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Decisiones, sacrificar para obtener. A veces se gana poco, a veces se pierde tanto y sin embargo no conozco un sólo caso en el que no se añore todo aquello que se dejó atrás para llegar a donde se está.Hace tanto tiempo que sucedió (o al menos me parece que es así), que ya no puedo recordar si fue primero ella, las pesadillas o la maldición. Lo único seguro es que cada una es consecuencia de las otras. Creo que lo mejor es comenzar por aquella pesadilla. Un hombre vestido de gris de pie junto a mi cama; me pide que lo acompañe y señala la puerta de mi habitación. Ésta se abre emitiendo crujidos lúgubres, casi gimiendo como un moribundo. Al pasar frente a la vieja alcoba de mis padres, veo un resplandor verde en el antiguo espejo que cuelga en la pared. No puedo reparar mucho en ello porque el anciano (ahora podía ver que era un anciano) me toma del brazo con fuerza y apresura el paso escaleras abajo.
Apenas tomo mi abrigo y ya estamos saliendo de la casa. Al llegar a la reja al otro extremo del patio, mis llaves caen al piso y yo me inclino a buscarlas. Todo entonces se vuelve confuso: El resplandor verde, el anciano gritando, el enorme estallido y luego la obscuridad.
Esta pesadilla fue el motivo que me hizo deshacerme de mi escopeta. El estruendo producido en mi sueño era en tal forma estremecedor que comencé a sentir pánico con cualquier ruido fuerte. La lluvia sobre el tejado de lámina de la cochera, los relámpagos, el ladrido de un perro, el lamento de los malditos goznes de mi puerta que ningún lubricante hacía callar. Estaba muy alterado, pero creo que lo peor era conducir. El ruido del motor, las bocinas, las luces verdes en cada semáforo. Tenía tanto miedo de encenderlo... Terminé deshaciéndome del auto y la escopeta. Ya nunca cerraba la puerta de mi alcoba. Primera decisión: Sacrifiqué mis únicas defensas que eran mi escopeta y la vieja puerta de roble inglés, así como mi único escape. Gané el deshacerme de los ruidos y las luces verdes. Alfil por peón, caballo por alfil; caballo por caballo, dama por caballo.
Por aquellos días conocí a Lorena, como ya dije antes, no sé el orden exacto en que las cosas pasaron, después de todo han pasado ya cinco largos años. Allí estaba, con su cabello tan negro, sus ojos profundos y su hermosa sonrisa. Tenía la piel morena y la silueta de un gamo, era una rosa en medio de aquel breñal en el que me había encerrado.
Llegó a mi vida a principios de enero, como si me hubiera sido enviada desde alguna mano divina. Llamó a mi puerta pero no respondió nadie (con el correr de los días incluso desconecté la campanilla de la puerta). Fue sin embargo la gran coincidencia que llegaba Doña Aurora, mi ama de llaves y le permitió pasar.
Cuando Doña Aurora me dijo sonriente que tenía visita casi quise tirarle sus amarillentos dientes de un golpe. No estaba en condiciones de recibir visitas, aún así me acerqué a la sala para disculparme yo mismo. Sólo verla me trajo una enorme melancolía: Una lágrima corría por su mejilla, sus manos juntas sobre sus hermosas piernas, la mirada perdida en la obscuridad de la chimenea que estaba totalmente apagada.
Hola, ¿puedo servirte en algo?
¡Ah! Hola, me llamo Lorena -dijo sonriendo mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo- Tu hermana Carmen me envió contigo. En verdad tengo problemas para encontrar trabajo. No sé si he hecho lo correcto en venir sin conocerte, pero Carmen dijo que en tu despacho a veces necesitan a alguien y...No pudo seguir, yo la miraba secamente y ella comenzaba a llorar de nuevo.
Pareces triste -dije de manera distraída, era más que obvio que la chica estaba destrozada- ¿Estás bien?
Lo siento, creo que no debí haber venido, lo mejor será que me vaya a casa.Guardó su pañuelo en el bolso y se levantó. Yo me levanté tras ella y la tomé por el hombro. Forcé una sonrisa y dije:
Lo siento, no he dormido bien últimamente. En verdad he estado pensando en dejar el despacho y abrir uno propio aquí en casa. Como quiera necesitaré ayuda aquí. ¡Yo sólo no podría encontrar mi cabeza si no estuviera pegada a mis hombros! ¿Qué dices, te interesa?
Sonrió, esa sonrisa podía iluminar la ciudad de noche. Me abrazó y me agradeció efusivamente. Desde entonces ella comenzó a trabajar como mi secretaria. En realidad yo ya había pensado en esos últimos días renunciar al despacho, pero lo de abrir uno por mi cuenta salió de golpe. No estaba listo para volver a los tribunales a pelear como un perro. Necesitaba vacaciones y ni por un minuto habría pensado en hacer toda aquella locura si no hubiese sido por Lorena.
Los días siguientes fueron un sueño de opio. No podía encontrarme a mí mismo en el espacio. Su sonrisa, su voz, su dulzura e incluso sus lágrimas llenaban todo. Sabía desde la primera vez que la vi que era inevitable enamorarme de ella, pero no tenía la menor idea de lo mucho que podía llegar a necesitarla. Desde que Lorena apareció en mi vida la pesadilla se borraba por completo de mi mente todos los días de ocho a seis (a veces más si la convencía de que me acompañara a cenar), hasta llegué a pensar que aquello se asemejaba bastante a la felicidad.
Sólo dos semanas después la convencí de que se casara conmigo, la necesitaba conmigo tiempo completo. Lo más sorprendente es que haya aceptado.
Perdí de vista todo, los problemas, los amigos, la pesadilla, todo. No es que hubieran desaparecido, simplemente ya no los veía. Segunda decisión: Gané a Lorena y su sonrisa, pero gané más que eso, gané además un gran talón de Aquiles.
Conforme terminó Enero las cosas no podían mejorar más: El nuevo despacho comenzaba a trabajar de maravilla y tenía ya un par de casos importantes; la pesadilla era apenas un recuerdo borroso y los ruidos ya no me molestaban, incluso estaba pensando en comprar un auto nuevo; lo mejor de todo era Lorena, ella era simplemente maravillosa. Nos casaríamos el 14 de Febrero, Día de los Enamorados. Aún cuando las cosas iban demasiado rápido, a ninguno de nosotros parecía importarle un bledo, es más, parecíamos tener prisa para amarnos. No podíamos esperar al día siguiente para vernos, aunque ella no lo expresaba tanto como yo sé que era cierto. Ya lo verás princesa, para cuando llegue Marzo, tú y yo estaremos en el paraíso, juntos. Lo dije el día que nos comprometimos con la convicción que da la certidumbre.
Pero Febrero tenía mente propia, no era un mes, era un monstruo con las fauces abiertas que no estaba dispuesto a dejarme libre. Fue precisamente el primero de Febrero cuando llegó Lorena a casa a las once de la noche. Estaba mojada como si afuera hiciese una enorme tormenta y lloraba. Si su sonrisa era radiante, el llanto de esa noche era capaz de ahogar mi alma. Sus ojos se veían tan tristes y su abrazo era tan desesperado que yo no sabía que hacer. Lo único que sabía era que sentir. Era como si toda mi vida hubiese estado listo para odiar a todo lo que pudiera hacerla llorar de esa manera.
¿Qué pasa? ¿Por qué lloras de esa manera? Lorena por favor, me estás asustando...
Tuve una pesadilla... ¡Fue terrible!En ese momento sentí un golpe sordo en la espalda, podía ver mi pesadilla de nuevo tan real y tan cercana como el día en que sucedió. Lorena temblaba en mis brazos y no volvió a decir una sola palabra en toda la noche, aunque a veces sus labios se movían un poco y me parecía entender no podías hacer nada, era imposible. Esa misma noche volvieron las pesadillas para mí. El viejo del traje gris parado junto a mi cama, yo estaba muy angustiado, sabía lo que pasaría enseguida, la puerta se abriría el viejo y yo saldríamos, el resplandor verde, el viejo gritando y el estallido... Pero la puerta ya estaba abierta, yo ya nunca la cerraba. El viejo no me llevó afuera, sino a la sala de la casa, donde habían muchas flores y un ataúd en el centro. Yo esperaba aterrado ver a Lorena dentro, pero era el viejo quien estaba allí. Ya está perdido, sálvala a ella dijo el viejo llorando. Y desperté más furioso que nunca, ella no iba a morir, nadie se le acercaría.
Lorena despertó más tranquila pero yo estaba como loco. No dejaba que nadie se le acercara, estaba con ella todo el día y no dormía más de tres horas al día. Aún así ella se aferró a la idea de la boda. Su salud comenzó a decaer pero yo no lo notaba, para mí seguía tan hermosa como el día en que la ví por primera vez. Tercera decisión: Todo por ella. Dama por peón, jaque.
Ella comenzó a hablar en tono de despedida. Aunque sólo le importaba la boda en apariencia, la melancolía se colaba entre sus palabras y de vez en cuando un nunca te reproches nada, no es tu culpa. Pero no dejaba caer su ánimo para que yo no sufriera. Los doctores no hallaban nada malo, su madre decía que era algo nervioso, que a ella le pasó algo parecido antes de casarse. Yo lo dudaba, las pocas horas que dormía sólo veía llorar al viejo del traje gris. No sabía si lloraba por mí o por ella. Sentía que moriría yo primero.
El día de la boda me enteré que me había arruinado. No me quedaba ni un centavo y había abandonado los pocos casos que había conseguido. Ya poco me importaba. Lo único molesto fue tener que escuchar el timbre del teléfono.
Lorena apenas pudo levantarse de la cama y durante la misa se desmayó. Yo la tomé en mis brazos. Abrió los ojos y me sonrió. Murió en ese momento y una parte de mí murió con ella.
Los días se volvieron insoportables. Las noches no eran mucho mejores, ya no podía con las pesadillas y la mirada de reproche del viejo. Por fin el veinticuatro por la madrugada me levanté de la cama y decidí salir a la calle a buscar el resplandor verde y el estallido. Caminé hacia la puerta y la encontré cerrada, al pasar por la alcoba de mis viejos vi en el espejo un resplandor verde, bajé la escalera y llegué a la puerta, tomé mi abrigo y salí. Al llegar a la reja mis llaves resbalaron de la mano izquierda y cayeron al suelo. Mi sufrimiento era inmenso, esperaba que el gran estallido trajera mi muerte
El ruido de un motor, el auto de mis vecinos con sus faros verdes para niebla parado frente a su puerta, seguramente saldrían. No encuentro las llaves. ¿Las habría dejado en el bolsillo del abrigo? No, cayeron al césped. Aún así las busco y encuentro un cigarrillo. No tengo encendedor. Grito al vecino que debe estar afuera con su auto si no tiene uno. El vecino me mira furioso, deja caer un gran bulto. ¡Qué haces allí estúpido? ¿Cuánto has visto? No vas a delatarme idiota, Abigail lo merecía... Un disparo. Desperté cuatro días después en el hospital, sólo podía mover el cuello. La bala me destrozó la columna vertebral y he quedado condenado a esta casa donde cada febrero la veo entrar por esa puerta, mojada como si lloviera afuera, llorando. Cada año revivo su agonía, el insomnio y su muerte en el elatar y cada año me he parecido un poco más al anciano del traje gris. Para cuando llegue Marzo estaré sólo otra vez...
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