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Esperaba las horas... tenía que hacerlo. El reloj era ahora quien dominaba en su estado actual y debía entregarse al lento transcurrir del tiempo, y lo odiaba. Odiaba tener que verse obligado a mirarlo cada minuto, o cada cinco. Daba igual porque era indispensable hacerlo. Sólo podía mirar dos cosas: el reloj y un suelo de baldosas color crema cuyas junturas estaban ennegrecidas por el paso del tiempo.A veces, los ecos de unos pasos al final del pasillo, lo distraían, pero eso sólo duraba unos instantes y sentía entonces un impulso nervioso que le hacía asegurarse de cuánto tiempo había invertido en mirar lo que no debía.
Llevaba casi doce horas de espera. Doce horas sin apenas moverse de la silla en donde estaba sentado, sin beber ni comer nada, sin nadie que se le acercara a decirle que su mujer estaba bien, que había salido del peligro... que el cáncer ya no iba a continuar devorándola por dentro. Nada ni nadie interrumpía esa espera.
El sueño estaba bailando alrededor de su cabeza desde hacia un par de horas, pero él estaba seguro de que no iba a ser vencido, de que sus ojos permanecerían abiertos y de que el reloj estaría bajo su controlada observancia.
El reloj, un segundo, un minuto, una hora, otra hora, más segundos...
Quince horas según su cuenta, según su cuerpo que ya le pedía un descanso. Pero él seguía cual soldado, impertérrito ante los ataques, antes los pinchazos de dolor en la espalda. ¡Levántate! ¡Levántate! Camina unos pasos y eso servirá para que las piernas no se crean que ya has olvidado como se anda....
Pero nada le hizo moverse.
Moverse... ahora te moverás porque cuando yo cuente tres, un cirujano por el final del pasillo aparecerá.- Dígame doctor... ¿Se va a salvar?
- No entiendo su pregunta.
- Pues es bien sencilla. Usted ha operado a mi mujer de un cáncer...
- ¿Su mujer? Discúlpeme un segundo.Un segundo más, uno, dos, tres, cuatro... un minuto más y al cirujano tendrás.
Se tapó los oídos. Estaba harto de escuchar su propia voz, dentro de su cabeza componiendo rimas estúpidas.
- Doctor, ¿qué ocurre?
- Verá... me siento un poco desconcertado.
- Algo salido mal, ¿verdad?
- ¿Pero es que nadie le ha dicho nada?
- No...
Dos segundos más y de la verdad te enterarás.
- Hace ya diez horas que operamos a su mujer. Esther Galán ¿no es cierto?
- Así se llama...
- No lo ha conseguido. ¿Pero es que nadie se la ha dicho aún?
- No puede ser. Ella... ella tiene un cáncer, un cáncer en...
- Lo siento de verdad.
- ¿Cómo que lo siente? ¡Bastardo! Mi mujer ha muerto y yo me entero diez horas después.
- Necesita calmarse. Comprendo su dolor y si quiere presentar una queja puede hacerlo.
- ¡Déjeme en paz! ¡Estúpido cabrón!Dos minutos más y en la calle estarás. Pero cuidado, un coche con tu vida terminará.
Voló por unos instantes, hasta encontrarse con la dureza del asfalto. Por una extraña razón que no lograba comprender, no experimentaba ningún dolor. Sólo unas pequeñas luces, similares a chispazos, le daban algo de información. Pero era todo muy confuso y no entendía nada de lo que estaba pasando. La gente le hablaba pero no podía comprender las palabras; parecía que le hablaban en una lengua extraña.
Pero sin embargo, su cabeza le iba susurrando.... un minuto más y muerto estarás.
Cerró los ojos pronunciando en nombre de su mujer. Su último aliento se lo dedicó a ella quedando el cauce seco de unas lágrimas sobre sus mejillas. Y sin embargo la cabeza no paraba de decirle cosas.
Pude verse a sí mismo reflejado. Se miró detenidamente sobre esa superficie que parecía moldearse a su antojo, cambiando la concepción del reflejo. Trató de llevarse las manos a los ojos pero vio que apenas si tenía dedos, de que apenas si tenía cuerpo, de que un cordón carnoso le salía del ombligo y se perdía entre líquidos y tejidos carnosos hacia un lugar que no podía ver.
- Un, dos, tres...
Un chorro de luz le cegó de repente. Sintió frío y ganas de llorar porque se ahogaba. Pero alguien le soltó una palmada en la espalda y pudo romper a llorar. Y entonces pudo verla: era ella, era ella, su mujer, con la cara marcada por el cansancio, pero sin embargo una sonrisa le iluminaba hasta los ojos. Le pusieron encima de sus senos sintiendo entonces su calor y las caricias de sus manos.
“En su cuerpo has estado, pero esto ya ha terminado”
Despertó. Se levantó rápidamente de la silla. Miró el reloj y justo entonces...
... Justo entonces mirarás y el doctor por la puerta aparecerá.Se acercó a él con la esperanza de escuchar buenas noticias. El doctor lo miró unos instantes a los ojos y negó con la cabeza. Ella había muerto.
- Lo siento. El cáncer estaba muy avanzado y no hemos podido hacer nada.
- No es posible- dijo él llevándose las manos a la cabeza.
- En cambio usted nos puede ayudar.
- ¿Ayudarles? No comprendo su pregunta.
- Es muy fácil de comprender. Ahora te doy un golpe en la cabeza y podremos donar tus órganos.
Aparecieron de la nada dos celadores que lo agarraron por los brazos. El doctor de dio un fuerte golpe en la cara que lo dejó inconsciente de inmediato.
No sabía dónde estaba, pero todo eran risas a su alrededor. Lo miraban con los ojos muy abiertos y pronunciaban palabras extrañas que de nuevo no podía entender. Alguien le puso un sonajero en las manos y esperó a ver qué hacía con él. Una mujer se acercó en donde estaba acostado viendo que llevaba una niña en los brazos.
- Mira Cristóbal, esta es Esther.... Y cuando seáis mayores os iréis juntos a pasear.Rompió a llorar. Acababa de conocer a la que en futuro iba a ser su mujer, a la que un cáncer le iba a separar de su lado. Pero no podía hablar ya que las palabras parecían que habían escapado a su razonamiento. Todos se acercaron a la cuna para consolarlo, pero él sólo podía llorar, y esperar a saber hablar para decirle a todos que ella moriría sin remedio.
Uno y dos y pronto dormirás y cuando despiertes, puede que a la de tres, con tu mujer estarás... puede que a la una, puede que a las dos.
Puede...
FIN
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Kruela: Una y otra vez, una y otra vez... este tipo de situaciones hay que saber llevarlas bien, y si lo haces así y además añades ese final te ganas mi punto.
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