RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Arturo Curiel
Los condenados
Oscuridad. Entre las sombras de un reino perdido, corre por la jungla una imagen. Un hombre pasa silencioso sobre la hierba fresca mientras a lo lejos cientos de luces se dejan observar, acercándose. No se oye ruido alguno, sólo los pasos de un perseguido y sus jadeos de cansancio. Su mente lo traiciona. Parece ver frente a él a sus hijos, muertos días atrás en el accidente aéreo. Corre como un suspiro, siendo objeto de una extraña persecución; por unos seres inconcebibles a su imaginación. Delante de él ve solo árboles y oscuridad. Ni una sola criatura. Ni un pájaro. Ni una bestia. Sólo la soledad misma rodeando el extraño mundo en el que se encuentra.

Corre desesperado por una salida, una fuente de luz que lo proteja de los demonios que lo persiguen entre las sombras. Siente que su cabeza palpita y que sus manos chorrean de líquido vital. Cae al suelo húmedo y aunque su esfuerzo es desesperado se levanta y no cesa su carrera. En el suelo deja su huella. Una pista. Un rastro que seguir. Es un animal herido siendo perseguido por el más experto cazador. El cansancio es demasiado. Ya no puede correr más. Ha perdido demasiada energía. Busca un escondite, un lugar que lo salve del cruel destino que le espera. Si lo atrapan, no lo dejarán descansar. Lo torturarán por la eternidad hasta que la locura lo invada y ya no pueda siquiera sufrir del castigo por su sacrilegio. Estaba solo.

Ya se oyen cerca los pasos de las sombras que lo siguen. Encuentra por fin un escondite, un árbol hueco escondido entre la maleza de esa tierra abandonada. Rápidamente se introduce en el tronco y espera. No conoce a sus perseguidores. No los ha visto. No los ha podido ver. Cometió el mayor error que pudo haber cometido en esa tierra desconocida. Asesinó. Después de la caída del avión, cortó un arbusto y fue quemado. En las llamas cocinó un pequeño animalillo que encontró. Vió cómo se consumía su vida en el fuego y pronto comió sus restos. Entre los chillidos de agonía de la pobre criatura, percibió un largo silbido.

Así comenzó todo. Alrededor del fuego hubo silencio. En segundos las criaturas pequeñas que vagaban por aquellos desolados parajes huyeron y las sombras lo cubrieron todo. Ahora la persecución llevaba días. Parece un juego.

Ya se oyen cerca. Ya están ahí. Son como espectros. Son los condenados, los protectores del bosque. Los perdidos. Ya está rodeado el sobreviviente por aquellos seres. No hay salvación. Ellos saben que está ahí. Sienten su miedo. Sienten su cansancio y perciben su olor. Pronto será uno de ellos. Cumplirá su castigo. Será obligado una y otra vez a vagar entre las sombras protegiendo a las criaturas que habitan bajo esa tierra. Esas criaturas, esos pequeños animalillos de los cuales él mató uno, antes eran hombres. Hombres que encontraron refugio en aquella isla después de perderse en los mares, de sobrevivir al ataque de los seres mitológicos que habitan en el mar. Hombres que fueron protegidos por un guardián que les dio un cuerpo para sobrevivir. Aquel guardián: la sombra. Este nuevo habitante consumió a otro sobreviviente de años atrás. Ahora tenía que pagar por matar a un hermano. Sería torturado mentalmente hasta ya no sentir dolor, felicidad, amor. Sólo con una sola idea y cubierto por el manto de la sombra, sería compañero de aquellos que antes lo cazaban. Sería un verdugo de aquellos que como él perturbaran la paz durante la eternidad de las sombras. Sin descanso por la eternidad, pagaría su error como un ser oculto hasta que el tiempo del hombre acabara sobre la tierra.

Ya no hay luz para él. Ya perdió todo. Ya es una sombra más, pagando por destruir a un protegido de la naturaleza, en las sombras del mundo. Ya es uno de los condenados.



Kruela: Dos cosas a su favor: está bien escrito y la leyenda que le convierte en condenado es magnífica.


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