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Alguien te observa desde el otro lado de la puerta entreabierta. ¿No oyes su respiración? ¿No sientes su presencia? Estás de espaldas a él, sentado frente al escritorio, escribiendo. Te dejas la vida en tu diario.Se mueve. Se acerca. ¿No oyes sus pasos? Sí, has creído escuchar algo. Dejas de escribir. Tu respiración se vuelve más rápida, se entrecorta por momentos. Una gota de sudor baja por tu sien y se instala en la barbilla. Alguien se acerca, y tú lo sabes. Tu cerebro te regala un momento de valentía y lo aprovechas. Te giras: no hay nadie. Suspiras. Sonríes, negando con la cabeza: “demasiado tiempo solo”. Acercas la silla al escritorio. Te relajas en tu asiento. ¡Error! ¡Horror! Alguien te agarra por la frente y estira tu cabeza hacia atrás. Vislumbras el brillo del machete que pasa cerca de tus ojos. Intentas resistirte, pero el afilado acero se clava en tu carne y recorre tu garganta. Notas cómo te destroza la tráquea, cruje. Sueltas un grito ahogado, gutural. Te llevas la manos a la herida. La sangre emana con violencia, empapando con gran rapidez tus manos y tus antebrazos. Pierdes las fuerzas de inmediato. Te orinas. Tu agresor te empuja hacia un lado y caes al suelo. Sólo te quedan cinco minutos de vida.
Abres los ojos. Te encuentras dentro de una bañera, encogido como un muñeco de trapo. Estás helado, tan frío como un muerto. Tan frío como el cadáver de tu madre, después de hallarla tirada con la cabeza abierta. Tan frío como la ramera que te parió, después de haber estado velándola seis días, mientras las moscas visitaban su cuerpo. Te quieres levantar y no puedes, porque estás muerto.
Alguien ha entrado en el cuarto de baño. Se acerca hasta ti. Se inclina sobre tu cara. Lo reconoces. Es tu propio hermano, tu hermano gemelo. Te está mirando, te sonríe y te besa en la frente. “Mira lo que traigo”, dice canturreando, mostrándote un cuchillo de carnicero y un tablero de madera. Deposita los utensilios en el lavabo. Abre el grifo del agua caliente de la bañera y, con la ducha, empieza a limpiar la sangre de tu cuerpo. El vapor asciende al techo desde cada poro de tu piel. Lógicamente, el agua no te quema.
Ahora te recorre con la mirada, aprueba con la cabeza y cierra el grifo. Recoge las cosas que dejó en el lavabo. Arroja el tablero sobre tu pecho y te enseña el cuchillo de hoja ancha: “¿Sabes para qué sirve esto?”, te pregunta, cortándose la mejilla con su filo; la sangre brota casi al instante.
Se sienta en el borde de la bañera, te coge la mano derecha y la coloca sobre el tablero que está sobre tu pecho. Se dispone a trocearte como a un insignificante pollo, como a tu insignificante madre. Eleva la hoja sobre su cabeza y la deja caer con potencia, asestando un certero corte en tu muñeca; pero no es suficiente, y golpea de nuevo hasta cercenarte la mano. Tu gemelo huele con pasión su trofeo recién adquirido; se relame y lo lame, chupando después cada uno de tus dedos, que ya no son tuyos.
Después de desmembrarte casi por completo, extraerte el corazón y sorber cada jugo por la vena cava, morder, masticar y saborear tu hígado, tu cabeza es lo único que queda unido al tórax abierto. De manera que tu querido hermano te agarra del pelo y acuchilla con furia tu cuello hasta decapitarte. Te tiene en sus manos, acariciándote el pelo y la cara; hablándote: “¿Sabes?, me voy a zampar tus sesos”. Y cierra tus ojos. Y gritas. Y te despiertas.
Estás sudando, empapado. Acabas de tener otro de esos sueños raros, premonitorios. Ahora no te queda más remedio que adelantarte a tu hermano. Como siempre, esperarás a la noche.
Te mueves despacio. Te acercas a él. Está escribiendo, sobre su escritorio. Se ha girado; no te ha visto por muy poco. Se tranquiliza, se relaja. Es tu momento. Te abalanzas sobre él, lo agarras por la cabeza y lo degollas con tu machete. Lo tiras al suelo. Ahí tirado, puedes verle la cara: este tipo no se te parece en nada. Y, qué gracia, ahora recuerdas que ni siquiera tienes hermano, y mucho menos gemelo. ¿A quién has matado entonces? Bueno, pero eso ya no importa, lo único que te preocupa ahora es llenar tu estómago vacío.
FIN
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Kruela: Lo que me ha gustado de este relato no es la premonición, ni siquiera el asunto gore, sino el vuelco final. ESa repetición de escenas que, en realidad, pertenecen a otra persona que en el sueño fue verdugo y que en la vida real será víctima.
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