeza del asesino.
- ¿Por qué lo hizo? –preguntó el sheriff.
- Porque tenía hambre, sheriff Woolfson.
- ¿Cómo sabe mi nombre? Usted no es de Heartsville.
- Yo soy de todos lados. De aquí, de allí. ¿Qué más da? Conozco a mucha gente. También a Jon y su pistola.
- ¿Están ahí todos los excursionistas? –Woolfson prefirió no mirar la cesta. Formular aquella pregunta le hizo un nudo en el estómago. Recordó lo agradable que resultaba el olor a carne humana. En la chimenea, sobre una rejilla carbonizada, se asaban varios pedazos de músculo. Sintió nauseas.
- Pues no lo sé –dijo el hombre-. Debería usted contarlos.
- Quizás debería descerrajarle un tiro –dijo Woolfson.
- No creo que lo hiciera.
- No apueste por ello –respondió el sheriff, a sabiendas de que no tendría inconveniente en matar al monstruo. Acercó una silla y se sentó a un lado de Jon. El monstruo conservaba una calma admirable. Woolfson hizo el esfuerzo por mantener la entereza.
- ¿Es la primera vez que hace esto en Heartsville? –dijo.El monstruo lanzó una carcajada histérica. El sudor de su frente despedía olor a locura.
- Supongo que quiere saber si soy yo el que mató a todos esos desgraciados cuyos asesinos nunca han aparecido, ¿eh? –dijo el monstruo cuando se repuso-. No hace usted su trabajo, sheriff Woolfson, y eso está muy feo, ¿no cree?
- Dadas las circunstancias, ¿qué más da?
El asesino se dio por satisfecho. El corazón del sheriff era más duro de lo que había previsto. Carraspeó.
- Vamos, Jon, baja el arma... No estás en la cama con Lucy, la chica de los Thibault.
Bertoll se sonrojó y se llenó de espanto. Pensar que aquella inmundicia de la cabaña conocía a Lucy le ponía los vellos de punta, y todavía le asustaba más la idea de que Lucy se hubiera ido de la lengua. Maldita fuera, si a ambos les gustaba hacerlo así...
- Uuuhh... –añadió el monstruo-. ¡Te pillé!, ¿eh, mamoncete?
- Cállese –gruño el sheriff.
- ¿Sabe tu jefe –siguió el habitante del bosque dirigiéndose a Bertoll, como si no hubiera oído al sheriff- que cuando te follas a la joven Lucy lo único que te pones es un condón y la cartuchera de la pistola? Pienso que eso no es del todo legal. – Levantaba una ceja con aire juguetón, imitando en falsete un tono de niño bueno-. Vamos, meterle el revólver por la raja... Jo jo jo, yo he hecho de todo con esas zorritas, créeme, pero nunca he llegado a tanto. Aunque ahora que lo pienso, una vez sí que le rajé el coño a una chica. Con una navaja. Hará de eso dos años.Las palabras del monstruo alcanzaban los oídos del sheriff como esferas de plomo. El corazón explotaba una vez y otra, dinamitado por el espanto. ¿Cómo diablos sabía tanto aquella bestia inmunda?
Heartsville.
Claro, Heartsville, el pueblo del diablo.
Woolfson se levantó y se acercó al asesino. Delante de éste, el sheriff parecía una mole incontrolable, y cuando lo alzó a peso muerto, no requirió un gran esfuerzo. Lo acercó a la chimenea, donde los músculos de las víctimas ya se habían chamuscado, y lo arrojó contra los bordes de piedra de la chimenea. La cabeza del monstruo dio de lleno contra una esquina y una brecha perforó su sien. Los chorros de sangre empaparon su cara, dándole un poco de color, y chorreó sobre el cadáver de la última víctima. La escena era dantesca. Woolfson sentía que se volvía loco por momentos. Los restos humanos no son un plato de buen gusto, pero no podía tocar nada entretanto se hicieran las primeras pruebas sobre la escena del crimen.
- Así me gusta, sheriff –masculló el monstruo. Sus ojos brillaron de furia entre la mancha de sangre en que se había convertido su rostro, pero sus labios aparecían sonrientes y satisfechos.Woolfson agarró al extraño por la melena y acercó su cabeza al fuego, lo suficiente para que se chamuscaran algunos pelos.
- Salpícanos con un poco más de tu mierda y te meteré ahí dentro. Créeme que lo haré. Me sobran cojones para matar a una bestia detestable como tú. ¿Me has oído, hijo de puta?
El otro sacudió la cabeza y dijo:
- Sí. Ahora, sácame la cabeza de aquí. Me estoy asando.
- De acuerdo. Sin embargo, antes quiero saber una cosa.
- ¿Qué?
- ¿Cuál es tu nombre? –dijo Woolfson.
- Klaus, Klaus DeVille...
- No mientas –replicó el sheriff sin dejar de ejercer presión sobre el cuello.
- Digo la verdad, mierda...
- No, no dices la verdad, hijo de puta. Quiero matarte, en serio. Quiero verte arder, así que dime cómo coño te llamas; si mientes, eso es justamente lo que va a pasar. Si mientes, te quemo vivo.El monstruo escupió una palabra envuelta en una especie de rugido. El fuego chisporroteó. Bertoll dio un paso al frente y le apuntó a la cabeza. Su pulso recobraba el equilibrio. Estaba preparado para disparar en cualquier momento. Muerte asegurada en menos de diez segundos.
- No te entendí, bastardo. Repítelo y sé claro. Quiero oírte.
- Me llamo Vodnhäk.
- ¿Dónde vives?
- En Heartsville, mierda.
- ¿Dónde en concreto? –El sheriff empujó la cabeza hacia el fuego y dejó que las llamas le prendieran el pelo. Un grito furioso restalló en el hogar. Lo alejó del fuego y le permitió a Vodnhäk apagarse las llamas.
- En el río.
- ¿En el Dark Snake?
- Sí. Bajo el agua, junto al molino.Bertoll no entendía nada; hizo cábalas y enseguida llegó a la conclusión de que el jefe sabía mucho más de lo que decía, por no mencionar que se había vuelto loco. ¿Habitar las profundidades del Dark Snake? ¿Qué quería decir exactamente?
- Eso está mejor. Ahora dime, ¿queda algún excursionista con vida?
- Ya te lo he dicho, Woolfson –respondió Vodnhäk-: Cuenta los trozos que hay en las cestas y haz tus propios cálculos.El sheriff, congestionado por el miedo al diablo y la muerte de los excursionistas, y excitado por la ocasión de destrozar al monstruo, volvió a arrastrar la cabeza hasta el fuego. Ahora, sujetándolo por el cuello y un hombro y ejerciendo presión con sus poderosos brazos, situó la mejilla del monstruo en la reja donde cocinaba a sus víctimas. El fuego quemó la piel y el pelo, y avanzó rápido hacia las capas profundas de la piel. El monstruo gritó y se sacudió, agitando con violencia los brazos, las piernas y el tronco. Sin embargo, los músculos del sheriff se tensaron y lo mantuvieron en el fuego. El denso olor a pelo quemado inundó la habitación junto con el de la carne quemada. El ojo derecho de Vodnhäk se fundió con el párpado y el arco cigomático. El chillido del diablo era ahogado por la crepitación del hogar, aunque ascendía por la chimenea y se difundía en la noche, silenciando el resto de sonidos del bosque.
Woolfson sacó al demonio del fuego y lo miró de frente. Su cabeza estaba enrojecida en la mitad izquierda y carbonizada en la otra. La escena era terrible; Bertoll sintió nauseas, pero no dejó de apuntar a matar. Una masa arrugada, rojizo-negra, cubierta de una especie de pus, palpitaba en el lado derecho del semblante del monstruo. Ciego de un ojo, el otro mostraba un odio feroz. Si pudiera, se abalanzaría sobre el sheriff y le comería la cara. No obstante, tal cosa era técnicamente imposible: parte de los labios también se habían derretido.
El sheriff sintió asco y el deseo irrefrenable de aniquilar de inmediato aquella cosa. Pero en lugar de eso insistió.
- ¿Qué hay de los excursionistas?
- Rrtos o-o rhathas. –Bertoll no entendió las palabras procedentes de la boca deforme. Woolfson sí: Muertos como ratas.
- ¿A cuántas personas has matado durante los últimos años, vecinos de Heartsville?
- Ejos. –Estos.
- ¿Por qué? Parece que disfrutas siendo una bestia. ¿Cómo podría creerte? –insistió el sheriff. No dejaba de mirar un jirón de carne, embadurnado de un espeso líquido amarillento, que se desmembraba de la cabeza y parecía a punto de descolgarse. El demonio se estaba descomponiendo.
- Os uhimos ahos sjuve n-gerradh... ajo eh’rio... in poher halir... –Los últimos años estuve encerrado... bajo el río... sin poder salir-. Éjame ir ah bohke... -Déjame ir al bosque.Woolfson echó un vistazo al cadáver de la chica, abierto en canal igual que un cerdo; las tripas amontonadas encima del vientre, expulsadas por la presión interna, eran el terrible estímulo que precisaba para terminar de hacer su trabajo. Empujó a Vodnhäk hacia una esquina de la habitación; el demonio tropezó con los maderos, se sacudió y cayó de bruces. Apestaba y su aspecto era más repugnante a medida que su rostro se descomponía y cubría de pus. Pedazos de carne se arrastraban sobre la pringosa superficie y caían al suelo con un sonido líquido que revolvía el estómago. El sheriff sacó el revólver y le apuntó a la frente. El primer disparo abrió un pozo rojo por donde saltaron chorros de sangre y gotitas de materia gris. El segundo disparo hizo estallar la parte alta del cráneo, convertido en una fangosa masa de astillas, cerebro y sangre. Un tercer disparo le destrozó la boca, triplicando su tamaño; algunos dientes rotos cayeron al suelo con un tintineo espeluznante.
El sheriff se alejó de la chimenea en dirección a Bertoll, quien enfundaba la pistola con su mano trémula. De nuevo se notaba al borde del colapso nervioso. Woolfson también enfundó. La presión emocional y el calor del fuego le hacían sudar copiosamente. Se detuvo junto al agente y desde allí observó un último fuego de artificio: la cara de Vodnhäk se disgregaba del hueso y se arrastraba hasta caer sobre su pecho como un trapo mojado. Debajo de la carne había moscas, unos bichos negros y gordos, demasiado grandes para emprender el vuelo. Se movían frenéticamente sobre el cráneo destapado, formando un nido infecto. Cuando se vieron descubiertas, las moscas descendieron en tropel, caminando sobre el cadáver del monstruo, llegaron al suelo y anduvieron lentamente en dirección a ellos dos, que se apartaron y las dejaron salir al bosque por debajo de la puerta.
- ¿Qué ha pasado? –preguntó Bertoll con un hilo de voz cuando todo terminó. Tenía la piel blanca y helada, sudaba y temblaba.El sheriff Woolfson se llevó la mano a la frente y se enjugó el sudor. Se lo limpió sobre la chaqueta, que seguía húmeda y caliente.
- Tú lo has visto.
- No sé qué he visto, jefe.
- Entonces es que estás ciego, Jon.
- Claro, señor.
- Jon.
- ¿Sí?
- No te lo pediría si no fuera indispensable, pero me temo que no hay más remedio. Debemos confirmar que los cinco excursionistas están muertos. Quizás alguno de ellos logró escapar. –Bertoll echó un vistazo a los cestos llenos de los pedazos de carne-. Vamos, será rápido.
Llevar a cabo la tarea de recomponer cuerpos humanos resultó insoportablemente angustiosa para ambos hombres. Era posible resumir el trabajo recogiendo tan sólo un número definido de piezas anatómicas, como por ejemplo las narices; debían aparecer cuatro. Pero no sabían hasta qué punto llegaba el apetito del monstruo, de forma que se vieron obligados a articular los cuerpos. Retiraron la mesa para distribuir los cadáveres y los dibujaron miembro a miembro. Brazos, narices, piernas, genitales, senos, cabezas, manos, pies... un corazón... tres riñones, por todos los cielos... Finalmente compusieron cuatro cuerpos, incluyendo la chica que permanecía entera junto a la chimenea. Faltaba un hombre. O el cadáver andaba escondido en algún otro lugar, o había logrado escapar. Dios lo quisiera.
La noche fue larga y empezó a llover de nuevo cuando despuntaba el alba. La mañana era fría, oscura e infinitamente triste. El sheriff y su ayudante esperaron pacientemente, en el pétreo silencio, hasta que dos leñadores colaboradores en las labores de búsqueda dieron con ellos. Cuando entraron en la cabaña y vieron la escena del crimen, Woolfson y Bertoll guardaron silencio. El sheriff estaba cansado, triste y de mal humor. Su ayudante pensaba que no podría abrir la boca de nuevo durante los próximos tres meses, aunque la investigación ulterior le obligó a darle bastante trabajo a la lengua.
Un mes y medio después, Woolfson sabía que el infierno palpitaba bajo el suelo de Heartsville y se sorprendió al descubrir que no le importaba. Qué diablos, elucubraba en silencio, he matado a un demonio. Podría con todos. Aunque era consciente de la locura que entrañaban sus palabras. Pero acudir a su masculinidad, bastante marcada a decir de todos, era un buen refugio frente al innominable espanto que provocaba lo que él sabía.
La mañana del interrogatorio de Eric Bottelier llovía a cántaros, como de costumbre, pero el agua parecía limpiar el alma de los vecinos de la pequeña ciudad y los ánimos estaban más calmados. A fin de cuentas, los asesinatos y las desapariciones eran algo razonablemente común el decadente Heartsville. Por lo demás, el joven Bottelier era el único superviviente de los asesinatos de Vodnhäk (según la investigación, el cadáver pertenecía a un tal Vodman Hank, un viajante de la costa este que hizo una parada en Heartsville durante su vagar hacia las tierras de poniente. En Heartsville, las investigaciones dejan mucho que desear, aunque posiblemente mejor así. No es de buen gusto mencionar demonios en un dossier oficial). Bottelier fue encontrado cerca del lago Pteromak, en estado de hipotermia; cuando consiguieron reanimarle, los médicos descubrieron que el shock emocional había calado profundamente en el ánimo del joven. El psiquiatra Lance Hausig, del Hospital Mental Clare Singer, requirió un mes de trabajo para conseguir que el paciente pronunciase sus primeras palabras. Sugirió encarecidamente que se esperase algún tiempo más antes de someterlo a un interrogatorio –toda vez que el probable asesino estaba muerto, y no había más vidas en riesgo-; el sheriff Woolfson le concedió dos semanas adicionales.
En el interrogatorio participaron únicamente el sheriff Woolfson y Eric Bottelier. Bertoll y el psiquiatra aguardaban en el pasillo. El sheriff y el joven se encontraban sentados en el despacho del primero. Bottelier parecía ido.
- Sé que fue terrible, Eric –dijo Woolfson-. Yo estuve allí. Lo que me ocurrió a mí no fue tan dramático, lo sé, pero aún así puedo comprenderte. Quiero que sepas que no estás solo, hijo. Puedes contar conmigo. Lo sabes, ¿eh? –Esperó a que el joven respondiera, pero éste se limitó a traspasarlo con la mirada. El sheriff se sentía desanimado y aquella parte del trabajo, que forzosamente debía hacer él –no tendría inconveniente en tomar en consideración las referencias sobrenaturales-, se le antojaba especialmente desagradable. Ojalá no tuviera que enfrentar al pobre al suplicio de revivir aquella bestial experiencia-. Eric, es importante que sepas algo más. El asesino murió. Yo mismo lo maté. Ya no podrá volver a hacer daño a nadie más.
- ¿Eso cree? –dijo Bottelier. Su rostro carecía de expresión, pero sus palabras sonaron fluidas y firmes. Woolfson se inclinó al frente-. No pudo matarlo.
- ¿Por qué piensas eso?
- Su casa está bajo el molino del Dark Snake. Y allí seguirá siempre.
- No. Confía en mí. Murió. Ahora no está en Heartsville.
El joven no dijo nada. Cerró los brazos sobre su pecho y se meció lenta, casi imperceptiblemente.
- Eric, ¿quieres contarme lo que pasó aquel día?
- Vodnhäk se los comió. –Las lágrimas inundaron sus ojos.
- ¿Cómo lo conocisteis?
- En el bosque, vestido de negro. Salió de las profundidades. Con él llegó la tormenta. Llevaba un cuchillo. Los rajó a todos. Sin más. Intentamos detenerlo cuando fue a matar a Linda... Entonces cortó el cuello de Paul y a mí me golpeó. Caí en la orilla del Pteromak. El hombre tenía la fuerza de diez hombres. Cuando rajó a Paul, se vino hacia mí... pero algo me agarró...
- ¿Qué quieres decir con que algo te agarró?
- Una mano me sujetó del anorak y me arrastró hacia el agua, hacia dentro del lago... y allí estuve una hora.
- ¿Bajo el agua? –insistió Woolfson.
- Claro.
- Eric, sabes que eso...
- No es posible. Pero eso pasó. Algo me salvó la vida. No sé qué era, pero me protegió y de alguna forma me hizo respirar bajo el agua. Usted vio a Vodnhäk. Me he dado cuenta, ¿sabe? Usted vio a Vodnhäk y sabe de qué le hablo: de un demonio. De un hombre que no es de este mundo. Pues parece que hay más de esos en el lago.
- Entiendo. Eric, creo que eso es todo lo que necesitaba saber. Has sido muy amable. Ahora, dime si puedo ayudarte en algo. En lo que sea.
Bottelier se limitó a mecerse.
- De acuerdo. Si alguna vez necesitas hablar, llámame. Estaré por aquí.
El sheriff se levantó y salió fuera; al cerrar la puerta tras de sí, proporcionando un poco de intimidad al superviviente, lo oyó llorar. En el pasillo conversó con Bertoll y el doctor Hausig, quien se interesó por los detalles del interrogatorio. Woolfson respondió que éste no le había proporcionado ninguna novedad.
Aquella misma tarde, bajo la lluvia y la tristeza de Heartsville, vestido de paisano, Paul Woolfson condujo su todoterreno por la carretera rural que conducía al lago y detuvo el automóvil en la explanada que había en lo alto de una pendiente. La perspectiva del Pteromak desde aquel punto era maravillosa. La superficie se agitaba a causa del viento y el repique de la lluvia. El viento silbaba y mecía los árboles, un implacable muro que subía las montañas del valle y se sumía en las brumas del horizonte. El lago era vasto, y un saliente de terreno arbolado ocultaba la parte sur.
Paul Woolfson descendió la cuesta y caminó por la orilla. Dio un paseo en dirección al lugar exacto donde los excursionistas habían sido atrapados, donde Eric Bottelier fue socorrido por algo que habitaba las profundidades del lago. Algo... que tenía una especie de mano humana, y que era capaz de suministrarle oxígeno suficiente para mantenerlo con vida bajo el agua por lapso de una hora. El sheriff se detuvo donde una última vez se abrieron las tiendas de campaña de los jóvenes y estos conocieron la felicidad. Ahora, sin embargo, nunca más. La lluvia arremetía fuerte. Woolfson estaba empapado. Allí no quedaban restos ni memorias de los excursionistas, no al alcance de la vista, salvo un testigo que parecía vivir en el Pteromak.
Woolfson ni siquiera sintió que lo observaran. Si había alguien más no podía saberlo. Contempló la furiosa superficie del lago una última vez, de orilla a orilla, antes de volver al coche y ponerse rumbo a casa, donde siempre se percibía el suelo templado por el infierno. Heartsville. Heartsville. Hacemos tanto por mantenerte vivo, viejo pueblo solitario. ¿Qué haces tú por nosotros? ¿Piensas comernos a todos?
Tob Cazamian – www.cielonegro.com.
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Kruela
Es innegable la madera de escritor que tiene Tob Cazamian, este relato también lo demuestra. Tiene mi punto.La Diosa Griega (Venezuela)
Felicidades, estupendo...
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