RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Jánika (Segovia. España)
Pasión de fuego
Irina siempre había tenido fama de ser una mujer fría en todos los aspectos. En su trabajo como empresaria era implacable, tanto con sus clientes como con sus compañeros. Había algo en ella que hacía permanecer distantes a los hombres; quizás fuese su gélida mirada azul, quizás su voz de tono irónico o su risa sarcástica que empequeñecía a los demás haciendo que la creyesen superior a ellos.

Irina no era feliz. Su eficacia y perfección, su fuerte carácter, tan decidido y distante de los demás, la habían convertido en una mujer amargada. Hermosa e inalcanzable. Y también vacía por dentro. Ni su éxito en los negocios era capaz de satisfacerla, y por ello se decidió a hacer un pacto con el Diablo.

- Necesito pasión en mi vida.-Se dijo un día mirándose al espejo. Y a partir de entonces todo empezó a cambiar.

Poco a poco su gran valía profesional comenzó a declinar. Sus clientes ya no estaban tan contentos con su trabajo, y comenzaron a hacerle encargos a otros compañeros suyos, que, si bien estaban menos cualificados, les ofrecían más confianza.

A la vez que esto sucedía, el carácter de Irina, tan desmedidamente frío e introvertido, comenzó a cambiar.

Al principio, sus compañeros de trabajo se sintieron muy extrañados cuando, de la noche a la mañana la vieron aparecer en la oficina luciendo una hermosa sonrisa acompañada de un musical "¡Buenos días!"

Y no fue sólo eso lo que cambió.
    Algunos de sus compañeros comenzaron a verla con nuevos ojos.
    Cierto es que siempre la habían considerado muy atractiva, pero también como un caso imposible. Una fiera indomable por su tremenda frialdad.

Pero Irina ya no era fría con nadie, había cambiado.
    Su mirada, antes tan gélida, se había tornado cálida como el cielo en verano y sus ademanes, antes bruscos y violentos, también se habían suavizado notablemente.

En breve tiempo empezó a recibir propuestas de sus compañeros. Se podría decir que hacían cola para salir con ella. Irina no cabía en sí de gozo. Por fin había conseguido lo que pretendía. Dejando la ambición a un lado estaba a punto de empezar a sentir auténtica pasión en su vida. Pero nunca los tratos con el Diablo son perfectos.

Aquella noche, Irina estaba algo nerviosa. En otra situación, y si hubiese seguido siendo la Irina de antes, se habría sentido segura de sí misma, convencida de triunfar, pero...

Había quedado para ir a cenar con un compañero de su departamento. Se trataba de un buen partido, e Irina estaba dispuesta a utilizar con tino todas sus armas de mujer para conquistarle.
- Veamos... las medias: perfectas, los pendientes y el perfume: en su lugar, el vestido: impecable, y el último toque, los zapatos de tacón con el bolso a juego.
    Soltó su pelo, rubio y ondulado, para que trotase sobre sus hombros. Y tras una última mirada al espejo se dedicó a sí misma una sonrisa complaciente.
- Pero... ¿Y si no le gusto? ¿Y si no consigo lo que pretendo...?
    Las dudas empezaron a acosarla, pero ya no había tiempo para pensarlo más, su cita la esperaba.

La cena transcurrió apacible y alegre, la verdad es que ambos habían congeniado desde el principio e Irina sonreía por dentro imaginándose lo que vendría después.
    Cuando concluyó la cena, el joven la acompañó hasta su apartamento y con la típica y manida excusa de tomar una última copa se encontraron ambos en el salón de Irina.
    Se sentaron en el sofá de terciopelo y, conforme pasaban los segundos se acercaban un poco más el uno al otro.
    Cuando Irina comenzó a abrazar y besar a su acompañante éste empezó a sentir un calor especial y fuera de lo común, que aumentaba progresivamente mientras Irina más le acariciaba. En el momento que intentó apartarse de ella ya era demasiado tarde. Su piel, ante el terror y la sorpresa de ambos, había empezado a arder con furia desmedida.
    Irina contempló horrorizada como su promesa de amante se consumía entre las llamas producidas por su pasión.
 

A la mañana siguiente, Irina quería pensar que todo había sido un mal sueño, se convenció a sí misma de ello hasta que al llegar a la oficina la informaron de la extraña desaparición de Roberto.
- Sí, aquel guaperas de la sección de seguros. Nadie sabe qué ha sido de él. La última vez que se le vió fue ayer por la tarde, al salir de la oficina. No está en su casa, ni su familia sabe nada. Se ha esfumado.- Le informó a Irina su secretaria.
- Bueno, quizás esté de viaje... o quizás haya huido de una ex-novia celosa, no sé, puede haber muchas razones para su desaparición, ¿no?.
- No sé , no sé... lo dudo.
    Aún así, Irina siguió pensando que ella no tenía nada que ver en aquella extraña desaparición, y cuando Saúl, su superior inmediato, le pidió una cita, no se lo pensó dos veces y accedió gustosa.

La noche prometía.
    Después de un par de copas en un bar cercano a la empresa, Irina y Saúl se dirigieron en el descapotable de éste hasta un mirador desde el que se divisaba la ciudad nocturna a sus pies, en todo su esplendor.
- Irina, noto que has cambiado mucho. Siempre me habías atraído, pero eras tan fría conmigo...
    Ella sonrió y tomó su mano.
- Y ahora es como si un imán me atrajese hasta tí.
    Empezaron a besarse y a pesar de que corría una brisa, nocturna y fresca, él empezó a sentir un calor insoportable. Cuando quiso darse cuenta su cuerpo estaba ardiendo.
    Irina tuvo el tiempo justo para escapar del coche antes de que éste explotase.

- Tengo que olvidar lo ocurrido, no, no me ha pasado a mí, es absurdo.
    Irina, ya en su casa, intentaba convencerse a sí misma de que aquello no estaba ocurriendo.
    Sin embargo, cuando dos días después vió arder la cama de un hotel (con su amante ocasional incluído) empezó a darse cuenta de que algo extrañísimo le estaba sucediendo.
- Veamos, vamos a analizar la situación... ¿Desde cuando viene pasándome esto?
    Se dijo frente al espejo.
    Su cálida mirada se volvió gélida como antaño por un instante.
    Y, de repente, dos pupilas rojas le devolvieron la mirada desde el espejo.

Una voz gutural, que no se sabía de donde procedía, respondió a su pregunta:
- Desde nuestro pacto.
    Irina empezó a temblar.
- ¿Recuerdas lo que me pediste?
    Irina se oyó a sí misma diciendo:
"Pediría al mismo diablo cambiar mi eficiencia por sentir pasión en mi vida. Pasión de fuego".
- Es lo que tienes. No te quejes.
    La voz, jocosa y temible desesperó a la mujer, que actuó de manera imprevisible e impulsiva.
    Se abrazó a sí misma, intentando sentir la pasión soñada tantas veces. Su pelo empezó a arder y entre gritos de impotencia su cuerpo fue descomponiéndose en cenizas lentamente.
    El demonio salió del espejo, y comenzó a recoger cuidadosamente las cenizas de Irina.
- Estos humanos... nunca saben expresar lo que quieren...
    Y desapareció con una sonrisa irónica en el rostro.
 

   - FIN -

 
moraleja (1): Tanta pasión no es buena para el cuerpo.
moraleja (2): No es conveniente fiarse del Diablo...

Laura D.H.
(Jánika)

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La Diosa Griega (Venezuela)
Buenas conclusiones, estoy de acuerdo contigo.

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