RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Jánika (Segovia. España)
La escalera
Avanzó, apenas sin fuerzas hasta el fondo de la callejuela oscura, sin saber todavía si encontraría una salida. Palpó a la derecha y a la izquierda, y, por fin, al fondo, sus manos toparon con una reja entreabierta. La oscuridad, latente, lo envolvía todo, pero aún así, debía seguir avanzando, ya no había vuelta atrás. Pronto, se chocó contra un escalón, cayendo de rodillas, su respiración entrecortada por el miedo no permitía salir de su garganta ni un sollozo, ni un gemido, mucho menos un grito. Sin tan siquiera rozar sus doloridas rodillas se incorporó y comenzó a subir.

Los escalones, altos, estrechos, cada vez más empinados, estaban desvencijados por los extremos. Su respiración iba cogiendo velocidad a la vez que la angustia iba apresando cada vez más su cuerpo. Había perdido ya la cuenta de los escalones, los tramos subidos. Ya no le preocupaba la humedad, ¿sangre?, que sentía a la altura de las rodillas. Ni siquiera recordaba de qué huía.

Siguió avanzando, con cansancio, pretendiendo desafiar sus propios límites, ya al borde de la extenuación. Sus piernas ya no le respondían. Se tiró al suelo y, de rodillas, dejando un rastro de sangre fresca a su paso, ayudándose con los brazos, las palmas de las manos, continuó su ascenso.

Abajo.
La reja.
Comenzaba a abrirse.

Un chirrido insistente puso en alerta a la presa.
Reptaba por los escalones como poseida por una fuerza superior que impulsaba a su cuerpo a subir, arrastrándose si era preciso.

Y esa maldita escalera parecía no acabarse nunca. Se paró para recuperar fuerzas. Y atendió a los sonidos envueltos por la falta de luz.

Un roce de tela le sobresaltó.
¿Por qué sonaba la tela al tocar los escalones siendo un sonido tibio y suave aquel, y sin embargo no escuchaba ni un solo paso?.

Abajo.
El viento.
Golpeó la reja.

El estrépito del choque hizo que unos perros comenzasen a ladrar rabiosamente.

La suma de factores era cada vez peor: la persecución, aquel torreón de inacabable ascenso, la oscuridad, la sangre, los crujidos de los escalones, aquella cosa, animal o ser, que iba tras él, y, ahora, los perros. ¿Qué más sería capaz de soportar?

Perdió el equilibrio, cayó rodando, tropezó a su paso con algo a lo que se agarró. Cuando recuperó el equilibrio, notó en su mano un jirón de tela. ¡Se había chocado con aquello!. No había ya noción del tiempo, del espacio. No sabía donde dirigirse y volvió a avanzar por los escalones.

Arriba.
Pasos silenciosos.
Esperaban su llegada.

Arrástrandose, con la escasa fuerza que le quedaba, ascendió, tramo a tramo.

Creía que aquella escalera infernal no acabaría nunca.

De repente, empezó a notar el aire fresco sobre su cabeza. La claridad de la luna empezaba a asomar por escasas rendijas. Los escalones dejaron de crujir. Llegó al final del torreón. Se asomó al abismo.

Una sombra.
Detrás de él.
Unas manos que empujan.

No le dió tiempo a gritar, y un golpe seco anunció al suelo que había llegado su....

            FIN
 

26/I/2001
Por Jánika (Segovia, España).



Salud Ruiz
Me parece un relato muy bueno pues te mantiene en suspense todo el tiempo, además no hay mayor terror que aquel que se desconoce.


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