RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Iván Olmedo
Mi piel
  1
   Yo vagaba sin rumbo cuando la encontré. Era como un faro, o una boya a la que se agarran sin aliento los desesperados. Y la luz que desprendía su roja cabellera guiaba los corazones de los hombres, entre la tempestad de negras olas. Recuerdo que oí su nombre, que llegó como un trueno hasta mis oídos sobre el ruido de fondo. Pero su nombre es, en realidad, lo que menos importa de toda la historia.
   Ella tenía una hermana, de cabellos negros, pero al instante supe que eran hermanas porque las habían forjado en el mismo molde. Esbeltas, de finos cuellos, y no muy altas. El pelo les caía a borbotones sobre las caras. Pelo rojo, pelo negro.
   Su hermana era tan cautivadora como ella, pero el faro seguía guiando mi corazón. Me mantuve alejado, según mi vieja costumbre, admirando sus movimientos, y tomando tragos largos de mi botella. Acariciaba aquella botella como deseaba acariciar sus caderas, y acercaba mis labios al cuello de vidrio deseando acercarlos a su cuello. El tiempo se perdió entre el humo; el tiempo no importa a veces. Demasiadas veces.

2
  En aquellos momentos no pensaba en nada... y en todo a la vez. Mi compañero y yo hablábamos de las mismas cosas banales de siempre, conversaciones llenas de sueños, absurdos y sexo. Pero su presencia hacía diferente el momento, y cuanto más me daba cuenta, más me gustaba. A veces uno puede ser feliz unos minutos por nada.
   Entonces, ¿sabéis qué?, sucedió lo que nunca imaginé que pudiera suceder. Bueno, ya sé que, sinceramente, todos imaginamos cosas como esa de vez en cuando. Ella me miró, y nuestros ojos se encontraron, porque los míos no se habían despegado de la hermosa visión que era su rostro. Me miró y me hizo una seña con los ojos, invitándome a su lado. Como siempre he sido corto, en bastantes aspectos, me negué a creer que aquella seña se dirigiese a mí. Lancé una mirada a mi compañero, rápida, seca, pero él estaba enfrascado en sus propias fantasías. Así que allí estaba yo, como un pasmarote, congelado en el tiempo. Y ella esperaba... Pero al fin me decidí y fui a su encuentro, confiando en no hacer demasiado el ridículo. Por lo menos estaba sola, y yo, acompañado por la cómplice mirada de su hermana, arrastré los pies sin hacer ruido. Entonces me di cuenta del miedo que me daba.

3
  Temí por un momento que me pidiera fuego, pero no. Ella era el fuego.

- Hola- dijo, y su voz era justo como la había imaginado.
- Hola- respondí.

  Me senté a su lado, sin pensar en lo que hacía, su mano se movió y casi di un respingo sobre la silla. Cogió mi cerveza y se la llevó a los labios, dando dos o tres tragos cortos. Se quedó con ella en la mano, y a mí me pareció magnífico... Después de eso, el resto de la gente dejó de importarme, y en los minutos siguientes creo que ni siquiera me cambié de posición en mi asiento. Mi amigo se despidió con un ademán al tomar discretamente el camino de la puerta, y por allí se fue mi última atadura a la realidad. No recuerdo bien lo que dijimos a partir de entonces, pero su hermana se nos unió, y bebimos, y hablamos, y bromeamos, y en algunos momentos de aquella tarde la vida se pareció más a un sueño. Llegó la noche, y salimos a recorrerla, con los ojos chispeantes y una sonrisa en los labios. Caminamos durante un par de horas, por la orilla del río, entre los árboles del parque, bajo las luces de las farolas; mis manos rodeando las cinturas esbeltas de dos hermanas increíblemente bellas.
   Pelo rojo, pelo negro.

4
   Sí, caminamos mucho aquella noche, antes de llegar a su casa. Yo seguía caminando sin rumbo, pero ahora el fuego caminaba conmigo.
   La casa era bonita, algo apartada, con una verja de hierro oscura y afilada. Pero por dentro era aún mejor. Nunca había visto nada como aquello: terciopelo, espejos, madera, más espejos, y una luz tan brillante que hacía daño en los ojos. Me senté en el suelo, simplemente en aquel lugar parecía lo más adecuado. Y sentí sus dedos. Recorrieron mi nuca con firmeza y sentí como un vértigo, una nube que me impidió mover las manos y todo lo demás. Su cabello de fuego se reflejaba en las paredes llenas de espejos, y junto a él mi reflejo resultaba patético, una oscura figura encorvada, insignificante ante el llameante fénix que volaba. Y volaba la ropa, y volaba mi mente. Ni siquiera supe qué hacía hasta que el espejo me devolvió la imagen de dos cuerpos fundidos, distorsionándose, entrando y saliendo el uno en el otro, en un círculo de llamas que no podía, ni quería apagar. Solo pensé, un momento, que sería estupendo estar siempre rodeado de fuego... y no parar.

5
  Cuando acabó no quise dormirme, temía olvidarlo todo si lo hacía, y pensé irónicamente en todas las veces que tuve miedo de despertar para ver cómo mis sueños se desvanecían. De pronto me di cuenta de que ella no estaba. ¿Cuándo se había ido? Seguí tumbado un rato, esperando en silencio, mirando mi desnudo reflejo en los espejos, tan limpios, tan claros, con la mente igual de vacía. Pasó un periodo de tiempo indescriptible, tras el cual me incorporé con desgana, poniéndome algo encima, creo, y cruzando el umbral de una oscura puerta abierta, como las fauces de un lobo. Un lobo grande y negro que recorrí sin prisas buscando un fuego que ahora se me antojaba fatuo. Vi varias habitaciones cerradas, que no me atreví a abrir, y pasaba de una puerta a otra cuando mis llamadas quedaban sin respuesta. Afortunadamente la puerta del baño estaba abierta, y decidí aliviar un poco mi contenida tensión antes de seguir la búsqueda. Fue entonces cuando reparé en una zona de mi muslo izquierdo, en su cara interior, desprovista de piel por completo.

6
   ¡Pero!, ¿qué?, ¿cómo?, ¿cómo podía no haberme dado cuenta? ¿Y el dolor? ¿Dónde estaba el dolor? ¿Dónde estaba la sangre? ¿Cuándo había pasado aquello? Entonces me sentí desconcertado por completo, perdido, ¿qué hago aquí?, me voy... Salí del cuarto de baño sin perder un momento, pero mis ojos -¡condenados!- se fijaron en una puerta, la única abierta de par en par; y mi curiosidad- ¡maldita!- guió mis pies hacia ella. Y entré, claro, la misma situación me ordenaba con voz ronca seguir.
   No había nadie allí dentro, sólo mesas, cajones, y un gran espacio vacío en el centro. Vacío, seco, pulido. En las paredes, paneles de corcho con montones de fotografías y dibujos clavados. Y sobre las mesas, libros, archivadores, cuadernos viejos y por estrenar. Me acerqué- sólo un poco, me dije-  sólo quiero ver eso y marcharme, ¿por qué no me duele la pierna?. Miré primero las fotos, buscando sorpresas, historias atrapadas en el papel, pero eran típicas escenas familiares de playa, de fiesta, de navidades y vacaciones al pie de una montaña. Las fotografías que había más abajo, sobre la mesa, en una caja de zapatos, eran diferentes. En una lustrosa polaroid, una cama había despedido a alguien, enteramente cubierta de sangre, una cama completamente roja. ¿Era sangre? ¿Seguro? Las demás fotografías me sacaron de dudas. Un chico escupía sobre los irreconocibles restos de algo tirado sobre las vías del tren. Podría ser un perro, un perro demasiado grande. En otra alguien, fuera de encuadre, sostenía una pierna mutilada, hecha jirones por sabe dios qué, o quién. En otra, por fin, aparecía ella comiendo...

7
   Todas eran polaroid, todas una pesadilla. Todas me aceleraron el corazón y me oprimieron las sienes. Y cuando volví a pensar ya estaba corriendo, corría por instinto, golpeando sin pudor puertas y paredes, con el pecho arriba y abajo, arriba y abajo...
   Salí al jardín y allí, cuando el aire me azotó el rostro y sin saber por qué, me detuve junto a los arbustos, jadeando, intentando oír algo, un susurro, una palabra, un grito. Pero nada se oía. Fue entonces, al ver una silueta recortada en la oscuridad, cuando abrí más los ojos y dejé de respirar. Era ella. ¡Por favor!, ¿qué pasaba? ¿quién era ella? Al poco, cuando mi respiración se había calmado, comprendí. Era su hermana. Pero bueno, ¿y qué importaba? Su hermana debía saberlo todo, participar también en aquellas, aquellas... no sé...
   Ante mi sorpresa, la mujer, la hermana hermosa del cabello negro, caminó unos pasos y abrió la verja de hierro del jardín. No me lo pensé dos veces, no protesté, no hablé, sólo corrí y creí fervorosamente que en cada paso hacia la verja se me iba la vida. Me detuve a su lado, por la parte de afuera. Tan hipnótica como ella, su hermana, me detuvo unos momentos y sostuvo ante mí un pequeño bulto, papel de colores envolviendo un regalo de dudoso gusto. Corrí con ello en la mano calle abajo- o arriba-  a medio vestir, espantado, cansado, más viejo quizás, vivo. Y con una última mirada atrás no vi la casa, sólo una esbelta silueta, pequeña, tan pequeña, tan frágil; y desde aquella loca carrera en la noche, ya no pude ver si sus cabellos eran rojos o negros.

8
   Y así sucedió, tan fugaz, tan resbaladizo y ardiente, un espanto onírico que pasó alguna vez por mi cerebro. Aún sueño, a veces, con un largo y embravecido mar de rojo oleaje, que se estira y encoge, choca y retrocede, y me envuelve, pasa sobre mi cabeza y traga mi ser. Cuando despierto me siento tranquilo, me agrada el tiempo pasado entre las olas. Quién sabe por qué... Pero aquel mismo día, después de unas horas sin dormir - ¿cuánto tiempo estuve sin dormir?- supe que era real, un recuerdo más vívido en mi cabeza que ningún otro. Y por si necesitaba pruebas, allí estaba ese pedazo informe de algo gomoso, perdida toda elasticidad, acartonado y retorcido, envuelto en un colorido papel de regalo. Mi piel.
   Nunca olvidaré las fotografías, ni que yo podría haber sido parte de ellas.
 

Iván Olmedo



Kruela: Este relato contiene ese tipo de finales que a mí tanto me gustan, pero ¡ojo!, mucha gente lo usa y quedan como chistes fáciles, éste no, por eso tiene mi punto. Me ha recordado un poco a un libro de Poppy Z. Brite (El arte más íntimo).


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