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Hola Kruela, de nuevo te escribo para dos cosas, la primera es para agradecer que publicaras mi primera historia, la segunda es para contarte otro relato verídico.
El Infierno no está tan lejos
Este relato se relaciona con el anterior de la Ouija, las velas y las copas, te voy a decir por qué, resulta que mi amiga María (así la llamaremos en razón de que ése es su nombre) se hizo de una tabla Ouija, por supuesto a escondidas y sin permiso de su padre que generalmente llegaba muy tarde del trabajo, lo cual nos permitía reunirnos casi diario. Éramos tres: María, mi amigo Juan (así lo llamaremos en razón de que su nombre real es Procopio y él prefiere que lo llamemos Juan) y yo, de nombre Carlos.
El caso es que los tres nos juntábamos casi a diario con cualquier pretexto, ya que además de amigos éramos vecinos y nos llevábamos muy bien. Pues te cuento, a María y a mí nos gustaba platicar historias de terror de las que nos contaban las abuelas, sobre todo porque a Juan lo alteraban mucho a pesar de que ya era un estudiante de Medicina.
En una de esas reuniones, ya entrada la noche, María sacó la tabla Ouija y nos pusimos a jugarla, la mera verdad es que yo la moví en aquella ocasión para dar respuesta a las preguntas de Juan y María, ya que los dos preguntaron cosas que yo ya sabía, pues ellos me contaban casi todas sus cosas. Esto lo hicimos varias noches, pero una de las últimas ya no movía yo la tablita y empecé a sospechar que Juan y María se estaban desquitando de mis jugadas anteriores, así que para comprobarlo decidimos hacer una pregunta que en verdad ninguno de los tres conociera la respuesta, así que propuse que preguntáramos cuándo moriría Juan. Él se enojó y dijo que mejor dieran la fecha de mi muerte, mientras tanto María se reía de ver que discutíamos como chiquillos. Para no hacerla más larga pedimos mejor una seña y así sabíamos que nadie haría trampa, entonces María y Juan manipularon la tabla y pidieron la señal, pasaron varios minutos y nada. Casi a punto estaba yo de decir algo, cuando de repente se abrió la ventana. No entró nada de corriente de aire y comenzó a incendiarse el tapiz de una silla que estaba colocada en la esquina de la sala, la cual era usada sólo como ornato por lo antigua que era.
Los tres, espantadísimos, salimos de la sala a conseguir un balde de agua para apagar la silla que estaba quemándose, así que la apagamos y nos fuimos a la calle a comentar los sucedido.
Al otro día me telefoneó María, me pidió que fuera a su casa para que revisara su recámara, fui y me di cuenta de que emanaba un olor azufroso que iba en aumento conforme pasaban los días.
Por fin llegó el día en que ella no quería esta sola, su padre había salido de viaje por cuestiones de trabajo, y ella nos pidió a Juan y a mí que pasáramos juntos las siguientes dos noches mientras regresaba su padre. Nosotros accedimos y la primera noche casi no dormimos por ese olor tan penetrante a azufre pero el cansancio te hace olvidar olores y todo. Para la segunda noche teníamos abierta de par en par la ventana, puesto un ventilador y aún así el olor era insoportable. Como no podíamos dormir nos dio por platicar. Quiero aclarar que esa noche Juan estaba más nervioso que de costumbre y nos pidió que no habláramos de temas de terror o de muertos.
Como a eso de las cuatro de la mañana nos despertó un ruido ensordecedor, la casa estaba como cayéndose, bueno eso creímos y nos paramos como, bueno rapidísimo, para saber qué es lo que sucedía. La recámara estaba bien, y revisamos toda la casa, aparentemente nada, de repente María dijo:
- Acompáñenme a los cuartos de atrás.
Fuimos con ella, abrimos el primero y encontramos un hoyo como de dos metros de profundidad y un metro de diámetro, salía humo y luz de él, no lo vas a creer, pero el maricón de Juan se desmayó, lo tuvimos que arrastrar hasta la sala que era lo más cercano y sin despertar pero muy claramente repitió:- El infierno no está tan lejos.
Esto lo hizo un par de veces, me armé de valor y solo, fui al cuarto, traté de asomarme al hoyo y sólo podía ver una luz tenue pero clara y el humo que seguía saliendo. Le propuse a María que llamáramos a los bomberos. Cuando llegaron fueron hasta ese cuarto, echaron cuanta agua quisieron, se apagó la luz, pero el olor continuaba y les pregunté que a qué se debía ese olor y uno de los bomberos sin voltear nos dijo:
- Puede ser que el infierno no esté tan lejos.Como te imaginarás María y yo quedamos estupefactos. Al otro día ya no había ni humo ni olor, le platicamos todo a su padre que mandó tapar el hoyo, y nos dijo que la silla había pertenecido a una familia que murió asfixiada por un incendio en su casa: SE NOS QUEDÓ MIRANDO Y NOS DIJO “NO SE ESPANTEN, LA VERDAD NADIE SABE NADA ACERCA DEL INFIERNO”
Al mes siguiente María me regaló la famosa tabla Ouija.
Espero les haya resultado entretenida mi narración, después regresaré con más.
Saludos cordiales,
Carlos Andrade Moralez
México, D.F.
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Dayana
Me parece alucinante.GueraYuMx2265
¡Wow! qué cosa tan espantosa, pero todavía tienes la Ouija.Jonathan (Madrid. España)
Me parece una historia de lo más increíble y cuando digo increíble me refiero a que no creo que eso sea verdad. Yo creo en lo sobrenatural pero eso del agujero no hay quien se lo crea, y con esto no quiero ofender. Me encanta tu página Kruela, ya enviaré algunas de mis experiencias. Saludos.
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