EXPERIENCIAS PERSONALES DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
El sepulturero y el vagabundo
Jose Reyes (México)
Hola Kruela:

Podrá parecer una frase hecha, pero hay que decirlo: tu página es extraordinaria y única en la web. Te mando una historia que tal vez es un poco larga, pero sólo así se comprende porqué su desenlace nos dejó perplejos.
Gracias. Jorge Reyes (México)

La siguiente historia es sobre algo muy extraño que nos ocurrió a un grupo de amigos hace 16 años. Tal vez se trató de una casualidad, pero de ser así vaya que fue una casualidad bastante macabra. Todo empezó en la clase de anatomía.

Nuestra escuela no contaba con un modelo de esqueleto para estudiar el sistema óseo por lo que el profesor de anatomía nos prometió una buena nota si lográbamos conseguir un esqueleto. Espontáneamente se formaron equipos, todos buscando conseguir el esqueleto. Al principio intentamos comprarlo a alguna compañía papelera, pero era demasiado caro; después tratamos de que alguna universidad nos donara un esqueleto que ya no utilizaran, pero las escuelas de medicina a las que acudimos nos dijeron que las donaciones solían llevar mucho tiempo.

En fin, se acercaban los exámenes, y al no conseguir el esqueleto estábamos resignados a reprobar anatomía. Entonces un viernes en el cual los amigos que formábamos parte del equipo nos disponíamos a ir por unas cervezas uno de ellos dijo:
- En lugar de ir a emborracharnos deberíamos ir a un cementerio a buscar el esqueleto. Es temprano (eran aproximadamente las 11 de la mañana), traemos auto y dinero. ¿Qué podemos perder?

Nos vimos (miramos) a los ojos y nos dimos cuenta de que era la idea más sensata que habíamos escuchado en todo el día. Inmediatamente nos dimos a la tarea de visitar todos los cementerios posibles, pero sin resultados: en algunos lugares ni siquiera nos recibían y en otros nos pedían una solicitud por escrito del director de la escuela para dar inicio a un trámite que, según nos dijeron, podía durar meses.

Finalmente llegamos a un cementerio en las afueras de la ciudad en el cual nos volvieron a repetir que para solicitar un esqueleto teníamos que realizar varios trámites. Cansados y frustrados decidimos regresar a nuestras casas, pero poco después de salir de las oficinas del cementerio se nos acercó un sepulturero que nos había escuchado. Nos dijo lo siguiente:
- Yo les puedo dar el muertito que andan buscando, siempre y cuando cooperen con lo que sea su voluntad. Hay muchos muertos que nadie reclama, precisamente ahora estoy desocupando una tumba.

La oportunidad nos pareció caída del cielo y accedimos a darle una “propina” por su “favor”. Estuvimos al pie de la tumba, un amasijo de tierra revuelta de la que salían huesos y más huesos que guardábamos en un costal que el sepulturero nos había dado. Al terminar le dimos su gratificación, -aún sigo pensando que le dimos muy poco-, subimos cuidadosamente el costal a la cajuela del auto y huimos, felices porque creíamos que estábamos en camino a evitar el temido examen extraordinario de anatomía.

Decidimos (es importante decirlo, jamás nos separamos durante toda la búsqueda) llegar a casa del “Chevy” (así le decían, él era el dueño del coche) porque tenía un sótano-estudio donde podíamos armar el esqueleto. Su casa era la última de la cuadra y estaba rodeada por terrenos baldíos, lo que la hacía sumamente tranquila. La puerta del garaje eléctrico se abrió y una vez adentro sacamos el contenido de la cajuela.

Una vez en el estudio nos disponíamos a limpiar el esqueleto, pues el cráneo, por ejemplo, todavía tenía pelos adheridos. Echamos los huesos en cubetas con lejía y entonces nos dimos cuenta de que nuestro plan no era tan perfecto como habíamos creído:
- ¿Y las falanges (huesos de los dedos)? ¿Y los huesecillos que se encuentran en el interior del cráneo? –comenzamos a preguntarnos—Sin ellos este esqueleto no nos sirve de nada.

Alguien sugirió que los podíamos hacer con plastilina, pero en ese caso hubiera sido mejor hacer todo el esqueleto. En ese momento sonó el teléfono, contestó el Chevy y vimos cómo su rostro se ensombrecía. Le habían llamado los miembros de otro equipo para decirle que el papá de uno de ellos había conseguido un esqueleto completo de fibra de vidrio, por lo que ellos se llevarían la recompensa ofrecida por el profesor de anatomía. Por cierto, el Chevy no dijo una palabra sobre nuestro “hallazgo”.

Todos nuestros esfuerzos se habían ido a la basura. Vaciamos las cubetas y comenzamos a hacer otras cosas. Unos usaban los fémures y las costillas como si tocaran un tambor, el Chevy y yo nos dedicábamos a escribir leyendas obscenas en el cráneo con la ayuda de una navaja. Después el Chevy y yo decidimos subir a la cocina por un refresco, entonces el timbre de la casa comenzó a sonar insistentemente. Salimos a abrir la puerta y en medio de la penumbra (eran pasadas las siete de la tarde, el sol se acababa de ocultar) estaba un vagabundo, harapiento, su barba y su melena no dejaban verle el rostro. Antes de que dijéramos cualquier cosa, él se nos adelantó:
- Malditos bastardos, dejen de lastimarme, quiero descansar en paz.
Después se dio media vuelta y se fue.

Nadie nos creyó.

Jamás volvimos a ver a ese vagabundo.
 

Nota de Kruela

Tu historia es para un 10. Gracias por enviarla.


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La Diosa Griega (Venezuela)

Verdad que es muy buena, FENOMENAL.


Cristina Lázaro

Esta historia me parece un poco cruel. Preferiría hacer mil veces ese examen que tener el esqueleto de un muerto en clase. Es un poco gore ¿no creéis? Saludos a todos.


Karen Ahuactzi (Tijuana, B. C. México)
26/10/2006

Esta historia me gustó mucho, pero yo digo lo mismo que Cristina, yo no me atrevería a sacar los huesos de una tumba, preferiría hacer el examen. Y también el sepultero se pasa, pero en su conciencia queda.

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