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MUSA
Autor: Carlos Miguel Córdoba Murillo
e-mail: carlmig@teleline.es
"Para transformar la realidad el escritor debe mentir pero la acción nunca miente".
La armonía de la pluma y la espadaHector golpeó con la frente el teclado de su vieja máquina de escribir. Dolorido, con el ceño fruncido, mojó las teclas con sus lágrimas. Todo iba mal en su vida: su carrera como escritor, su vida sentimental, todas sus razones para existir se precipitaban por un barranco de impotencia y frustración.
Desde hacía dos semanas había escrito únicamente aquel párrafo que ni siquiera le pertenecía ya que era un antiguo lema samurai que había vuelto a redescubrir en su biblioteca personal. Cuando leyó aquella frase por primera vez, ésta no le había transmitido ninguna sensación, pero ahora podía sentir o tal vez intuir que en aquellas palabras se escondía algo misterioso, algo paradójico. Pensó que quizá sería una misteriosa clave, una extraña llave con la cual abriría la puerta de un invisible muro que le comunicaría con el valle fértil de la imaginación y así podría abandonar definitivamente aquel erial de ideas donde ahora mismo se encontraba su mente.
Se restregó los ojos con los puños, aclarándose la visión humedecida. El tiempo pasaba y él, impasible, seguía sentado en su despacho, delante de su vieja máquina de escribir; con los ojos enrojecidos y su rostro pálido como una blanca y fría figura de cera. Sin parpadear, distante, realizando un largo viaje en los laberínticos interiores de su mente con el fin de atrapar a su Musa inspiradora y obligarla a estar a su lado.
Los ojos abiertos de Hector se desentendieron completamente de la luz. Todo era oscuridad en su cerebro que se negaba a reconocer la presencia de los escasos rayos luminosos que pululaban por el despacho tratando de estimular sus nervios ópticos.
Una pequeña chispa de luz surgió en aquella oscuridad y empezó a aumentar rápidamente de tamaño.
De pronto una explosión de colores estalló en su cerebro. Colores palpables que no existían -o por lo menos él nunca había visto en el mundo real-, con formas caleidoscópicas, con movimientos, con sabores, con olores, con vida. Disfrutó, breve pero intensamente, de aquel despliegue de increíbles fuegos artificiales hasta que otro punto de luz verde empezó a crecer dominándolo todo.
Hector ahora sentía su cuerpo, ya no eran sólo sensaciones visuales lo que percibía a través de todos sus sentidos. Estaba de pie, completamente desnudo, sobre un césped. En el horizonte surgía una sólida oscuridad. No había sol y no era de noche, sin embargo todo era perfectamente visible a su alrededor. Giró su cabeza en todos los ángulos. Aquel mundo daba la acertada impresión de ser infinito. Destacaban en el paisaje unos frondosos árboles desbordando frutos brillantes como pequeños y candentes soles. Al pie del que parecía ser el árbol más grande había una hermosa mujer desnuda alzando su brazo para alcanzar uno de los más deslumbrantes frutos.
Hector supo -sin saber cómo- de quién era aquella silueta y corrió hasta ella sorprendiéndola por detrás, cogiéndola de un brazo. La mujer se giró con los ojos desorbitados y reconociendo a Hector le preguntó:
- ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí?
Él, inexplicablemente, sabía que aquella mujer era su Musa y le contestó furibundo:
- ¿Creíste que nunca podría venir? -le respondió haciéndole otra pregunta- ¿Siempre tengo que estar supeditado a tus "visitas"? ¿porqué yo no puedo venir a tu mundo y tú si puedes venir al mío cuando te da la puñetera gana?
- Las cosas no suceden así -respondió ella en una especie de susurro-, los dos siempre nos hemos citado en una zona intermedia, yo nunca he ido a tu mundo y tú nunca debiste haber venido al mío, que en realidad también es el tuyo.
- ¡Quiero que me cuentes una historia! -Hector la cogió del otro brazo empujándola con su peso hacia atrás, hasta que su Musa quedó de espaldas sobre el césped, y él encima de ella. En una vana lucha la mujer intentaba huir tratando de zafarse del asfixiante fardo que tenía encima.Hector le gritaba al tiempo que movía excitado su cadera. Notó como su miembro genital empezaba a adquirir volumen como habitual respuesta al contacto carnal de dos seres desnudos. El cielo empezó a transformarse en una especie de gigantesca pantalla de cine donde imágenes compuestas por todos los recuerdos de Hector empezaron a desfilar en un espectacular mare mágnum visual. Si Hector hubiera estado cara al cielo, en la misma posición que su Musa, habría visto la imagen de un globo hinchándose al llenarse su interior de aire caliente.
Hector gritaba una y otra vez:
- ¡Zorra, cuéntame una historia!
En aquel violento forcejeo, Hector, ciego de frustración, la había penetrado mientras ella le imploraba llorando.
- Te la contaré pero suéltame, por favor -le suplicó con el rostro bañado por sus propias lágrimas y el sudor del violador.Pero Hector siguió arremetiendo hasta que vació sus fluidos en el interior de su Musa. Satisfecho se apartó de ella, acostándose exhausto, a un lado. Entonces pudo ver en el cielo las imágenes de una de las películas que más le habían impactado en su vida: era el clásico Frankenstein en aquel estremecedor pasaje del encuentro del monstruo-Boris Karloff con la niña. Hector estaba mucho más aterrorizado que cuando la había visto por primera vez a los seis años de edad. Recordó las sensaciones de sufrir en su mente aquella increíble batalla entre la curiosidad y el miedo a tan temprana edad y en donde la primera, para bien o para mal, se había declarado victoriosa. Pero ahora no veía al monstruo como un ser distante, ajeno a él. Se vio a si mismo y su miedo fue mucho mayor.
De pronto el abdomen de su Musa empezó a hincharse rápidamente, como si hubiera quedado embarazada y los nueve meses de gestación se hubieran convertido en nueve segundos. Hector, atemorizado, se apartó de ella usando los codos para arrastrarse de espaldas. En el cielo apareció la imagen de una flor que se abría en apenas un segundo, igual a la de aquellas imágenes de documentales que con paciencia son filmadas brevemente a intervalos regulares de tiempo. La Musa entonces abrió las piernas y de su vagina surgió una luz envolvente. Su vientre, al mismo tiempo, comenzaba a deshincharse.
En un estallido de cegadora luz blanca, como si aquello fuera la explosión de una supernova a un palmo de la cara, Hector sintió como su cuerpo empezaba a abandonar aquel mundo donde lo real y lo imaginario eran paradójicamente un mismo concepto.
Hector parpadeó varias veces hasta recuperar la claridad de su vista, agitó la cabeza. Estaba sentado, enfrente de su vieja máquina de escribir. Gotas de sudor frío se deslizaban por su rostro arañándole la piel. Sus ojos eran de nuevo sensibles a la luz de este universo. Acababa de regresar de un largo viaje al mundo más cercano y desconocido de todos.
De su boca brotaron emocionadas tres palabras:
- ¡Ya la tengo!
Arrojó apresuradamente la hoja de papel donde había escrito un comienzo que no lograba continuar. Puso un folio virgen en el carro y sus dedos empezaron a teclear ininterrumpidamente.Por fin su Musa le había desvelado la trama de una increíble e inimaginable historia de terror, género en el que Hector se había especializado y desenvuelto con soltura desde el principio de su carrera como escritor, pero en el que últimamente había permanecido bloqueado. Dos semanas llevaba encerrado en su apartamento, sin ducharse ni afeitarse, comiendo con prisas algún que otro alimento enlatado, deambulando por todas las habitaciones, buscando en vano una historia que nunca llegaba a rozar sus pensamientos.
Pero ahora volvía a escribir con la misma soltura de siempre. Aporreaba el teclado mientras sus ojos despedían vívidos destellos.
Toda la noche estuvo tecleando.
Tac, Tac, Tac, Tac...
Golpeando tecla tras tecla, llenando folio tras folio, y todo gracias a la historia parida por su Musa que había sido hecha prisionera en lo más profundo de su mente, y que violada había dado a luz una historia inimaginable por ningún otro ser humano.Al día siguiente, cuando el reloj de pared de la sala, marcaba las siete, y el sol exhalaba sus últimos estertores en el horizonte, Hector había terminado de escribir lo que el creía era su mejor relato de terror. Se sintió como un violador que saborea los recuerdos placenteros de su brutal crimen.
Cogió los folios y los estrechó fuertemente contra su pecho. Lloró como un niño hasta que el cansancio acudió a su cuerpo sumiéndolo en un profundo sueño que no duró más de una hora: el teléfono sonó despertándolo.
Caminó hasta la sala apretando los folios fuertemente con la mano.
- ¿Quien es? -preguntó Nervioso por el micrófono.
- Voy a buscar...
Hector colgó bruscamente el teléfono al reconocer aquella voz, la misma voz de la mujer con la que hablara en aquel misterioso viaje realizado hacía sólo unas horas: era su Musa. Igual que él había ido a su mundo ahora ella venía al suyo para buscar lo que le pertenecía.Con rostro lívido y pulso tembloroso Hector emitió una negación gutural que se congeló en el aire de la estancia:
"¡No!".
Aunque ella había sido forzada a entregarle la historia, ahora no se la podía quitar.
Ahora la historia le pertenecía... para siempre.
1er. Elemento de la locura.
EL AIRESe dirigió hasta la puerta para correr el pestillo. Había dejado, descuidadamente, los folios escritos sobre una mesa de la sala y una impetuosa ráfaga de viento entró por una ventana para juguetear con ellos, haciéndolos volar por toda la habitación, y acercándolos peligrosamente hasta el borde mismo de la ventana.
Desde la puerta, Hector se abalanzó histérico sobre las hojas que describían complicadas piruetas en el aire. Los cogió todos y con la mano temblándole los contó con rapidez: uno, dos, tres... treinta. No faltaba ninguno.
Corrió hasta la ventana y la cerró.
- No podrás quitarme lo que es mío, tú me lo diste pero ahora me pertenece, ¿lo entiendes?, es mío...Miraba hacia el exterior de la ventana hablándole al viento que había intentado robarle la preciada historia. Él no estaba dispuesto a devolver nada. ¡No señor!
Con los folios sobre sus rodillas, sentado en el sofá y enfrente de la televisión, con una pistola en su mano derecha y el control remoto en la izquierda, Hector cambiaba, cada dos segundos, de canal. Miraba sin ningún interés las imágenes que surgían del aparato, tenía que tranquilizarse, y el "zapping" siempre había sido para él una excelente técnica de relajación, mucho más efectiva que el yoga o cualquier otra mierda esotérica de meditación y autocontrol. El cambiar continuamente de canal le hacía pensar, subconscientemente, que existía algo en este jodido mundo que podía controlar fácilmente. Si la vida fuera así de sencilla, tan sencilla como cambiar los canales sentado desde un cómodo sofá.
Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
La curiosidad de su niñez había sucumbido ante el terror de los Telediarios hacía mucho tiempo. Cuando una imagen le resultaba desagradable, pulsaba un botón y todo solucionado. Si pudiera hacer lo mismo con los recuerdos desagradables de su vida. Pero no, ellos permanecían en su cerebro reproduciéndose incontrolablemente, ampliándonse, rebobinándose, congelándose. Imágenes que terminarían volviéndole loco porque se negaban a abandonar su atormentada cavidad craneal.Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
El viento, pensó Hector, era una forma elemental que había adquirido su Musa para arrebatarle lo que una vez le había dado obligada. ¡Sí!, porque él la había forzado a parir aquella alucinante historia. Y sabía que los medios que ella utilizaría para arrebatársela serían los más extraños e inimaginables. Aunque él creía haberlos descubierto.Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
Ella podría volver a visitarlo con una nueva apariencia, pero Hector estaba dispuesto a defender la historia, y quizá la pistola podría serle útil en esta tarea.Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
También era cierto que podría escribirla de nuevo, pero ¿volvería a utilizar los mismos verbos, los mismos adjetivos?, ¿quedaría exactamente igual a como la había escrito por primera vez?, ¿omitiría algún detalle importante?Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
¡No!, la historia no quedaría nunca igual a como estaba escrita ahora, porque la primera vez que la escribió había estado dotado de una extraña y sensual energía, disfrutando de un increíble orgasmo al copular con su Musa.Clic.
Cambió de canal con la mano izquierda.
Algo podría olvidársele porque en el espejo de su memoria la imagen de la historia podría ser distorsionada por el vaho del tiempo, y todo, absolutamente todo, era indispensable, nada faltaba, nada sobraba, todo estaba en el sitio adecuado. Era la mejor historia jamás escrita por él (n.a.: no es mi caso). Era el hijo de ambos y él tenía tanto derecho a quedárselo como ella. Sólo era cuestión de luchar, de defender su pertenencia.Bang.
Cambió de canal con la mano derecha.
- Mierda -exclamó Hector sobresaltado.
La pistola había vomitado una bala en las entrañas del televisor.Moraleja: no se puede practicar el "zapping" con el control remoto en una mano y una pistola en la otra.
El aparato echaba miles de chispas. Un corto-circuito hizo que todas las luces del apartamento se apagaran sumiéndolo en la oscuridad, sólo una débil luz, proveniente del pasillo exterior, lograba filtrarse por la ranura inferior de la puerta. Hector saltó del sofá y atravesó a toda prisa la sala, tropezando con el mobiliario y rompiendo dos jarrones con flores, una lámpara de pie y varias figuras de porcelana. Logró llegar hasta un mueble del cual abrió una gaveta y extrajo una vela con la mano que tenía libre, la otra sujetaba fuertemente la pistola y los folios contra su pecho.
2º. Elemento de la locura.
EL FUEGOFue palpando la oscuridad, abandonando la sala hasta llegar a su mesa de trabajo en el despacho. Allí se sentó y encendió el mechero acercándolo a la vela hasta que empezó a arder el pabilo. Una luz tenue y espectral inundó la estancia.
Encendió un cigarrillo para tranquilizarse. Había aspirado dos caladas demasiado seguidas y se mareó. Las volutas del humo gris dibujaban formas singulares en el aire. La llama nerviosa de la vela se movía al compás de su respiración produciendo sombras danzarinas sobre el escritorio.
Hector, mareado, expulsó una enorme bocanada de humo la cual, describiendo lentas ondulaciones en el éter, empezó a adquirir los rasgos faciales de una mujer: era el rostro de su Musa. Sobrecogido por el terror se apartó hacia atrás impulsándose con las manos apoyadas en el escritorio. La mesa se balanceó y la vela perdió el equilibrio cayendo sobre los folios que estaban a un lado.Los papeles empezaron a arder, aumentando el vigor de la llama de la vela. Hector vio como la espectral nube de humo formando el rostro femenino de su Musa rompía en carcajadas mientras se desdibujaba al ser engullida por el otro humo más denso que surgía de entre los folios ardiendo. Por fin se dio cuenta de que su historia estaba siendo devorada por el fuego y entonces de un manotazo apartó la vela y cogió los llameantes folios apagándolos a soplidos. Ahora no podía ver en la oscuridad pero palpó cada una de las hojas y las contó. Uno, dos, tres... treinta, no faltaba ninguna. Sólo estaban un poco quemados los bordes.
De nuevo su Musa había adquirido otra forma sustancial primaria -el fuego- para quitarle lo que ahora era suyo. Pero no lo había conseguido. Él había ganado otra batalla pero la guerra continuaría.
Hector salió de su despacho y cerró la puerta. Empezó a hablar como si hubiera dejado a alguien encerrado en su interior.
- No lo lograrás, no podrás quitármelo...
3er. Elemento de la locura.
EL AGUABlip, blip, blip,...
En el silencio de la oscuridad Hector permanecía sentado en el suelo, en posición fetal, con las rodillas tocándole el mentón, sujetando con exacerbada fuerza los folios contra su pecho. Pero aquella gotera que empezó a sonar hacía sólo un par de minutos ya lo estaba volviendo loco. Su sonido le taladraba los tímpanos. Indudablemente su Musa estaba tramando algo para quitarle el preciado relato. Se incorporó tanteando la oscuridad.Fue hasta el cuarto de baño palpando las paredes. Allí asió la llave del grifo con la mano libre y apretó en sentido horario. Con rabia, como si estuviera estrangulando a alguien, dijo entre dientes: "Muere, muere...".
Después cerró la puerta del cuarto de baño y se puso delante de ella, hablando, como si de nuevo hubiera dejado encerrado a alguien en su interior.
- ¿Crees que soy imbécil? me adelanté a tus planes hija de la gran puta, querías inundar el piso para ahogarme, querías provocar una inundación para arrastrar mi relato hasta las inmundas cloacas de la calle, perdiéndose para siempre entre los excrementos de la ciudad ¿verdad? ¿verdad, zorra?...
4º. Elemento de la locura.
LA TIERRAToc, toc.
Dos golpes sonaron en la puerta.
- ¿Quién.. es? - Hector estaba aterrado, su corazón parecía querer abandonar su caja torácica. Había reconocido a través de la mirilla de la puerta el rostro de su Musa y la pregunta había sido hecha sólo para poder alejarse unos pasos de la puerta y sacar la pistola sujeta en su cintura.Una dulce y cálida voz femenina le respondió.
- Soy yo, he venido por...Bang, bang, bang, bang
Cuatro disparos cortaron las palabras de su Musa que ahora se presentaba en la forma sólida del elemento tierra, en la forma sólida de la carne.Se sentó en el suelo sin dejar de apuntar a la puerta con la pistola.
Cuatro haces de luz provenientes del pasillo exterior herían sus ojos entrando a través de los pequeños agujeros abiertos por las balas en la puerta. Mientras lloraba oía ruidos en el pasillo... voces... murmullos... sirenas... gritos... disparos, y Hector nunca más volvió a oír nada.
EPILOGO
El teniente del departamento de homicidios pasó por encima de la puerta que había sido derribada hacía sólo unos minutos. Todavía se podía oler la pólvora quemada flotando en el aire.
- Tuvimos que dispararle, teniente, no hizo caso a nuestra orden de que arrojara el arma. No tenía munición pero nosotros no podíamos saberlo, nos estaba apuntando -le explicó, visiblemente nervioso, un policía uniformado.
- ¿Quién es la chica muerta que está en la puerta?
- Según los vecinos, era su ex-esposa, se habían separado hacía tan sólo dos semanas.
- Entonces todo está claro: un crimen pasional.Un hombre llegó corriendo por el pasillo, se arrodilló ante el cadáver de la mujer después de apartar de un empujón al policía que trazaba su contorno con una tiza. Llorando colocó la cabeza de la mujer sobre sus piernas.
- ¡Carmen!, ¡Dios santo! -Exclamó sollozando.
El teniente lo cogió del hombro.
- ¿Conocía usted a esta mujer? -le preguntó con el suave y paternal tono de voz que siempre utilizaba en estas desafortunadas situaciones.
- Ella -dijo entre lagrimas el hombre arrodillado-, y su hijo vivían conmigo desde que se separaron de ese loco. Hoy tenía que recoger al pequeño que pasaba el fin de semana con su... padre. ¿Y el niño? ¿se encuentra bien?.El teniente dio órdenes de que revisaran minuciosamente el apartamento para encontrar al niño o una pista sobre su paradero. Mientras sus subordinados obedecían siguió haciéndole preguntas al hombre arrodillado.
- ¿Quien le avisó de lo ocurrido?
- Conozco a uno de los vecinos, me llamó por teléfono cuando oyó unos disparos que provenían de aquí -levantándose se dirigió al cadáver del asesino con la intención de darle una buena cantidad de patadas en el rostro, pero los policías lo impidieron cogiéndolo de los hombros y llevándoselo a la planta baja del edificio.Un policía de uniforme salió del dormitorio principal con un niño llorando entre sus brazos:
- Teniente, hemos encontrado al niño amarrado y amordazado dentro de un armario.Otro de los guardias llamó su atención sobre unos folios que tuvieron que arrebatarle al muerto de entre sus brazos. Hicieron falta tres policías para separar los folios del cadáver.
- Este tío estaba como un cencerro -dijo un policía mientras hojeaba los folios ensangrentados, quemados y agujereados por las balas.
- No me extraña -observó el teniente-, no hay más que ver todo el polvo de ángel esparcido por el piso. Seguramente esnifó más de lo normal. ¿Qué es lo que dicen?
- Todas las hojas tienen el mismo párrafo repetido varias veces y dicen:"Para transformar la realidad el escritor debe mentir, pero la acción nunca miente"..
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Kruela: a veces lo irreal da miedo, pero mucho más debe darlo lo real. El cómo conjuga una cosa y otra ha hecho que se lleve mi punto. El final me ha recordado un poco al Jack Torrance de "El resplandor", pero si olvidamos eso tenemos un embarazo desastroso aunque bien parido.
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