|
|
|
|
Esto tiene que acabarse, pensó Lizbeth mientras su novio Fabián la abrazaba. No es que él fuera mala persona, sino que simplemente las cosas habían cambiado de forma que ella no sabía cómo terminarlo, él era cariñoso, detallista, a veces hasta ridículo, pero Lizbeth no podría juzgarlo por eso, ya que ella sabía lo importante que era para él, lo mucho que había sufrido antes y todo cuanto esperaba él de su relación. Pero él quería algo serio, seguramente quería que Lizbeth fuera su esposa. ¿Casada yo? -pensó Lizbeth-, ni loca, no con éste...A Fabián le quedaban muchas cosas por aprender sobre el amor, una de ellas es que no siempre es suficiente amar a una persona para que ésta te corresponda, el amor es más complejo que eso, además Lizbeth no había hecho nada malo, ella nunca le habló de amor, más bien su relación era un “JUEGO MÁS”, de esos que le dan emoción a la vida. Y también estaba Carlos, vaya, él sí que sabía hacerla sentir amada, con él todo era diferente, no era... un juego.
Esa misma tarde, Lizbeth terminó con Fabián, no fue difícil, sólo le dijo todo aquello que tenía planeado decirle hace mucho tiempo ya. Él se veía bien, lloró un poco, a veces parecía desolado, desconcertado, como si el muy tonto no pudiera entender lo que le decía; al final el se lo merecía, nadie le habló de amor, sí, se lo merecía.
Pasaron los meses de vacaciones, fue una temporada muy especial, Carlos borró cualquier recuerdo y reproches que ella pudiera sentir, no volvió a saber de Fabián, seguramente seguirá tocando su guitarra en su cuarto, solo, autocompadeciéndose y llorando como si no existieran más mujeres, pobre bobo, Lizbeth lo compadecía.
Y volvió a las clases, la Facultad era asfixiante como lo era Fabián. Vaya qué rápido habían cambiado las cosas, aún recordaba cómo lo conoció, lo diferente que fue presentándose con un poema tan lleno de melodrama el muy idiota y la forma como la miraba, como si la vida misma habitara en los ojos de Lizbeth.
Bueno, en una cosa ella sí debía ser honesta, él sabía cómo estremecerla con sus palabras, pero eso era historia antigua, ahora se debía a otro hombre, odiaba a Fabián, sí, ésa era una buena postura, el odio pesa bastante cuando se quiere olvidar a alguien, se lo merecía, nunca le habló de amor y lo mejor de todo, Lizbeth jamás se disculpó ni dio explicaciones, tan sólo lo dejó.
Y fue entoces que ella se enteró, dos días después de empezar clases Fabián había muerto. Nadie sabe cómo sucedió, ¿se habrá suicidado el cobarde?, no, no fue eso, sus amigos más allegados tan sólo dijeron que él perdió sus ganas de vivir, como si todo lo que él había tenido hubiera desaparecido, menos mal que no dijo nada de su ruptura; ella diría que sólo se dieron un poco de tiempo separados, sí, esa sería su excusa.
Dicen que el funeral fue muy triste. Ella no fue, se disculpó diciendo que su dolor era muy grande. Pero Carlos sabría consolarla.
Días después, Lizbeth empezó a sentirse mal, decaída, y agobiada, esta Facultad era muy difícil, llena de trabajos por presentar, pero había algo más, sus sueños eran raros y despertaba agitada y muy asustada. En sus sueños, Fabián se le aparecía con su estúpida sonrisa acercándose a ella de a poco y tomándola de la mano, besándola con mucho cuidado como si ella fuera a romperse. Ella odiaba que él la tratara así, sin embargo la mirada de Fabián no era de ira, era pacífica y llena de... qué diablos, ella no podría permitir que la imagen de un muerto en sus sueños no la dejara vivir. Estás muerto, y yo no, pensaba Lizbeth antes de dormirse.
Pero los sueños siguieron, cada vez más intensos, cada vez más reales, y fue cuando sucedió, ellos estaban juntos como en el día en que salieron por primera vez, él se veía muy feliz ese día, pero en esta ocasión su mirada estaba perdida y vacía, él no levantaba su rostro, casi no movía sus labios pero sus palabras eran fuertes y claras.
- Mataste mi alma con tu traición, destruiste el corazón que te ama, mataste mi alma con tu traición, destruiste el corazón que te ama.
Cada vez lo repetía más y más rápido, todo se oscurecía de a poco, su rostro iba cambiando, desdibujándose en un sinnúmero de muecas horribles, el olor, qué olor más penetrante, olía a flores marchitas y carne putrefacta, ¿cuál era el aroma de un cadáver? ¿Sería así el olor de la muerte?, no me toques gritó ella, no, las manos, los brazos de Fabián que antes la rodearon con amor, eran ahora grandes, toscos, llenos de pústulas.Los dedos que tomaron con cuidado sus manos estaban hinchados negros y sucios, ahora se cerraban con fuerza sobre sus hombros, la piel de Fabián caía al piso como si fueran girones de ropa vieja, todo él era un ser maligno, pero me amabas pensó ella, decías que me amabas... te amo, gritó Lizbeth
- Bésame entonces. -Le respondió Fabián, se acercó hasta su boca, pero él, ESO, NO era Fabián, no tenía labios, podía ver sus dientes, su rostro carcomido por los gusanos formando un halo sobre donde debía estar su boca, seguramente despertaría entonces, pero no fue así, ella sintió esos dientes sobre sus labios, pronto la lengua de Fabián entró en su boca, y junto con la de Lizbeth se unieron en un beso... la lengua de Fabián se desprendió, ella la escupió con horror, sentía el sabor de su sangre muerta, sus lágrimas y su dolor.Despertó gritando y llorando, su cuerpo estaba totalmente bañado en sudor, gemía y le dolían los hombros, en su boca tenía aún la sensación de haber probado algo horrible, no pudo soportarlo, vomitó sobre su cama y se desmayó. Los padres de Lizbeth la llevaron al médico, ella no les comentó lo sucedido. No tenía infección pero tenía fiebre, y tampoco había salido de casa pero estaba agotada, y claro, no pudieron explicar esas extrañas marcas sobre sus hombros, parecían dedos enormes que la habían apretado con extrema brutalidad, ella estaba aterrada, necesitó calmantes para dormir esa noche, no fue suficiente una tableta de Lorazepam, pero dos sí surtieron efecto. Ella no quería dormir, no, dormir no, pero lentamente sus ojos fueron rindiéndose ante el sueño, y las sombras la rodearon.
Esa noche no tuvo pesadillas, durmió plácidamente como antes, al día siguiente despertó muy animada y recuperada, desayunó y se sintió con fuerzas para ir a clases.
- Estoy bien mamá-, respondió Lizbeth a todos los reproches que ella le hacía, su madre quería que se quedara en casa pero Lizbeth siempre sabía lo que quería, y lo que ella necesitaba era ver a Carlos y abrazarlo, sólo él podría cuidarla.Fue hasta la Universidad, se quedó unas cuadras antes, ella quería caminar un poco, eso le haría bien; de pronto volvió el aroma de flores, maldición, sintió como su corazón se agitaba, otra vez volvía el vómito, pero se contuvo. Tuvo de nuevo la imagen de esa noche, Fabián besándola con la misma pasión que lo hacía cuando él estaba con vida, cerró sus ojos, sintió como algo rodeaba su cuerpo y entonces sintió cómo se separaban sus labios. Ella no lo quería pero eso no importaba, de nuevo percibió el sabor de la sangre dentro de su boca, lágrimas brotaron de sus ojos mientras ella se llenaba de asco y de terror, no lo iba a soportar, no podría, no de nuevo...
Y así de pronto como llegó, se fue. Abrió sus ojos, todo giraba la gente pasaba a su alrededor y no se molestaba en verla, como si no existiera, como si tampoco importara su presencia, -estoy llorando maldición...- se dijo para sí, respiró y ella no supo cuánto tiempo estuvo así. Caminó hasta la Facultad, la saludaron un par de veces pero ella no se molestó en responder, Carlos, ¿dónde estás?
Lo vio a lo lejos, su rostro era de ira, él se acercó amenazante hasta ella, se detuvo.
- ¿Quién era ese tipo?- Le increpó- Lo estabas pasando muy bien ¿verdad?, dime ¿te gusta cómo te besa? ¿por quién me tomas, por un idiota? Estás muy equivocada si crees que puedes hacerme lo mismo que al imbécil ese que murió, no esperes que yo también me muera por ti ¿sabes qué? vete al diablo.Carlos se dio la vuelta y se fue furioso, todos la veían y murmuraban, decididamente, este no era su día. Volvió a su casa, Carlos ya no respondió más a sus llamadas, pasaron unos días y las pesadillas seguían, ella estaba cada vez más enferma, había adelgazado.
Una tarde fue a la iglesia, es curioso como siempre buscamos ayuda de Dios cuando ya nada está bien, pensó ella, se arrodilló y empezó a orar, todo se oscureció de pronto, Fabián estaba allí, en el altar, vestido de negro, ella se vió a sí misma vestida de blanco, otra vez el olor a flores y carne muerta, Dios mío, ayúdame, su vestido empezó a teñirse de sangre y Fabián se descomponía como siempre en un solo amasijo de carne putrefacta, ella estaba a su lado, y él la tomaba de la mano... Dios mío ayúdame, Dios mío perdóname..., perdóname, PERDÓNAME FABIÁN no fui honesta, no te amé pero tampoco quise hacerte daño, te lo juro, fuiste especial y me diste amor, amor que no merecía, pero tampoco merezco esto, por favor PERDÓNAME.
... Todo fue oscuridad, y lentamente, la iglesia fue aclarándose, ella no vestía ya su ropa de novia, ella escuchó la misma música que Fabián interpretaba para ella, la iglesia estaba llena de girasoles, a Fabián le gustaban mucho, él solía regalarle girasoles, ella lo recordaba bien, cómo los llevaba cuidadosamente para que ni un solo pétalo se doblara siquiera.
Y Fabián estaba allí, ya no había dolor en su alma, era un ser de luz, se despedía con su mano y una voz plácida repetía TE PERDONO AMOR MÍO, TE PERDONO MI LIZ, TE PERDONO... sus labios no se movían más, su ser ya no respiraba, pero él estaba con vida, viviría en otro sitio, donde el amor por Lizbeth lo mantendría incorruptible, donde él la esperaría por siempre, donde su corazón habitaría por siempre junto con todos aquellos que han amado sin esperar nada a cambio, con aquellos que aman solamente por amar y ver cada día, un día más la sonrisa de por quien darían la vida, estaría allí junto con los demás ángeles porque los ángeles son seres que sólo supieron amar y no pudieron entender el engaño.
... Esto no fue un castigo, Dios le enseñó a ser mejor, eso fue todo.
Lizbeth lo entendió todo, supo entonces QUE EL AMOR ES UN SENTIMIENTO PELIGROSO CUANDO SE JUEGA CON ÉL, nunca más fue deshonesta, y al poco tiempo conoció a Raúl, él supo llenarlo todo de luz, y supo lo que era el amor, lo que Fabián sentía cada vez que Lizbeth la besaba... Ahora ellos están casados, Raúl es un buen esposo y compañero, y ella, Lizbeth, es una gran mujer, UNA MUJER DE VERDAD.
[VOTAR CUENTO DE FICCION y mi opinión]
recuerda poner tu nombre, ciudad y país para el voto

Webs relacionadas ciberanika | Anika Entre Libros | Anika Cine Magazine | Vinilo |© Todos los derechos reservados. No plagiar ni copiar el contenido de la web.