RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Cristian Blanco
Familia feliz
Los Rojas eran el prototipo de familia feliz, padre, madre y dos hijos. Edu de ocho años y David de apenas seis meses. Toda la familia estaba encantada con David, ya que era un niño muy guapo y muy espabilado. Jesús, su padre, solía enseñar su foto siempre en el trabajo:
- Mirad mi pequeño David, qué guapo es.
Y todos quedaban maravillados con la belleza encantadora de ese querubín rubio de ojos azules como el cielo. Su madre no estaba menos encantada, y se llevaba a su hijo a todas partes, a la compra, a la peluquería, para que todas sus amigas vieran lo guapo que era. Incluso su hermano mayor quería mucho a su hermano, lejos de los celos, le gustaba jugar con él, y no le importaba si estaba con sus amigos, que su hermanito gateara por ahí cerca. Eran la estampa de la familia feliz pero a veces, las cosas cambiaban.

Era un sábado por la noche y toda la familia estaba sentada en el sofá viendo un programa por la televisión, cuando de repente se perdió la conexión.
- Esta casa es tan vieja que ya ni pilla bien las cadenas -refunfuñó Jesús mientras se levantaba del sofá para ajustar la recepción.
Los Rojas vivían en una casa antigua, heredada de un tío abuelo de su padre, la casa aún conservaba el sabor añejo, pero Natalia la había reformado bien. Hasta le gustaba ese regusto gótico que tenía la casa, así espantaba a muchos gamberros, aunque algunos pensaran que en esa casa habían fantasmas.
- ¿Se ve mejor? -Preguntó Jesús mientras conectaba y desconectaba la televisión una y otra vez.
- No cariño -dijo Natalia.
El pequeño David se acercó gateando a la tele y su padre lo frenó.
- No, no, eso caca, Edu aparta a tu hermano de la televisión a ver si le da un calambre o algo.
- Sí, papá -dijo resignado Edu y levantó a su hermano en brazos y volvió a sentarlo en el sofá junto a su madre.
De repente la luz se fue y Jesús pegó un grito. Natalia se levantó asustada para ver cómo estaba su marido.
- Estoy bien Nati, estoy bien, sólo que me he enganchado a la corriente, joder. Menuda nochecita.
- ¿Niños, estais bien? -Preguntó Natalia.
- Sí mamá -contestó Edu que llevaba a su hermano en brazos.
Empezaron a oirse pequeños golpecitos en el techo, luego más fuertes, estaba lloviendo. Y tenía pinta de tormenta.
- Ahora llueve, hay que joderse -se quejó Jesús.
- Voy a llamar a Eleanor a ver si ellos tampoco tienen luz.
Natalia se acercó al teléfono y al descolgar el teléfono hizo un chillido penetrante y soltó el teléfono del dolor. Jesús la agarró por los hombros.
- ¿Estás bien?
- Sí, es como si me hubieran gritado en el oído, tampoco tenemos línea -dijo Natalia mientras se agarraba la oreja derecha del dolor.
Un rayo seguido de un trueno iluminó la estancia por unos segundos. Los cuatro estaban paralizados de terror.
- No tengais miedo niños -dijo Jesús abrazando a sus niños.- Es sólo una tormenta.
- Ya lo sabemos papá -dijo tranquilo Edu. El pequeño David sonreía.
- ¿Y ahora qué hacemos Jesús? -Dijo Natalia.
- Buscamos las velas en la cocina y cuando haya parado la tormenta iremos a ver a tu hermana, a ver si están bien.

No dio un paso Jesús en dirección a la cocina, cuando la puerta de ésta se cerró con gran estrépito. Jesús se quedó parado a medio camino, sobretodo cuando oyó que a sus espaldas, la televisión se encendía sola. Los cuatro se quedaron mirando la pantalla, que emitía un fulgor azul.
- SALID DE LA CASA -Tronó una voz tan fuerte que rompió un jarrón que le regaló la madre de Natalia a su hija por su santo.

Natalia empezó a llorar y se agarró a Jesús que miró con desconfianza alternativamente a la televisión y a la ventana. La lluvia no paraba.
- ¿Quién hay ahí? -Dijo Jesús sin mucha convicción.
- SALID DE LA CASA O MORIREIS TODOS
- ¡No! -dijo Natalia chillando y corrió en dirección a la puerta. Jesús la siguió e intentó que no saliera pero abrió la puerta y salió a la lluvia. Jesús la siguió para tranquilizarla.

Cuando Jesús salió de la casa, ésta se cerró con llave y todas las persianas se bajaron solas.
- ¡Los niñoooos! -gritó Jesús.
Natalia se agarró a la puerta pensando que con sólo su fuerza de voluntad podría abrirla.
Mientras, en el interior de la casa, la tele se apagó. La luz volvió a la casa y todo parecía estar en normalidad. Edu dejó a su hermano sentado en el sofá y cogió un cojín enorme mientras decía tranquilamente:
- Lo siento enano, no es nada personal, pero estábamos mejor sin ti.

Edu asfixió a su hermano con el cojín y una vez muerto, encendió la tele. Al cabo de media hora dejaría que sus padres entraran en casa. Para entonces ya habría pensando alguna explicación. Desde luego, sí que estaba mejor sin el enano. Mucho mejor.

Fin

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Eva (Zaragoza. España)
Me ha gustado mucho, y es que la gente perfecta da mucho repelús ¿verdad? Esperaba algo así, pero lo has contado muy bien.

La Diosa Griega (Venezuela)
Estupendo cuento, fascinante.


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