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Este relato está escrito en honor a viejos escritores góticos, siguiendo sus métodos, y de hecho está lleno de guiños hacia una historia concreta.Desperté de lo que creía fue un sueño y dudé. Han pasado siete años y cada vez estoy más convencido de que aquello fue real, sin embargo el hecho de haber abierto los ojos y descubrirme en el frío y sucio suelo del cementerio me hizo sospechar que quizá había tenido una pesadilla y nada fue real. El tiempo me demostraría que estaba equivocado.
Sé que me va a costar hacerme entender pero es necesario que saque esto de mi cabeza pues se trata de la humanidad, de la pérdida total del ser humano, del exterminio absoluto a manos del mal y de los seres más grotescos y viles que ha creado Dios.
Ya, ya… lo sé. Pueden pensar que estoy encerrado en algún sanatorio cuando, con mi pluma temblorosa, escribo estas líneas, pero juro que no es así. En estos momentos estoy en el mismo lugar donde sucedió todo, en el asiento del fin del mundo, en la casa que me abrió los ojos y me mostró el terrible futuro que nos espera.
Compré esta mansión porque buscaba invertir algo de dinero y la casa era especial, parecía no existir por el extraño enclave donde se encontraba; esto me parecía muy interesante dado que vivir en el confín del mundo era algo que me atraía para descansar cuando buscaba la paz que una vida ajetreada como la mía a veces reclamaba con fuerzas. Nunca he trabajado realmente, soy un hombre rico por herencia de modo que he vivido a lo grande asistiendo a fiestas cada día y he disfrutado de lo que he querido.
Mi amor platónico era Alia, pero ella estaba felizmente casada con un capitán de barco. Como el hombre pasaba mucho tiempo fuera de casa Alia vivía la mayor parte del tiempo en casa de su querida amiga Lady Angela Lockwood, de quien yo, por pertenecer a la misma clase londinense, era también amigo. Me hice íntimo de ella cuando me enteré de que Alia, su amiga de infancia, compartía con Lady Angela tantas horas de asueto. Así fue como conseguí meterme en su vida con el fin de robarle el corazón, aunque nunca fuera mía legalmente. Lo tenía todo planeado y la casa que adquirí me serviría de camino. Las invité a pasar un fin de semana y aunque Alia fue renuente, Lady Angela aceptó por ambas y convenció a su amiga, todavía remisa, cuando yo aproveché para alejarme a encender una pipa. A la vuelta, acompañado por una nube aromática de humo, vi brillo en los ojos de Alia y sonreí para mis adentros.
Contraté a una vieja ama de llaves para se ocupara de nosotros con la promesa de que si lo hacía bien se quedaría con el empleo definitivamente y mientras viviera. La mujer llenó la despensa y se encargó de buscar a un par de ayudantes (entre ellas la cocinera) que no llegamos a ver en todo el fin de semana porque eran muy discretas. Sólo escuché algún que otro comentario acerca de lo extraño que resultaba vivir en aquel lugar que parecía enclavado en ninguna parte.
Cuando el cochero nos dejó su acompañante se hizo cargo de las maletas y yo invité a mis amigas a conocer los alredores de la casa. Un comentario del cochero que me llamó la atención antes de alejarnos –y que hizo cuando creía que yo no le escuchaba- fue que llegando a la casa había tenido la impresión de haber cruzado una pared transparente y haber entrado en otro mundo. Mostraba a su acompañante el brazo y le susurraba “el vello erizado”.
Lady Angela caminaba con su parasol blanco abierto ocultándose del sol del atardecer, y Alia paseaba cogida de su brazo. Yo les dirigía y les hablaba de la maravillosa visión de aquellas tierras lejanas e ignotas. No les conté lo barata que me había salido la inversión principalmente porque sé que a las mujeres no les gusta hablar de negocios, sin embargo las vi enamoradas del panorama que tenían ante sí.La casa tenía su propio cementerio y allí se mantenían rígidas al menos cien losas con sus respectivas tumbas.
- ¡Oh, Dios mío! ¿Va a mantener este cementerio Lord Jeremy? –me preguntó Alia espantada.- Da escalofríos pensar que pueda usted dormir con tantos cadáveres enterrados aquí mismo.
- También nosotras dormiremos esta noche aquí –rió Lady Lockwood más divertida:- podríamos aprovechar para contar historias de terror.
- ¡Ni en sueños! –Exclamó Alia asombrada.
Decidí intervenir.
- Una de las cláusulas, curiosa por cierto, que tenía el contrato de venta de esta mansión era el hecho de que el cementerio no puede desmantelarse. –Sonreí al ver el rostro helado de Alia- No se preocupe señora, los muertos no salen de sus tumbas.
- ¿Qué otras claúsulas extrañas tiene la casa? –Preguntó, curiosa, Lady Angela.
- Mmm… más que claúsula… la casa tiene nombre.
- ¿Cómo es eso?
- Se llama La Casa del Fin.
Alia tembló visiblemente y decidimos abandonar el cementerio. ¡Era tan especial! Mientras Lady Angela y yo nos burlábamos de la situación, Alia se mostraba asustadiza, preocupada. Daba ganas de protegerla.Disfrutamos de una grata velada pero tras la cena mis invitadas estaban cansadas por el largo viaje y decidí poner fin a la noche. Las dejé ir a sus habitaciones y yo, por mi parte, di un paseo nocturno.
Paseé fumando mi pipa, observando las estrellas y la luna llena que, por sí sola, hacía los efectos de una enorme lámpara. Era bello a la par que espectral, al menos en lo que se refería al cementerio de la familia Alchyuemist, lugar al que mis botas parecían caminar solas. Y a pesar de la extrañeza que me producía aquella guía invisible, me dejé llevar.
Me senté en un banco de piedra desde donde podía observar las lápidas pertenecientes, según el apellido que coincidía con el anterior dueño, a una misma familia. Crucé las piernas y exhalé humo de mi pipa. ¡Qué gran belleza! Porque realmente era bello el panorama. Frente a mí había tumbas, sí, pero también era una familia unida cuyo deseo había sido el de permanecer juntos toda la eternidad.
Entonces la luz, a mi alrededor, pareció vibrar. Por un segundo pensé que me había mareado no obstante me giré y observé la mansión cuya fachada parecía temblar, como si grandes focos de luz la atacaran insolentemente. Me levanté casi al borde del infarto, con las piernas temblando, buscando el origen de aquel extraño suceso, y cuando me di cuenta todo, y digo todo, giró a mi alrededor. Las imágenes comenzaron a sucederse rápidas, tanto que apenas era capaz de distinguir caras, gestos, amaneceres, anocheceres, ¡bodas!... vi una boda y vi, claramente, ¡mi rostro y el de Alia Harrow! Era una sucesión de hechos presumiblemente futuros que me espantaban por su nitidez pues se producían ante mí, imágenes que se mostraban ¡en el mismo aire!, entre el cementerio y la gran casa. Mis piernas temblaron aún más y me dejé caer en el banco de piedra, pero las imágenes eran incesantes bombas de información que atacaban mis pupilas y mis neuronas.
Abrumado traté de cerrar los ojos pero una fuerza sobrenatural me impedía hacerlo. El contrato de venta apareció en una de esas imágenes y fue el nombre de la Casa del Fin lo que vi desaparecer tras un puño cerrado y rotundo que golpeaba el papel, después me vi a mí mismo gritar, pero en una sucesión de imágenes anteriores vi a Alia muerta… y enterrada.
El cementerio en el que yo me encontraba en aquel momento cambió. El futuro me mostraba una sola tumba, la de Lady Alia Wherter. Y tras visionar horrorizado imágenes de mí mismo consumiéndome en el dolor, vi pasar los años, no demasiados ¡y eso era lo peor! pues la Casa del Fin se derrumbó frente a mis ojos y bajo ella salieron los demonios del mal, seres del submundo que esperaban ansiosos una puerta abierta para escapar. Y a la salida de estos los humanos empezaron a caer bajo sus garras crueles y sus dientes afilados. Se aparearon y se multiplicaron y vivieron escondidos en grutas, pero salían para comer y matar por placer porque ellos encarnaban el mal puro y duro.
¡Y todo eso lo vi sin poder hacer nada! Tremendamente espantado y con el corazón galopante, vi imágenes terribles donde no quedaba ningún ser humano vivo. Sólo los demonios que habitaran bajo tierra hasta que yo profanara el cementerio, consiguieron sobrevivir en nuestro bello planeta.
Desperté de pronto. Estaba en el suelo y al abrir los ojos vi las tumbas de la familia Alchyuemist. Me levanté aturdido y descubrí mi pipa, apagada, a unos pasos de mí. La recogí y me marché a casa para huir de tan sobrecogedora experiencia. Me costó conciliar el sueño pero lo conseguí. Al día siguiente no pude evitar recordar lo sucedido, pero no conté nada a pesar de que, por motivos que luego contaré, la horrorosa escena nocturna volvería a mi mente repetidas veces.
Tres años después Alia se quedó viuda, y dos años más tarde la llevé al altar y nos vinimos a vivir aquí. Alia estaba enamorada de esta casa a pesar de su nombre fatídico y de la lejanía del lugar a ciudades o pueblos, pero no podía soportar la visión del cementerio. Sin que me lo pidiera, hice desaparecer las tumbas. Cuatro meses después de aquella profanación Alia enfermó y se consumió en dos semanas. Su último aliento fue para pedirme que la enterrara en la casa y que guardara un espacio para mí, pues creía que una vez enterrados juntos volveríamos a encontrarnos. Aguanté las ganas de llorar y acaricié su pálida piel. Las ojeras que mostraba contrastaban horrorosamente con su tez blanquecina. Lady Angela me ayudó a cuidarla pero yo no permití que nadie me separara de mi amada noche alguna.
Al fallecer mi esposa comprobé que algunas de las imágenes que habían quedado olvidadas en lo más recóndito de mi cerebro volvían a cobrar vida: eran escenas que la casa me había mostrado casi siete años antes, como mi puño, rabioso, golpeando el contrato de compra de la casa. Me volví loco tratando de encontrarle algún sentido a todo aquello y Lady Angela llegó a preocuparse por mi salud, pero mi encono por conseguir averiguar el origen de aquel hechizo maléfico me hizo investigar sobre la familia a la que había pertenecido mi casa. Tan sólo pude averiguar que los anteriores propietarios eran originariamente rusos, que su apellido, Alchyuemist, significaba -como sospechaba- “alquimista” en inglés, y que las tierras donde se ubicaba la casa habían pertenecido siempre a aquella milenaria familia. No encontré al hombre que me vendió la casa. Lady Angela insistió en que volviera a Londres, pero me negué en rotundo. No quería separarme de mi querida Alia ni arrancarla del lugar donde tanto nos amamos.
Si ha de ser así, será, sin embargo yo procuraré evitarlo. Entre las escenas que me mostró la Casa del Fin, estaba la de mi propia lápida. Aparecía al lado de la de Alia, de modo que escribí una carta adjunta a mi testamento, carta dirigida a Lady Angela que sólo podría abrir a mi muerte, y que reza lo siguiente “quiero ser enterrado en Londres y que se traslade el ataúd de mi esposa a mi cripta familiar”. No sé si dará resultado, pero es lo único que puedo hacer para deshacer el hechizo maléfico de esta familia de alquimistas rusos que han jugado tantos años con el mal, porque yo soy incapaz de marcharme ahora de aquí. ¡No puedo abandonar a mi esposa!
No me queda nada más que decir, sólo orar para que Lady Angela fallezca después de mi expiración, pues no me atrevo a contarle esto a nadie más. Además... ¿en qué otra persona puedo confiar para que lleve a su fin mis últimos deseos? Debo confiar...
Lord Jeremy Wherter
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Kruela: Porque sé el esfuerzo que costó escribirla, por la fidelidad al gótico y porque en el fondo está bien escrita y he de reconocerlo ^.^ tiene mi punto.
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