RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Ione R. H.
La hora
Hace mucho tiempo (sin beberlo), cogí fama en todo el mundo (y sin comerlo), se habló y escribió sobre mí, muchas veces de forma injusta (aunque es normal en el “mundo de la fama”). No fui una estrella fugaz, muy por el contrario caí como un potente meteoro que quedó incrustado muy profundamente en el corazón humano dejando un muy visible halo, pero ya hace mucho tiempo de eso, y han pasado (o pasaron) muchas cosas desde entonces.

Yo no fui la responsable de los hechos, bien se sabe que sólo hice la parte me tocaba, la cual siempre me han reprochado y que por primera vez me recrimino.

La ciudad está vacía, no hay gente, plantas o animales, no hay vida. Se fueron hace ya tiempo, cuando las cosas se pusieron oscuras, demasiado sombrías para vivir. Los coches, atravesados en las calles, están cubiertos de una gruesa capa de polvo, muchos fueron quemados para que la gente se pudiera calentar cuando después de derretirse los polos y subir el nivel del mar (con todo lo que ello supone), los mares se helaron por completo, innumerables personas no llegaron a salir de ellos y la gran tormenta eléctrica destruyó toda tecnología electrónica creada hasta entonces. Los cristales de los edificios que aún siguen en pie, no son ya ni un lejano recuerdo, aunque de todas formas la nube de espeso polvo no los hubiese dejado ver.

Es incómodo caminar por aquí, no me gusta ignorar donde piso, aunque no tengo miedo por lo que pueda encontrar, aun así avanzo sin parar. Me pregunto por qué sigo aquí, los árboles ya no crecen, no hay pájaros que vuelen o perros que ladren, la humanidad que no murió comida por sus iguales lo hizo congelada en las partes altas de las cumbres cuando intentaban escapar, ni siquiera quedan bacterias para descomponer lo muerto. No encuentro la razón por la que sigo aquí, por eso busco entre los vacíos bosques, los helados desiertos o, ahora, la ciudad.

Una gran avenida se extiende justo enfrente de mí, algo extraño brilla a lo lejos, entre el desastre y la destrucción algo resplandece ¿cómo? Avanzo ansiosamente sorteando cosas que prefiero no describir por lo difícil de explicar que sería, además de que no soy de muchas palabras. A medida que avanzo veo como un rayo de luz se abre paso entre la nube, débil y bailante, pero constante. Al final del rayo entre una furgoneta volcada encima de otro coche colocados como intentando proteger algo valioso, una extraña planta intenta crecer, de tronco retorcido pero suave, grueso y blando a la vez, con largas y gruesas hojas de un color blanquecino que se extienden a lo alto como brazos anhelantes de luz, y en lo alto del todo una extraña flor roja purpúrea de pétalos firmes y afilados con la única protección de un entorno demasiado tranquilo. Paso largo tiempo mirándola con una distancia de miedosa precaución, algo se remueve dentro de mí, algo que nunca había sentido pero de lo que había oído hablar en infinitas ocasiones. Decidí acercarme a ella, sabía lo que tenía que hacer, pero a cada paso que daba ese “algo” se hacía más doloroso dentro de mí, me sentía más débil que nunca. Arrodillada frente a ella, mirándole fijamente extendí mi temblorosa mano y la arranqué desde la raíz. Mientras se doblaba el tallo, ví cómo se marchitaba la flor al mismo tiempo que me marchitaba yo, cada pétalo que tocaba el sucio suelo era una dolorosa puñalada para mí. Uno, dos, cinco, ocho pétalos planearon desde la doblada planta hasta la tierra.

Dicen que justo antes de morir se pasa por la mente toda tu vida, sin embargo a mí no se me pasó la mía, se me pasaron las de miles de millones de personas de todos los tiempos habidos, ni un sólo recuerdo mío, porque la muerte, no tiene vida que recordar. Qué ironía ¿no?
 

Fin

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