RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Anika (Valencia. España)
El vetatorio
Fortunata abrió presurosa el viejo armario de Clara y rebuscó entre su ropa. Encontró lo que buscaba y lo lanzó sobre la cama de la niña.
- Clarita, ponte este vestido.
- ¡Agg! Abuelita, este traje es negro.
- Vamos a un velatorio ¿no esperarás que te ponga de colorines?
        Clara frunció el ceño
- ¿Y para qué vamos a un vetatorio?
- Velatorio. –Corrigió la abuela.- No rechistes más, tenemos que velar a un muerto.
        Dicho esto la anciana, rígida como de costumbre y delgada como un alambre, salió airada de la habitación oscura de la niña y penetró en una sala si cabe más en penumbra.

“¿Para qué tendremos que poner velas a los muertos? Vetatorio... no, ve-la-to-rio... si me equivoco otra vez a la abuelita le da algo. Uff, qué ropa más fea, es toda negra. A ver... no, no me gusta nada, pero si no me la pongo la abuelita me dará una tunda y no tengo ganas de que me escueza el culo. Siempre me pasa igual, me pega tan fuerte que luego no me puedo sentar en dos días y ¡se me pone el culo rojo! Menos mal que nadie me lo tiene que ver porque si no... qué vergüenza. Vale, ya está, tengo una idea genial. Es estupendo tener ideas. Y mi idea eeeees.... –Clara abrió un cajoncito donde guardaba la ropa interior y sacó unas bragas rosas- ¡esto! –sonrió abiertamente.- Es estupendo, sí señorita. A mamá le gustaba mucho el rosa y ahora que lo pienso también es mi color favorito así que... decidido.”
        Resuelta a rebelarse se puso las braguitas rosas y luego se vistió con el traje negro.

- ¡Vamos Clarita que se hace tarde!
        La abuela cerró la puerta con la llave y luego se la guardó en el sujetador. El movimiento fue tan rápido que la niña no dejaba de preguntarse si habría ido a alguna escuela para aprender aquello.
- ¿Qué se hace en un ... velatorio, abuelita?
- Llorar a los muertos. –Sentenció la mujer.
        Clara casi tropezó con una piedra porque seguir los pasos de la abuela era un trabajo arduo y le costaba mucho hablar y caminar a la vez. A veces se preguntaba si los adultos tomaban alguna medicina especial y supuso que la respuesta era sí porque cada vez que la abuela tragaba ese líquido marrón rojizo con cierto olor a vinagre y ella le pedía un poquito para probar, la anciana le salía con que ésa era una bebida sólo para adultos. Por cierto que si todos los adultos podían beber aquello no entendía porqué tenía que ser un secreto entre las dos. Pero bueno, es que los mayores eran muy raros.
        Fortunata tenía largas zancadas y Clara decidió no hablar más para no tropezar. Se concentró en el suelo y buscó la forma de esquivar piedras, guijarros y y baches.
        Finalmente llegaron a la casa donde velaban a la fallecida. Allí había al menos quince personas, todas de negro, casi compitiendo por tener el rostro más triste del pueblo. Clara les miró a todos con curiosidad. Era su primer velatorio y aunque conocía bien la casa aquello era nuevo. Quería participar en todo.
        Mientras la abuela penetraba en el lúgubre hogar, Clara le seguía y escuchaba los lamentos de las plañideras. Con ojos curiosos y una gran sonrisa en el rostro observaba todo lo que ocurría a su alrededor, llegaba a una pequeña habitación con seis mujeres igualmente vestidas de luto y con una lágrima fácil que parecía conectarse con un interruptor. Fortunata entró, observó y más relajada miró a su nieta.
- ¡¿Qué haces riéndote ingrata?!
        La sonrisa de Clara se heló en un rictus de lo más estúpido y no se atrevió a mover un músculo de su cara. Todas las mujeres de la sala le miraban con compasión y curiosidad e incluso hubo alguna que se acercó a abrazarla.
- Que quites esa cara de payaso, niña. –Ordenó Fortunata dándole un empujoncito que casi la estampa contra la pared.
        La sonrisa finalmente desapareció y Clara se preguntó qué estaba haciendo mal.
 

- Abuelita, ¿dónde están las velas?
- ¿Qué velas? Anda niña, deja de decir tonterías y haz como que lloras.
        Clara alzó las cejas en señal de sorpresa y se preguntó para qué puñetas había que simular que lloraba. Si para llorar lo único que necesitaba era una tunda proporcionada por la férrea y huesuda mano de su abuela. Claro que no era cuestión de hacerle enfadar porque si de algo no tenía ganas era de aguantar una paliza. Sopesó las posibilidades y decidió que lo mejor era imitar a las demás mujeres de la habitación.
        Pese al calor sofocante y a las ganas de salir a jugar con otros niños Clara arrugó la nariz, frunció el ceño y comenzó a llorar.
        El llanto de Clara se hizo más intenso porque se había concentrado. Trataba de imaginarse lo mucho que dolería una patada de su vecino o una caída por el barranco y aquello funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Abrió un poquito los ojos para ver el efecto que causaba su fingido dolor y se percató de que siete pares de ojos, entre ellos los aguileños y ofuscados de su abuela, la miraban fijamente. Dos mujeres se le acercaron y la animaron. Una de ellas incluso le dijo que hablarían después del velatorio sobre su futuro, pero Clara estaba demasiado concentrada en su llantina como para escucharle.
        Pensando que lo estaba haciendo bien (por dentro sentía tanta alegría que casi se hacía pipí encima) se dispuso a exagerar más el llanto y antes de darse cuenta estaba berreando.

El manotazo en la cara la dejó sin aliento. Más que doler, porque doler dolía, la dejó pasmada. Esta vez se le congeló la sorpresa en el rostro.
- No hagas el idiota que me dejas en ridículo. ¿Ves? Ha venido más gente a ver qué ocurrría. –Fortunata se giró hacia la para mirar a los presentes:- Cuando los curiosos se dieron por satisfechos viendo a Clarita reconfortada por dos de las mujeres de la sala Fortunata volvió a mirar a la niña:- Quédate quietecita y no digas ni mú.
- Pero abuelitaaa... me aburro.
        Las mujeres sintieron pena por la niña pero la dejaron desahogarse.
- Cómprate un burro –Contestó Fortunata.
- Y tengo hambre
- Cómete un alambre.
        Clara sorbió las penas por la nariz y se cruzó de brazos.

“Qué aburrimiento. ¿Se puede comprar dinero con aburrimiento? Seguro que me ha dicho una mentira. Para todo se necesitan pesetas. Una vez tuve un chavo, pero la abuelita me lo quitó porque se había quedado sin su medicina de vinagre. Me gustaría probarlo, a ver si soy igual de rápida escondiendo la llave en las tetas o llorando como las plañideras mandan en este vetatorio. ¡Uy! Otra vez... velatorio. Qué palabra más fea. Y encima no hay velas por ninguna parte. ¿Se les habrán acabado?... Tengo hambre.... ufff, la barriga me hace ruiditos. ¿Se pueden comer los alambres? La verdad, creo que no, creo que la abuela ha vuelto a engañarme porque cuando juego con alambres me riñe porque dice que me puedo hacer daño, así que no tiene mucho sentido. Si me como un alambre me hago daño, así que si tengo hambre y me como un alambre, se me irían las ganas de comer pero me dolería la barriga. Caray, qué difícil es comprender las cosas de mayores.”
- Abuelita ¿puedo ir al baño?
- Ve, pero no tardes.
        Clara dejó a las siete mujeres fingiendo gravemente un dolor que sólo sentían un par de ellas y salió en busca de la cocina. Había dicho una mentira pero si la abuelita podía, ella también. Total, no tenían por qué pillarla. Encontró la cocina muy cerca de la puerta de salida y vió que en ese momento no había nadie. Entró recuperando su sonrisa –porque aprendió de un empujón que en los vetatorios, perdón, velatorios, había que ponerse muy seria- y vio algo que no esperaba.
- ¡Medicina como la de la abuela!
 

Media hora después una de las mujeres de la sala salió intrigada en busca de la niña y dejó al resto con su llantina.
- ¿Habéis visto a Clarita?
- No. –Le contestaban.
- ¿Pero es que nadie se ha fijado? Si es la única niña de este velatorio. ¡Además ya sabéis que está un poco trastornada desde la muerte de su madre así que deberíais fijaros más! –Se quejaba ofuscada.Visitó sin suerte el cuarto de baño que estaba fuera de la casa e incluso se alejó algo del hogar por si la niña se había escapado para jugar pero tuvo que volver convencida de que la cría no había salido de la casa.
        Cuando ya estaba llegando, la sobrina del zapatero del pueblo salió en su busca.
- Clarita está en la habitación de la abuela. –Informó.
- ¿Ha vuelto?
- Sí, parece que no se encuentra muy bien.
- ¿Qué le ha pasado?
- Mejor lo ves tú misma.
        La mujer entró como una exhalación y se encontró con Clara al lado del ataúd, llorando como una profesional. Se acercó a la niña.
- Me has asustado Clarita, -susurró- es normal que esto te afecte pero es mejor que no te quedes sola. ¿Me oyes? ¿Con quién has venido?
- ¡Hip!
        Tras hipar, Clarita cayó al suelo redonda y se le quedó en el rostro la mueca más estúpida que había mostrado en todo el día para descontento de su abuela. ¡Una no se muere todos los días! Ya podía la niña dejar de hacer tonterías y no estropearme el velatorio!.
        Alguien dijo que el ambiente apestaba a vino y se miraron unas a otras.
 

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Kruela
Este es un relato con mucho éxito en el Taller Proyecto Versiones de "Anika Entre Libros", y sólo hay que ver el humor negro para apreciarlo. A mí me da mucha risa.

María (Caracas, Venezuela)
Les confieso que esta historia me encantó, en el momento en que la estaba leyendo estaba rodeada de muchas personas y me creyeron loca al verme cómo reía. Me gustó el humor como está relatado, de mi parte le doy el voto.

Blanca Estela (México D.F.)
Me fascinó el relato, igualmente estaba yo sola carcajeandome, le doy un voto, cosa que a ninguno le he dado.
Llevo ya buen tiempo leyendo esta página y nunca había puesto mi opinión, pero ésta sí vale la pena, está de risa.
 


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