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Parcialmente basada en una experiencia publicada en La Casa de KruelaMe llamo Judit Arsís, soy hija de un valenciano y una catalana y resido sola en una casita de montaña algo alejada de Ayora, el pueblo más cercano a mi aislado hogar. Vivo aquí porque me encanta asomarme a la ventana y disfrutar de la vista: la espesura de los árboles, tan verdes cuando no son violados, torturados y asesinados con una simple cerilla, me hace sentirme protegida. Sí, lo sé, es curioso, pero nunca me sentí a salvo con las personas, quizás por eso me hice parapsicóloga. El mundo de los muertos me daba más tranquilidad. Soy, para la gente del pueblo, una chica rara, sin embargo visto con vaqueros, desayuno cereales y de vez en cuando veo una película porno para dejarme llevar por mis instintos más eróticos y relajarme ya que no tengo pareja ni excesiva imaginación. Estar alejada del mundo está bien, pero tampoco hay que obsesionarse. Es por ello que en su día me hice muy amiga de una mujer mayor que yo llamada Melanie. Era inglesa, estaba divorciada y había perdido la custodia de su hija Blanche. La niña vivía en Inglaterra con su padre y ella vivió durante sus últimos cuatro años de vida en Ayora.
La historia que quiero contaros se refiere a Blanche.
Independizada ya del hogar paterno desde los dieciséis y habiendo ahorrado dinero a base de servir platos de comida y cafés en restaurantes londinenses, decidió salir en busca de su madre. Su padre murió dos meses antes de que Blanche comprara el billete de avión y lo hizo sin conocer las intenciones de su hija. Así, hace tres años, la hija de Melanie llegó hasta la puerta de mi casa. Su español, de academia, era bastante bueno, sin embargo el acento le acompañaba en cada palabra.Cuando se enteró de que su madre y yo éramos amigas vino a mi casa y me rogó que la pusiera en contacto con ella. Maldije a la gente del pueblo por haberle contado lo de nuestra amistad y no haberse atrevido a confesarle que Melanie había muerto. Tuve que ser yo quien pasara el mal trago. La parte positiva de esta situación es que Blanche pasó el trance a mi lado. La invité a quedarse en mi casa el tiempo que necesitara y nos hicimos amigas.
- Tengo pocos recuerdos de ella. –me confesó una noche.- Principalmente hay uno que no me quito de la cabeza, algo agradable.
- Cuéntamelo. –Le pedí. Estábamos sentadas en los sillones con un vaso de soda en las manos previo a la cena.
- Cuando era pequeña, con cinco o seis años, mamá solía hacerme galletas con trocitos de chocolate. Estaban sabrosísimas y yo la adoraba por hacérmelas. –Sonrió melancólicamente:- Me decía “¡Blanche, te he hecho galletas!”, y yo entendía que, a su modo, me estaba diciendo que me quería.
- Es agradable sentirse querida. –Dije.- ¿Por qué le quitaron tu custodia?
- Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mi padre se limitó a decirme que estaba loca, jamás me dijo si era paranoica, esquizofrénica o algo más concreto. De todos modos –confesó- no creo que eso importe. –Suspiró, y continuó:- Cuando nos separaron ella pasó muchos años ingresada en un sanatorio y al parecer vino aquí tras salir de su encierro.
Fruncí el ceño pensativa.
- Yo jamás noté nada raro en ella.
Por un momento sentí miedo ¿y si no había notado nada raro porque yo también era rara?. Preferí olvidarme de esto y viendo la tristeza en los ojos de Blanche decidí cambiar el tema.
- Blanche, oye, ¿por qué no dejamos el tema para otro momento y hablamos de algo más ligero?. –Le sonreí forzadamente, no sabía si tendría éxito, pero funcionó.
- Claro, me vendrá bien.
Fue así como ejerciendo de turista me preguntó por las costumbres españolas. Le hablé de comidas y fiestas típicas, de toros, de ferias… y casi sin darme cuenta, dejándome llevar por mis pasiones, le hablé de una subcultura que tenía más relación con mi profesión que con los panfletos turísticos.
- En esta zona de Levante hay muchas sectas, algunas incluso satánicas. He conocido a gente que hacía misas negras. –Blanche me miraba con los ojos tan abiertos que parecía que fueran a salírsele de las órbitas-. En Galicia tienen a las meigas y la Santa Compaña, en el mediterráneo abundan los exorcistas. Es una subcultura, la España oscura, pero existe. Forma parte de nuestra historia y sobrevive casi a escondidas. Darle publicidad no es conveniente así que sólo tenemos noticias de estas cosas a través de los diarios y los informativos cuando se comete alguna atrocidad relacionada con el tema. –Entonces sonreí:- Pero es excitante, Blanche. Si no te metes en historias satánicas o exorcismos y te quedas con la parte más atractiva, la de los fantasmas y las psicofonías, el mundo da un giro y de pronto eres una nimiedad frente a un gran enigma a descubrir…
El resto de la noche siguió igual: yo hablaba y Blanche escuchaba ensimismada. Creo que le contagié mi entusiasmo porque me hizo muchas preguntas y no dudó en ningún momento de las cosas que le contaba. Me sorprendió que Blanche no se cuestionara nada, quizá porque, por muchos deseos que tuviera por descubrir el gran enigma de la vida después de la muerte, yo era la primera que me lo cuestionaba todo.
Alrededor de las tres de la mañana decidimos irnos a la cama.
Cuando me levanté por la mañana me dirigí hacia la cocina para preparar café. Entonces la vi. Blanche estaba sentada en el suelo de cerámica, abrazada a sus flacas rodillas, con ojos espantados, ojerosa, tiritando y tremendamente asustada.
No dejaba de decir las mismas palabras una y otra vez, repitiéndolas casi en un susurro, y estaba ronca, por lo que deduje que debió pasar horas en ese estado. Sus palabras eran “los fantasmas existen, he hecho galletas”.No sé cuánto de sugestión o de realidad tuvo su experiencia pero la traumatizó. Hoy he recibido una carta suya. Aún no ha salido del psiquiátrico pero al fin le han concedido escribirme. Se me encoge el corazón cuando leo su carta, y se me hiela cuando releo obsesivamente ese final… necesito compartirla con vosotros. Necesito creer que realmente no es culpa mía lo que sucedió.
Dear JuditGracias por las cartas. Gracias por no olvidarme.
Al fin me encuentro con la serenidad de escribirte y dado que tengo permiso creo que debo hacerlo. Amiga mía, tú NO tienes la culpa de lo ocurrido. Era algo que debía pasar, mi madre sólo esperaba el momento de volver a mí y aquella noche, simplemente, le abrimos la puerta. Tú me abriste a mí la mente, pero fui yo quien abrió la puerta al más allá y la invitó a pasar. Ahora sé más cosas sobre ella, cosas que no sabía cuando fui a España. Por ejemplo que en su locura estuvo a punto de asesinarme cuando era niña. Curiosa es la mente… yo olvidé esos momentos. De haberlo sabido antes no se me hubiera ocurrido permitirle que entrara de nuevo en mi vida. La presentí, Judit, y no le impedí que viniera a mí. Si te cuento esto es para que dejes de culparte, y relatarte, al fin, qué me pasó aquella noche.
Seré breve… te lo prometo.
Cuando nos fuimos a la cama no pude dejar de pensar en mi madre, sin embargo me dormí. De pronto escuché mi nombre y desperté. Durante unos segundos deseé con todas mis fuerzas que fuera mi madre quien me llamaba, pero estaba sola en la habitación. Como me había desvelado fui a la cocina a beber un vaso de agua. Al entrar en la estancia la vi. Estaba al fondo, de espaldas a mí. Se giró. En sus manos llevaba una bandeja llena de galletas. Era mi madre. Su boca se abrió y salieron unas palabras susurrantes… “Blaaaanche, te he hecho galleetaaaaas”. En aquel momento yo estaba asustadísima pero no fue hasta unos segundos más tarde cuando me desmoroné ante el espectro.
El fantasma de mi madre, de pronto, tiró la bandeja al suelo, comenzó a chillar y a tirarse de los pelos. ¡Era una locura, Judit!. Tiemblo al recordarlo. Fue entonces cuando se avalanzó hacia mí… ¡gritando! y yo me tiré contra la pared, muda, sin habla, absolutamente aterrada.
El espíritu desapareció ante mis ojos justo antes de chocar conmigo. Caí en un estado de shock, me deslicé hasta el suelo llorando, y así, pero ya con las lágrimas secas en las mejillas, me encontraste.
Llevo tres años en este psiquiátrico, Judit, y aunque dicen que estoy mejorando, algunas noches me despierto y veo a mi madre a los pies de mi cama con la bandeja en la mano susurrándome “Blaaaanche, te he hecho galleeetaaas”.
Mi madre no quiere abandonarme, Judit. Me hace galletas y me las trae, pero yo no las quiero, me da mucho miedo…¡Ayúdame!.
Ruega por mí. Yo ya no tengo fuerzas.
Con cariño, Blanche Campbell.
© Anika. Ciberanika.com
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Abril S. (Ccs Vzla)
¡¡¡Está buenísimo!!! espero que hayan más cuentos así, me hiela un poco la sangre cuando lo leo pero es pasable ¡¡¡felicidades!!! En estos momentos sólo hay dos cosas que me hielan la sangre: Los espíritus de mi apartamento y este cuento:D. Para contactarme escribanme a thekitty2000@hotmail.com.
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