RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Benjamín Alvarez
El sitio
- ¿MATA el fuego con el fuego? -se preguntó Cornelio mientras ascendía por aquella endemoniada carretera.

       No tuvo demasiado tiempo para intentar resolver el acertijo porque otra de aquellas engañosas curvas estuvo a punto de precipitar coche y conductor barranco abajo. Apenas había conducido en los últimos cuatro años, y el trayecto exigía lo mejor de cada sentido. De hecho, llegados a este punto, Cornelio sentía que hasta el gusto y el olfato empezaban a embotársele por el repentino cambio de altitud, el tortuoso trazado y aquel miserable dolor de cabeza. El caramelo en la boca ya no era más que una insípida canica, y la nube de desodorante que antes inundaba el vehículo parecía haberse evaporado. Para ser sinceros, Cornelio no había hecho demasiadas cosas en los últimos cuatro años. Un carácter débil, la constante manipulación de unos padres ultraconservadores  y la sumisión a unas oposiciones que nunca confió en aprobar, le arrastraron a una crisis que destrozó sus nervios y, de paso, el mobiliario familiar. Delirios de grandeza le habían hecho perder los mejores años de su juventud, y lo que ahora necesitaba era alejarse de aquella burbuja para intentar vislumbrar el futuro. Los fármacos ya se encargarían del pasado y, llegado el caso, hasta del presente. "Mata el fuego con el fuego, pero no la soledad con la soledad", decía aquel libro. A Cornelio le fastidiaba no poder entender ese tipo de cosas.

II

El coche amenazaba ahora con partirse en dos. La sinuosa carretera se había terminado unos kilómetros atrás dando paso a una vereda que zarandeaba el vehículo como una tempestad a un pequeño pesquero. Hacía tiempo que olía a quemado y comenzaba a preocuparle el extraño sonido tremolante del motor.

- Ahora comprendo la cara que puso el viejo boticario cuando le dije a dónde me dirigía -pensó mientras se asía al volante con todas sus fuerzas.

         La pista moría en lo que en tiempos debió de ser un prado, ahora una superficie irregular completamente cubierta por matojos y zarzas que arañaban con fuerza los bajos del coche. A unos doscientos metros de allí, arropado por el monte y situado en una especie de olla entre montañas donde a duras penas llegaban los rayos del sol, estaba el pueblo.

- La Poceira -dijo Cornelio con voz solemne -. ¡Menudo nombre!, aunque no se puede decir que no le haga justicia ¡Hace falta ser generoso para llamar a esto pueblo! Pero si no llega ni a la categoría de aldea; como mucho un lugar ... un sitio. ¡Y qué sitio!  -dijo con resignación, y con una mueca de dolor se llevó las manos a las sienes para comprobar hasta qué punto se le habían dilatado las venas -. Necesito urgentemente una pastilla.

       Acompañado por el ruido que hacía el ventilador del motor, comenzó a descargar la desproporcionada cantidad de bártulos que había traído para pasar aquel fin de semana. Atropelladamente, sin seguir ningún orden lógico, los fue colocando dentro de una caja de cartón. Las zarzas le pusieron sobre aviso de que el corto paseo hasta el pueblo no sería mucho más agradable que el trecho anterior. Había muchas abejas y a Cornelio no le gustaban nada los insectos: le transmitían una sensación de asco y miedo a la vez. La idea de ser picado por uno de aquellos bichos le puso nervioso y aceleró el paso, caminando con grandes zancadas y sin ver dónde pisaba. Las espinas se sumaron ahora al martirio y parecieron querer hacer trizas su pantalón de chándal. Hacía mucho calor a pesar del tiempo desabrido, un calor inusual para la zona y la época del año. Mientras se alejaba del coche, Cornelio tenía dos sopletes quemándole la cara y notaba cómo su camiseta iba empapando poco a poco la pesada caja que apretaba contra su pecho. Tuvo que ayudarse de la barbilla para que no se le cayesen unos bultos que sobresalían sobre los demás: dos grandes latas de callos y el último consejo de su psicólogo: "Sopa de pollo para el alma", la revolución del género de autoayuda . Basura para el cuerpo y para la mente.
 

III

Acababa de llegar y ya quería marcharse, la constante de una vida en la que había empezado muchas cosas y apenas terminado alguna. Pero esta vez tendría que quedarse; comenzaba a oscurecer y sabía perfectamente que, de noche y con su pericia al volante, sería incapaz de desandar el infernal camino hasta Villasuso. Y eso por no hablar del calentón que tenían el coche y su cabeza. Tendría que quedarse.

       Contempló por un momento el conjunto que formaban las dos únicas casas del lugar, tan sólo separadas unos cincuenta metros entre sí. Eran de estructura prácticamente idéntica, construidas con gruesos muros de piedra toscamente rematados y ennegrecidos ya por el tiempo. Unas chimeneas desdentadas por el abandono coronaban los tejados de pizarra. La que mejor conservada estaba aparentaba la solidez de una fortaleza; había algo de baluarte defensivo en aquellas ventanas excesivamente pequeñas y bajas, como si sus inquilinos no quisieran ni ver lo que sucedía en el exterior ni tampoco ser vistos. La otra parecía llevar décadas deshabitada y presentaba un aspecto ruinoso, con la puerta totalmente enmohecida, algunas ventanas rotas y un abombamiento en el tejado que presagiaba un final cercano.

- ¡Gracias a Dios!  -suspiró Cornelio, aliviado al comprobar que la llave que le habían dado abría la puerta de la casa "buena", y corrió dentro en busca de agua con la que tragar su pastilla de ibuprofeno 600.

        Instantes después, al salir a recoger la caja que con las prisas había dejado fuera, se fijó con más detenimiento en la zona, girando poco a poco sobre sí mismo como si fuera la linterna de un faro. Pensó que no era raro que aquello no estuviera explotado aún por la moda del turismo rural. Dejando al margen el acceso imposible, allí parecía haber una atmósfera contaminada, como si fuera un paradójico oasis de polución. El aire abrasaba y tenía un desagradable olor a podredumbre que parecía narcotizar a uno. Pero lo peor de todo era aquel silencio, apenas quebrado por el ocasional zumbido de algún zángano atraído por el olor de Cornelio, una repulsiva mezcla de sudor y Contradiction. Quizás los pájaros y los grillos habían sido lo suficientemente listos como para instalarse en un lugar menos enfermizo, porque ni rastro de sus coros. Bien mirado, ¿quién iba a querer subir hasta allí? Con media sonrisa en los labios, Cornelio recordó las palabras de su amigo: "Nadie te molestará, te lo aseguro".

       Antes de meterse dentro, reparó en el terreno que rodeaba a la otra casa. Viejas colmenas asomaban entre las zarzas como rascacielos de una ciudad invadida por la selva. Las había a decenas, más de cien, calculó.
- ¡Vaya sitio! -exclamó de nuevo -.¿Qué hace aquí un desorientado de la vida como tú? Deberías estar en una playa enseñándole a tu piel lo que son los rayos del sol y no en ... en el culo del mundo. Esto sería un paraíso para místicos, anacoretas y prófugos de la justicia; incluso para los fantasmas. -Y se estremeció al oír sus propias palabras.
 


IV

La noche ya estaba encima y descubrió con horror que sólo funcionaban dos pequeñas bombillas de cuarenta vatios en toda la casa, una que se bastaba para iluminar la mínima cocina y otra que apenas coloreaba el inmenso dormitorio comunal: una abigarrada gran sala en la que se distribuían camas, armarios, arcones y sillas. Acostumbrado como estaba a preservar su intimidad con excesivo celo, a Cornelio le sorprendió que no hubiera dormitorios individuales. Allí, sin tabiques, biombos, ni obstáculo alguno por medio, había nada menos que seis camas de diferentes tamaños y hechuras.

- Es como si tuvieran miedo de dormir solos  -pensó por un momento.

       Desde paredes opuestas dos inmensos crucifijos presidían la estancia, como protegiéndola contra sabe Dios qué. Había dos cosas en el mundo que Cornelio no soportaba en los dormitorios: la parafernalia religiosa y los viejos despertadores con la tortura de su tic-tac. Estuvo tentado de descolgar aquellas cruces y esconderlas bajo la cama, pero un ataque de superstición le hizo abandonar la idea; por si acaso. En su exploración le seguían el crujir del viejo entarimado de roble, su apenas perceptible sombra y el dolor de cabeza que, aunque aliviado, el ibuprofeno no había podido eliminar. Al peculiar grupo pronto se sumó una linterna que Cornelio había tenido el acierto de incluir en su excesiva lista. A estas alturas su intranquilidad había crecido lo suficiente como para saber que, más que dormir, lo que iba a hacer esa noche sería esconderse bajo la manta, así que fue probando una por una todas las camas hasta decantarse por la más alejada de la puerta, que no era precisamente la más cómoda. Por una vez no le importó que el colchón fuera de esos que abrazan a uno hasta convertirlo en una especie de relleno durmiente.

       No había terminado de revolver en los arcones cuando unos tentáculos negros comenzaron a moverse arriba y abajo por la habitación. Una luz palpitante en el exterior proyectaba la sombra de las ramas de un árbol contra las paredes.

- ¡El coche!  -exclamó, y salió corriendo para intentar salvar al agotado Citröen. En ese breve instante el corazón le dio un salto ante la perspectiva de quedarse sin el medio de escapar de aquel pozo de negrura.

       Pero, por suerte, el coche, ahora apenas un bulto rojizo bajo el espejo de la luna, seguía intacto en el mismo lugar donde lo había dejado. Cornelio respiró aliviado. Una columna de humo y un gran resplandor salían de detrás de la otra casa. ¿Quién diablos estaría haciendo una fogata en plena noche en aquel lugar perdido?. En un terreno baldío y muy próximo a donde comenzaba el monte vio a un hombre alimentando una colosal hoguera. Con cadencia mecánica pero a buen ritmo, cogía algo de una pila con las manos, lo colocaba en el suelo y, tras hacerlo trizas de un fuerte pisotón, lo arrojaba a la hoguera. Así una y otra vez. Cornelio lo observó unos instantes desde la oscuridad antes de decidir acercarse. En el fondo se sintió aliviado: al menos no estaba solo en aquel lugar de locos.
- Un loco -pensó de repente, antes de dar el primer paso y encender su linterna -. ¿Y si fuera uno de esos chiflados que salen en las páginas de sucesos? Agustín no me dijo que aquí viviese alguien. Desde luego no es muy normal hacer fuego a estas horas, pero de ahí a enterrar cadáveres en el jardín va un trecho. Más chalado está el portugués del nº 5, que hizo una hoguera en su casa con su historial médico. Y mira, ese es incapaz de matar una mosca. Además, al fin y al cabo, este hombre no me conoce y también podría asustarse de mí, tomarme por un perturbado, ¿por qué no? En alguna parte he leído que, llegado el caso, todos podemos ser tan peligrosos como el que más.

        Una vez terminado el ejercicio de autoconvencimiento, que para algo tenía que servirle su Colección Libro Práctico, decidió acercarse un poco más en la oscuridad por si descubría en el hombre algún indicio criminal, como si viéndole la cara al tipo fuera a acceder a sus antecedentes. Desde su posición estaba claro que se trataba de un hombre de mediana estatura, encorvado y más bien viejo, aunque todavía no un anciano. Era extraño el modo monótono y ágil a la vez con el que se afanaba en su tarea. Por fin, Cornelio encendió la linterna y avanzó hacia el fuego.

- ¡Buenas noches! -dijo, tratando de hacerse oír sobre el crepitar de la madera ardiendo.

       El hombre se detuvo justo cuando su pie iba a caer sobre una nueva colmena, porque ahora Cornelio vio que lo que estaba echando a la hoguera no era otra cosa si no las colmenas, que formaban un enorme montón junto a él. Se volvió lentamente, sin la más mínima muestra de sobresalto; como si fuera normal encontrarse en aquel sitio, en plena noche, con un desconocido. Cornelio pudo observar ahora con todo detenimiento al intempestivo pirómano, y lo que vio hizo correr un escalofrío por todo su cuerpo. Su rostro, muy delgado, casi cadavérico, tenía un aspecto lívido y céreo. Unos ojos brunos, como perdidos en sus cuencas, y unos labios pasos y cetrinos contribuían a darle una imagen de enfermo terminal. Pero lo más extraño es que a pesar del calor insoportable, el infierno junto a la hoguera, el hombre no sudaba ni parecía estar fatigado por el esfuerzo. ¿Cómo era posible que resistiera con aquellos pantalones de pana gorda, el grueso jersey de lana, y el anacrónico sombrero de paja con el que se cubría?

- ¡Buenas noches! -repitió elevando más la voz-. No sabía que viviera alguien aquí.
- ¿Vivir? -dijo el hombre con tono abúlico. Parecía esperar una respuesta.
- Sí, cuando me dejaron las llaves me dijeron que esto era un pueblo abandonado y que sólo pasaban por aquí cuadrillas de cazadores muy de vez en cuando-contestó Cornelio.
- Yo ya no estoy aquí, sólo vengo de paso. En cuanto termine con esto me iré -dijo. Sus palabras sonaban cansadas y melancólicas.

       Y con esas se volvió de nuevo y, con una fuerza insospechada para aquel cuerpo, dejó caer su pie sobre una carcomida colmena, que estalló como si estuviera hecha de porcelana. Sus manos eran de una talla que no casaba con el resto del cuerpo. Eran grandes y gruesas; tenían algunas cicatrices y en izquierda le faltaban dos dedos; sin duda eran las manos de un trabajador. Cornelio tenía la costumbre de fijarse en las manos de la gente, quizás porque estaba orgulloso de las suyas y consideraba que era la parte más agraciada de su físico. Le encantaba que le dijesen que tenía manos de notario.

- ¿No es un poco tarde para hacer fuego? -preguntó ahora Cornelio, arrepintiéndose nada más terminar la última sílaba. Por algo en la Facultad tenía fama, además de raro,  de meterse en todo.

       No hubo respuesta. El hombre continuó maquinalmente con su tarea, como si no le hubiera oído. Ahora estaba tan próximo al fuego que era increíble que pudiera soportarlo.

- ¿Pero no tiene usted calor ahí? -dijo Cornelio, casi gritando.
- ¿Cómo?
- Calor.
- ¿Calor? Ah, no. Debería tenerlo, ¿verdad?

      Cornelio empezaba a sentir una comezón interior por el aspecto y el comportamiento de aquel hombre. En realidad estaba asustado incluso antes de acercarse, por más que tratara de fingir una valentía que nunca le había caracterizado. Trató ahora de calcular cuánto tiempo tardaría en llegar hasta el coche en caso de apuro; a juzgar por la facilidad con la que el tipo levantaba y destrozaba las pesadas colmenas, tenía claro que en un enfrentamiento directo no tendría demasiadas posibilidades.

       Hubo un momento de silencio y Cornelio sintió que tenía que seguir hablando

- ¿Hay mucha miel por aquí, no? -dijo, recurriendo a la primera pregunta de compromiso que le vino a la mente. La pregunta debió de tocar algún resorte en el interior del hombre porque éste reaccionó de forma totalmente inesperada. Dejó definitivamente lo que estaba haciendo, se acercó a Cornelio y lo asió fuertemente por los brazos.

- ¿Miel!, ¿miel!, ¿dónde!, dime, ¿dónde ha visto la miel!

       Le agarraba tan fuerte que casi lo izaba en el aire. Aquellos ojos que antes parecían sin vida ahora brillaban llenos de ansia. Sin pensárselo dos veces, y casi como un acto reflejo, golpeó con sus manos el pecho del hombre con toda la fuerza de que fue capaz en esos momentos y logró desembarazarse de él. Tan pronto sus pies sintieron el suelo echó a correr presa del pánico hacia el primer lugar que le pasó por la cabeza: el coche. Al llegar a él se dio cuenta espantado de que no llevaba las llaves encima, pero el miedo le hizo presionar compulsivamente la manilla de la puerta; nada. No se detuvo ni un segundo a lamentarse. El terror ya se había apoderado de todo su ser y su único pensamiento era el hombre. ¿Le habría seguido? Jadeante aún, echó la vista atrás, hacia la hoguera, y vio que seguía allí de pie mirando hacia Cornelio con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo. Apenas se había movido unos metros. La posibilidad de escapar hacia el monte en mitad de la noche pasó como un rayo por la mente de Cornelio, pero no se detuvo. De inmediato decidió que la mejor salida era lanzarse a una nueva carrera, esta vez hacia la casa. Aunque tenía que pasar a una distancia peligrosa del hombre, algo le decía que no iba a moverse. Y así fue. Cuando estaba a punto de torcer en la esquina de la casa vieja y perder de vista el siniestro espectáculo, echó un último vistazo atrás. El hombre seguía clavado en el mismo lugar. Las llamas avanzaban por una manga de su grueso jersey de lana y ya empezaban a colonizar las puntas del sombrero de paja.
 


V

       Nada más cruzar el umbral selló por completo la casa hasta cerciorarse de que ningún ser viviente pudiera entrar aquella noche. En eso ayudaba, y mucho, la curiosa concepción defensiva que tanto le había llamado la atención a su llegada. La puerta era muy gruesa y pesada; una vez bien atrancada con el pasador era prácticamente imposible de superar desde el exterior. Sólidas contras protegían a las escasas ventanas, que además eran tan pequeñas que parecía improbable que alguien se colase por ellas; al menos alguien de un tamaño suficiente como para resultar una amenaza.

       No contento con eso, Cornelio se encerró en la gran alcoba atravesando delante de la puerta el arcón más pesado que consiguió mover. Incluso tuvo la novelesca idea de colocar sobre él un herrumbroso orinal de chapa, con el propósito de alertarle si alguien trataba de entrar. Hecho esto, se metió en la cama medio temblando y completamente empapado de sudor. El dolor de cabeza había vuelto a sus cotas máximas y tuvo que tragarse otras dos pastillas, esta vez masticándolas previamente. Bajo el embozo fijó la vista en uno de los grandes crucifijos y, mientras trataba de recordar algún fragmento del Padre Nuestro, la oscuridad se apoderó de él.
 


VI

       Se despertó con un grito de terror y el corazón disparado. La bombilla estaba apagada y la habitación, iluminada por la luz del amanecer que se colaba entre las contraventanas, iba poco a poco dibujándose. Al incorporarse ligeramente en la cama notó que se desvanecía y le fallaban las fuerzas. Tenía la boca pastosa y un raro regusto dulzón que enseguida asoció con las pastillas. Se sintió muy enfermo pero, aún así, tuvo un fugaz momento de bienestar al comprobar que el arcón y el orinal no se habían movido.

       Entre la terca cefalea se abrió paso de repente un espantoso recuerdo. Durante la noche una vieja se había colado en la habitación, acercándose hasta la cama en la que él yacía paralizado por el miedo. Unos ojos de mirada torva relumbraron en la oscuridad cuando, colocando una mielera sobre su cabeza, comenzó a verter poco a poco su contenido en la boca de Cornelio. Éste, por más que lo intentaba, era incapaz de juntar los labios, y notaba como el hilillo de miel bajaba por su garganta y comenzaba a ahogarle.

- ¡Dios bendito! -dijo Cornelio sobresaltado -.

       Desde luego aquello había sido una terrible pesadilla, la peor que había tenido nunca, pero lo ocurrido la noche anterior era real, de eso estaba seguro. ¿Por qué si no se había atrincherado allí de aquel modo?

       El cuerpo le ardía y el malestar iba en progresivo aumento. Cornelio decidió que tenía que marcharse de inmediato de aquel sitio, no fuera que la debilidad le obligara a permanecer en aquel lugar maldito un día más. Había dicho en casa que regresaría el lunes, y hoy era domingo. Sin duda subirían a buscarlo al echarle en falta, pero con sus antecedentes, ¿qué dirían al encontrarle allí escondido y en tan lamentable estado? Seguro que lo encerraban de por vida en un manicomio.

       A punto estuvo de no poder mover el arcón de la puerta, pero al poco rato ya caminaba vigilante en dirección al coche. Había dejado atrás todas sus cosas; no se sentía con fuerzas para portarlas y, además, prefería tener las manos libres. No había ni rastro del hombre... ni de la hoguera. Ni rescoldos, ni humo, ni tan siquiera la típica mancha negra sobre el suelo. Pero Cornelio estaba seguro de que aquel episodio había ocurrido.
 


VII

       Las pocas personas que a esas horas de la mañana del domingo paseaban por la plaza de Villasuso quedaron atónitas cuando vieron aquel humeante Citröen rojo detenerse sobre la  acera, casi en la misma puerta de la botica de guardia. Todo el lateral izquierdo estaba ligeramente hundido y tenía restos de tierra incrustados, como si hubiera raspado contra algo.

       El viejo boticario no pudo evitar una exclamación al ver de nuevo a Cornelio.

- ¡Pero, hombre de Dios! ¿Cómo viene usted así? Está  pálido como un cadáver y... déjeme ver... sí, ¡por Dios!, está ardiendo; Siéntese aquí, que lo mejor será llamar a una ambulancia -dijo el boticario, cargando prácticamente con Cornelio hasta la trastienda-. Le dije que con el dolor de cabeza que traía no le sentaría nada bien el viaje hasta La Poceira. Y ya veo que el ibuprofeno que le di no le ha hecho ningún efecto.

       Cornelio se arrellanó como pudo en un sillón de eskay, pero todo parecía moverse. Se echó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y hundió su cabeza entre las manos. Parecía que en esta posición se encontraba algo mejor. Tenía mucho frío y podía oír perfectamente el titilar de sus dientes.

- Aquel hombre ... quemando ... esa vieja ...? comenzó a murmurar incoherentemente.
- ¿De quién habla, joven? -dijo el boticario con inesperado interés, colgando el teléfono sin haber marcado ni siquiera un número -. Allí no vive nadie desde hace muchos años.

       Cornelio levantó la cabeza de entre las manos. Tenía los ojos semicerrados porque le molestaba la luz.

- Había un hombre quemando unas colmenas... le faltaban dos dedos y... ardía...
- Eso no es posible joven -interrumpió el boticario con gravedad-. Sin duda le habrán contado historias y la enfermedad le ha jugado una mala pasada.
- Nadie me ha contado nada y le digo que allí... -Cornelio tuvo que dejar de hablar y dejar caer la cabeza sobre las manos.

       El boticario llamó por fin a la ambulancia y se sentó en una silla junto a él. En la calle, narices curiosas comenzaban a pegarse a la cristalera.

- Verá, joven. Si no lo sabe es preciso que conozca los motivos por los que aquello está tan abandonado desde hace años, y ya verá como se le aclaran las cosas -dijo el viejo boticario -. En La Poceira vivía un carpintero con su mujer. Manuel, ese era su nombre. Su bonhomía y su maestría con la madera le hicieron ganarse muchos clientes en toda la comarca; era un carpintero muy fino, ¿sabe? Su mujer, por el contrario, dicen que se fue volviendo loca, algo hereditario al parecer. La verdad es que por el pueblo apenas se la vio. Se pasaba el día pendiente de sus colmenas y de su miel. Ese era su mundo, y en justicia he de decirle que su miel era probablemente la mejor de toda la región. Hubiera podido ganar un buen dinero con ella. A medida que la locura se fue apoderando de su mente los otros vecinos de La Poceira empezaron a tener miedo. Decían que les entraba en casa hasta por la noche, que la sentían acechando en cualquier lugar. Y que ni se les ocurriera pasar cerca de sus colmenas porque... En fin, el caso es que, en cuanto pudieron, vendieron la casa a un cazador de la ciudad y se marcharon de allí.

       Manuel bajaba muy a menudo a Villasuso para recibir o entregar encargos. También vendía en el mercado algunos aperos y la miel que elaboraba ella. Durante el invierno no era raro que la nieve bloqueara el camino hasta La Poceira, y entonces Manuel se quedaba en la fonda de doña Nélida, una viuda a la que solía regalar tarros de miel. Y claro, en los pueblos, joven, ya se sabe; a la gente le gusta hablar, y por lo general más de lo debido. Enseguida empezaron a correr los chismes: que si doña Nélida le calentaba la cama, que si se les había visto juntos en tal o cual sitio; ya me entiende. Jamás oí semejante barbaridad. ¡Doña Nélida, el alma más pura de todo el pueblo, incapaz de engañar a su esposo ni aún después de muerto! No sé cómo, pero toda esa porquería llegó a La Poceira, y de allí bajó la muerte para llevarse a Manuel, doña Nélida y dos personas más. Otra familia entera se salvó de milagro en el hospital. ¡Dios sabe qué hubiera ocurrido si no se llega a descubrir el asunto!

       Cornelio escuchó la historia con creciente desasosiego y toda la atención de que era capaz en aquellos momentos. Pero había algo que no había entendido:

- ¿Bajó la muerte? -preguntó.
- Sí, ella, la mujer de Manuel; los mató ella. Enseguida lo sospecharon y enviaron a varios guardias para detenerla, pero nada. Incluso cuadrillas de caza con perros participaron en la busca, pero jamás volvió a saberse de ella. Y de esto hace ya casi sesenta años. En todo este tiempo han surgido cantidad de leyendas para asustar a los niños, así que ya le digo que no se deje traicionar por su imaginación. En aquel lugar no hay nadie -dijo el boticario poniendo una mano sobre el hombro de Cornelio.

       Una corriente helada recorrió su nuca.

- Pero ... ¿¡cómo!?  ¿¡cómo pudo ella sola matar a toda esa gente!? -preguntó tratando de levantarse, mirando fijamente al boticario y abriendo sus vidriosos ojos tanto que parecía que quisieran escaparse de sus órbitas.

       Y con el aullar de la ambulancia de fondo, el boticario tuvo el tiempo justo de contestar antes de que Cornelio, entre convulsiones, se desplomara:

- Los envenenó con la miel. Era el mismísimo demonio.
 

FIN.



Kruela: Sólo por lo bien que está escrito ya merece mi punto.


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