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julio 2006 |
Hola KruelaDe nuevo aquí para contarte otra historia de miedo, algo que le pasó a mi queridísimo abuelito Domingo (Q.E.P.D). Por lo que sé, debió haberle sucedido entre los años 40's y 50's. Fue la única historia de miedo que contó, la oí más de una vez pero yo lo escuchaba igual de fascinada.
Originario de Cerralvo, N. L., México, era un gran hombre, noble, fuerte y de carácter recio, típico norteño muy trabajador y formal. Digamos que no era del tipo que va contando por ahí bromas o tonterías, pero dentro de todo en el fondo contaba las cosas con un particular sentido del humor que hacía más entretenido escucharlo.
En aquellos años trabajaba para una compañía nacional de construcción que lo mandaba a trabajar a diferentes partes del país por largos periodos; lo enviaban en equipo a construir puentes, carreteras, etc., hasta 3 meses podía pasar fuera de casa.
En aquella ocasión, nos contaba, lo mandaron a trabajar en la construcción de una enorme presa en el sur de México, no recuerdo bien pero creo que fue en el estado de Michoacán (y es que han pasado más de 20 años desde que la oí por última vez). Él llegó antes que sus compañeros a este lugar desolado a preparar las cosas, sólo había 3 chozas (casitas de madera y paja). En una de ellas encontró a unas mujeres que trabajarían como cocineras para ellos, las otras dos estaban solas. Estas chozas las pusieron ahí provisionalmente en el centro de lo que sería la presa, para que durmieran los trabajadores, ya que el centro habitado más cercano estaba a muchos kilómetros de ahí.
Sus compañeros llegarían 3 días después, así que se dispuso a dormir solo en la última choza. Contaba que a media noche lo despertó de pronto un llanto fuerte de una criatura (usando sus palabras), un bebé. Se le hizo raro porque no había visto que las mujeres tuvieran niños ahí con ellas, pero igual pensó que se podría equivocar. Aun así, era un llanto lastimoso que helaba la sangre y no lo dejaba dormir, se oía como que estaba ahí muy cerquita de donde estaba él. Una hora estuvo oyéndolo así, sin cesar, hasta que no pasaron las doce.
Al día siguiente no les preguntó a las señoras, pero comprobó con sus medios que, en efecto, no había bebés por ningún lado y quedó muy intrigado. Esa noche se repitió el evento exactamente a medianoche, y ahora sí el miedo lo invadió. Era imposible dormir en aquel lugar. Luego, la tercera noche lo mismo otra vez, otra noche de miedo...
En el desayuno las mujeres lo miraban curiosas, eran ya tres noches sin dormir, pero él no les contaba nada, pensaba para si mismo: "si les cuento que tuve miedo, estas mujeres se burlarán de mí y dirán que estoy loco o que soy un coyon, (maricón miedoso), el único hombre ahí, y miedoso, qué vergüenza".
Una de las señoras se animó y finalmente le preguntó tímidamente:
- Oiga señor ¿de casualidad anoche no escuchó llorar a un bebé?Ahí fue donde mi abuelito se desahogó y les contó todo. Ellas le dijeron que igual, que desde que habían llegado lo escuchaban a la misma hora, y tenían mucho miedo, porque efectivamente bebés no había por ningun lado, no existían casas a muchos kilómetros a la redonda y no tenían idea de qué podría ser, sólo un alma en pena.
Ese día llegaron sus compañeros con el equipo y la maquinaria para comenzar a trabajar pero no les comentó nada, hasta la hora en que se estaban preparando para dormir. Les avisó entre sonrisas nerviosas:
- Aguas muchachos (estén atentos) porque aquí espantan en las noches.
- ¿Qué?... ¿Pero qué dices hombre? ¿estás loco? Eres un miedoso... ja, ja...
- Es en serio, a las doce de la noche se oye el llanto de una criaturita.
- ¿De dónde, si aquí no hay niños?
- ¡¡¡Pues por eso les digo!!!Obviamente no le creyeron, lo tomaron a broma y se rieron mucho de él.
Poco después y como sucedía puntualmente, a las doce de la noche comenzó aquel llanto estremecedor y ahora sí le tuvieron que creer... Era así tan intenso y doloroso que ponía los pelos de punta. Todos sus compañeros aterrorizados escucharon aquello y no sabían ni para donde correr... rezaban, exclamaban pidiendo ayuda a Dios, de todo... pero hasta después de pasadas las doce no paraba.
Pensaron que aquello era demasiado, y que algo tenían que hacer, que seguramente era un alma en pena, y al día siguiente fueron a buscar al padre de la Iglesia del pueblo vecino y se lo trajeron para que bendijera el terreno de la futura presa y las chozas donde vivían.
Cuando llegó el padre pidió que le mostraran el lugar donde les parecía a ellos que provenía aquel llanto estremecedor, y todos coincidieron en un ángulo externo de la última casita. Entonces les pidió que escarbaran en la tierra en ese exacto lugar. Lo hicieron y ante el sobresalto de todos encontraron enterrada una caja de cartón de jabón conteniendo en el interior los restos diminutos de un neonato.
El sacerdote bendijo los pobres restos del bebé, le rezaron y le hicieron una cristiana sepultura ahí cerca y como podrás imaginar a partir de esa noche, me dijo, no volvieron a escuchar jamás aquel llanto.
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