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andrealaborgia@hotmail.comDe humanos y bestias
(Diciembre de 2001)Era uno de diciembre. Como corresponde a la época del año, la noche se presentaba fría y cubierta por la niebla. Dentro del chalet, la chimenea ardía con intensidad, mientras fuera, la bruma le iba comiendo terreno a la vista. Una emanación lechosa que subía del valle a posarse sobre el encinar y tan espesa, que incluso fatigaba los ojos absortos que la miraban.
Estaban ellos dos solos y no iban a salir. Aquel era el inicio de un frío y entrañable fin de semana. Al día siguiente irían a esquiar y pasarían la noche en el hotel de la estación de invierno. Bernard estaba entretenido con el portátil y Cristina, trasteaba en la cocina preparando la cena. A simple vista, ninguno de los dos se acordaba ya de Victoria. Desde su muerte no había un momento que no pasaran juntos ni billete que no consumieran en compañía. Aquel horrible incidente... Un loco había entrado en la casa estando ella sola y la había acribillado a puñaladas para después robarla absolutamente todo. Todo lo que tenía allí, en la cuenta corriente, en los seguros de vida... Un golpe maestro, teniendo en cuenta que todos tenían coartada y un incompetente fiscal. Nadie, no obstante en su sano juicio, habría podido imaginar, jamás, que su propia hermana la cosiera a puñaladas para robarla dinero, casa y marido. Ni nadie podría figurarse que el marido consintiera semejante atrocidad por tener una aventura clandestina con su cuñada. Los dos estaban atados de pies y manos. Escondidos en las afueras de la ciudad bajo el espeso manto de la traición. Hasta aquel momento, todo había ido bien. Nadie había sospechado de ellos, ni por los más remoto y ahora ella estaba en París y él en Nueva York.
Cenaron a la luz de unas cálidas velas y al amparo de aquella noche de perros, bajo techo y en media penumbra. ¡Muy bonito, sííííí!
Acabada la cena, bebieron algunas copas de más mientras veían una película en la televisión y pronto el sopor hizo mella en sus cerebros cargados de alcohol y humo de chimenea.
Fuera de la casa hacía mucho frío. La niebla se había posado sobre las redondas copas de los cientos de encinas inmóviles que alfombraban el valle, a lo largo y ancho de todo lo que abarcaba su vista. Los contornos firmes y plenos de las montañas, en noches de luna llena, habían desaparecido bajo el manto lechoso de la niebla. Bernard abrió los ojos de repente, sin más, como si en medio de la oscuridad, hubiera escuchado su nombre. Miró a su derecha y la vio a ella, profundamente dormida bajo las sábanas descolocadas que dejaban al descubierto su espalda, dulce y ámbar. Se levantó, y sin encender ninguna luz ni hacer ningún ruido, se acercó a la ventana. Cerró las cortinas que solían dejar abiertas por una imprudencia erótica que intensificaba el placer cuando hacían el amor al sentir el vacío del valle bajo sus cuerpos, oscuro y silencioso como la boca de una lobo, y salió del dormitorio.
Atravesó el salón en busca de un cigarrillo. Lo encendió y miró a través de los cristales el valle teñido de un gris azulado imposible. Silencio absoluto.
De pronto, sintió una punzada dolorosa en el corazón y en la boca del estómago.
- ¡Coño!... ¿Qué es eso? - Se preguntó en voz alta.
Al otro lado de la cristalera, de entre la niebla, había aparecido un animal. Para ser más exactos, un perro afgano de pelo largo y una extraña belleza alucinante. Aunque su vista era surrealista e increíble, su hermosura, la dulzura de sus rasgos y su porte mayestático, le hicieron olvidar lo inverosímil de la situación. El perro pedía entrar en la casa y él no dudó en dejarle pasar. Estaba frío, helado, pero él no dudó en acariciarle y retenerle entre sus brazos porque, aunque aquello le hizo reír, por no llorar, tenía la sensación de ver en la cara de aquel animal a alguien que le era muy familiar.Mientras le acariciaba, sentía que acariciaba a la que durante cinco años había sido su esposa. Aquellos ojos levemente rasgados, el pelo rubio perfectamente partido en el centro de la cabeza, aquella mirada dulce y aterciopelada... Desde que ocurrió lo de Victoria, Bernard no dormía bien y para invocar a Morfeo, bebía alguna que otra copa de más. Aquello no había estado bien, nada bien. Su propia hermana se había ensañado con ella, sin ningún remordimiento y sin dejar al menos que se defendiera, y él lo había consentido ¿y para qué? Por dinero. Dinero y sexo. El amor no permite esas atrocidades.
El caso era, sin rodeos, que aquella perra era el vivo retrato de Victoria... tanto que la estaba viendo delante de él. Tanto que Victoria estaba allí con él.
- ¿Victoria? -Preguntó con incredulidad.
Sentía su aliento dulce y la proximidad de su piel tan cerca que sus pupilas se estaban dilatando, su corazón se estaba acelerando y todo su cuerpo estaba saliendo del letargo del sueño. Su mirada aterciopelada sobre sus ojos y la caricia de sus labios en el cuello de él, le había llevado hasta casi un ensueño del que despertó para sumirse en la peor de las pesadillas. Un gruñido, profundo y cavernoso, le hizo salir del hechizo y lo que segundos antes había sido una hermosa y tímida perra afgana, ahora era un bestia de enormes colmillos amarillentos y ojos encendidos que le miraba obscenamente: deseaba su sangre y su carne y sobre todo, su vida. Lo último que vio Bernard fue el hermoso rostro de Victoria delante de él, después todo fue horror y sangre hasta que su pulso dejó de latir.
Cristina se despertó. Juraría haber oído su nombre en sueños. Echó de menos a Bernard a su lado y una vehemente necesidad de beber agua, la animó a levantarse para beber agua.
- ¿Bernard? ¿Bernard, dónde estás?
Bajó al primer piso del chalet y no tardó en encontrárselo. Un grito que retumbó más allá de las paredes de la casa, y más allá de las encinas lechosas, brotó de su garganta, asustándola incluso a ella. Sin apenas energía para moverse, para andar, estaba totalmente agarrotada por el horror, se acercó a él. Las lágrimas no la dejaban ver casi por donde caminaba hasta que se arrodilló a su lado y sintió un náusea que no tardó en materializarse en vómito, al ver el cadáver del que horas antes había sido su amante. Era como si en su garganta alguien hubiera metido sus manos y hubiera tirado de las cuerdas vocales, la tráquea, jirones de carne colgaban a los lados, todo era un amasijo de carne sanguinolenta y tumefacta.
De pronto Cristina alzó la cabeza. Ante ella, un perro blanco la observaba con impertinencia, mientras salía de detrás de las cortinas. ¿Qué hacía allí aquel animal? ¿Por dónde había entrado? Las puertas estaban herméticamente cerradas. Lentamente se puso en pie y en vano trató de alejarse del cuerpo de Bernard para buscar un refugio o un teléfono, aunque de sobra sabía que aquello iba a ser imposible y que, iba a morir.
La fascinación que ejercía el animal sobre la mujer la tenía totalmente paralizada, presa del pánico, y contrariada por ver en la cara del animal la de alguien que la era familiar. ¡Qué estupidez! Aquel no era el momento para pensar en idioteces como aquella pero lo cierto fue que mientras miraba a la perra, veía a su hermana delante de ella, por lo que no se percató del siguiente movimiento del animal que se abalanzó sobre ella y la oscuridad se hizo a su alrededor entre gruñidos y desgarros.
Al cabo de los días, por el fuerte olor que salía de la casa y avisados por un vecino del chalet próximo, los bomberos tiraron abajo la puerta. El espectáculo era horripilante. Los dos cuerpos exhibían las costillas descarnadas, las caras desencajadas por el horror, estaban vacías las cuencas de los ojos, las gargantas habían sido horadadas vorazmente y las tibias se exhibían indecentemente expuestas a las miradas. Los bomberos que habían entrado, salieron mareados, seguidos de los policías encargados del caso, incapaces de soportar aquel horror hediondo y nauseabundo.
Ningún cristal estaba roto, ninguna puerta forzada y no había huellas, ni pelos de ningún animal conocido, ni desconocido... porque aquello era obra de algún animal, de eso no había duda...Andrea Laborgia (17 de diciembre de 2001) MADRID
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