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Es bonito, pensó Mike Krantz mientras miraba a un lado y a otro de la calle. No había semáforo ni señales de tráfico estáticas, como tampoco asfalto en la calzada ni comisaría en todo el pueblo. Dry Clouds era un lugar pequeño y secreto, un remanso de paz en el profundo Sur. En realidad, lo que Mike podía ver apostado delante de una diminuta tienda de ropa, al borde del canto de la acera (en la que todavía quedaban restos de tablones de madera de los viejos tiempos), constituía la mayor parte de DC, como la llamaban los nativos. En resumen, la vista estaba formada por dos flancos de casas achaparradas y robustas, pequeños comercios y quizás alguna sorpresa histórica más allá de todo lo que se veía.Hacía poco que amaneció, pero la noche fue cálida y la mañana prometía un día tórrido. El informativo meteorológico lo había confirmado. Mike apenas consiguió conciliar el sueño; sin embargo, se sentía excitado y feliz, y se levantó temprano para hacer algunas pequeñas compras, dejando a su esposa e hijo en el motel. Los tres se dirigían en coche más al Sur, cerca de la frontera con Méjico, y se detuvieron toda vez que la temperatura era insoportable y el aire acondicionado empezaba a fallar. El tipo del taller le dio un día, dos como mucho, para hacer un apaño con su problema, pero en realidad la idea no disgustó a Mike. Ver a su suegra no era el destino más atractivo que él podía soñar.
Mike saltó a la calle de arena apelmazada. El reflejo del sol sobre su superficie levantaba una neblina amarillenta que se irradiaba sobre las casas, y a decir de Mike Krantz el efecto era de lo más fantasmagórico, aunque por otra parte le resultaba curioso. Cruzó a la acera derecha y caminó adelante, en dirección a un pequeño puesto de periódicos. Sobre la puerta pendía una polvorienta sombrilla de tela a listas verdes y blancas, pero apenas daba sombra; era más bien una pieza decorativa. El festón del borde decía, en gruesas letras negras:
Periódicos y revistas Dry Clouds
Junto a la puerta de cristal, que permanecía cerrada, había un expositor de revistas. Mostraba en primer lugar algunos periódicos de la región, ninguno de gran tirada, cuyas noticias apenas tenían interés fuera de la comarca, y más abajo aburridas revistas con que pasar el rato, además de libros de crucigramas, de los que había una enorme cantidad. Aquí la gente debe de aburrirse mucho, pensó Mike mientras empujaba la puerta.
La tienda era demasiado pequeña, incluso más de lo que uno apostaría para un pueblo tan reducido, y una vez entró, Mike se encontró de frente con el tendero. Era un tipo bajo, quizás no superara el metro sesenta, calvo como un huevo y morbosamente delgado. Tal vez padecía una enfermedad. Su mandíbula inferior estaba muy deprimida y daba la impresión de que hacía un gesto de desagrado constante.
—Buenos días —dijo Mike con buen ánimo.
El tendero esbozó una sonrisa desdentada, hizo un movimiento de cabeza y respondió:
—Muy buenos días, señor.
Más de cerca, Mike advirtió la suciedad incrustada en el delantal gris del vendedor. Se preguntó cuántos meses, si nos años, pasaban ya desde la última vez que aquella prenda tuvo contactos con una lavadora.
—Usted no es de por aquí, ¿verdad? —dijo el tendero. Mike, que miraba los periódicos junto a un viejo viejo ventilador, se volvió y respondió que no—. Ya, su cara no me suena. De aquí ya sabía que no es, porque DC es un pueblo demasiado pequeño y sin ninguna duda le recordaría. Y de la zona... No sé, tenía la sensación de que usted es un poco más norteño. ¿Verdad que no me equivoco?
—Está usted en lo cierto —dijo Mike, cogiendo un diario y desplegándolo para ver toda la portada.
—Aquí viene alguna gente... eh... gente de más al Norte, ya sabe... —prosiguió el tendero; miraba al frente, a través de la puerta, y posiblemente a él le importaba un bledo hablar solo o en compañía. Mike, sin embargo, atendía a las reseñas del diario. En la parte baja de la página había una noticia que parecía importante, aunque curiosamente estaba localizada en una zona apenas visible de la página, junto a un anuncio de abonos agrarios. Desaparecido otro viajero, decía el titular. No había más datos, aparte de una referencia a información adicional en la sección de sucesos. Pasó las hojas en busca de la noticia completa.
»Porque verá usted, la gente de esta zona no se atreve a cruzar Dry Clouds, y yo no sé la causa. Es un sitio tranquilo y bueno, un sitio de gente devota. Oiga, ¿viene usted solo?
—¿Perdone? —Mike seguía buscando la noticia completa que hacía referencia al desaparecido. Creyó oír que el anciano le hacía una pregunta y salió de su ensimismamiento.
—Decía que si viene usted sólo...
—Pues... sí, en realidad sí vengo solo. Estoy de paso —respondió. En su memoria flotaba la imagen de su esposa y su hijo dormidos en el motel. No podría explicar qué le llevó a mentir, pero tampoco le preocupaba mucho. A fin de cuentas era cierto que estaba de paso y si en algún momento el viejo llegaba a enterarse de que mentía, no sólo resultaría inocuo, sino que además él y su familia se encontrarían muy lejos de él y de su mugriento delantal—. ¿Por qué lo pregunta?
—No, por nada —se apresuró a responder el anciano, girándose y mirando en otra dirección como alguien que es cazado en mitad de una mentira.
Mientras tanto, Mike siguió pasando hojas hasta alcanzar la sección de sucesos del periódico. El título permanecía en el cuarto superior de la página, pero alguien había recortado el artículo entero.
—Oiga... Disculpe...
—¿Sí? ¿Qué quiere?
—Este periódico, está incompleto... Han recortado un trozo.
—¿En serio? —No parecía muy sorprendido.
—¿Tendría que mentirle? —dijo Mike en tono hostil. Soltó el diario sobre el montón y cogió otro ejemplar.
—No se moleste. Tampoco encontrará lo que busca. Todos estaban así cuando me los trajo el repartidor.
—¿Tan sencillo como eso? ¿Venían todos así? ¿Y no se planteó pedir alguna explicación?
—Pues no. En este pueblo...
—Genial. Sencillamente genial. —Mike arrojó el segundo ejemplar encima del estante y salió de la tienda como una exhalación, dejando al roñoso tendero con sus mentiras en la boca.Al abandonar el establecimiento le sorprendió ver lo mucho que había avanzado el día; el sol estaba muy alto, quizás demasiado tratándose de una hora tan temprana, y el calor era sofocante. Se quitó el último botón del polo verde y dio algunos tirones a la prenda para airearse el pecho. Sus pies despidieron una nube de arena cuando pisaron la calle. Había algunas personas más que antes, todas ellas quietas en las aceras como estatuas, dejando que los rayos de sol impactasen sobre sus pieles enrojecidas; lucían una expresión idéntica, aturdida pero sonriente, que ponía los pelos de punta. Fue la primera vez que Mike deseó no haberse detenido en Dry Clouds, el mismo lugar que hasta hacía unos minutos le había parecido una especie de pálida y tranquila joya en mitad de ninguna parte.
Tengo derecho a cambiar de idea, maldita sea, pensó enfurecido. Echó a andar a su derecha, en dirección al motel, decidido a recoger a su familia y llevársela de aquel lugar, cuando un destello plateado llamó su atención. Se detuvo en seguida, desconcertado. El brillo procedía de más allá del final abierto de la calle; más concretamente, había chispeado a unos cientos de metros dentro del campo desertizado que rodeaba DC. Sin embargo, Mike hubiera echado a caminar de vuelta al hospedaje de no ser porque una melodía muy conocida, apenas audible, venía del mismo lugar que el brillo. Se trataba de When the saints go marching in.
Al principio no reconoció qué estaba viendo; se hallaba demasiado lejos, y además no se había puesto las gafas para la miopía. Su defecto de visión no era muy grave, algo menos de media dioptría, pero sí lo suficiente para darle problemas cuando debía identificar formas lejanas.
No obstante, un minuto después pudo advertir que se trataba de gente. Desde luego, de una panda de tarados decidida a salir del desierto como una jauría de fantasmas de arena. La flama los deformaba como esos espejos de barraca de feria, pero no cabía duda de que eran personas que caminaban en su dirección. Además, muchos vecinos de Dry Clouds empezaban a confluir en la calle principal; salían de sus casas o aparecían como de la nada, daba igual, y se quedaban pasmados en las aceras y a media calzada como espantapájaros, mirándose unos a otros sin decir nada, corriendo el riesgo de que el febril sol del desierto les quemase la piel.
El instinto indicó a Mike que lo mejor era salir corriendo, recoger a su esposa e hijo, ir al taller y recuperar su coche aunque el aire acondicionado no funcionase. Lo próximo sería pisar a fondo el acelerador y dejar atrás Dry Clouds como a la enfermedad.
Desaparecido otro viajero.
El titular regresó a su memoria como una premonición grotesca.
«Decía que si usted viene solo...» ¿No le hizo el tendero esa pregunta? Maldito viejo, pensó Mike. Maldito sea. Claro que la hizo, y también dijo «porque verá usted, la gente de esta zona no se atreve a cruzar Dry Clouds, y yo no sé la causa».Con que es eso, ¿verdad?, se dijo Mike Krantz quieto en la calle como todos los demás. Los vecinos congregados detrás suya ya formaban una maciza barrera humana que, dada una situación hipotética, podría impedirle escapar de allí. Desaparecido otro viajero. ¿Dónde desapareció? Y ¿quién diablos había arrancado los trozos de periódico, todos y cada uno de los artículos sobre el desvanecimiento de aquel pobre desgraciado?
De momento no eran más que temores infundados y estúpidos. Aunque era una locura considerar que todo un pueblo estaba confabulado para cometer asesinatos, la idea tomaba forma en su cabeza como una bola de nieve rodante, cada vez más grande y destructiva.
Los vecinos provenientes del desierto bailoteaban al ritmo de When the saints go marching in. Una pequeña orquesta de jazz encaraba la melodía una y otra vez; Mike Krantz pensó estúpidamente que aquellos tipos tenían el talento del diablo.
Mike dio un paso atrás; la barrera que había detrás dio un paso al frente. Él se detuvo, horrorizado. La demencial idea del pueblo de locos sonaba más convincente cada segundo que pasaba.
La marea de nativos de Dry Clouds al fin entró en la calle principal. Todos reían y parecían felices; incluso sus ojos brillaban, reflejando el sol enfurecido. Le miraban. Mike Krantz no quiso engañarse. Todos le miraban felices como animales, quizás encantados con la idea de un nuevo sacrificio. Quién podía saber sus motivos.
Le rodearon. Mike estaba petrificado. El horror le había helado los músculos. Su corazón latía como el motor de una locomotora fuera de control.
—¿Qué quieren de mí? —dijo.
En ese momento sonó una puerta cerrarse detrás de él. Mike no necesitó volverse para saber que el vendedor de periódicos había salido para divertirse un poco. No era más que un enano deforme y sádico con ganas de jugar, y su torvo semblante parecía igual de feliz que un niño con zapatos nuevos.
—Pues no mucho —respondió el tendero. Mike le miró. La cabeza del anciano ardía bajo el sol. Era un tipo repulsivo e infernal—. Mire usted allí.
Mike miró adonde señalaba el viejo. La multitud que vino del desierto se movió de manera que un estrecho pasillo se formó en el centro.
—¿Qué...?
Los tres ataúdes aparecieron uno a uno, en fila india, a cuestas de jóvenes lugareños vestidos con monos de peto y camisetas manchadas de grasa. Mike reconoció entre ellos al ayudante del mecánico a quien confió el arreglo de su coche.
Los portadores colocaron los ataúdes, de fina madera clara, uno al lado del otro para formar un semicírculo en torno a Mike, que así pudo observar el contenido de cada uno de ellos cuando retiraron las tapas todavía sin sellar.
Su mujer apareció dentro de la primera caja. Aún vestía el camisón de noche, pero cuando él la vio por última vez aquella mañana, la mancha de sangre no formaba parte del bonito traje celeste, de modo que aquello sí era nuevo, se dijo.
En la segunda caja reconoció el cadáver de su hijo. Tenía la mandíbula desencajada a la derecha y un agujero en el cráneo del tamaño de una pelota de tenis. La materia gris se había escurrido, empapando el forro tornasolado del ataúd.
La música de jazz seguía sonando, interpretada por la orquesta con un refinamiento que Mike no pudo dejar de admirar. Cayó a la arena de rodillas, sin fuerzas. El primer golpe le arrancó un aldabonazo de dolor en la parte posterior del cuello. Se dejó desplomar sobre el suelo caliente de Dry Clouds. El sol le quemaba los ojos, pero nos los cerró. Quiso ver, a través de las lágrimas, el modo en que aquellos locos lo enterraban vivo.
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Tob Cazamian, 2003.
© Tob Cazamian, 2002.
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