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La tarde del veinticuatro de octubre se presentaba oscura y fría. En otoño, las tardes normalmente eran así. La verdad, es que hacía un día de perros y lo más inteligente era no salir de casa, sino quedarse en ella; si tenías calefacción o estufa, no había ningún problema.Alfonso era de esos jóvenes caseros que raras veces salía de casa, a no ser que su madre le enviara a hacerle algún recado. Pero ese día, el veinticuatro de octubre, Alfonso haría una excepción: saldría a dar un paseo. Al comunicar la noticia, su madre lo tachó de loco, diciéndole:
- Eres al revés del mundo, hijo. ¡Con el frío que hace y tú por la calle! Pero si no habrá ni un alma, hijo. Los días que hace para salir, te encierras en tu habitación y no hay quién te quite del ordenador. ¡Pareces un zombi!
<<¡Pareces un zombi!>>, dijo. Alfonso muy pocas veces oyó a su madre esa palabra. Zombi era lo mismo que muerto viviente. ¡Eso le gustaba! Ojalá pudiera ser uno de ellos.
- Bueno, mamá, ¿pero qué más te da? Sólo voy a dar una vuelta y no tardaré mucho. A veces no te comprendo – refunfuñó Alfonso -, tan pronto quieres que salga, como que me quede en casa. Es que...
- Hijo, es que eres más difícil de tratar – dijo la madre, y añadió -. No sé a quién habrás salido, de verdad.
- Seguro que a ti, no – rió Alfonso.
- Puedes apostar a que no – aclaró su madre, entre risas.
Y entre carcajada y carcajada, Alfonso se fue a la puerta y la cerró tras de sí. Aún desconocía a dónde iría, sus pies le llevarían. Nada más salir del portal de su piso, un viento frío le rozó la nariz haciendo que su cuerpo temblara graciosamente. Se cubrió las manos con sus guantes de lana, se caló una bufanda hasta las orejas, un gorro le tapó el pelo y un abrigo le quitó el gran frío que le recorría por el cuerpo. Ahora sí estaba dispuesto a darse un garbeo.
En el camino se encontró con la poca gente que transitaba a aquellas horas por la fría calle. A los que conocía, los saludaba y a los que desconocía, sólo les miraba. Con las manos enguantadas, Alfonso cruzó la carretera dirigiendo sus pasos hacia los recreativos para echar una partida a la máquina.
Al entrar en la sala, vio a unos pocos chicos que se encontraban jugando al billar, nada más. Nadie había allí más que esos seis chicos y chicas jugando al billar, y él. Introdujo unas monedas en el juego de coches y se dispuso a ganar, por lo menos para eso se gastaba el poco dinero que tenía a mano. Durante veinte minutos estuvo Alfonso pegado a la maquinita de coches, y ganó, por supuesto. Luego se volvió a pegar a otras tres máquinas; así que agotó todo el dinero que tenía. Se marchó de allí, después de haber jugado media hora.
Al salir de la sala, el frío y las nubes oscuras todavía se encontraban en el ambiente y Alfonso no quiso aún irse a casa. Caminó por su barrio tranquilamente y despacio, ya que el frío helador que sentía en todo su ser, le congelaba por entero.
Bueno, aun así, optó por irse un rato al parque. Con cruzar la calle que se encontraba enfrente de la sala de juegos, estaba listo para entrar en aquella zona. En unos segundos llegó a los columpios que había en una parcela natural. Claro que allí no había ni un alma, ni un solo niño.
A Alfonso le daba lo mismo: tenía doce años, pero en el tobogán era igual que un niño de ocho. El tobogán era poco para él; iba y venía con entusiasmo y jugaba en el sube y baja, en el balancín, en el coche de bomberos...
- Menos mal que nadie me mira – dijo aliviado, Alfonso -, porque sino...
En uno de sus divertidos movimientos, vio posado en un banco de madera cercano a donde él se encontraba, una cosa que se asemejaba a una tablilla pequeña. Se levantó del columpio y se dirigió hacia el banco, sin temor y con curiosidad. Allí observó un pequeño libro rojo, sin título alguno y sin señal de ningún autor. Lo recogió y lo miró por encima. Las tapas, el lomo... Al poco lo abrió y descubrió que las primeras hojas estaban en blanco, y que las que seguían a éstas estaban escritas con grandes letras negras.
Las primeras palabras del libro no le decían absolutamente nada: “La tarde del veinticuatro de octubre se presentaba oscura y fría”. Pensó en éstas, pero seguía sin comprenderlas. Tal vez el libro estaba escrito para no entender, sino para leer y nada más. Continuaba así: “En otoño, las tardes normalmente eran así. La verdad es que hacía un día de perros y lo más inteligente era no salir de casa, sino quedarse en ella; si tenías calefacción o estufa, no había ningún problema”.
Hasta el momento no leyó nada anormal; fue lo que descubrió después lo que le puso la carne de gallina. “Alfonso era de esos jóvenes caseros que raras veces salía de casa, a no ser que su madre le enviara a hacerla algún recado. Pero ese día, el veinticuatro de octubre...”
- Hoy es veinticuatro de octubre – se dijo a sí mismo el chaval, algo extrañado y aterrorizado. Que el personaje de la novela se llamara igual que él, no le llamaba la atención; pero la coincidencia del día y el mes... No sabía, le parecía algo anormal.
“... Alfonso haría una excepción: saldría a dar un paseo. Al comunicar la noticia, su madre lo tachó de loco, diciéndole: <<Eres al revés del mundo, hijo. ¡Con el frío que hace y tú por la calle! Pero si no habrá ni un alma, hijo. Los días que hace para salir, te encierras en tu habitación y no hay quién te quite del ordenador. ¡Pareces un zombi!>>”
¡Dios, eso era exactamente lo que le dijo su madre antes de irse! En el fondo de su alma no lo quería creer; su cabeza le decía no, pero todo el cuerpo le temblaba convenciéndole de que lo que tenía apoyado entre sus manos era un libro que relataba toda su vida. Las primeras páginas en blanco eran lo que le había acontecido anteriormente. <<Por eso no hay nada escrito>>, pensó. Todo cuanto hacía se transformaba en palabras, en diabólicas palabras. Él leía sin cesar, ya que no podía desviar la mirada de aquellas hojas. A su cerebro le llegaban imágenes... Se comparó a sí mismo con Jim Carrey en “El show de Truman”, y no le gustó nada. En fin, la única diferencia es que sólo él leía su propia vida.
Entonces eso le nubló todo su ser. ¿Alguien habría visto antes que él aquel libro? Con el mal tiempo que hacía en la calle, supuso que nadie era tan osado como él a salir al aire libre. ¿Quién escribió aquello? Indudablemente debería de haber un escritor que le vigilara noche y día para poder llevar a cabo tan impresionante labor, ¿no creéis? Volvió a hojear el libro y no encontró nombre alguno del autor.
Continuó inmerso en el libro y leyó todo lo referente a los recreativos, las partiditas a las máquinas, la diversión que encontró con los columpios y el tobogán. Llegó hasta el momento en que divisó el ya famoso libro rojo, y los pensamientos que se le ocurrieron acerca de éste. Y ya está, nada más. Efectivamente, a partir del encuentro con el libro, las hojas se volvían claramente blancas. Agarró todo el taco de hojas restantes y las pasó rápidamente para averiguar si se había escrito algo más de él; pero no.
- Mi destino aún no está escrito – comentó con incertidumbre, Alfonso -. A lo mejor yo mismo soy el único capaz de cambiar mi vida. Nadie más que yo tengo que elegir cómo vivirla y cómo sentirla. – Frotó suavemente las tapas, diciendo -: Me lo llevaré a casa y marcaré mi destino.
Cogió el libro y lo escondió dentro de su abrigo evitando que nada de él sobresaliera. Entonces respiró aliviado y se fue a su casa tranquilamente. Cruzó la carretera para la salida y a la vez entrada del parque; caminó enfrente de la sala de juegos o recreativos (como la llaméis vosotros); saludó más o menos a las mismas personas con las que se encontró anteriormente; abrió la puerta de portal para su posterior entrada; cogió el ascensor que le llevaría a la segunda planta; llamó a la puerta y su hermana pequeña, Raquel le abrió.
- Ya pensábamos que te habían raptado o algo así – dijo.
- Pues ya ves que no, sister – le dijo Alfonso cariñosamente. Él siempre llamaba a su hermana “sister”, ya que, como sabéis, esta palabra significa hermana en inglés.
- ¡Lástima que mi deseo no se haya cumplido! – siseó su hermana entre dientes.
- No creo que se te arregle el asunto... – dijo Alfonso sarcástico -. Oye, di a mamá que me voy a mi cuarto. Cuándo esté la cena ya lista, me avisas ¿vale?
La hermana pataleó como si se tratara de un bebé. Le dijo a Alfonso que le tocaba a él poner la mesa, porque ella ya lo había hecho la semana anterior. Al muchacho no le pareció muy buena idea lo que su “sister” Raquel le decía, eso le quitaría un tiempo para volver a hojear ese libro. Tuvo que resignarse; ella se ponía pesadísima y le decía que ya le había <<salvado el trasero varias veces>>. Accedió, y seguidamente se dirigió a su cuarto y cerró la puerta con el cerrojo. En fin, se tumbó en la cama boca abajo y abrió por segunda vez el pequeño libro rojo que tantos quebraderos de cabeza le daba. Las primeras páginas no habían cambiado nada, así que no las volvió a leer. Pasó las hojas que ya había leído y se centró en aquéllas que aún estaban en blanco.
Cuál fue su sorpresa al observar que las páginas que en el parque estaban sin escribir, ahora tenían montones de letras, de líneas, de párrafos... Dedujo que contaban lo que había hablado con su hermana, entre otras más cosas. Así era, según pudo comprobar. Total, que estuvo centrado en el libro durante una media hora aproximadamente; después de esos treinta minutos, tuvo que poner la mesa y cenar. Tardaron en terminar de cenar los tres (digo los tres, ya que en casa sólo vivían Alfonso, su hermana y su madre; el cabeza de familia murió hace diez años) y fue otra vez Alfonso el que tuvo que quitar la mesa. Le quedaban por delante otros seis días de trabajo casero. Fue al cuarto de baño para lavarse los dientes antes de irse a dormir, porque al día siguiente tenía que ir al instituto.
Le costó dormirse, ya que no dejaba de pensar en le dichoso libro rojo. Se destapó y miró de reojo el libro que dejó en la mesilla de noche.
- Lo haré o no lo haré – dijo -. Mejor que lo deje cómo está, no sea que pase algo de lo que me pueda arrepentir. Si el libro está así será por algo, no por gusto, creo yo. – Volvió a mirar de soslayo el libro y otra vez aquellos pensamientos atroces le invadieron la mente. Se levantó muy lentamente y se dirigió a la mesita dispuesto a cometer aquel acto -. ¡Debo hacerlo, tengo que hacerlo!
Agarró el libro bruscamente, sosteniéndolo en sus delgados dedos y apretándolo con éstos lo más fuerte que podía. Si lo hubierais visto, os habría parecido que lo que Alfonso intentaba hacer, era romper el libro en pedazos como si de un terrón de arena se tratase. Lo abrió por las primeras páginas, las que estaban en blanco, e intentó desgarrar aquéllas con una rabia que desde un principio se contuvo. ¡Pero nada! ¡No ocurrió nada! Tan pronto como el muchacho logró separar la nítida hoja del lomo, ésta volvió a reaparecer misteriosamente. ¡Dios, se quedó asombradísimo! Eso era realmente algo atroz.
Veréis, la cuestión era que Alfonso no podía romper su vida, no podía romper con su pasado, con lo ya vivido. ¿Imagináis qué hubiera pasado si el chico lograra romper las hojas en blanco, sin que éstas no volvieran a reaparecer? Espero que no lo penséis, porque sería horrible que a vosotros os pasara lo mismo. Como intuyo que sentís curiosidad, os lo explicaré: si Alfonso rompiera aquellas páginas que estaban sin escribir, entonces él rompería su pasado, como ya he dicho. En esos instantes el muchacho se encontraba en su habitación, pero al romper las hojas, desaparecería del mapa, se esfumaría... ¡moriría! Las hojas del libro eran su vida, por lo que no podía evadir el pasado, ni cambiarlo. Si no podía romper el pasado, al menos podría cambiarlo. ¡Pero no, no lo haría! ¡Era totalmente imposible! Lo más inteligente era resignarse a su destino. ¿Era posible que en un libro estuviera escrito tu destino? Lo era, y Alfonso lo sabía perfectamente: ¡tenía el destino en sus propias manos! El muchacho se rindió. La fuerza del libro era más fuerte que su propia fuerza. Posó el pequeño libro rojo dónde estaba anteriormente, y se durmió.
El molesto ruido del despertador hizo sobresaltar a Alfonso que se encontraba en el más profundo de los sueños; estiró la mano para apagarlo, y el ruido cesó de oírse. Bueno, un martes más de cautiverio en el instituto. Alfonso le llamaba el campo de concentración: todo el recinto estaba vallado y, en cuanto entraban todos a clase a las ocho y veinte de la mañana, se cerraban las puertas que rodeaban el instituto, hasta que todas las clases terminaran. Eso era a las dos y veinticinco...
El chico hizo lo rutinario de entre semana en cuanto se levantaba: se duchaba, se vestía, desayunaba un buen tazón de leche con tostadas de pan de molde untadas con mantequilla, se lavaba los dientes y todo lo demás, y aún hasta le sobraba tiempo para ver un ratito la tele. El autobús no llegaba hasta las ocho y cinco, más o menos. Su hermana Raquel iba con él al instituto, pero ella no iba en el transporte escolar, sino que la llevaba la madre, ya que la cogía de paso hacia su trabajo. La madre de Alfonso y Raquel trabajaba en un supermercado; desde que su marido falleció, hubo de sacar a sus hijos adelante ella sola. ¡Constituía un gran mérito! Bueno, no voy a contaros todo lo que hace la familia de Alfonso durante las mañanas. Iré directamente al grano, porque lo que le aconteció a Alfonso en aquel día de clase, es algo que merece ser leído por vosotros.
En fin, Alfonso entró a clase como cualquier otro martes. Las dos primeras asignaturas, inglés e historia, se le pasaron amenamente y sin ningún tipo de incidente ni contratiempo. Después de estas dos clases, había recreo. Alfonso no salía a la pista en donde jugaban algunos chicos y chicas, ni tampoco se encerraba en la biblioteca ni en la cafetería: pasaba de todo eso. Lo que él prefería era sentarse en las escaleras del pasillo con su mejor amigo, David. Su colega era un año mayor que él, el diez de marzo haría diecinueve años. Mientras, Alfonso tenía actualmente dieciocho y cumpliría los diecinueve el veintisiete de julio. Como iba diciendo, era la hora del recreo (media hora gozaban los alumnos de entera libertad alejados de sus profesores) y Alfonso y Davidman –tal era el nombre que le daba Alfonso a su amigo- estaban sentados en las escaleras. Hablaban de lo que más molaba en aquellos días; ya sabéis: películas, chicas, motos y coches, ¡porros! Sí, porros. David los fumaba, pero Alfonso, no; ni siquiera fumaba cigarros, así que... En ésas estaban, cuando Alfonso le confesó a su amigo (por encima, claro está) el tema del pequeño libro rojo que se había encontrado en el parque ayer por la tarde. En un principio, David pasó de lo que le decían; pero poco a poco, la conversación se fue haciendo interesante. Hablaron de ello, aunque David se mostró un poquito escéptico, y no quería creer nada.
- ¡Te lo digo totalmente en serio, Davidman! – le explicó Alfonso a su incrédulo amigo – Fue ayer mismito cuando estaba en el parque y me encontré aquel libro rojo posado en un banco. Cuando realmente me di cuenta de lo que contenía, yo mismo me horroricé; ¡menudas palabras, tío!
- ¡Ya, menudas palabras! Oye, acaso no tendrás alguna enfermedad hereditaria ¿no? – rió Davidman - ¿O es contagiosa? Mira, Fonso – y así era cómo llamaba David a su amigo -, no me lo creo. ¿Me estás diciendo que tienes un libro que escribe misteriosamente todo lo que te ocurre al cabo del día?
Alfonso asintió con la cabeza. David no lo terminó de creer y pidió pruebas, pruebas que demostrasen que Alfonso no mentía bellacamente. El que poseía el libro se las iba a dar. Le demostraría que él no mentía. Quiso que David prometiese que todo lo que viera quedaría en un secreto de colegas, sólo de colegas.
- No se tiene que enterar nadie más. Ni siquiera la cotilla de tu hermana, ya sabes que lo va cascando todo por ahí a la mínima ocasión que se la diga algo. Ah, y prométeme que no te reirás de aquello que leas en el libro.
- Sigo pensando que no me lo creo, así que con un dolor profundo en mi corazón – dijo burlonamente, David, apoyando la mano en la parte izquierda de su pecho -, prometo no contar absolutamente a nadie, nada sobre lo que vea u oiga; si así lo hiciera, me fumaré continuamente siete porros sin parar.
- Davidman, tío, que no cuela. Ya sabes que no te pasa nada porque fumes siete porros, ¡ni con cuarenta te colocas! Y ya no hablemos de emborracharte... Bueno, ¿puedo confiar en ti?
- Claro que sí. Fonso, pero lo que me has contado es un chollo. Lo que tienes es como una especie de diario, sólo que no eres tú el que lo escribes. ¿Has pensado que podrías ser el próximo Jim Carrey? – y dijo, carraspeando - ¡El protagonista de la segunda parte de “El show de Truman” será Alfonso García!
- No creas que no he pensado en esa película... También me ha recordado a Gran Hermano y a un libro que leí cuando era un poco más pequeño: La Historia Interminable. He tenido tanto miedo al pensar que tenía aquel libraco del parque en mi propia habitación, que casi me vuelvo loco. Tío, entre los dos tenemos que encontrar la manera de deshacernos de eso. Y no creas que no lo he intentado: anoche mismo, estuve a punto de arrancar las primeras hojas que estaban en blanco. Pero esas hojas eran mi pasado y no podía hacerlo, una fuerza me decía y evitaba que no lo hiciera. No creo en las maldiciones ni nada por el estilo.
- Pues deberías empezar a creer, o estarás perdido sin remedio – le dijo David, muy cortante.
Los treinta minutos del recreo pasaron, y era el momento de ir a clase. No escribiré nada más acerca de cómo les fue a Alfonso y a David en el instituto. Creo que ya os lo imaginaréis vosotros mismos qué tal les fue.
Alfonso llegó un poco cansado del instituto, por lo que se sentó a la mesa a comer y luego se tumbó en el sofá del salón a dormir la siesta un rato; por un momento pensó en irse a su habitación, pero el libro que allí se encontraba le quitaba las ganas de descansar allí. Durmió más bien poco. A la hora y media llamaron al telefonillo del portal y Alfonso se levantó medio adormilado y contestó:
- ¿Quién es? – Una voz clara le contestó que era Davidman. El zombi de Alfonso, como le decía su madre, pulsó el interruptor para abrirle. Al cabo de unos segundos, David llamó a la puerta de casa; pero Alfonso tardó también unos pocos segundos en abrirle, ya que se encontraba en el cuarto de baño peinándose y lavándose la cara para quitarse la modorra que tenía encima.
David entró en casa de Alfonso con un cigarro en la mano. En casa de éste no fumaba nadie, por lo que Alfonso le dijo a David que fuera a la ventana del baño a terminarlo; lo que pasaba era que el cuarto de baño daba al callejón de atrás. Nadie de la calle vería a David fumar, por lo que ninguna vecina cotilla contaría a la madre de Alfonso que habían visto a un chaval extraño en su casa fumando. Terminado el cigarro, David se dirigió a la habitación de Alfonso. Por supuesto, el propietario del volumen iba detrás del interesado, ya que Alfonso terminó por tener miedo de aquel pequeño libro rojo.
Entró David sigilosamente, no por miedo, sino para dar asunto a la cosa. La habitación estaba oscura: la madre de Alfonso bajó la persiana antes de irse a trabajar, y su hijo, al llegar del instituto, no entró adentro ni para dejar la mochila. Bueno, David sí que pasó hasta el fondo y abrió la persiana, logrando que se oyera un singular ruido que hacía unos efectos sonoros en consonancia con el hecho que estaba a punto de producirse. Allí, en la mesilla que se encontraba al lado de la cama de Alfonso, había un libro rojo de un tamaño pequeño. David le dijo a Alfonso:
- En esto estabas en lo cierto: el libro existe.
- Claro que existe, tío. ¿Alguna vez te he mentido? – David le miró de reojo – Está bien, un par de veces, pero ninguna más. ¿Qué vas a hacer ahora?
- Pues abrir el libro, ¿no? Tengo curiosidad por leer lo que pone. ¿A ti no?
- No, gracias, yo ya sé lo que hay escrito. No me gusta nada. Mira haber si dice algo de ti.
David abrió el libro. Vio que las cuatro primeras hojas estaban en blanco y que el resto sí que estaban escritas. Leyó todo lo referente a cuándo Alfonso encontró el libro en el parque; lo que se le pasó por la cabeza en aquellos momentos; lo que ocurrió con su hermana al llegar a casa; lo que habló con el mismo David en las escaleras del instituto. ¡En fin, todo!
- Veo que sí habla de mí. ¡Esto no será un truco tuyo! – Aún desconfiaba.
- No, por supuesto que no, Davidman. Eres mi amigo. Tú serías el último al que yo mentiría. Además, ¿ves que el libro no está escrito con mi letra? Que por cierto, no me había fijado... Es un tipo de escritura un poco extraña, ¿no crees? – exclamó Alfonso, mirando y examinando cada palabra – Parece antigua. ¿Quién demonios escribe de esta manera en los tiempos que corren? De esta manera escribían los monjes de la Edad Media, pero los de ahora, no. Los de hoy en día ya están informatizados..., eso creo.
- Pues no sé, pero está claro que tú no lo has escrito. ¡Eso salta a la vista!
- ¡Anda, claro que no!
En esos momentos, ocurrió algo increíble... Los atónitos muchachos presenciaron ante sus propias narices, un hecho que hubo de cambiar por completo sus inexistentes vidas. ¡El libro repetía lo que ellos hacían! Bueno, en realidad no; lo que aquel volumen hacía, era escribir, sin ningún tipo de bolígrafo o lápiz, lo que Alfonso y David hacían o decían en aquellos instantes. En fin, ¿podríais imaginaros tal cosa? Pensad por unos momentos, que tenéis frente a vosotros un libro que escribe misteriosamente todo, completamente todo lo que vivís; podría ser genial, pero a la vez podría perjudicaros. Pensadlo seriamente...
Total, que lo que ocurrió después de que aquel endemoniado libro escribiera solo, solamente pueden contarlo los protagonistas. Escuchadles:
- ¡Menos mal que arrojamos el libro al camión de la basura! – dijo, Alfonso, aún aterrorizado.
- Sí, menos mal. Te juro que estaba a punto de volverme loco... ¿Crees que nos hemos librado de él para siempre? – preguntó no más asustado, David.
- Uff, espero que sí, Davidman. – Y comentó después, un poquito más tranquilo -. ¿Sabes lo que nos vendría bien ahora mismo?
- No, ¿el qué?
- Pues una buena dosis de películas de terror
David se quedó mudo de espanto. No supo cómo reaccionar. Le preguntó a Alfonso: <<¿Todavía quieres pasar miedo?>> A lo que Alfonso contestó: <<Bueno, no hay mejor manera de quitarse el miedo del cuerpo, que enfrentarse al miedo. ¿Y qué mejor que el miedo, que una sesión de terror?>> David reflexionó, y accedió; vieron “El exorcista”. En el transcurso de la película, comentaron los incidentes que pasaron cuando tenían el libro en su posesión:
- Ahora que las páginas reveladoras del libro han sido trituradas por el camión de la basura, podemos darnos por satisfechos y aliviados.
- ¡Ya lo creo, Davidman! Recordaré no coger nada que no me pertenece, y menos si me lo encuentro por la calle... ¿Tú crees que en el fondo nos habría beneficiado estar en posesión de aquel libro? – David no contestó. – Yo pienso que no; tarde o temprano, a alguno le habría pasado algo... No quiero imaginarme lo que le habría ocurrido a mi hermana Raquel, o a mi madre... – David seguía absorto, con los ojos fijos, mirando la película – El mundo está lleno de cosas extrañas y sobrenaturales. Mira, ahora mismo estamos viendo “El exorcista”, y sé que existen las posesiones demoníacas, pero dudo que me pase a mí. O los vampiros, los hombres lobo, las brujas, y todas esas cosas. – En aquel instante, la niña de la película, vomitó una pasta viscosa y verde. – Como si el libro pudiera hacernos algún mal; sólo escribía lo que nos pasaba, nada más. En fin, me alegro no tener cosas de esas en mi habitación. ¿Y tú qué dices, Davidman?
David giró entonces la cabeza, y un rostro asqueroso y demacrado reveló a Alfonso que su amigo no era lo que siempre fue. Unas huesudas y viscosas manos le agarraron el cuello, e intentaron estrangularle. ¡David se había vuelto completamente loco! <<¡Tú, puto cabrón! ¡Tú, puto cabrón, me has matado! ¡Me has matado! ¿Por qué, por qué?>> Alfonso intento soltarse de aquellas tenazas humanas, en un vano esfuerzo por no asfixiarse y perder el conocimiento. ¡No tenía que dejarse vencer, no debía dejarse vencer! Si David conseguía ahogar a Alfonso, sólo Dios sabe lo que le haría después: tal vez le rajaría el cuello, o le descuartizaría, o le arrancaría el corazón. Mientras tanto, David seguía apretando fuertemente el cuello de Alfonso. Solamente había una salida, una posible salida. Cogió el mando del vídeo, después de unos esfuerzos sobrenaturales, y golpeó la nuca del monstruo de su amigo David. Éste cayó en el sofá; se había desmayado por el golpe. No había sido muy fuerte, pero Alfonso comprobó, que la mutación que sufrió David, convirtió su piel en algo más blando; igualito que los vampiros.
Antes de que Alfonso pudiera salir huyendo, David se levantó del sofá y se dirigió hacia donde estaba su amigo. Entonces, si Alfonso no hubiera hecho lo que hizo, entonces el monstruo habría acabado con él en un instante. Fue corriendo hasta la cocina; tiró al suelo una de las seis sillas que estaban alrededor de la mesa; abrió el cajón de los cubiertos y sacó la pequeña hacha que su madre utilizaba para partir la carne cruda. Se ensañó con la silla, y así consiguió partir dos de sus patas. Con aquello en mano, Alfonso fue derecho al salón para matar a David. Caminó prudentemente por el pasillo para no caer otra vez en manos de la bestia. Asomó la cabeza por el marco de la puerta, y allí estaba: David tumbado en el sofá boca arriba, suplicando clemencia:
- Fonso..., amigo, ¿qué vas a hacer? Alfonso, que soy yo, Davidman. Siento lo de antes, no sé lo que me pasó por la cabeza; supongo que el libro me devoró por dentro. Mi cuerpo se sintió dominado por él, sólo por él. ¿Crees que yo te haría daño? No, nunca te haría daño. ¡Eres mi amigo, mi mejor amigo! Hablemos...
- ¿Pero que te ocurrió, Davidman? Me has dado un susto...
- Lo siento. ¡Ven, ayúdame! ¡Sólo tú puedes ayudarme!
Alfonso bajó la retaguardia y posó en el sofá las estacas de la silla. Se acercó a su amigo y se sentó junto a él. Hablaron durante unos cinco minutos, y...
- Ven, abracémonos.
Pero fue aquel fatídico abrazo, lo que hizo que David aprovechara tal ocasión para intentar girar bruscamente el cuello de Alfonso, causándole la muerte. Alfonso fue mucho más rápido que David, e intentó alcanzar las estacas para clavárselas en el corazón o en cualquier otra parte. Muchos esfuerzos tuvo que hacer el muchacho para alcanzar tales maderas; David le agarraba las piernas, intentando atraer su cuello hacia él para que muriera. La fuerza de David, era mucho mayor que la de Alfonso, por lo que fue demasiado difícil que el chico cogiera las estacas. A punto estuvo de hacerlo, pero no lo consiguió: David consiguió arrastrarle hasta él, agarró su cabeza hacia sus colmillos... En un último intento, la víctima logró desengancharse de los brazos de David. Se fue corriendo hasta la lámpara de pie, que estaba encendida, y la alzó en el aire, como si estuviera blandiendo una espada. Ahora, todas sus fuerzas se concentraron en impulsar aquella lámpara a la cabeza de David; ¡la bombilla se incrustó en su cabeza! Saltaron chispas de aquella bombilla; la electricidad recorrió toda la lámpara. Alfonso estuvo a tiempo de retirar sus dos manos de ella, por lo que no consiguió electrocutarse como David. En un último esfuerzo, Alfonso atravesó el corazón con una de las patas de la silla. Para rematar la faena, por miedo a que la bestia volviera a vivir, le arrancó la cabeza.
Eso fue lo que hizo Alfonso para matar al monstruo de David. La bestia, por su parte, se consumió ella misma por las llamas. Tal vez fueran aquéllas, las llamas del infierno...
Como casi todas las historias de terror, ésta acaba felizmente. Bueno, aunque ocurrió algo que a Alfonso le marcó de por vida: fue ingresado en un centro psiquiátrico. Contó su horripilante historia a todos los que la querían oír. Nadie creía nada, y Alfonso lo sabía, pero aún así, él lo relataba una y otra vez. Los padres de David, denunciaron a Alfonso por asesinato. En casa de Alfonso, jamás encontraron resto alguno de David, sólo los destrozos que ocasionó la matanza. Hubo un juicio, y los padres de la víctima ganaron, recibiendo como indemnización todos los bienes que la madre de Alfonso poseía. Ésta y su hija se quedaron totalmente en la calle; sobrevivieron gracias a la caridad de los dueños de un hospicio. Solamente ellos los acogieron, ya que nadie de la ciudad quiso dar cobijo a los familiares de un asesino.
En fin, Alfonso se encontraba en un centro psiquiátrico, como ya he dicho. Allí seguía contando orgulloso su más conocida proeza, sin importarle que le creyeran un mentiroso. Él sabía que era verdad... El día de su diecinueve cumpleaños, los médicos del centro le regalaron un pequeño libro rojo. ¡Esa misma noche, Alfonso se suicidó ahorcándose con las sábanas de su cama!
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Kruela
Al margen de los gazapos [que se pueden solventar en una reescritura del autor]
1.- (Alfonso tiene 12 años cuando está en el parque y cuando nos hablan de su amigo David, un año mayor, éste resulta que está a punto de cumplir ya diecinueve... por algo me extrañó que un niño de 12 años fuera al instituto...)
2.- (Alfonso rompe una página de su pasado que inmediatamente reaparece, y luego cuando le cuenta a su amigo lo del libro le confiesa que no pudo arrancar ninguna página. Dice "estuve a punto"... "pero no pude")
...la verdad es que el relato está muy curioso, mantiene la atención del lector, y eso es bueno. La historia me parece original (si he de quejarme de algo es de que en su locura se vuelvan ¿vampiros? eso no me cuadra, pero el resto me parece muy entretenido).Lisbeth (Cd. México)
El tema del cuento está bueno, pero el desarrollo del mismo me desilusionó un poco. Además, al principio de la historia dice que el personaje principal (Alfonso) tiene 12 años, y luego, dice que tiene 18.
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