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Encendí la luz y miré el despertador, eran las 3:17 y no podía dormir. No porque no tuviese sueño, si no porque como de costumbre, muchas ideas rondaban mi cabeza. No sé donde había leído que la mayoría de los crímenes y asesinatos se producen entre las tres y las cuatro de la madrugada, lo que me impedía conciliar el sueño.Todo era quietud y silencio, ni siquiera se escuchaba el canto de los grillos (cosa que siempre me había ayudado a relajarme).
Llevaba algo más de un mes viviendo solo y hasta hoy no había tenido ningún problema para dormir, pero esta noche se me antojaba la casa tan grande, tan silenciosa, tan fría, en pocas palabras, estaba muerto de miedo.
De repente, me entraron unas enormes ganas de orinar, (¡Uf!, el servicio estaba tan lejos) Tendría que salir de mi dormitorio y atravesar un largo pasillo a oscuras pues el interruptor de la luz estaba al final del mismo.
¡Qué gran dilema! ¿Intentar aguantarme con el consiguiente riesgo de que mi vejiga reventase o pasar el mal trago de recorrer el pasillo a oscuras?, obviamente opté por la segunda opción (No me apetecía mojar la cama como cuando era un niño pequeño)
Me levanté de la cama, me puse las zapatillas, y abrí la puerta del dormitorio y me adentré en la oscuridad del pasillo.
En otras circunstancias, mi manera de desplazarme a oscuras por el pasillo me hubiese parecido cómica, pero en ese momento tenías ganas de todo menos de reir. Avanzaba (no sé por qué) sin despegar los pies del suelo, deslizando primero el derecho y luego el izquierdo, con una mano (la derecha) iba tanteando la pared y el otro brazo lo extendía delante de mí para poder detectar cualquier obstáculo (un pequeño mueble decorativo que tenía en el pasillo, algún mostruo de otra dimensión, a un asesino psicópata, etc.)
Me movía muy, muy despacio, sin hacer ruido (para no delatar mi posición al mostruo de otra dimensión o al psicópata asesino ya mencionado)
Por fin, (gracias a Dios) mi mano derecha encontró el interruptor de la luz, lo pulsé y se hizo la luz, con ella se disiparon mis miedos (¡Bendita electricidad!) y entré raudo al servicio, ¡Por fin! podría vaciar mi vejiga, la liberación era tal, que cerré los ojos para disfrutar más del momento, cuando de repente, noté como algo muy fino (¿Una cuerda de piano? ¿hilo de pescar?) apretaba mi cuello cortándolo, undiéndose en la carne e impidiéndome gritar, me llevé las manos al cuello intentando liberarme, pero mi asesino era demasiado fuerte, noté mi sangre caliente, saliendo a borbotones de mi cuello, empapando y tiñendo de rojo la chaquetilla de mi pijama. Mi vista se nubló, caí al suelo, ya no sentía dolor, tirado en el suelo, en un charco de sangre, con los pantalones bajados y las piernas llenas de orina, me entregué al abrazo de la muerte.
ERNEST VALDEMAR. MADRID ENERO 2002.
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