RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Clare (España)
El silencio interior
¡Satine, estudia!, ¡Satine, ven a comer que te estás quedando muy delgada!, ¡Satine, no le contestes así a tu padre!...
        ¿No se cansaba de gritar? ¿Acaso no sentía ese picor en la garganta, esas ganas de descansar la voz que siente cualquier ser humano después de lo que parecía una eternidad de gritos?
        Ella parecía vivir para gritar, era lo único que hacía aparte de dormir y comer.
        Siempre estaba enfadada por algo y siempre tenía que ver conmigo. Me odiaba y yo no entendía por qué, no sabía qué le había hecho, el odio que sentía hacia mí crecía cada día sin importarme lo más mínimo.
        Gritos, gritos, gritos... Era lo único que se escuchaba en mi casa desde que tengo uso de razón. Allí no existía el silencio, algo que llegué a conocer a los dieciséis años aproximadamente. Recuerdo ese descubrimiento como si hubiera sido ayer. Yo andaba algo desconcertada, cansada y con los ojos doloridos y hartos de llorar. Oía en mi mente, con toda claridad, los gritos de mi madre, no recuerdo el por qué de esos gritos pero sí recuerdo que esta vez yo no tenía la culpa, pero no tardó en involucrarme en algo que había empezado ella sola con sus delirios.
        Cansada de recibir insultos, cogí mis llaves y salí por esa puerta, la cual odiaba por ser lo que me unía a esos gritos al llegar a casa. Tanto mi madre como yo sabíamos que no tardaría en volver, quizás en una hora, dos, no más. Cada vez que salía, decía que un día me iba a ir de ese infierno y no iba a volver. Pero ese momento aún no había llegado, por ahora tenía pensado coger aire y volver dispuesta a afrontar lo de todos los días, sin novedades.

El silencio, algo precioso lleno de ruido que no percibe el oído humano. Algo que me tranquilizaba, lo único que sabía hacerlo. Pero no era fácil de encontrar, sólo estaba en sitios cerrados y muertos. Encontré uno de esos sitios, justo lo que necesitaba.
        Era una especie de caseta, en medio del bosque, parecía abandonada por el mal estado en el que se encontraba. Ventanas rotas, musgo creciendo por cada esquina visible, tenía unos escalones, si es que a eso se le llama así, eran varias piedras una montada encima de otra que daban hacia la puerta. Parecía algo hecho por un crío.
        Entré, no parecía tener restos de vida por ninguna parte, lo cual me confortaba. Me senté, miré a mi alrededor y escuché. No oía voces, sólo el viento, el ocasional movimiento de las hojas de los árboles y algún que otro pajarito. Era una sensación nueva para mí, sentía como el silencio invadía mi cuerpo y mente. Estaba relajada, sola y podía desconectar del resto del mundo. Me sentía en paz. Nunca antes me había encontrado así.
        Sentía tantas sensaciones nuevas en mi cuerpo de forma tan brusca que no sabía si llorar o reír.
        Era un paraíso, mi paraíso, me quedé durante mucho tiempo hasta que se hizo de noche.
        Decidí volver, volver a lo que me sentía obligada a llamar hogar.
 

Ya las siete, no tenía ganas de levantarme, no quería bajar a encontrarme la casa vacía pero tan llena a la vez, era una sensación inexplicable. No había nadie, pero la casa en sí, estaba llena de sentimientos.
        Me levanté, el cuerpo me pesaba y la cabeza me daba vueltas. Como todas las mañanas me quedé sentada unos minutos antes de levantarme.
        Me puse en pie, me duché y rápidamente me puse lo primero que saqué del armario. Salí de mi habitación y bajé las escaleras. Hacía frío y lo sentía por todo mi cuerpo.
        Entré a la cocina, miré a mi alrededor y salí.
        No tenía hambre y se me hacía tarde, aunque no me importaba. Solía llegar tarde a clase y nunca me perdía nada, quizás alguna que otra bronca o la corrección de ejercicios que nadie había hecho.
        Llegué al instituto, no muy tarde, al menos no era la última en llegar. Entré y anduve hacia la primera clase del día, Historia. Odiaba, más que a las otras, esta asignatura. ¿Qué me importa a mí lo qué ocurrió en el pasado?
        Me pasé la hora escribiendo; escribir y la música, ambos por separado, eran mis únicas pasiones. Escribí sobre esa cabaña, sobre los sentimientos que sentí al estar en ella, lo a gusto que me sentía e intenté describir ese silencio que escuchaba.
 

Al acabar las clases me volví casa, sin ganas, porque sabía lo que me iba a encontrar al otro lado de esa puerta. Gritos, portazos y ruido en general. Supongo que debí haberme acostumbrado pero hay ciertas cosas a las que uno no puede, ni debe acostumbrarse.
        Entré, sin decir nada y subí a mi habitación. Tiré mis cosas sobre la cama y me acosté. No tardé en perderme en un mundo que me gustaba, un mundo donde nada era real, donde yo era feliz.
        Poco después mis sueños fueron interrumpidos por los gritos de mi madre
“¡Satine, baja a comer!”
        Bajé algo dormida aún, con mi mochila. Dentro, una libreta y un bolígrafo negro. Entré a la cocina, un olor a comida frita invadía el pequeño espacio donde me encontraba, me senté a la mesa y picoteé un poco. No tenía hambre, ya hacía tiempo que había dejado de sentir ganas por comer. Notaba cómo mi madre, que me miraba, se moría de ganas por gritarme. Mi padre leía el periódico en la otra punta de la mesa, callado, como siempre, callado y observador. Siempre era igual, me miraba como si fuese un puzzle mal armado que quería arreglar pero aún sin saber cómo.
        A mi madre le encantaba, ella era la que llevaba los pantalones, era la que mandaba y todo iba como ella quería. Tenía una habilidad tremenda para conseguir su objetivo, sea como sea. No le importaba dañar a alguien por el camino, y si ese alguien era yo, mejor.
 

Volví a la caseta, necesitaba escribir para relajarme. Mi madre me tenía harta, me encontraba fatal, tanto anímica como físicamente. No podía más, problemas en casa, en el instituto, en mi mente, en todos lados.
        Salí de mi casa, hacia la caseta. Salí tan rápidamente que estaba echa un desastre. Caminé por el bosque, muerta de frío, y allí estaba. Mi caseta.
        Noté algo extraño, alguien había estado allí, alguien, o algo aún estaba dentro.
        Me acerqué, sin temor, abrí lentamente la puerta y.....
        No recuerdo qué pasó, sólo recuerdo sangre, por todo mi cuerpo. La sirena de la ambulancia que me llevaba rápidamente al hospital para intentar salvar mi vida, esa vida llena de dolor que me había tocado.
        Veía a mis padres, al lado de mi cama, ¿qué hacían allí? ¿se preocupaban acaso por mí?
        “Mamá, estoy aquí, estoy bien....“
        No me escuchaba. No se movía, sólo caían gotas de sus ojos... No gritaba, mi madre no me gritaba...



Kruela
Me ha gustado mucho este relato. Al principio no es lo que parece y ese final le da un sentido muy amplio al resto, a la vida que Satine ve a su alrededor, el cómo la ve y cómo al final se da cuenta de ante todo un hijo es un hijo y se le quiere, y que los gritos de la madre pueden venir por problemas de la propia madre que la hija no ha sabido entender en su compañía.


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