EXPERIENCIAS PERSONALES DE TERROR EN LA CASA DE KRUELA
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Gritos de dolor
Rodrigo Suárez (Portland, EEUU)
mayo 2006
Estimada Kruela,
Hace ya algún tiempo que había querido escribirte para relatar un par de experiencias, pero por alguna razón u otra no lo había podido hacer. Mi nombre es Rodrigo y soy originario de Querétaro, México, aunque actualmente radico temporalmente en la ciudad de Portland, Estados Unidos.

Mi historia se remonta al año de 1988 aproximadamente, cuando tenía yo unos once años de edad. En aquel entonces mi familia y yo vivíamos en la Ciudad de México, en un lugar a las afueras que se llama Tultitlán. Como en aquel entonces ese rumbo de la ciudad apenas empezaba a poblarse, las noches eran en general silenciosas y tranquilas, y aún podía escucharse el ruido de las cigarras y los grillos (saltamontes). Nosotros vivíamos en un complejo departamental llamado Fuentes del Valle, formado por numerosos edificios dúplex (o de dos departamentos solamente), y nuestra casa estaba ubicada en el centro de una extraña calle (Fuente de Vulcano) que tenía forma como de herradura, de manera que al salir de la casa, las curvas formadas por la calle no permitían ver sino unos cuantos metros a cada lado de la calle.

Durante este tiempo, todas nuestras actividades (escuela, trabajo) las desarrollábamos más cerca del centro de la Ciudad de México, por lo cual permanecíamos fuera de la casa casi todo el día y con frecuencia regresábamos hasta ya bien entrada la noche. La noche en cuestión me percaté al llegar que el reloj de la videocasetera marcaba las 11:59 p.m., y se lo comenté a mi hermana menor porque siempre jugábamos a quedarnos mirando el reloj para poder ver las horas exactas (3:00 p.m, 9:00 a.m, 5:00 p.m., etc.) un juego tonto de niños que siempre hacíamos, no porque tuviera nada que ver en particular con esperar la medianoche. Pero justo a la medianoche, cuando ya cada quien se retiraba exhausto a su dormitorio, empecé a oír un lamento por la ventana de mi recámara que daba a la calle. Inmediatamente me llamó la atención, ya que la calle solía ser muy silenciosa. Era un lamento de mujer, largo y lastimero, y a diferencia de relatos relacionados con la famosa leyenda de La Llorona en México, esta persona o ente no decía nada en su lamento, si no más bien era un grito de profundo dolor, con una voz que sonaba cansada y enronquecida como la de alguien que ha estado llorando por mucho tiempo. Lo curioso es que cada vez se oía más fuerte y más cercana.

En ese momento me asomé por la ventana, pero dada la limitada visibilidad a los lados de la calle, no pude ver nada. Llamé a mi papá y el lo escuchó y me dijo que seguramente era el viento pasando por alguna ventana entreabierta, pero las variaciones e inflexiones del sonido eran tales que era imposible que fuera el viento, además de que esa noche ¡no había viento alguno! Al percibir que en efecto aquéllo no sonaba como el viento, mi papá decidió salir a la calle a ver de dónde venía el sonido, pensando que tal vez era el aullido de algún perro viejo.

Mientras estaba afuera, mi mamá, mi hermana y yo lo veíamos voltear a todos lados, pero la calle parecía particularmente solitaria y silenciosa, y aquel lamento era el único ruido presente. Mi papá volvió a entrar y a  pesar de su escepticismo ya no atinó a buscar ninguna otra fuente posible, ya que no había nadie afuera (ni siquiera los perros de siempre) y la voz parecía salir desde afuera de la casa, como si alguien estuviera al pie de la puerta suplicando ayuda con gritos desgarradores.

Ninguno de nuestros vecinos inmediatos parecía percatarse de tales gritos, por lo que, desconcertados, mis papás accedieron a que nos fuéramos a dormir con ellos por esa noche, pero este fenómeno se siguió repitiendo al azar de vez en cuando. Lo curioso es que al día siguiente varias personas de calles cercanas pero no inmediatas le preguntaron a mi mamá si había escuchado los lamentos de la mujer, a lo que ella contestó que sí, y ya entradas en conversación varias de ellas describieron que la voz parecía acercarse de la misma manera a sus propias casas como lo hizo con la nuestra. Pero, si en realidad se trataba de un ser vivo ¿cómo se las arreglaba para simular este efecto de presencia auditiva sin ser descubierto por vecinos inmediatos, y en varias calles distintas (y distantes) al mismo tiempo? Hasta hoy, el origen de estos lamentos son un misterio.

De nuevo Kruela, muchas gracias por el espacio. Saludos.
Rodrigo Suárez.
 
 

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