RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Kruela (Valencia. España)
Despertó con una opresión en el pecho
Despertó con una opresión en el pecho. Dolía respirar. No había músculo en su cuerpo que no se tensara como un tendido eléctrico. No se sentía una mujer, se sentía piedra, mármol, acero... Quería ladearse y pedirle a Sergio que le abrazara.

Dime que estoy bien, dime que no me pasa nada, dime....

Sus ojos oscuros luchaban por mirar de soslayo, su boca quería gritar, pero apenas un gemido surgió de su garganta. Estaba inmovilizada, atrapada en una jaula transparente, fría... le hubiera gustado carcajearse pensando en cómo se las arreglaría Houdini para escapar en plena noche de una cárcel sin barrotes, de un zulo sin puertas, y mientras su cuerpo helado yacía en la cama, sus ojos lloraban, su mente luchaba y su marido dormía.

No había precedentes, nunca antes le había pasado nada parecido. No era hipocondríaca, no podía achacar aquella sensación a un programa de televisión o un artículo de periódico leído durante el día anterior, nada tenía sentido.

Cincuenta y cuatro kilos de carne y hueso yacían como una estatua en una cama de matrimonio apenas estrenada. Ahora deberían estar haciendo el amor, ¿no era eso lo que hacían los recién casados? Despertarse a cualquier hora de la noche, abrazarse, besarse... Diana tenía salud, trabajo, amor, coche, sus padres estaban vivos, tenía tres hermanos con los que se llevaba bien, estaba felizmente casada. ¿Estas cosas le ocurrían a las personas con tanta suerte? ¿no se suponía que sólo los incultos veían a la Virgen, los pobres veían a las santas y los locos tenían este tipo de experiencias?

La presión que había sobre su cuerpo era como una viga de acero. ¿Así se sentirían los que quedaban atrapados en un edificio en ruinas tras un desplome inesperado? Al menos ella podía tener los ojos abiertos y mirar... mirar la penumbra, observar el techo, algunos muebles... girarlos para ver a su marido le producía más dolor.

Una mujer inteligente no podía dejarse atrapar por el pánico, debía pensar... “pensar”.... ¡Dios! Sólo tenía veinte años, ¡tenía derecho a sentir terror!.

Dos sentimientos encontrados que la mantenían en un estado de ansiedad y temor. Diana se dijo mentalmente que la razón debía prevalecer sobre el miedo y trató de pensar en cómo salir de aquel estado que la había despertado repentinamente a las dos de la mañana. Y sólo se le ocurrió una cosa: respirar hondo. “Respira hondo”, decía su madre cuando durante los exámenes se ponía nerviosa. “Respira hondo”, decía su padre cuando la veía coger el coche las primeras veces. “Respira hondo”, decía su amiga Esther cuando a Diana le había abandona un novio con el que se había hecho ilusiones.

Pero respirar hondo dolía.

Un grito espeluznante, chirriante y átono penetró en su oído izquierdo y Diana sintió un vuelco al corazón.

Sergio dio un bote en la cama. ¡Qué qué qué!

La respiración de Diana era una lucha constante por tomar aire, bocanadas rápidas, estresantes. Su pecho subía y bajaba a una velocidad anormal. Las lágrimas caían a borbotones de sus ojos y gemía... gemía porque no sabía cómo explicar, cómo hacer comprender lo que acababa de sucederle.

- Diana, me estás asustando ¡tranquilízate! ¿qué te pasa? ¿has tenido una pesadilla?

Pero ella sólo gemía.
Al girarse hacia él comprobó que ya era dueña de su cuerpo y se tiró a sus brazos llorando y agitándose con convulsiones.
- No es nada cariño, venga nena, cálmate.
 

Cuando Sergio miró el reloj eran casi las tres de la mañana. Había necesitado más de media hora para tranquilizar a Diana y seguía acariciándole el pelo, susurrándole que todo estaba bien, que las pesadillas no eran reales.
- ¿Estás mejor?
    Diana asintió con la cabeza.
- Cuéntame qué te ha pasado Diana.
- No era una pesadilla. –dijo ella.
- ¿Entonces?
- No lo sé –gimió. Las lágrimas volvieron a recorrer sus mejillas. Recordar le daba pánico, pero sobre todo no podía evitar rememorar en su cuerpo el dolor, la presión, la falta de respiración...
- Empieza por el principio Diana. –Le sugirió Sergio- Hablar de ello te sentará bien.
    Tragó saliva antes de hablar.
- No me atrevo. Sergio... por favor.... acaríciame hasta que me duerma, no te duermas antes que yo.
    No había nada más fastidioso que aguantar el sueño y ver cómo otra persona caía rendida a los brazos de Morfeo, pero eso era el matrimonio. Debía hacerlo por ella, sería una bonita forma de demostrarle su amor. Si mañana era capaz de levantarse diez minutos antes que ella, le preparía el desayuno y le rogaría que le explicara lo ocurrido.
    Y pensando en ello se durmió.
    Pero Diana también había caído rendida.

******

Cuando Diana entró en la cocina encontró la mesa puesta, un café con leche y tostadas de mantequilla con azúcar.
- ¡Uau! ¿Y esto?
    Sergio le guiñó un ojo y le ofreció la silla para que se sentara.
- ¿Qué debo hacer para tener un desayuno así todos los días de mi vida? –preguntó ella mojando una tostada en el café con leche.
    El apagó la tostadora y se sentó frente a su mujer. Dio un único sorbo a su café y la miró a los ojos.
- Cuéntame ahora qué pasó anoche.
    Diana mordisqueó su tostada.
- ¿Anoche?
    Pensó en el momento en que se acostaron, cuando hicieron el amor y disfrutaron como la primera vez. Sonrió pícaramente.
- ¿Entonces basta con que hagamos el amor para tener el desayuno preparado cada mañana? ¿Y porqué no empezaste el primer día de nuestro matrimonio?
- Diana... –le interrumpió- Anoche, después... A las dos de la mañana.
    Ella alzó las cejas.
- ¿Qué pasó a las dos de la mañana? –preguntó sorprendida.
- Diana... ¿no recuerdas lo que te pasó anoche?
- Cariño, he dormido como un tronco, de tirón. Como no me lo digas tú...
    Sergio tomó entonces la decisión que probablemente le pareció más acertada, y fue la de callarse. Una de dos, o él lo había soñado, cosa que se negaba mentalmente, o Diana había borrado de su mente un gran trauma. Pero ¿por qué?

FIN

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