RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Eddy Fernández Rojas (Costa Rica)
Posesión
Posesión
Por Eddy Fernández Rojas. Costa Rica
RojFer@metacrawler.com

Este relato está basado mayormente en experiencias reales. Algunos hechos han sido cambiados y otros nombres también. Pase adelante. Bienvenido a La Casa.

                                                            I
Anoche volví a soñar con aquella casa. Es turbador; un caserío envejecido, de casas de madera mal pintadas; voy caminando por una polvorienta acera, es la noche. Aunque no puedo determinar la hora.

El cielo está muy oscuro, y mi andar es muy dificultoso debido a la escasa visibilidad.
No hay iluminación en el ambiente. De pronto un perro asqueroso me ataca. No pude correr, la embestida fue tal, que me derribó violentamente al suelo. Un intenso dolor en mi pierna y en mi mano deja constancia de la gravedad de las lesiones. El ataque cesa, a como puedo me incorporo.

Hay una casa abierta, en su horrible ventana se adivina el triste resplandor de una vela; salen unas figuras, delgadas,... oscuras; sus malévolos ojos me miran. Una de esas figuras recoge del suelo un objeto oscuro y violentamente me lo lanza. Siento su impacto en mi ya dolorida cara. Trato de correr; sin fuerzas volteo y ya no miro aquellas amenazantes entidades. El árido sabor del polvo reseca mi lengua y mi garganta.

Al fin llego a La Casa, la oscuridad aumenta. Horrorizado contemplo la destrozada puerta. Es asombroso que una puerta en ese estado pueda mantenerse en su sitio. Miro a través de ella el largo y silencioso interior de la casa, a mi izquierda, en la oscuridad, un objeto alargado va tomando forma. Es un viejo ataúd cubierto con una sucia tela blancuzca. No puedo ver más.

Una delgada mano de una anciana se apoya en la mía. El dolor de su gélido contacto en mi mano herida y sangrante da un macabro matiz al asombro de su repentina aparición. Es mi abuela. Su cara huesuda y demacrada apenas se adivina en las amenazantes sombras.

¿Qué pasa? Pregunto

Hace ya mucho tiempo que nadie viene por aquí. ..  Responde resentida

¿Qué hace UD aquí? ¿ Por qué todo tan oscuro abuelita?

Aquí tengo que estar. Así tiene que ser. (Su mirada tiene una tristeza tan grande que traspasa el alma). Mi mente se anega con el llanto contenido. La sensación de impotencia por no haberle dado todo aquel merecido cariño a aquella persona cuando fue oportuno. Por no haber aprovechado uno a uno los momentos a su lado, por no haber gozado de la manera más egoísta de su persona. Pero las flores hay que regalarlas en vida, dice el refrán.
 


II



De no haber sido por mi abuelita, por su fe, no sé qué hubiera pasado.

Retrocedamos en el tiempo. A 1957.
Junio.

Mamá está molesta por esa nueva amistad de mi padre con ese barbero. Ese hombre tiene una horrible apariencia. Su pequeño tamaño, sus extrañas ropas; pero su característica más llamativa es que nunca mira a los ojos cuando alguien habla con él, siempre habla mirando hacia abajo, cualquiera pensaría que tiene pena; pero la verdad es otra. Teme que alguien descifre la malévola profundidad de su alma.

Lo conocen como Tony Flores, nadie sabe exactamente cuándo vino a Costa Rica. Unos dicen que procede de Veracruz, México. Ninguno está seguro. Este hombre está lleno de interrogantes. La única pariente conocida era una hermosísima mujer cuyo nombre es Gina, su hermana. Pero desapareció misteriosamente una mañana.

Sus conocidos preguntaron al barbero acerca de ella y su única respuesta fue que... ahora se encuentra mejor... está donde siempre quiso estar.

Una mañana, durante el desayuno, papá le comentó a mamá que él había oído que alguien enterró un dinero en el patio de nuestra casa; la conversación apuntó al barbero.

Fueron infructuosos los alegatos, papá parecía decidido a profundizar más en el tema.

Lo curioso del caso es que el interés paterno no parecía ir dirigido al dinero, sino hacia otra cuestión, que por el momento no estaba interesado en clarificar.

Una tarde, papá estuvo examinando sus preciados  libros, escogió algunos, y se retiró a tomar un baño. Por primera vez, mamá entró en ese cuarto y temerosa hurgó entre ellos.

“La Biblia Satánica”, “El Libro de Cortez”, “Rituales prácticos de Magia Negra” y una Biblia común con manchas pardas. Además, cuatro vasos de vidrio con una sustancia parecida a tierra mezclada con un fino polvo gris. Lo que más la aterrorizó fue ver varios mechones de pelo atados con una cinta negra, y una pequeña bolsa plástica oscura que contenía una camiseta vieja de mi hermano Sergio junto a un objeto alargado y duro que en la penumbra pareció ser un hueso.

Ruidos. Alguien se acercaba. Mamá salió de la prohibida habitación  y se dirigió a su dormitorio a tomar fuerzas para enfrentar a aquel hombre.

Respiró profundo y, como en un sueño, lentamente se desplazó. Un ruido seco la sacó de su ensimismamiento, era mi padre cerrando la puerta de la casa... se había ido...

Cuando papá volvió, ella lo increpó y amablemente él la llevó a su  biblioteca y le mostró una imagen diferente a la que ella había visto. Negó todo.

Aquella noche, papá trajo a la casa al sombrío barbero. Silenciosamente entraron al inmenso patio y se adentraron en las sombras. No se oyó nada. En la madrugada se marcharon.

Lo mismo se repitió por ocho noches consecutivas.

A la novena noche, algo había cambiado la rutina. Ambos llevaban algunos misteriosos sacos de húmedo olor. Se les veía muy esperanzados.

Impotente, mi madre tuvo que sufrir todas esas situaciones sin decir palabra. Pasada la media noche, mamá se encontraba despierta. Algo había robado su sueño. Encontró un poco de tranquilidad leyendo una vieja novela. El ambiente se notaba demasiado quieto.

Papá y el barbero salieron como de costumbre.
 

Pasó el tiempo, poco a poco, un levísimo sonido fue tomando forma. Procedía del patio. Era muy extraño. Todas las noches anteriores lo había oído, pero era hasta ese momento que le llamaba la atención. Era un sonido muy común y conocido. Tal vez por esa razón no le había dado la  importancia, ni el aterrador significado del mismo.

El libro cayó de sus temblorosas manos. El sonido que había iniciado como un ininteligible murmullo, había cambiado gradualmente; ahora se escuchaba claramente el sonido que hace un grupo grande de personas rezando. Sí, y procedía del patio.
- ¿Qué es lo que se oye? -preguntó mi abuela desde el cuarto contiguo.
Nadie contestó.

El terror que acechaba a mi madre era tal, que su semblante era una horrible mueca. Ahora el sonido no solamente era mucho más fuerte, sino que se escuchaba por toda la casa, incluso en el propio cuarto de mi madre. Pero no sólo se oía gente rezando, sino que también se alcanzaba a oír gente corriendo descalza. También, un olor a tierra descompuesta inundó el ambiente.

El estático ensimismamiento en que estaba sumida mi madre se vio roto violentamente por un alarido estremecedor. Mi hermano Sergio.

Todo lo que siguió a continuación pareció irreal, onírico.

La agónica carrera materna hasta el lecho de Sergio, la mohosa atmósfera pesada e irrespirable del cuarto de mi hermano. Pero de todo ello, lo inolvidable fue su rostro desfigurado por el terror. Su cabellera erizada como si estuviera siendo expuesto a algún campo eléctrico. Sus alaridos demenciales. Su incapacidad de reconocer a nadie, y posteriormente, su lengua recogida en el interior de su boca, que casi lo asfixiaba.

El sonido persistía, entre mi madre y mi abuela, recogieron al pobre niño de once años de edad y haciendo acopio de sus escasas fuerzas lo sacaron de la casa. Un vecino lo albergó, no sin antes hacer toda clase de preguntas y de llamar inmediatamente al médico.

Mi abuela, con su inmensa fe en la Virgen del Socorro, entró a la casa y se puso a rezar.

Poco a poco, la cacofonía fue desapareciendo.

Cuando volvió mi padre, fue enterado del lamentable estado del pequeño niño y pasó largo rato hablando con el médico. Fue la única vez que vi a papa llorar e hincado pedirle perdón a mamá.

Su corazón no había quedado bien; al momento el galeno no se explicaba por qué ese indefenso niño estaba vivo. Aquel pequeño que hasta hace pocos días era una alegre persona; ahora era una persona retraída, triste, y su mirada daba la impresión de ser la de una persona adulta, mayor.

Pasó un mes. Por el barrio se rumoreaba con extrañeza que nadie había vuelto a ver al barbero. El local estaba vacío. Nadie lo había visto irse. El extraño cuarto de papá fue desocupado y utilizado para otros fines.

La tranquilidad estaba empezando a volver a la casa, cuando una noche, a altas horas, un pequeño murmullo comenzó a escucharse. Los gritos agónicos de mi hermanito hirieron el aire. Otra vez el conocido hedor. La familia entera corrió buscando seguridad fuera de la casa. La puerta principal quedó abierta, la casa estaba a oscuras, aquel largo pasadizo parecía un largo túnel hacia regiones desconocidas de espanto. Mi abuela lentamente entró de nuevo a la casa, el ruido era fuerte y amenazador. Su pequeño y regordete cuerpo se fue perdiendo entre las sombras, como si fuese devorado. A tientas entró a su habitación y sin encender ninguna luz tomó un recipiente con agua bendita y la esparció por toda la casa. A medida que fue avanzando, el diabólico susurro fue retrocediendo hasta que no se escuchó más. Nunca más.

Mucho tiempo ha pasado desde ese hecho. Casi treinta años.

En todo este tiempo, he conversado con muchos vecinos. Unos conocieron muy bien a mi papá y al barbero. En este punto, en las mentes, la realidad se tiñe de míticas adiciones; es difícil saber cuál es estrictamente la verdad.

Hay quienes dicen que en mi casa mataron a un sacerdote y lo enterraron en el sombrío patio. Otros aseguran que el asesinado fue un perverso jugador de cartas apodado “dientes de fuego” por tener toda su dentadura trabajada en oro.

Ahora recuerdo, no sin tristeza, a mi padre, mi abuelita y a mi hermano, que en un lapso de muy poco tiempo encontraron el descanso eterno. A veces los sueño, siempre en situaciones dolorosas, oscuras y agobiantes. Todos están en La Casa.



Kruela
Esa mezcla de ficción y realidad, esa casa que nos va presentando en otros relatos anteriores, es en este relato donde cobra vida y da sentido a las pesadillas. Es como la culminación, la explicación de todo mal, por eso tiene mi voto, porque ha "dado sentido" a un puzzle.

LEM Alba Nydia Guzmán López
Va mi voto por este relato, me pareció buenísimo... Saluditos.

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