RELATOS DE FICCION DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
Ione R. H.
Ausencia
Aquella casa rebosaba vida, en los suelos de madera se oían los pasos agitados de los niños durante todo el día, las risas y carcajadas, y esas comidas en familia en las que las amenas conversaciones se alargaban casi hasta que hacían la digestión..., la maravillosa casona victoriana que apenas tenía algún lustro de existencia con su enorme vergel repleto de vivas alfombras de multicolores flores, la música de la vida, música armoniosa en constante y fluída alegría. Hasta aquel funesto día, el día en que llegué yo.

Ese día había un silencio misterioso flotando pesadamente en el aire, yo llegué de improvisada visita, pero al parecer la familia había salido, junto al servicio de la casa. Esperé, esperé pacientemente (cualidad muy abundante en mí), no tenía prisa alguna, recorrí la mansión, cuarto por cuarto observando... y buscando algo que pudiera decirme dónde estaban los señores de la casa, pero desgraciadamente esa pregunta me fue respondida de la forma que menos me hubiese gustado, con un grito desgarrador.

Llegados a este punto de la narración he de decir de mí que tengo una forma de ser algo singular. No me gustan los gritos, la música, o cualquier tipo de ruidos..., me gusta estar solo, tengo muy pocas amistades (cada vez menos), raramente me echan de menos, y la verdad es que no me extraña. Soy tímido, tranquilo, indeciso, algunos dicen que inquietante, otros inspirador, pero nunca indiferente.

Como decía, un grito me interrumpió en mi tranquilo paseo por la casa, me asustó, y lo reconozco, huí. Es algo que me sucede irremediablemente con cualquier cosa de las que no me gustan, y ese aterrador chillido, entra en mi lista, al igual que también reconozco que no volví en muchas horas. Pero en mi pesado vagar por el bosque cercano, me enteré de lo que había pasado, me lo contaron en el lago, lago al que había ido la familia de “picnic” esa misma tarde, lago en el que encontraron ahogados a los dos hijos que los señores, en un despiste habían dejados solos y sin atención por su parte o la del servicio. Los encontraron al final del pequeño muelle de madera, semiflotando bocabajo, semihundidos por lo único inevitable de la vida, la muerte.

Desde aquel fatídico día, visité con frecuencia la casa, al principio pasaba casi desapercibido (no quería molestar), pero poco a poco me di a conocer, hasta que me quedé a vivir en ella.

Los almuerzos, antes entretenidos y gratos, ahora se hacían tan largos como la creciente desesperación en los habitantes de la casa, desesperación que se convirtió en una enfermedad que afectó a la señora, la cual no tardó en morir.

Sólo quedábamos el señor Richard Galveston (que así se llamaba), el servicio, y finalmente, yo. Intentaba consolar con mi compañía al Sr. Galveston, pero tras la pérdida de su familia, poco podía reanimarlo, hasta tal punto que la locura, como sombra que se esconde en las esquinas, empezó a reflejarse en sus profundos y cristalinos ojos azules y tras su larga y desgreñada barba gris.

Pasaron los años y en cada uno de ellos se iba algún sirviente, hasta no quedar ninguno. La mansión fue cayendo en el terrible descuido. El jardín, antaño multicolor, pasó a ser de tan sólo dos colores, gris y marrón. La pintura blanca de la casa, se fue cayendo de las paredes de madera del exterior. Y las enredaderas, a falta de ser cortadas, fueron rodeando toda la casa. Pero a Richard ya esas cosas no le importaban.

Os preguntareis por qué me quedé en esa casa, bueno pues se puede decir que... me enamoré, sí, de ella, de la casa. La quería para mí, y no me importaba cuánto tiempo tuviese que esperar, ya os lo he dicho, soy muy paciente.

Richard, se refugiaba en los libros de la biblioteca particular, se sentaba junto al fuego, al cual no me acercaba a causa de uno de mis múltiples miedos. Leía y leía. Pasaba las horas sentado leyendo (creo que era lo poco que le mantenía en vida), a veces ponía el gramófono, y yo me escabullía, cómo no. Y es que no era un secreto que mi presencia no le agradaba, y sabía muchas de las cosas que me desagradaban. Yo, por mi parte le intentaba hablar, pero en un principio me ignoraba, no me hacía caso alguno, sólo en un principio...

Poco a poco, no le quedó remedio y empezó a escucharme, muy poco a poco. En una de las conversaciones que intentaba entablar, me escuchó, le dije muchas cosas que al parecer no le gustaron, porque los ojos le centellearon, y empezó a chillar como un loco. Me fui rápido como el viento o el relámpago. Como loco en el que definitivamente se había convertido, empezó a tirar los libros de sus estantes, puso música, corrió por todo el cuarto, dando vueltas por la habitación, cantando, gritando, hasta que tropezó con un montón de libros que había al lado de la mecedora en la que tantas horas había pasado y cayó irremediablemente hacia el fuego de la chimenea, ardiendo corrió por la casa, lo más rápido que sus viejas y lánguidas piernas se lo permitieron (ya no cantaba, sólo bramaba). Atravesó el porche de la casa dirigiéndose al jardín, donde la fuente de agua podría salvarle del imperioso fuego, sin acordarse de que por su culpa, hacía años que no circulaba agua por ella. Murió calcinado frente a las lápidas de su familia, arrodillado y encogido como tratando de ignorar las llamas. Por fin volvería a estar con ellos aunque tal vez sólo en estado y no en espíritu.

No me importó, para que mentir, me gustó, me encantó, me hizo feliz, por fin la casa era mía, sólo mía, por fin reinaba yo en la casa, en mi casa, yo que soy la ausencia de vida, de sonido, de movimiento, yo, el Silencio, por fin reinaba en la casa.
 

FIN


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