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Titulo : LUNA DE KULWANA
Autor: Carlos Miguel Córdoba Murillo
Email:carlmig@teleline.es
Inspirado en la canción Lobo Hombre en París de La Unión que me hizo descubrir El Lobo Hombre de Boris Vian y también las leyendas indias de norteAmérica.
Seis de octubre de 1976
El avión llegaría a la hora exacta. Una azafata golpeó suavemente el hombro de Miguel Salzedo para despertarle. Parpadeando pesadamente abrió los ojos y miró a través de la ventanilla, luego dirigió su mirada, al tiempo que esbozaba una sonrisa, a aquella esbelta chica de enormes ojos azules que le hicieron creer que eran otro par de ventanillas del avión a través de los cuales podía contemplar el cielo. (n.a.¡toma metáfora!)
- Por favor, póngase el cinturón, aterrizaremos dentro de cinco minutos - dijo la azafata correspondiéndole amablemente con otra sonrisa.
- Muchas gracias - Miguel se ajustó el cinto mientras trataba de divisar la isla de Vancouver a través de la ventanilla.
El avión a pesar de los vientos ariscos que azotaban aterrizó suavemente en aquella soleada mañana.
Cuando Miguel salía de la aduana ojeó todo el vestíbulo buscando la figura desgarbada de su antiguo compañero de escaladas llamado Edward Brett.
- Aquí, aquí, Miguel - decía una voz en español pero con un marcado acento inglés que agitaba una mano sobresaliendo entre el conglomerado de gente.
- Edward, cuanto tiempo sin verte
Miguel y Edward se dieron un efusivo abrazo. Cuando por fin se despegaron, Edward ayudó a Miguel con uno de los bolsos de mano pasándoselo por encima del hombro.
Miguel, charlando animadamente siguió a Edward hasta el aparcamiento del aeropuerto y se introdujeron en un viejo y sucio Plimouth.
- Veo que todavía conservas este viejo trasto. No se como ha podido aguantarte tanto tiempo.
- No es un trasto, es un amigo, como tú, Mike.
- ¿Cuando iremos a ver esos restos?
- Un poco de paciencia, Mike. ¿Es que no quieres pegarte una buena ducha, comer algo y hablar de los viejos tiempos?
- Oh, por supuesto que sí. Perdona Eddie.
- No problem - dijo Edward estallando ambos en carcajadas.Después de veinte minutos viajando en coche, por fin llegaron al pequeño hotel donde Edward ya llevaba dos días alojados. Era una construcción pequeña de madera pero a Miguel le pareció confortable, alejada del tráfico y polución del centro de la ciudad.
Al día siguiente ambos prepararon sus mochilas muy temprano. Iban a visitar un resto arqueológico de los indios Nootka en la isla de Vancouver. Tenían que coger el ferry de las diez.
VEINTITRES AÑOS DESPUES.
Durante los últimos seis años la familia Rivas había veraneado en distintos lugares del extranjero, pero este año no era así. Javier y Elena llevaban siete años casados y su vida matrimonial era relativamente normal, con los típicos altibajos que surgen de la relación de una pareja joven. Javier tenia treinta años y Elena veintiocho pero debido al juvenil aspecto de ambos aparentaban más ser una pareja de novios adolescentes. Sin embargo los anillos, las discusiones que mantenían con frecuencia y el ir siempre acompañados de un niño pequeño delataban la condición matrimonial que les unía.
Las vacaciones siempre habían sido planeadas por ellos con un par de meses de antelación; aunque esta vez, faltando un mes para la llegada del verano y con los planes ya realizados, un amigo de Javier que trabajaba en una empresa distribuidora de vehículos todo-terreno le convenció para que adquiriera uno a un precio excepcional. Javier lo compró con la desaprobación de su ella; pues ya tenían un coche, que aunque algo viejo todavía funcionaba perfectamente, y el gasto significaría la postergación del viaje planeado a Grecia para el próximo verano. Javier hizo una verdadera tesis doctoral sobre las ventajas de tener otro coche; pero Elena suspendió a su marido: no estaba de acuerdo con aquel improvisado canje del viaje. Sin embargo y debido al carácter machista de Javier que iba agudizándose con el paso del tiempo la opinión de su esposa francamente le importaba apenas un bledo.
De todas formas al final estaban viajando, pero dentro de los límites del país, y Javier aprovechaba para disfrutar de la conducción de su flamante y conflictivo cuatro por cuatro.
-¿Donde diablos estará la "Biodramina"? - refunfuñó Elena.
Javier conducía con habilidad, moviendo el volante en amplios arcos y con cierta regularidad (la sinuosidad de la carretera se lo exigía). Su mujer mientras tanto desordenaba el bolso buscando el frasco de las pastillas antimareos (la sinuosidad de la carretera también se lo exigía).
- Creo... - dijo Javier mirándola de soslayo -, que lo puse en el botiquín... estará en la mochila. ¿Quieres que me detenga para buscarlo?
-A menos que quieras que vomite en tu coche. - Elena enfatizó sarcásticamente el pronombre posesivo al tiempo que arrojaba con rabia el bolso al suelo del vehículo.
El rostro de Javier expresó ofuscación. Activó la luz intermitente de la derecha y se detuvo al margen de la serpenteante carretera rodeada de elevadas coníferas. Se apeó del vehículo dando un brusco portazo y se dirigió hacia la portezuela trasera diciendo ente dientes:
- En tu coche, en tu coche, ¡maldición!, es nuestro coche.
Elena le oyó refunfuñar cuando él ya estaba revolviendo en la parte de atrás buscando el botiquín dentro de una de las mochilas.
- En tu coche - replicó ella volteándose para mirarlo a la cara -, no se como te las arreglaste para convencerme de venir contigo, pero ahora me arrepiento.
- Mira, ya hemos discutido esto y parecía aclarado, ¿no? El próximo año iremos a Grecia. ¿A que viene esta cara?
Cada molestia o inconveniente que se le presentaba a Elena no hacía sino despertar y avivar su frustración de no haber ido de viaje al extranjero. El mareo era un leño más arrojado al fuego de su frustración.
Mientras discutían los volúmenes de voz iban aumentando gradualmente. Elena discutía desde su asiento de acompañante del conductor y Javier desde la parte de atrás, con medio cuerpo dentro del vehículo, revolviendo los distintos enseres de la mochila buscando la máldita caja blanca con una cruz roja y apartando a la impertinente mascota de la familia que estaba revoloteando nerviosa en el cada vez más desordenado compartimento trasero.
-A lo mejor te has comprado este coche con la sana intención de salir de acampada todos los veranos.
- Estás neurótica...
El pequeño de siete años, Javi, que durante el trayecto había estado durmiendo en el asiento trasero, se incorporó soñoliento interponiéndose entre sus padres.
- Tengo ganas de hacer pipí - dijo el niño recibiendo en la nuca los lametones de su mascota.
El matrimonio quedó aturdido por la olvidada presencia del niño.
- Ves lo que has hecho, ¡has despertado al niño! - la acusó Javier.
Elena, ignorando a su marido, dio instrucciones a su hijo para que orinara al lado del vehículo sin alejarse demasiado.
La discusión se interrumpió momentáneamente para reanudarse con más fuerza cuando Javi ya había salido con el perro siguiéndole detrás.
Inuk era un hermoso ejemplar de la raza esquimal, completamente blanco. Ahora tenía tres años de edad y Javier lo había comprado cuando apenas era un diminuto cachorro aprovechándose - como siempre- de otra magnífica oferta que un amigo suyo le había hecho. Elena, en ese tiempo, también había tenido una discusión con su marido por la adquisición del perro. Le parecía cruel que un perro que provenía de un hábitat extremadamente frío fuera sacado de allí para meterlo en un clima que indudablemente le haría sentirse incómodo. El carácter machista de Javier, como siempre, fue el que predominó en la decisión para adquirir el perro. El pequeño Javi fue el que bautizó al animal después de haber visto una película en la televisión: "El salvaje inocente" en donde Antony Quinn interpretaba el papel de un esquimal llamado Inuk. Aunque los perros esquimales son los más salvajes dentro del género canino (se dicen que son los primos más cercanos al lobo), Inuk era muy dócil y afable. La familia Rivas nunca había tenido problemas con el perro. Pero ahora Inuk se mostraba demasiado inquieto y no era debido a la discusión mantenida por sus amos.
Javi se dirigía hacia unos matorrales que ocultaban parcialmente un tronco derrumbado impidiendo el acceso a un pequeño sendero. El niño apartó estos con sus menuditas manos y saltó por encima del tronco adentrándose en el sendero recién descubierto. Inuk se detuvo contrayendo su hocico, desvelando los blancos y afilados colmillos. Gruñó levemente mirando a su pequeño amo. Era un gruñido distinto al que solía salir de su garganta cuando el cartero depositaba, con precaución y recelo, la correspondencia en el buzón de la casa de sus amos; distinto a como solía gruñir cuando veía pasear con desdén al gato del vecino a través de los resquicios de las tapias que separaban los jardines, distinto a cuando veía a su odiado vecino podar los helechos colindantes de su casa. El rugir de Inuk se fue suavizando hasta convertirse en un triste y ahogado aullido, como si quisiera advertir a su amo que detuviera su avance sobre aquel abrupto camino por alguna misteriosa razón instintiva que solo él podía percibir.
Javi dejó de caminar para mirar absorto el nuevo camino que había descubierto, empezó a vaciar su vejiga tratando de adivinar adonde le conduciría si siguiera adentrándose en él.
Inuk dejó de aullar cuando su joven amo dio la media vuelta y se encaminó de nuevo hacia el todoterreno. Si hubiera podido ladrar lo habría hecho, pero los perros esquimales no saben ladrar lo que los hace aun más parecidos a sus primos los lobos.
- Papá, Papá... - repitió Javi alborozado -, allí hay un camino.
El niño tiraba de la pernera de su padre con una mano mientras que con la otra señalaba el tronco camuflado con arbustos y ramas.
-¿Qué dices, hijo? - Javier dirigió su mirada adonde le señalaba el pequeño -. Vamos a echar un vistazo.
Abandonando la búsqueda de la "Biodramina", Javier y su hijo fueron a examinar el tronco.
Al cabo de un rato y después de dejar el tronco más o menos desnudo de ramas y arbustos, Javier maniobró el vehículo dejándolo aparcado paralelamente al tronco y a unos siete metros de distancia de éste.
-Bien Javi, vamos a probar el "remolque electrico" del coche.
Elena hizo una mueca de desaprobación al conocer las intenciones de su marido. Javier ya había enrollado alrededor del tronco el cable de acero que salía del cabestrante del vehículo. Luego puso en marcha el motor eléctrico arrastrando el pesado tronco y despejando así el camino.
- Vamos a ver adonde conduce este sendero. - Dijo Javier en voz baja a su mujer.
Elena continuaba con el gesto de desaprobación en su rostro, pero se callaba, no quería seguir discutiendo con su marido, ni tampoco ser la aguafiestas del aventurero entusiasmo de su hijo. El continuo gimoteo del perro le producía una extraña sensación de inseguridad. Varias veces le preguntó al animal que le ocurría como si éste fuera capaz de contestarle en un perfecto español.
Javier fue internándose en el camino cada vez más. Toda la familia y la mascota iban dando botes al compás de las irregularidades del camino. Después de una hora y media castigando los riñones, quedaron deslumbrados ante la presencia de un resplandeciente riachuelo al final del sendero. El sol posaba sus cálidos rayos sobre la cristalina superficie despidiendo un fulgor hiriente a los ojos que desde hacía rato se habían acostumbrados a la penumbra del camino convertido en una especie de oscuro túnel formado por los densos ramajes de los árboles y la espesa vegetación a los lados.
- Papá, acampemos aquí.
- Es lo que pensaba hacer, hijo, es un sitio estupendo.
Javier estacionó la furgoneta cerca del borde del riachuelo y todos se bajaron realizando la típica inspiración que hacen todos los domingueros del aire puro de la montaña. Fue una experiencia vigorizante y agradable que sus intoxicados cuerpos capitalinos agradecieron... con accesos de tos.
El lugar era un verdadero paraíso. Los pájaros parecían darles la bienvenida con sus relajantes cantos, la luz viajaba sin obstáculos a través de un diáfano aire y los pinos se balanceaban por el leve viento que soplaba.
Javier empezó a montar una enorme tienda de campaña de color verde mimetizado y aunque instó a su hijo para que le echara una mano, el pequeño prefería lanzar su platillo o "freezbee" a lo lejos para que Inuk, corriendo en su persecución y cogiéndolo de un salto con la boca, volviera a traérselo a sus manos.
Elena buscaba en las mochilas los utensilios de cocina para almorzar. Al no encontrar un abrelatas maldijo en voz baja: otro leño al fuego de su frustración.
Javi lanzó con demasiada fuerza el disco que empezaba a ganar altura ayudado por un repentino e impetuoso viento. Después de recorrer unos quince metros, cayó detrás de un denso muro formado por inextricables matorrales. Inuk los bordeó mojándose las patas en la orilla del riachuelo, por el otro lado no podía pasar pues había una escarpada ladera formada por rocas.
Cuando Javi pensó que su compañero de juegos estaba tardando demasiado, empezó a gritar:
-¡Inuk, ven! - repitió varias veces sin obtener resultados.
Javi se dirigió hacia el lugar donde había desaparecido hacía rato Inuk
Después de haber rodeado los matorrales en un ligero trote, se detuvo bruscamente asustado. Su perro estaba siendo acariciado por un completo desconocido de imponente envergadura, con el rostro bruñido por el sol y surcado de incontables arrugas y de cabellos y barba bastantes crecidos y ensortijados.
Inuk, Instantes antes, cuando sorprendió al desconocido inclinado sobre el disco en ademán de recogerlo, había emitido unos gruñidos de desconfianza. Pero cuando el corpulento viejo dejo de fijar su vista en el disco que iba a recoger y alzando la cabeza miró a los ojos del animal, éste dejó de gruñir y se acercó mansamente para permitir que lo acariciara, olvidándose completamente de su principal cometido: recoger el disco y devolvérselo a su pequeño amo. El perro estaba como hipnotizado mirando fijamente a los ojos del hombre.
-¡Inuk, ven aquí! - Javi le ordenó furioso a su perro al ver como era desobedecido en la presencia de un desconocido.
El viejo apartó su mirada de los ojos del perro, rompiendo aquel extraño vínculo hipnótico, para mirar a Javi. El perro entonces fue trotando a los pies de su amo.
- Hola chico, me imagino que estarás con tus padres, ¿no? - dedujo el anciano mirando a Javi con unos penetrantes ojos color miel.
- Si, están aquí mismo - el pequeño señaló el lugar mientras con la otra mano acariciaba al perro sentado a su lado.
- Llévame con ellos, por favor - Dijo el anciano esbozando una tierna sonrisa que relajó la tensa postura que el niño había adoptado desde que lo viera.
La tienda de campaña se negaba a ser montada. Javier, malhumorado, trataba de salir del interior que lo cubría disfrazándolo como un fantasma mimetizado que estuviera cumpliendo el servicio militar en el más allá. Cuando al fin logró encontrar la salida, gritó llamando y culpando a su hijo de su poca habilidad en instalar tiendas de campaña.
-¡Javi!, donde diablos se ha metido este niño - giró su cabeza en todas las direcciones buscándolo. Su mujer hizo lo mismo. La mirada de ambos se encontraron, preguntándose con una expresión de preocupación donde estaría el pequeño.
Javi apareció entonces corriendo, rodeando los matorrales y chapoteando en la orilla del riachuelo con Inuk al lado
-¡Mamá, Papá, un señor quiere hablar con ustedes! - vociferó el pequeño.
El anciano surgió de detrás de los matorrales, rodeando con más cuidado que el niño la orilla del riachuelo, no se fuera a doblar un tobillo con alguna piedra y cayera de bruces al agua dándose un buen remojón. Sujetaba con ambas manos el disco de Javi y se aproximó hasta el matrimonio con andar lento pero seguro.- Espero no haber asustado a vuestro hijo - les dijo el anciano extendiéndole el disco al niño que se encontraba ahora junto a sus padres.
- Me llamo Miguel Domínguez, vivo cerca de aquí.
-Encantado, yo soy Javier Rivas -extendió la mano para saludar al corpulento viejo-, y ella es mi esposa Elena.
Javier sintió la solidez y los ásperos callos de la mano estrechada, pensó que no podría abarcarla con la suya al ver aquellas dimensiones.
-Bueno, ya conoce a mi hijo Javi y su mascota Inuk.
-Como les dije antes -prosiguió el viejo-, vivo por aquí cerca, en una pequeña cabaña que construí hará unos... -entornó los ojos para hacer calculos- ...diez años, más o menos.
-¡Vaya! -exclamó Javier con asombró-, eso es mucho tiempo.
-Si, mucho tiempo -le confirmó el anciano y añadiendo en voz baja, como hablando para si mismo -pero ha sido necesario.
La conversación empezó a fluir y Elena, después de haberle ofrecido a Miguel compartir la cena y éste rechazarla amablemente justificándose con que ya era muy viejo para regresar a su casa de noche, se retiró para seguir con los preparativos de la comida.
Miguel Dominguez, durante media hora conversando con Javier, hizo un resumen de sus más de sesenta años de vida. Le contó a Javier como había sido un notable deportista en su juventud y como poco después se dedicaría a realizar expediciones a los lugares más desconocidos del planeta y su afición por la paleontología. Pero no explicó porqué vivía allí, a ciento cincuenta kilómetros de distancia del poblado más cercano, ni tampoco le explicó la verdadera razón por la que quería que se marchasen de allí cuando apenas acababan de llegar. La conversación iba haciéndose tirante. Javier empezaba cada vez más a dudar de la cordura del viejo al no obtener respuestas convincentes a sus preguntas.
-¿Es usted acaso el dueño de estas tierras? -Javier le preguntó con altanería.
-Si se quedan aquí esta noche de luna..., pueden correr un grave peligro -le advirtió con tono apaciguador mientras echaba una mirada a las nubes arreboladas del cielo-. Créame, hay una enorme fiera por estos lares. Yo la he visto. Lo mejor será que se vayan cuanto antes: todavía es temprano.
Javier se apartó del anciano y se dirigió hacia la parte de atrás del vehículo, luego regresó con un rifle "Sauer 200" en sus manos.
-Vé este fusil -dijo Javier levantando el arma, como si estuviera tratando de intimidar a Salcedo-, si alguna bestia se acerca por aquí estoy preparado para desayunarmela.
-Eso no servirá de nada -inquirió el viejo-. Entonces no piensan irse, ¿es eso lo que quiere decirme?
Javier cambió de táctica en sus modales. Aquel viejo debía estar un poco tocado de la azotea y no era cuestión de enfurecerlo, sino más bien de seguirle la corriente: tanto tiempo conviviendo y dominando la naturaleza le habrían hecho posesivo; sentirse el dueño y protector de aquellos bosques, y el viejo seguramente se sentiría como si hubieran allanado su morada.
-Esta bien, amigo, aunque es imposible que haya fieras tan peligrosas por estos lugares, ¿sabía usted que esto es España? -le preguntó burlonamente-, le haremos caso, nos marcharemos. ¿De acuerdo?
Javier le seguía la corriente convencido totalmente de que estaba tratando con un viejo majareta y añadió:- Ha sido un placer conocerlo, adiós.
Le dio la espalda al viejo y se dirigió a la tienda de campaña para seguir montándola.
A Miguel se le humedecieron los ojos ante el sentimiento de impotencia que le embargaba. Se alejó apesadumbrado, con los puños de las manos y la mandíbula fuertemente contraídas. No había logrado ganarse la confianza y la simpatía de aquel hombre contándole lo más verosimil de su vida, y con toda seguridad si le hubiera contado la verdad entonces si que lo hubiera tomado por un loco peligroso.
Elena vio como el viejo se alejaba en la misma dirección por la que había venido. Se acercó a su esposo que estaba luchando con un poste de la tienda tratando de enderezarlo.
-¿Por que te has comportado tan groseramente con ese hombre? -le recriminó.
-¡Bah!, ese maldito viejo quería que nos fuésemos de aquí.
-¿Porqué?
-Por nada, chocheces de un viejo. ¿por qué no vas a preparar la cena?
Javier no quizo que su mujer aumentara el repertorio de razones por las que no debía haber comprado el cuatro por cuatro.
Había transcurrido una hora desde que el viejo se fuera, y el sol apenas era visible pues se empezaba a ocultar en el falso horizonte que formaban los árboles. La familia Rivas conversaba mientras comían unos aperitivos de queso manchego y aceitunas rellenas de atún acompañadas de un buen vino de rioja antes de cenar. Y por primera vez en el día se oyeron risas.
Aunque todavía no era de noche la tenue oscuridad producida por los inmensos pinos daban un aspecto sombrío al lugar. Unos tenues crujidos hicieron que una de las orejas de Inuk se desplegara en toda su amplitud para captar su procedencia. Una sombra se acercaba, lenta y sigilosamente, a la familia, solo el perro la había detectado y empezó a gruñir.
-¿Que te pasa Inuk? -preguntó Elena dirigiendo su mirada adonde apuntaba el hocico del perro. Javier se levantó apresuradamente (en su subconsciente aún estaban latentes las desoídas advertencias del viejo) y se dirigió a la parte de atrás del vehículo para recoger su rifle y cargarlo. Luego se aproximó cautelosamente hasta la sombra que semiencorvada poseía una salvaje apariencia animal, producto de la poca iluminación y el contraste con las sombras más oscuras de los árboles. A cada paso que avanzaba sentía más temor.
-¿Usted por aquí de nuevo? -Javier reconoció, algo aliviado, la silueta de Salcedo desfigurada en la oscuridad.
El anciano extendió su puño cerrado con la palma hacia arriba al rostro de Javier y lo abrió mostrando cinco brillantes balas plateadas que iluminaron el rostro de ambos.
-Por favor -suplicó Miguel-, por lo menos acepte estas balas y sustitúyalas en su rifle, su calibre es 7,64 mm ¿no?
-Si, así es -contestó Javier haciendo una mueca de fastidio con la boca-, pero ya tengo varios paquetes de munición y no necesito estas, gracias de todas formas.
-Estas balas son las únicas que pueden matar a las bestias que merodean por estos lugares. ¡Por favor, acéptelas!
-Está bien, démelas -Javier cogió las balas con desgana y fastidio, debía seguirle la corriente al viejo, nunca se sabía como iban a reaccionar estos locos.
El anciano le dio las gracias diciéndole que ahora se sentiría más tranquilo y se retiró prometiendo que esperaba no volver a molestarlos más. Sabiendo que aquella gente lo tenían como a un loco rezó para que Javier cambiara sus balas por las que él le había dado.
Cuando el anciano se había perdido en la oscuridad que empezaba a hacerse más sólida e impenetrable, Javier dejó caer las cinco balas de su mano y volvió a reunirse con su familia.
Miguel Salcedo entró en la vieja cabaña que había construido hacía veinte años y encendió una vieja lámpara de queroseno. Todo estaba a mano en aquella pequeña vivienda de solo dos habitaciones. Dos de las paredes en la primera habitación estaban forrado de mohosos, polvorientos y apolillados libros que aparentemente cubrían todos los géneros y campos del saber. Pero en realidad los libros de leyendas y todos aquellos que trataban de lobos y licantropía eran los más abundantes. En la tercera pared tenía un pequeño taller de madera y algunas herramientas para fabricar balas, como un pequeño horno de fundición y unos moldes de hierro colado. Unos estantes que llegaban a la altura del techo estaban repletos de tarros conteniendo polvora y cajas con municiones y armas de todos los calibres, al lado del pequeño taller estaba la puerta que conducía al exterior. La cuarta pared tenía adosada una cocina con unas alacenas donde guardaba los alimentos, en su mayoría enlatados, y un fregadero con unas mangueras que salían por la ventana situada encima hasta unirse a unos depósitos con forma de embudo donde se recogía el agua procedente de la lluvia o que él traía desde el riachuelo con unos cubos.
Salcedo entró en la habitación contigua donde sólo había una cama rodeada de tres sólidos armarios de olmo donde guardaba toda su vestimenta y también parte de los alimentos que compraba una vez al mes en sus desplazamientos al pueblo más cercano conduciendo un viejo jeep sin capota que tenía estacionado al lado de la cabaña. Encima de los armarios habían más libros apolillados. Sobre la cama había colocado, justo antes de realizar su segunda visita a los Rivas, unas gruesas cadenas de acero y un enorme candado. "¡Dios, ojalá todo salga como lo he previsto!" pensó.
El sol ya hacía rato que se había hundido completamente en el horizonte real y la única luna llena de ese mes surgió de la oscuridad vanagloriándose como el cuerpo celeste más brillante y tal vez más cruel de la noche.
Miguel Salcedo sudaba y temblaba atado a la cama con las frías y sólidas cadenas. Dentro de muy poco su mente no recordaría nada más hasta que amaneciera. Pensaba en la familia Rivas mientras su garganta se espesaba y de su boca salían borbotones espumosos de saliva. Si alguien irrumpiera, justo en ese momento, en la habitación y lo viera en ese estado seguramente creería que estaba sufriendo un ataque epiléptico para después comprobar con creciente horror que estaba equivocado al ver como todo el pelo de su cuerpo crecía a un ritmo desmesurado e incluso le nacía donde no lo hubiese; y como sus uñas y dientes hacían lo mismo agudizándose; y su rostro se desfiguraba extendiéndose la mandíbula hacia delante; y como los ojos color miel adquirían un amarillo intenso, brillantes, como si en el interior de sus globos oculares estuvieran atrapadas varias luciérnagas revoloteantes, tratando de escapar con frénesis.
La imagen de la familia Rivas se mezcló en sus pensamientos con los recuerdos de sus antiguas expediciones realizadas a lo ancho y largo del planeta. Fieras de largos, blancos, y afilados dientes empezaron a fusionarse con la pose idílica y feliz de los Rivas que le saludaban con amplias sonrisas y el les correspondía el saludo con su falsa identidad de Miguel Dominguez. Después cabezas decapitadas, miembros desgarrados, sangre y más sangre empezaron a inundar sus pensamientos. <<¡Váyanse!, ¡por Dios!, ¡váyanse!... antes de que sea demasiado tarde>>. Los suplicantes gritos humanos de Salcedo se alternaban con ascendentes y agudos aullidos y estruendosos rugidos. Su propia familia empezó a sustituir a los descuartizados Rivas en un torbellino desordenado de recuerdos: <<¡No!, ¡Luisa!, ¡Eduardo!, (gruñidos) ¡vayanse de aquí ahora mismo!. (aullidos) ¡No me visitéis nunca! (gruñidos) ¡Nunca! (aullidos)>>. Las lágrimas brotaban de sus amarillentos ojos, mientras su cuerpo empezaba a sufrir violentas contracciones que hacían botar la cama como si fuera una pelota de goma.
Haberles contado la verdad a la familia Rivas habría sido sencillo, lo difícil sería que ellos le creyeran, que no pensaran que era solo un viejo y trastornado anacoreta. Hacía más de veinte años que no veía a su mujer y a su hijo, aunque él seguía manteniendo relación con un viejo amigo conocedor de la verdad y que le informaba periódicamente desde una cabina telefónica del estado económico y de salud de su familia. Y es que Miguel Salcedo había hecho creer al mundo entero, incluida a su propia familia, que había muerto en una de sus frecuentes expediciones. Tenía que mantenerse al margen de la sociedad y la razón de no haberse retirado a un lugar más apartado del mundo -como por ejemplo el Tíbet- era su familia y el hecho de sentirse cerca de ella, aunque sólo fuera a través de las noticias que un verdadero amigo le transmitía una vez al mes cuando él se desplazaba hasta la cabina de teléfono del pueblo más cercano.
Su cuerpo, mucho más ancho y largo ahora, estaba completamente cubierto de hirsutos pelos. Sus recuerdos le trasladaron hasta el lugar donde se originó el comienzo de la mayor pesadilla de su vida: a la isla de Vancouver, entre la frontera de Canadá y los Estados Unidos. Cuando había ido en una pequeña expedición a estudiar unos fósiles hallados recientemente por los estudiantes de una universidad norteamericana. En una helada noche saturada de electrizantes aullidos de lobos, su grupo expedicionario, acampado en unas tiendas de campaña, fue atacado -supuestamente- por una hambrienta manada de lobos. Todos murieron brutalmente, solo Miguel había logrado escapar a aquella salvaje matanza con sólo unas heridas en su brazo derecho. Había logrado salvar su vida gracias a las ganas de orinar que lo apartaron del campamento, justo unos segundos antes de la tragedia, hasta la orilla de un precipicio que daba al mar y en donde una luna llena se perfilaba majestuosamente en lo alto del horizonte. En el momento que oyó los rugidos, aullidos, y gritos de pánico de sus compañeros se volvió rápidamente mientras se subía la cremallera de los pantalones, corrió para ayudar a sus compañeros incluido Eddy, pero una enorme y fiera silueta, que palpó en la oscuridad, se le abalanzó, cuando apenas había avanzado un par de metros, mordiéndole el antebrazo con el que se había protegido la cara instintivamente. En el forcejeo que realizó para deshacerse de la mandíbula que trincaba su carne perdió el equilibrio y rodó por el borde del precipicio hasta caer al vació y sumergirse en las heladas aguas del mar. La fortuna indudablemente había estado de su lado aquella noche. Pudo asirse a un enorme tronco que flotaba, y allí permaneció encima durante toda la noche, hasta que un bote de pescadores le encontró semiinconsciente y delirante, pero aferrado con todas sus fuerzas -como creyeron erróneamente los leñadores, pues realmente tenía las extremidades entumecidas- al tronco. La muerte del grupo fue explicada oficialmente por todos los medios de comunicación como el resultado del ataque de una manada de lobos hambrientos. Una explicación que desde un principio a Miguel Salcedo no le convenció.
Desde entonces, siempre a la mañana siguiente de una noche de luna llena, se despertaba bañado en sangre ajena. Nunca recordaba porqué su ropa estaba hecha jirones ni lo que había hecho durante la noche para amanecer en algún descampado con el sol empezando a quemar su semidesnudo cuerpo y aquel acre sabor a sangre en la boca hasta que un día decidió filmarse con un video doméstico durante una noche de luna llena, con la finalidad de comprobar si sus temores eran ciertos. Y lo fueron (no se atrevió a enviar la cinta a "Videos de Primera"). A la mañana siguiente cuando regresó a su casa, situada en las afueras de la ciudad, y entrar en su dormitorio completamente destrozado, conectó el video en el que había grabado las imágenes suyas durmiendo, y contempló horrorizado lo que él era en realidad, en lo que se había estado transformando sin saberlo durante todas las noche de luna llena. Salcedo le agradeció a Dios el no haber coincidido en aquellas diabólicas noches de luna llena con su familia en la casa.
¿Cuanto habría de falso en la leyenda de la ceremonia Kulwana? Por los pensamientos de su cabeza ahora con rasgos mitad humanos mitad bestia surgieron escenas de indios cubiertos con pieles de lobos y lobos con máscaras humanas en sus cabezas bailando alrededor del chisporroteo de una hoguera. Reconoció el lugar donde se efectuaba aquel rito: era justo donde había acampado su expedición en la isla de Vancouver o la isla de Nootka como era llamada antiguamente por los indios del mismo nombre.
La leyenda cuenta que cuatro hermanos tuvieron que huir a esta isla al ser atacados por una tribu vecina. El más joven llamado Ha-Sass se disfrazó con una piel de lobo para unirse a éstos animales y evitar que reconocieran su olor humano. Ha-Sass quería adquirir los conocimientos y la astucia de los lobos. Y pasó algún tiempo hasta que un día les reveló su condición humana quienes le admiraron por su inteligencia, astucia y audacia. De esta forma le fue permitido aprender los ritos y danzas para que fuese tan fuerte como ellos. En sus ceremonias los lobos utilizaban máscaras de hombres. Ha-Sass permaneció cuatro días entre ellos y cuando regresó con sus hermanos les enseño todos los secretos adquiridos de los lobos para defenderse de los ataques de otras tribus indias. ¿Cuanto habría de cierto en la leyenda de la ceremonia Kulwana? se había preguntado Salcedo miles de veces.
Después de averiguar la verdad Miguel recorrió todas las clínicas médicas del mundo para que analizaran su sangre. Estaba convencido de que aquella transformación era la reacción de algún tipo de virus desconocido que por alguna extraña razón biofísica se activaba cuando había luna llena. Sin embargo no encontraron nada anormal en ella. Viendo que la ciencia no sólo era una absoluta ignorante en estos temas sino además una temerosa inquisidora se dedicó a leer e investigar todo lo que pudo sobre estos fenómenos y hubo un caso que le llamó muy especialmente la atención: Durante el siglo pasado había un canario apellidado Gonzálvez que tenía todo el cuerpo cubierto de pelo, semejándolo a un animal. Pero sólo le llamó la atención por ser de su misma nacionalidad. Aquello no podía tener relación con él. Gonzálvez había sido aceptado por la sociedad e incluso tuvo dos niños con aquella extraña enfermedad. La apariencia animal de Gonzalvez no tenía ninguna relación con la luna llena y su mente había sido humana en todo momento. Él por el contrario era una bestia sin pensamientos que asesinaba fría y sistemáticamente durante las noches de luna llena.
Otra vez más volvió a recordar las palabras de madame Maria Ouspenskaya en aquella antigua película en blanco y negro protagonizada por Lon Chaney hijo.
"Incluso el hombre más puro de corazón
que reza sus oraciones de rodillas
puede convertirse en lobo si la maldición lo señala
y con luz pura la luna llena brilla"¿Cuantas veces se había arrodillado él para rezar?, se preguntó tratando de contar las genuflexiones mientras su conciencia humana se difuminaba en la oscuridad que iba apoderándose de su mente.
La desvencijada cama debilitada por el tiempo, la humedad y las termitas, se deshizo como si estuviera hecha con cerillas de madera por las violentas contorsiones de la bestia recién parida. Las cadenas se deslizaron por su cuerpo al quedar holgadas sin estar atadas a nada sólido tan sólo a un flácido colchón y unas cuantas estacas de madera que habían constituido el armazón del catre. La bestia atravesó la puerta del dormitorio arrasando con sus toscas manos garras todo lo que se interponía en su camino. De un salto salió por la ventana encima del fregadero rompiendo los cristales.
Profiriendo espeluznantes aullidos se perdió entre los árboles guiándose por el placentero aroma de la carne fresca que arrastraba el viento hasta su hocico.
Todo el bosque, atrapado entre sombras, tembló.
La familia Rivas estaba durmiendo en la tienda de campaña que Javier por fin había logrado instalar correctamente, aunque un poco torcida si se observaba escrupulosamente desde el exterior. Inuk estaba durmiendo al lado de una rueda del vehículo cuando se levantó inquieto al oír unos roncos y guturales resoplidos proviniendo de las profundidades del bosque. Empezó a gruñir hasta que distinguió una descomunal y desgarbada silueta que se acercaba a la tienda de campaña de sus amos. Corrió hacia ella guiándose por los siniestros y brillantes ojos amarillos que parecían dos faros en la noche. De un salto el perro se abalanzó sobre la bestia mordiéndole el brazo.
La familia Rivas se levantó sobresaltada al oir la escalofriante trifulca organizada fuera de la tienda. Javier cogió el rifle que estaba situado al lado de su saco de dormir. El arma estaba descargada, no fuera a darle un golpe con la mano o el pie mientras dormía disparándose accidentalmente, y le puso tres balas con las manos temblándoles, al tiempo que con un amenazador grito ordenaba a su mujer y a su hijo que permanecieran dentro de la tienda. Luego cogió la caja de munición y la guardó en el bolsillo de su pantalón corto del pijama. Salió con el rifle asomando por delante de la tienda y miró al lugar donde procedían los gruñidos. Una bestia -Javier creyó que era un enorme oso- zarandeaba una de sus extremidades superior tratando de librarse de los dientes de Inuk, hasta que, oyéndose un agudo aullido de dolor, el perro salió catapultado por los aires recorriendo siete metros de distancia hasta golpearse de plano contra el suelo, pero no sin que antes la bestia le hubiera propinado un buen mordisco en el lomo dejándole un par de costillas al descubierto. Javier apuntó con su rifle y disparó acertándole en el pecho a la oscura silueta de la criatura. Esta se dio la media vuelta y empezó a correr huyendo de los disparos que estaban impactando certeramente en su peludo y mullido cuerpo.
Una vez sin balas en la recámara Javier sacó del bolsillo la caja de munición y volvió a recargar el arma, pero entonces la bestia ya se había internado demasiado en la vegetación y en sus protectoras oscuridades.
Inuk gemía casi inaudible tendido en el suelo.
-Al final ese maldito viejo tenía razón -murmuró Javier acercándose hasta el perro.
Elena había salido de la tienda y estaba detrás de su esposo.
-¿Qué quieres decir con que tenía razón? -le preguntó al oír el comentario de su marido.
-Nada, ese viejo me dijo que había un animal por aquí, yo pensé que estaba bromeando.
-¿Quieres decir que el viejo te había advertido de que este sitio no era seguro y tú no le hiciste caso? ¿Pero es que acaso te importa una mierda tu familia?.
El licántropo sentía dolor, jadeaba y estaba asustado, nunca antes nadie le había disparado y aquella sensación era completamente nueva para sus sentidos. Por esa razón había huido: por el primitivo miedo a lo desconocido. Las heridas en el pecho, la espalda y el antebrazo ya estaban completamente cicatrizadas pero el dolor seguía latente en sus entrañas. Seguía huyendo pero al mismo tiempo buscaba una víctima para calmar su hambre, su ira: un pequeño ciervo le sirvió de desahogo. Después de comer hasta saciar su apetito se revolvió entre las vísceras del animal muerto en una especie de sangrienta orgía. Luego, cansado y satisfecho, se alejó del lugar.
Estaba amaneciendo y pequeños haces de luz solar lograban trasponer el ramaje de los arboles. Miguel sintió en su rostro los primeros rayos de sol de la mañana que le despertaron aterrorizándose al ver su cuerpo totalmente bañado en sangre.
-¡No, no puede haber ocurrido de nuevo, no...!
Se incorporó dolorido llevándose las manos al pecho, tocándose las heridas cicatrizadas pero que aún le dolían. Entonces se dio cuenta de que aquella sangre que le cubría debía de pertenecer a alguien y se acordó, angustiado, con el corazón desbocándosele, de los Rivas y de las medidas que él había tomado esa noche para inmovilizarse en la cama.
Corrió desnudo por el bosque, dirigiéndose hasta donde aquella familia había instalado el día anterior el campamento. Cuando llegó no había nadie. Trató de recordar algo. Sólo acudían a su cerebro borrosas y desfiguradas imágenes de indios americanos y lobos en donde apenas podían diferenciarse cual era el hombre y cual el animal, bailando todos juntos, frenéticamente, como poseídos por algún manitú, alrededor de una hoguera.
Inspeccionó el lugar minuciosamente y observó rastros de sangre coagulada destacando sobre la hierba verde. El fulgor de unos brillantes destellos a unos treinta pasos llamaron su atención: eran las balas de plata reflejando el sol y que fueron despreciadas por Javier.
Salcedo ya había trazado un plan, siempre había temido que tarde o temprano esto ocurriese: La maldición no debía de propagarse o por lo menos él debía hacer todo lo posible por evitar su propagación. Se marchó a la cabaña para hacer todos los preparativos recordando su primera y única agradable conversación con Javier: <<Somos de Madrid...>> le había dicho aquel padre de familia con una amplia sonrisa de orgullo en el rostro.
En el interior de Miguel se amotinaban miles de dudas, ¿habría matado o herido a algún miembro de la familia?, aunque él sabía que era preferible -por no decir mejor- haber matado que herido, no estaba tan seguro con el pequeño Rivas. <<¡Dios!, si le he hecho daño a alguien ¡por favor! que no haya sido al niño>>.
Inuk estaba tendido al lado de la cama de Javi, con un vendaje en su lomo. Llevaba puesto el vendaje pues el veterinario así se lo había indicado a los Rivas. Pero las heridas ya estaban completamente curadas, y podía andar renqueando ligeramente pues el dolor aún permanecía. Sus amos lo habían llevado al veterinario del pueblo más cercano la misma noche en que había sufrido la herida a causa de la lucha con la bestia. Desde entonces era el héroe de la casa y sus dueños lo trataban con especiales mimos y cuidados. Al principio de la huida de los Rivas, Javier pensó que la herida era demasiado profunda y que con toda seguridad el perro moriría durante el trayecto pero cuando por fin llegaron al poblado la profunda incisión era entonces solamente un poco más grave que un rasguño. Javier pensó que quizá no diagnosticó acertadamente la gravedad de la herida: los nervios, las prisas y la débil iluminación interior del coche seguramente lo habían engañado.
Durante dos semanas consecutivas Miguel Salcedo había buscado infructuosamente en la guía telefónica de Madrid a la familia Rivas. Y las razones de no haberla encontrado, según empezaba a sospechar, podrían ser que el teléfono no estuviera a nombre de Javier Rivas sino a nombre de la esposa, o que quizá el domicilio fuera alquilado y el teléfono estuviera a nombre del dueño. En cualquier caso no conocía el apellido de la esposa de Javier Rivas ni tampoco la del dueño. Haciendo cálculos con la guía telefónica observó que la cantidad de todos los que se llamaban Rivas, y que aún no habían sido investigados por él, era aún muy superior a la de todos los veterinarios de la ciudad, por lo que optó por llamar únicamente a los
segundos: el perro esquimal, como un involuntario perro lazarillo, lo guiaría hasta sus dueños.
Había alquilado una antigua casa terrera situada en las afueras de Madrid. La inmobiliaria que se la alquiló parecía no dar crédito a la operación realizada. ¿Como diablos podría haber alguien que quisiera alquilar aquella casa semi-derruida? y menos al precio que convinieron. La inmobiliaria pensaba en todo caso venderla a alguien que quisiera restaurarla por afición, por amor al arte, pero diez kilómetros a las afueras de la ciudad y una carretera polvorienta y demasiado irregular eran razones que no convencían a casi nadie que se asomara al balcón de aquella casa y viera como se levantaban, a solo unos pocos kilómetros de distancia; unos chalecitos con accesos asfaltados, piscinas, supermercado y canchas de tenis.
En la ciudad el tiempo parecía transcurrir más rápido que en las montañas, apenas faltaba una semana para que la pesadilla volviera a iniciarse, para que la luna llena surgiera semejando el foco que ilumina sobre la pista a un artista de circo, pero de un circo de insoslayable horror y muerte.
Fue a una ferretería y compró las cadenas más gruesas que pudo encontrar, grilletes, cuerdas y candados. Esa misma noche la luna llena permitiría el libre albedrío de todas las bestias salvajes pero él no estaba dispuesto a que así sucediera. No quería tomar parte en otra orgía de sangre aunque temía que en Madrid ahora pudiera haber otro licántropo que extendiera la maldición.
En el sótano de la casa que había alquilado se ató fuertemente a una columna con cadenas y cuerdas. Había aprendido que una cama no era el sitio más adecuado para atarse. Aunque la de ésta vivienda pareciera más sólida, no se fiaba. La llave la había colocado, igual que había hecho la última vez que sufrió la transformación, en una holgada cuerda alrededor de su cuello, a la que podía acceder con sus manos que aunque estuvieran atadas tenían una cierta libertad de movimiento. De esta forma se aseguraba que al día siguiente pudiera desatarse. Sabía que como bestia no tendría el suficiente grado de inteligencia para utilizarla. En la montaña nunca se había tomado la molestia de encadenarse, pues nunca había tenido "visitas", hasta que aparecieron los Rivas. Cuando era noche de luna llena dormía con una abrigada manta al aire libre con el fin de no tener que reparar la cabaña al día siguiente. Unicamente mataba animales y no siempre lo hacía pues éstos tenían una especie de intuición natural que los alejaba a varios kilómetros de la zona.
Mientras esperaba que la luna llena surgiera pensaba en como podría averiguar si uno de los Rivas era un licántropo. El método más sencillo sería viendo las noticias locales al día siguiente, si alguien fuese asesinado de manera cruenta y salvaje sabría que uno de los Rivas era un licántropo. Lo que le preocupaba era que la víctima fuera, con toda seguridad, uno de los miembros de la familia. Quizá no, tal vez el elemental instinto de conservación de la bestia le impidiera matar a alguien que fuera de su clan familiar, pero eso era algo que él nunca se había tomado, ni pensaba tomarse, la molestia de comprobar. Rezó para que el día siguiente llegara sin novedades y poder regresar a las montañas con la tranquilidad de que la maldición no se extendería, por lo menos no por culpa suya. Si Salcedo no fuera católico ni optimista haría mucho tiempo que esa posibilidad se habría desvanecido pegándose un tiro en la sien. Pero para él la esperanza sólo se perdía al morir.
La luna llena inundó de luz plateada la noche.
Inuk dormía al lado del pequeño Javi en una alfombra. El niño estaba profundamente dormido mientras sus padres estaban en el piso de abajo viendo la televisión en la sala de estar.
A través de la ventana abierta la luna llena irradiaba su luz al interior de la habitación.
Inuk empezó a gemir levemente mientras de su lengua empezaba a correr un inagotable río de saliva. Empezó a dar volteretas sobre si mismo, estiraba las patas soñando que corría huyendo de algo que lo amenazaba: una bestia enorme, cubierta de pelos como él, con unos colmillos muchos más grandes que los suyos, lo perseguía a través de una infinita y verde llanura. La bestia logró darle caza. Y sintiendo el dolor de las afiladas zarpas sobre su lomo empezó a sufrir en la realidad una increíble transformación.El hocico empezó a contraérsele en un estrepitoso crujir de huesos formándole una cabeza más ovalada, sus patas empezaron a crecer a lo largo y ancho mientras que de sus pezuñas surgían cinco finos apéndices y el pelo remitía vertiginosamente a sus raíces capilares. Adquiría, cada vez más, el aspecto de un ser humano.
El pequeño Javi empezó a dar vueltas sobre si mismo. Aquel interminable crujir de huesos a su lado estaba desperezándolo. Inuk con su cuerpo ya transformado en humano se incorporó a cuatro patas al lado de Javi dando un estremecedor alarido de dolor.
El niño despertó bruscamente y al ver a un desconocido agachado y completamente desnudo a su lado que además estaba gritando empezó también a gritar.
Los padres de Javi subieron las escaleras corriendo al oir aquel duo de gritos en el piso superior. Javier entró primero a la habitación y vio a un hombre desnudo encorvado justo entre la ventana y la cama del pequeño. Instintivamente cogió la raqueta de tenis de su hijo que estaba al lado de la puerta y lo levantó con la furiosa intención de estrellarlo en la cabeza de aquel intruso.
-Hijo de perra -dijo acertadamente Javier con el rostro desencajado por la ira.
Inuk estaba desconcertado, al ver a su amo arrojarse sobre él con aquel palo en alto para golpearlo trató de recordar si se habría meado en algún lugar del interior de la casa. Ante la presencia cada vez más cercana y peligrosa de su amo saltó por la ventana abierta cayendo al jardín.
-Elena, llama a la policía, ¡rapido! -ordenó Javier mientras se asomaba por la ventana y veía como aquel hombre emprendía una extraña carrera corriendo velozmente a cuatro patas.
Pero su esposa no le hizo caso. Se acercó a su hijo para preguntarle si se encontraba bien, si aquel hombre no le había tocado o hecho daño.
Javier después de hacerle la mismas preguntas que su esposa a Javi salió corriendo hasta el jardín para atrapar al intruso. Pero cuando llegó ya no estaba allí. Salió hasta la calle pero tampoco lo vio.Al cabo de quince minutos un policía hablaba con Javier sobre la posibilidad de que se tratara de un pederasta, de algún vecino depravado.
-Estaba completamente desnudo, ¿no es cierto Elena? -miró a su mujer que le respondió con un gesto afirmativo de la cabeza-, no era ningún vecino, por lo menos de esta zona. -inquirió dirigiendo de nuevo su mirada al policía.
-No se preocupe -dijo el agente -, ya estamos rastreando la zona a ver si lo encontramos. Desnudo no puede ir muy lejos sin pasar desapercibido.
-Mierda -Javier dirigió de nuevo su mirada a Elena-, donde demonios está Inuk. Maldito perro, se supone que su misión es cuidar la casa.
El mentado caminaba encorvado, apoyándose con las manos. Todavía no se había percatado de que caminar erguido era la posición más cómoda para su nueva constitución física. Unas luces y unos extraños aullidos le hicieron entrar de un ágil salto al jardín de un chalet vecino. Tenía frío, había perdido todo su pelo, sólo en la cabeza tenía una larga y blanca melena. Su cerebro era ahora un extenso y desconocido erial de inteligencia donde no tardarían en germinar las ideas gracias a la incesante lluvia de recuerdos que pronto tendría lugar. Olisqueó el árbol en donde estaba acurrucado y levantó una de sus piernas para orinar en el tronco.
Se palpó el cuerpo, el rostro. Miró embelesado sus manos mientras abría y cerraba los dedos y giraba sus muñecas, luego volvió a palparse el rostro.
Una patrulla pasó por delante del chalet donde se había escondido. Acurrucado al pie del pequeño árbol, dejó de contemplar sus manos para observar como la ropas tendidas en unas cuerda eran vapuleada por el frío viento. Y empezó a tener ideas que inundaron su virgen inteligencia. Cogió uno de los pantalones que estaban colgados, y se los puso recordando como lo hacía su pequeño amo y aunque le quedó algo grande sintió como su desnuda piel estaba ahora más protegida, luego cogió un sueter y a duras penas logró ponérselo. Primero introdujo un brazo por la manga y luego el otro por el cuello. Se asustó al no poder asomar su cabeza por ningún otro orificio, y rápidamente se lo quitó de encima. Intentó recordar exactamente como lo hacían sus amos y volvió a intentarlo de nuevo. Una vez que logró ponerse el sueter con tanta fortuna que ni siquiera se lo puso al revés, se percató completamente que su cuerpo ya no sentía el mismo frío de antes y comprendió la elemental función de la ropa. Una especie de emoción le embargó haciéndole cosquillas en el estómago igual a como habría sido la satisfacción de un cavernícola al descubrir que podía producir fuego frotando una rama seca con una piedra.
Ahora su cuerpo no temblaba como antes. Volvió a agazaparse al pie del arbol, rodeado de matas de arbustos, y a reflexionar por primera vez en su vida sobre su extraordinario cambio. Contempló de nuevo sus manos, tenía dedos como sus amos, o como aquellos otros que se parecían a sus amos pero que él podía distinguir fácilmente por sus olores. Olió sus manos, y no sólo notó que su olfato era menos sensible que antes sino que además él mismo olía un poco diferente: este hecho le inquietó y se gruñó un poco a si mismo.
La noche era ventosa y fría. Pequeños remolinos de papeles, hojas y desperdicios recorrían las calles. Inuk salió del chalet saltando de nuevo la tapia. Siguió caminando y cada metro que avanzaba era medido en tirones musculares por su cintura. Entonces trató de erguirse y se mareó por la nueva altitud a la que estaba su cabeza, pero el dolor de su cintura se calmó. Y entendió que esa era la posición en la que debía caminar de ahora en adelante. No obstante todavía seguía caminando algo encorvado, pero ya no se apoyaba con sus dos manos en el suelo: sus riñones se lo agradecieron.
Música y voces llamaron su atención después de vagar durante varias horas observando y oliéndolo todo. Un borracho en una esquina cantaba acompañándose con una guitarra imaginaria entre sus manos que en realidad era sólo una botella de ron vacía. Inuk en un principio se asustó. Aquel hombre, cuyo olor corporal era difícil de distinguir a causa del fuerte olor etílico que desprendían su aliento y sus ropas empapadas en ron barato, se le acercó y puso su brazo sobre sus hombros mientras le decía algo que él no entendía.
-Hola amigo, ¿vienes en busca de marcha?, yo te puedo decir en donde estan las mejores tías si tú a cambio me invitas a un ron. ¿Vale?
Inuk siguió caminando arrastrando al borracho que perdía el equilibrio y caía al suelo blasfemando.
Se adentró en la calle que bajaba mientras el borracho nombraba desde el suelo a su madre.
Una prostituta apoyada en la pared lo llamó, pero Inuk olisqueando el aire ni siquiera pareció notar su presencia.
En un callejón unos vagabundos estaban de pie alrededor de una fogata hecha en el interior de un bidón, cocinando unos humeantes trozos de carne. Inuk entró en el callejón y se acercó hasta uno de ellos, al que sostenía el pedazo más grande de carne en su mano mientras le propinaba unos voraces mordiscos. Inuk olía extasiado el sabroso aroma emanando de aquel trozo de carne. Pero después de un rato aspirando cayó en la cuenta de que el trozo menguaba cada vez más y que aquel hombre no parecía estar dispuesto a compartir su comida con él por lo cual optó por quitárselo después de darle un buen empujón. El vagabundo se levantó insultándole, dirigiéndose hacia él para recuperar su comida, pero Inuk le enseño los dientes emitiendo un gruñido amenazador que hicieron que el hombre se retractara de su intención de recuperarla.
-Bien amigo, veo que estás más hambriento que yo -dijo atemorizado y maltrecho.
Inuk devoró el trozo de carne sin ni siquiera masticarlo. Luego abandonó el callejón y siguió caminando por la calle principal.
Un hombre maduro que recorría la calle buscando algún jovencito apuesto con el que pasar la noche quedó prendado de la sorprendente belleza de Inuk. El homosexual sintió un hormigueo de placer naciéndole en los genitales y el ano, subiéndole por la columna hasta explotar en un desbocado latir del corazón. La mirada de los ojos grises de Inuk, su cuerpo sin ninguna pizca de grasa, su larga, suave, y brillante melena blanca, su cara angulosa y los dientes color marfil perfectamente alineados le llamaron bastante la atención, pero lo más que le excitó sexualmente era su boca medio abierta, mostrando una lengua de rojo intenso asomando por ella. El hombre le detuvo cogiéndolo del brazo y luego, situándose enfrente de él, sacó un fajo de billetes de un bolsillo lateral de la bolsa de deporte que llevaba colgando a un lado y se los introdujo a Inuk en un gran bolsillo central que tenía el sueter. El homosexual se extrañó que ni siquiera contara el dinero. Pensó que aquel hombre quería hacerse más interesante de lo que era. No le hablaba ni respondía a sus preguntas, pero no le importó, ni se enfadó por ello. Aquel hombre tenía una belleza extraordinaria, tanto que le pareció que el David de Miguel Angel era tan vulgar a su lado como la Venus de Willendorf lo era a las top models de los noventa.
El homosexual cogió a Inuk de la mano y éste se dejó llevar. El olor afeminado del hombre le recordó la ternura de su ama.
Llegaron hasta un pequeño motel de tres pisos. Después de pagar una habitación subieron las escaleras hasta el primero. Una vez en la intimidad de la habitación el homosexual lo sentó en la cama y empezó a besarlo por el pecho, subiendo sus labios hasta llegarle al cuello. Inuk, pasivo, se dejó querer. En su pensamiento evocaba aquellos momentos cuando sus amos lo abrazaban diciéndole palabras lisonjeras al oído.
-Quiero que me hagas sufrir de placer -le imploró el homosexual besándole la oreja.
Se apartó de Inuk, y se desnudó, después cogió la bolsa de deporte que había colocado encima de la cama y extrajo unas esposas y una fusta. Inuk gruñó cuando vio esto último. Empezó a recordar a Joaquín, su vecino, que le torturaba con una fusta parecida siempre que sus amos lo dejaban durante las vacaciones a su cuidado. En realidad los Rivas lo dejaban al cuidado de la esposa de Joaquín, pues con ella si se mostraba amigable. Y Joaquín se encargaba de regar y podar el jardín de los Rivas, por supuesto su esposa MariCarmen previamente tenía que amarrar a Inuk, para que su marido pudiera deambular tranquilamente mientras hacía estas faenas.
Era después de diez o doce cervezas que Joaquín aprovechando que los Rivas no estaban regresaba con una fusta para golpearle mientras le gritaba. Inuk con su nuevo cerebro expandido llegó casi a comprender que era lo que le decía mientras le golpeaba. <<Bestia del infierno, me odias y yo tambien te odio>> le decía Joaquín al tiempo que le asestaba varios golpes con la odio>> fusta en sus ancas. La esposa de Joaquín oía los aullidos y lamentos del perro pero no intervenía, era una mujer de carácter excesivamente introvertido llegando a la sumisión, y sabía perfectamente que si defendía al perro entonces ella recibiría en su lugar la paliza porqué su borracho y cobarde marido de cualquier forma tenía que desahogar sus frustraciones, su impotencia, en algún ser vivo indefenso. Ella también se sentía frustrada porque le hubiera gustado tener hijos, pero por alguna razón fisiológica no habían podido tenerlos. Joaquín no quería someterse a un análisis médico para averiguar si era él el responsable de la infertilidad de su mujer. Ella si lo hizo, a escondidas, y cuando le comentó a su marido de que a lo mejor visitando a un médico podrían averiguar la causa de su infertilidad y tal vez tener hijos, el le contestó con una paliza diciéndole: <<Crees que soy el culpable de que no podamos tener descendencia, tú eres la única culpable, antes de casarme contigo deje embarazada a una amante que luego abortó para no tener el niño>>. Desde entonces no volvió a tocar este tema con la bestia de su marido.
Inuk saltó sobre el hombre que estaba vestido, no con unas gotitas de channel, sino únicamente con una fusta en la mano. Mordió su cuello hasta que un chorro vizcoso y caliente de sangre los ahogó a ambos. El homosexual golpeaba aterrado y desesperado la espalda de Inuk con la fusta.
Cuando sintió que el hombre ya no forcejeaba dejó de morderle en el cuello y fué hasta el baño. Allí introdujo su cabeza en el vater con el fin de saciar la sed que se le había despertado al beber la sangre salada. Su mojado rostro ya no estaba manchado de sangre aunque su mentón y cuello aún tenían unas pequeñas trazas. Salió del baño mirando y gruñendo al cadáver tendido en la ensangrentada cama y se acercó hasta la puerta por donde había entrado a aquella habitación. Intentó salir y aunque giraba correctamente el pomo no logró abrir la puerta pues estaba asegurada con un pasador que no sabía como manipular. Salió por la ventana y bajó por la escalera de incendios hasta llegar al nivel de la calle.
Estuvo caminando hasta pasar por delante de una barra americana. Entró en el local con desconfianza, pero empujado fuertemente por la curiosidad. Observó que algunos hombres bebían algo que él creyó era agua. Y se acercó hasta la barra. El barman le preguntó que era lo que iba a tomar, pero Inuk no contestó, ni siquiera con un gruñido. Miraba absorto el vaso del hombre que estaba a su lado llevándoselo a la boca para ingerir el cristalino líquido.
El barman, deduciendo, dijo:
-Quieres un whisky con agua ¿no?
Se dió la vuelta para servirle la bebida mientras inuk acercaba su nariz al vaso que había dejado vacío el hombre sentado a su lado y empezó a olerlo. Al chocar el fuerte olor etílico con su pituitaria se apartó bruscamente del vaso. El camarero en ese momento se volteó sirviendole el whisky con agua.
Una chica joven de alterne se acercó a Inuk, cuando vio sus ojos se estremeció. Inuk tenía una singular belleza: su rostro y su cuerpo hacían evocar en quienes le miraban a una extraña fiera, sus ojos grises, claros, eran penetrantes, salvajes, y al mismo tiempo eran dóciles y leales. La mujer quedó prendada ante la belleza de Inuk y se preguntó que demonios hacía en un sitio como ése un hombre como aquél.
-¿Quieres compañía? -le dijo dulcemente la chica.
Inuk no le hizo caso, había cogido el vaso con sus dos manos y estaba acercando su boca para beber el líquido. Titubeó antes de beber debido al olor repelente que salía del vaso, pero se decidió y sacó la lengua para introducirla. Dió un lametón y tiró el vaso. El camarero empezó a recriminar le.
-¿Que coño te pasa, tío? Son nueve euros, vaso incluido.
Inuk se levantó para alejarse del furioso barman cuando éste lo cogió de la pechera y cogió uno de los billetes de diez euros que le había puesto el desdichado masoquista y que llevaba asomando visiblemente por el bolsillo de su sueter.Inuk se marchaba y la chica se levantó para seguirlo cuando el barmán, enseñandole una moneda de un euro, le gritó:
-¡Eh!, aquí tienes el cambio.
Y le arrojó desde una distancia de cuatro metros la moneda la cual Inuk cogió en pleno vuelo con la boca en un rápido reflejo evocando aquellos juegos con su amo y el disco de "freezbee". Regresó a devolver la moneda afianzada entre sus dientes y la dejó caer sobre la barra lo cual fue interpretado por el barman como una extraña forma de darle una propina.Inuk abandonó el local al ver que aquel hombre no quería jugar más con él pues había guardado la moneda en un bolsillo.
-Oye, ¿quieres pasar la noche conmigo? -le dijo la chica que lo seguía deteniéndole por el brazo cuando estaban en la calle. Inuk se volteó y la miró a los labios, no entendía lo que le decía, pero el tacto suave de su mano y la dulce voz que salía de su garganta hicieron que confiara en ella, tanto como confiaba en su querida ama.
-Te haré un precio especial -le dijo ella mientras le sacaba los billetes que asomaban del bolsillo del sueter.
Despues de contarlos le comentó:
-No es lo que yo suelo cobrar, pero me gustas mucho. Y... estoy asustada, creo que me gustas demasiado.
La prostituta lo llevó de la mano hasta otro motel. Mientras caminaban ella le hacía preguntas que no recibían contestación y creyó que Inuk era sordo-mudo.
-¿No puedes hablar? ¿tampoco oyes? -le dijo en un tono de voz compasivo-. ¡Estas manchado de sangre en el cuello!, ¿tuviste alguna pelea? -al no obtener ninguna respuesta de Inuk añadió resignada- ¡ya me doy cuenta de que eres sordomudo!
Una vez dentro de la habitación donde ella atendía a sus clientes y que era también su domicilio habitual, encendió el radiocassete y puso una cinta de baladas. Empezó a sonar la canción "Hunting High and Low" del grupo "A-ha" mientras se iba desnudando. Luego empezó a desnudarlo a él. Inuk olía en el ambiente el deseo sexual de la chica inundando la habitación, y esto fue lo que le excitó realmente pues la visión de una chica desnuda enfrente suyo no le motivó en absoluto. La habitación era mucho más limpia que la otra en la que había estado con aquel desagradable hombre de la fusta. Ella no encendió la luz, una fina cortina blanca permitía que el reflejo de un anuncio rojo de neón en la calle entrara traslúcidamente produciendo tonalidades sensuales sobre las empapeladas paredes de flores y la colcha color rosa de la cama.
Cuando los dos estuvieron desnudos ella lo llevó hasta la ducha y allí, entre caricias y besos, le enjabonó y limpió la sangre coagulada del cuello con una esponja. Después de salir de la bañera la chica se sentó en el borde de la cama e Inuk se arrodilló instintivamente ante ella hundiendo su cabeza en su sexo. Con un fuerte movimiento de sus brazos la volteó y se colocó encima igual que un animal salvaje. Ella gimió de placer con los ojos fuertemente cerrados. Si hubiera visto a Inuk, se habría reído o más bien asustado, pues tenía la lengua completamente asomada por la boca acompañada de una expresión de indudable estupidez en el rostro. Pero ella no se dió cuenta de este pequeño detalle y disfrutó de las arremetidas hasta conseguir varios y delirantes orgasmos. Inuk también disfrutó... y repitió aprovechando otra característica de la nueva especie a la que ahora pertenecía.Agotado se dispuso a hacer el amor por segunda vez. Volteó a la chica para quedar con su rostro enfrente del de ella, pues algo en su nuevo ser le decía interiormente que aquella posición era más apropiada a su nueva condición, con más fuerza de comunicación, y de un mayor grado de relación afectiva. Inuk fue más dulce, más pausado y disfrutó de los besos en la boca, del entrelazamiento de su lengua con la de ella y del recorrido de sus dedos y labios por la suave piel de la chica. Incluso sus movimientos de cadera estuvieron más acompasados al ritmo lento y romántico de la música que sonaba... Hunting High and Low.
Se sintió más humano.
Empezaba a amanecer. Miguel Salcedo despertó sobresaltado. Un charco de sudor lo rodeaba. Se tranquilizó al ver que las cadenas habían resistido y que él, indudablemente, no había podido moverse de allí. Ahora pondría la radio y esperaría a oír algún extraño suceso ocurrido esa noche.
Inuk se levantó de la cama mientras la prostituta dormía plácidamente. Comenzó a aullar para que le abrieran la puerta y la chica se despertó sobresaltada.
-¿De donde has salido tú? -logró decir cuando se tranquilizó al ver que el perro parecía manso y que solo parecía estar esperando a que le abrieran la puerta, seguramente para hacer sus necesidades. Ella se levantó de la cama y se acercó hasta el animal. Los ojos del perro le resultaron familiares y le acarició suavemente, con cierto recelo, la cabeza.
-¿Donde está tu amo, bonito?
Apartándose del perro fue hasta el baño a ver si estaba allí el especial cliente de aquella increíble y apasionada noche, creyendo que debía ser suyo. Pero no había nadie. Encontró las ropas de Inuk en el suelo y volvió a registrar el apartamento, incluso miró, diciéndose a si misma que aquello era una estupidez, debajo de la cama. Solamente el perro y ella estaban en la habitación, así que se vistió y abrió la puerta. Inuk salió corriendo, bajó las escaleras del edificio, y se dirigió trotando a su hogar con la chica persiguiéndole detrás con la esperanza de que lo guiara hasta su amo. Pero después de un rato corriendo se inclinó jadeando y dejó de seguir al perro diciéndose que aquello era una estupidez.
Salcedo a las una de la tarde estaba hojeando el periódico vespertino, sentado mientras se tomaba una taza de café y oía las noticias locales por la televisión que estaba en una esquina al final del bar. Oyó algo sobre un hombre que había muerto de un salvaje mordisco en la garganta aquella noche, y pidió al camarero que le subiera el volumen de la televisión. Pero la noticia era demasiado breve para poder extraer alguna información útil. Sólo supo que el suceso había ocurrido en un conocido barrio marginado de la ciudad. Tal vez no tuviera ninguna relación con los Rivas, pero decidió investigar más en profundidad.
No pudo obtener una mayor información en el lugar del crimen. El portero del hotel donde se cometió el asesinato al ver que no era ni policía, ni detective, ni periodista y que tampoco estaba dispuesto a ofrecerle una buena cantidad de dinero por la información, que en realidad iba a ser la misma que ya había sido publicada, optó por pedirle que lo dejara en paz que ya tenía bastantes lios con la prensa y la policía, para que alguien más le molestara.
Probablemente el miembro de la familia Rivas que fuera licántropo, antes de la transformación empezaría a sentir los efectos de la luna llena, escozores en su cuerpo, algo de fiebre y una extraña sensación de odio, de violencia y sed de sangre recorriendo sus venas que lo hubieran atemorizado hasta el extremo de creer que podría dañar a su propia familia y entonces, tal vez, diera un paseo, un alejamiento temporal de sus seres queridos, hasta averiguar que demonios eran todas aquellas sensaciones, aquellas ansias de matar, que estaban pasando por su cabeza y aquella extraña sensación en su cuerpo. Salcedo sabía muy bien que esto podría ser factible, pues él mismo experimentaba estos síntomas un par de horas antes de que la luna llena apareciera y se transformara en la bestia. Sólo con una gran dosis de fuerza de voluntad lograba frenar todos aquellos malignos sentimientos que asaltaban su conciencia y los contenía hasta que la luna llena aparecía anulando completamente la entereza de su carácter. Como fuese que hubiera sucedido descartó la posibilidad que el niño fuera licántropo: si hubiera sentido todas esas extrañas sensaciones, se lo habría comunicado a sus padres y estos lo habrían velado durante la noche, creyendo que estaba enfermo. Con total convicción pensó que Javier debía ser el licántropo. Después de todo quién sino él padre de familia podía haber ido hasta aquel barrio en un paseo para despejar sus oscuros y obnubilados pensamientos, tratando de averiguar que era lo que le estaba pasando, quien, sino, podría haber defendido a su familia con el rifle aquella fatídica noche en las montañas aumentando terriblemente las probabilidades de que hubiese sido herido.Después de varios días haciendo llamadas telefónicas, Salcedo no había logrado localizar al veterinario de Inuk. Cinco veterinarios de la guía telefónica se encontraban de vacaciones y localizarlos podría ser una ardua tarea a la que no podía dedicar mucho tiempo. Pero por fin obtuvo todos los datos del domicilio de la familia Rivas. Y lo consiguió preguntándole a perfectos desconocidos en varias zonas principales de la ciudad, como supermercados, parques, y tiendas de animales domésticos. Él sabía que un perro esquimal era un animal fuera de lo corriente y llamaría bastante la atención de los que lo vieran. Pero a pesar de esto muchos le dieron informaciones erróneas y Salcedo, antes de localizar al perro esquimal de los Rivas, hizo varias visitas a familias que poseían Samoyedos, San Bernardos, e incluso Collies.
Al final logró dar con la dirección que a él le interesaba, pero el tiempo se le había echado encima. Faltaban cinco horas para que empezara a oscurecer y la luna llena correspondiente a ese mes hiciera su aparición.
Inuk en su condición de perro ignoraba completamente su aventura aquella noche como humano. Perseguía a una mariposa por el jardín, haciendo cabriolas y dando grandes saltos trataba de coger con su boca al lepidóptero que inocentemente buscaba alguna flor de colores llamativos. La agilidad del perro en la persecución demostraba que sus heridas estaban completamente curadas. Su ama acababa de llegar en el todoterreno e Inuk abandonó sus intentos de coger a la mariposa para dirigirse a ella. Elena le dio una palmadita en la cabeza y se encaminó a abrir el maletero para sacar las bolsas de las compras, luego el perro continuó persiguiendo a la mariposa hasta la parte trasera del chalet.
Elena sostenía las dos únicas bolsas con un solo brazo mientras que con el otro se disponía a cerrar la portezuela. Una voz grave le saludó desde detrás de su nuca dándole un buen susto.
-Buenas tardes, señora.
Elena se volteó bruscamente sin cerrar la portezuela y tiró sin querer, a causa de la inercia, algunas latas que asomaban de las rebosantes bolsas.
-Me ha asustado -le dijo al anciano que estaba enfrente suyo después de realizar una brusca exhalación. Se agachó para recoger las latas-. Usted es el hombre que conocimos en las montañas, ¿verdad?, ¿que hace por aquí?
-Disculpe que haya entrado sin pedir permiso pero vi la puerta del garage que se estaba cerrando y entré -Salcedo también se agachó para ayudar a recoger las latas-. ¿Que ocurrió aquella noche que se marcharon precipitadamente?, ¿resultó alguien herido?
Ambos se levantaron al mismo tiempo y Salcedo vió que el "Sauer 200" estaba guardado en el compartimento trasero del cuatro por cuatro, junto a unas cañas de pescar. Javier lo guardaba allí pues creía que era el sitio más seguro para que su hijo no pudiera cogerlo. Además el rifle era considerado junto con las cañas de pescar un artículo de esparcimiento y nada mejor que guardarlo en el vehículo de esparcimiento por excelencia.
En ese momento Javier llegó en el otro coche, abrió con el mando a distancia la verja de hierro de la casa y aparcó delante de su mujer y el viejo, enfrente del garaje techado. Salió enfurecido demostrándolo con un portazo en el coche. Inuk llegó tambien en ese momento con la mariposa aplastada en su hocico y emitió un leve gruñido que se disipó cuando Salcedo le miró fijamente a los ojos.
-¿Pero usted que está haciendo aquí? -gritó Javier poniendo sus dos manos en la cintura-, ¿vino acaso para decirme que tenía razón en que había una bestia salvaje merodeando donde acampamos? ¿Acaso quiere una recompensa?
Javier regañó al viejo como si se estuviera dirigiendo a un chiquillo
- ¿Como nos ha encontrado?, ¡maldita sea!
Salcedo replicó amablemente.
-Mi intención era simplemente saber si todos estabais bien Javier le pasó
el brazo encima del hombro y lo acompañó -más bien lo arrastró- hasta fuera de la casa.
-No se preocupe estamos todos bien, nadie sufrió ningún daño. Gracias por interesarse pero la próxima vez que lo vea por aquí llamaré a la policía o tal vez llame al manicomio para ver si le tienen una habitación disponible.
Javier cerrando la puerta de la entrada en las narices de Salcedo se dirigió al lado de su mujer.
-Ese hombre te advirtió del peligro que corríamos aquella noche y tu no le hiciste caso, no deberías ser tan grosero -le reprendió Elena..
-Ese viejo está loco, ¿como diablos pudo encontrarnos? Tengo hambre, Elena, a ver si te apresuras con el almuerzo.
Javier siempre terminaba las discusiones con su esposa utilizando ordenes con connotaciones claramente machistas al recordarle sus deberes como ama de casa. Esta actitud de su marido la enfurecía.
-Pues si tienes tanta hambre sírvete tú la comida.
Miguel Salcedo oyó y vio el inicio de la discusión a través de los barrotes de hierro de la verja. Tenía la intención de permanecer toda la tarde enfrente de la casa hasta poder hablar con el pequeño hijo de los Rivas, con quien pensaba sería más fácil dialogar. Esperaba poder preguntarle por los detalles: si alguien había resultado herido aunque sólo hubiera sido un rasguño o un arañazo.
Javier, después de almorzar, abrió la puerta de la entrada con el control remoto y salió con el "Seat" para dirigirse a la oficina. Salcedo estaba sentado en la acera y trató de ocultar su presencia escondiéndose detrás de una cabina telefónica. Pero no lo logró, Javier lo vio realizando esta maniobra y volvió a meter el coche en la casa, repentinamente su cerebro había relacionó al viejo con aquel joven pederasta que había entrado en su casa la otra noche. Corrió hasta la sala y empezó a marcar el numero de teléfono de la policía.
Elena, al notar como su marido golpeaba furioso las teclas del teléfono, le preguntó:
-¿A quien estás llamando?
-A la policía
-Pero, ¿por qué?
-Porqué ese maldito viejo quiere formar parte de esta familia. Seguro que tiene que ver algo con ese degenerado que entró la otra noche en casa. ¡Maldito hijo de puta!
-Creo que te estas pasando, ese hombre parece una persona muy agradable. Únicamente quería saber si estabamos bien, si aquella fiera no nos había hecho daño. Creo que lo del hombre que entró el otro día en la casa no tiene nada que ver con él. Es sólo una casualidad.
-¿Has terminado de fregar la loza? -zanjó Javier la discusión.
Llamó a la policía y ésta le aseguró que pronto estarían en su domicilio. Al cabo de cinco minutos una patrulla se estacionó enfrente de la casa, Salcedo, al ver el coche patrulla de la policía, empezó a caminar alejándose del lugar. Javier salió a hablar con los agentes y les explicó que aquel hombre que huía discretamente calle abajo, no hacía sino perseguirles y vigilarles continuamente. Uno de los uniformados le explicó al iracundo Javier que no podían detener a un hombre simplemente porque estuviera paseando por la calle. Sin embargo ante la nerviosa y apabullante insistencia de Javier por relacionar al viejo con el joven que había entrado la otra noche en la habitación de su hijo terminaron por decirle que averiguarían que hacía el viejo por esa zona. Se montaron en el coche y fueron detrás del anciano que ya había doblado la esquina.
El coche de policía se detuvo unos metros por delante de Salcedo. Uno de los agentes se bajó haciendo un ademán de reverencia con la mano apoyándola levemente sobre la gorra.
-Buenos días -le saludó amablemente el policía con una sonrisa.
-¿En que puedo ayudarle?
-¿Me puede dar su documentación?
Salcedo tenía un carnet de identidad falso que únicamente había utilizado una vez en su vida: yendo de compras al pueblo -solía ir una vez cada cuatro meses- una patrulla de carreteras lo detuvo al observar que una de las luces de frenos de su jeep estaba fundida. En aquella ocasión el carnet había cumplido su propósito de engañar a los policías. Esperaba que en esta ocasión también funcionara.
Entregó el D.N.I. al policía y este lo inspeccionó minuciosamente.
-Todo en orden, gracias -el agente le devolvió el D.N.I. -Pero hay un asunto que me gustaría aclarar: hay un ciudadano que vive una manzana arriba al doblar la esquina; afirma que usted está vigilando a su familia, ¿es eso cierto?
-No, mi intención no es esa. Tuvieron un percance en las montañas donde estaban acampados y yo sólo quería saber si se encontraban bien.
-Si no le importa será mejor que les deje tranquilos. No quisiéramos que nos volviese a llamar por culpa suya.
-Pensaba irme ahora mismo. Lo siento.
Los policías se marcharon en actitud perdonavidas. Salcedo siguió caminando calle abajo. No había podido hablar con el niño y a partir de ahora tratar de verlo iba a ser mucho más difícil: no quería tener problemas con la ley pues estos podrían desvelar, con un poco de interés que se tomaran y la ayuda de los ordenadores, su verdadera identidad. ¿Como podría averiguar con exactitud si algún miembro de la familia había sufrido una herida del licántropo? Javier Rivas le aseguró que todos estaban bien pero también recordaba que cuando él mismo fue atacado por la bestia en la isla de Vancouver su preocupante herida en el brazo había cicatrizado en menos de una semana, como si por sus venas fluyera desde entonces una nueva sustancia que reforzara la acción de sus glóbulos blancos y de su sistema inmunológico.
<<Dios mio, que el niño no haya sufrido ningún daño>>, rogó en su pensamiento.
Ya no había tiempo para hacer investigaciones, el único tiempo que disponía era para actuar.
Oculto en la esquina, esperaría hasta que Javier se marchara de la casa, si es que acaso lo hiciera. Tendría que ejecutar los planes que se le habían ocurrido hacía solo unos instantes. Era lo único que podría hacer para romper el eslabón de la maldición.
Elena estaba discutiendo con su marido si habría que cambiar los planes previstos para esa noche. Su marido tenía una cena de reunión con sus antiguos compañeros estudiantes de arquitectura. Las esposas también estaban invitadas.
-MariCarmen estará aquí a las seis para cuidar a Javi. ¿Le digo que ya no hace falta que venga?
MariCarmen, la vecina, esposa de Joaquín, se había ofrecido amablemente a cuidar del pequeño. Pero no en su propia casa: ver a Joaquín bebiendo latas de cervezas sin parar, mientras blasfemaba viendo algún partido de fútbol o baloncesto por la televisión no sería un ejemplo muy edificante para el pequeño. Además ella en su casa no podía garantizar que su marido no la emprendiera a patadas con el niño.
-No es necesario, vamos a ir. La policía últimamente está patrullando más frecuentemente esta zona -respondió Javier denotando seguridad en su voz.
Javier se marchó a la oficina. Elena fue a preparar el esmoquin de su marido y su vestido de noche.
Salcedo al ver que Javier se alejaba en el coche fue hasta la casa dando pequeños brincos y saltó la verja, con una extraordinaria agilidad no muy propia para su edad.
Inuk se acercó corriendo y gruñendo furiosamente al ver como aquel hombre invadía sus dominios. Cuando estaba a punto de saltarle sobre el cuello, Salcedo le miró fijamente. Desde que era un licántropo había adquirido ese peculiar don de dominar a los animales simplemente con su mirada. Nunca comprendió la razón de ese don, pero ahora le estaba siendo bastante útil. Luego intentó acceder hasta el todoterreno que estaba dentro del garaje techado, pero la puerta estaba cerrada con el mando a distancia. Rodeó el garaje para llegar a una ventana. Subiéndose encima de un pequeño y deteriorado banco de madera que estaba en el jardín logró, con cierta dificultad en mantener el equilibrio, meter la mitad de su cuerpo en la pequeña ventana que estaba abierta. Cuando la mitad de su cuerpo estaba asomada al interior del garaje pasó una de sus piernas al interior para apoyarla encima de una mesa de trabajo que estaba justo debajo de él y que javier utilizaba para pequeños trabajos artesanales de carpintería. luego pasó la otra extremidad hasta quedar parado encima de la mesa. Bajó y se dirigió hasta el maletero del vehículo, pero estaba cerrada, por lo que buscó entre las herramientas y objetos que estaban sobre la mesa de trabajo un alambre para hacer una ganzúa. Quitó el seguro con un improvisado gancho y fue desde el interior del vehículo a la parte de atrás. Allí levantó el falso suelo y cogió el "Sauer 200". Sustituyó la munición que había en una cajita al lado del rifle por la que había sacado del bolsillo de su gabardina. Eran balas de auténtica plata pura, las únicas que realmente serían efectivas contra un hombre lobo. De esta forma tranquilizaba su conciencia pues si Javier o Elena (dependiendo de quien fuera el licántropo) tenían que defenderse del ataque de la bestia por lo menos lo harían con la munición apropiada. Aunque le parecía difícil que alguno de ellos pudiera llegar sano y salvo hasta el garaje para coger el fusil. Por lo menos él habría hecho todo lo que estaba en sus manos.
Faltaban menos de tres horas para que la luna llena ordenara a sus criaturas que iniciaran sus salvajes ritos.
Salcedo cerró el coche y se dispuso a salir. Parado encima de la mesa, lo primero que hizo fue asomar su pierna izquierda por la ventana cuando de repente sintió como era apresado su tobillo por los colmillos de Inuk. Se maldijo a si mismo y desesperado intentó asomar su rostro para controlar al perro con su hipnótica mirada. En el forcejeo las carnes trincadas por la mandíbula del perro se desgarraron y Salcedo, intentando meter su pierna dentro, salió impulsado con brusquedad hacia atrás, cayendo de la mesa y golpeándose en la nuca con el parachoques del vehículo.Perdió el conocimiento.
Inuk siguió gruñendo y saltando hacia la ventana durante un rato, luego, olvidándose de Salcedo, fue a corretear por el jardín.
A las seis en punto, en la sala de estar que estaba en la segunda planta de la casa, Elena se despedía de Javi y MariCarmen. Inuk estaba en la parte de atrás y empezaba a sentirse mal. Se revolcaba en la hierba como si todo su cuerpo le escoziera. La luz del sol empezaba a debilitarse y las estrellas más brillantes ya eran visibles en el cielo.
Javier esperaba en el "Seat" con el motor encendido, estaba estacionado en la calle esperando a que su mujer se despidiera. Nada más llegar del trabajo fue a ducharse y ponerse el esmoquin, no se había molestado en meter el coche en el garaje, puesto que iban a salir inmediatamente. Empezó a tocar impacientemente la bocina para que su mujer no se prolongara en las instrucciones a MariCarmen.
Inuk ya empezaba a sufrir la metamorfosis en la parte trasera del chalet. Tuvo pesadillas, ya no le seguía la bestia que lo había atacado en el bosque, ahora era un hombre, gordo, con una amenazadora fusta en la mano. Lo perseguía a través de una llanura donde Inuk no podía esconderse, sólo correr, pero su trote era torpe y lento y angustiosamente se le enredaban las patas en el césped que crecía y adquiría propiedades manipuladoras afianzándole sus extremidades como manos humanas que quisieran detenerle. Los pasos del hombre gordo que le seguía, al contrario, eran ágiles y largos. Muy largos, demasiados para un hombre barrigón como aquel. Sintió en su piel como la fusta alcanzaba sus patas traseras y le dolió terriblemente.
La luna llena apareció maléfica detrás de una espectral nube gris.