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septiembre 2006 |
Hola Kruela:
Algunas de las historias que he leído en tu espacio me parecieron escalofriantes pero creíbles, sin embargo, después de tantos años, me siento por primera vez animada a compartir con alguien una historia muy extraña y muy sofocante.Una niña a la que llamaremos Marie, al cumplir sus 6.5 años tuvo que irse a vivir con sus abuelos, debido a que su madre precisaba abandonar el país por cuestiones de trabajo. Al llegar allá se sintió sola y ensimismada por algún tiempo. La falta de costumbre sumada a la desconfianza que le inspiraba su tía le hicieron entrar en una especie de enclaustramiento emocional. Después de varios meses, su tía comenzó a padecer de una enfermedad que jamás fue identificada, se decía que había sido víctima de la brujería; se decían muchas cosas al respecto, pero nunca hubo seguridad alguna, por lo tanto, tampoco cura.
Los últimos días de vida de la tía se acercaban presurosamente, sin embargo Marie, aunque sentía mucha lástima por la situación de la infortunada, le seguía temiendo, de manera que se mantenía alejada y ni siquiera entendía por qué, simplemente necesitaba hacerlo. Sólo se sentía feliz y a salvo al lado de su abuela. Llegado el momento, una noche fría y oscura, mientras el ruido de la brisa causaba cierto espanto, la tía comenzó a agonizar. Marie sabía que algo andaba muy mal, pero creyó que sólo era una crisis que pronto sería superada. Se retiró a dormir a su cuarto dejando a su tía al cuidado único de su abuela. Horas más tarde fue despertada por los gritos desesperados de toda la familia, su tía había muerto. Sin embargo, Marie, cansada y rendida por un pesado sueño, no reaccionó, continuó dormida. Allí comenzó su pesadilla.
Se levantó dos horas más tarde del suceso y llego aún somnolienta a la sala. Era la primera vez que alguien cercano moría, nunca se le había explicado lo irremediable de la muerte, no sabía que era para siempre. Vio con decepción y espanto el cadáver de su tía, pero por alguna razón, aunque lo lamentaba, Marie no pudo llorar.
Días despues del entierro, ella aún no comprendía que su tía, aquella de la cual siempre se cuidaba sin saber realmente por qué, jamás volvería. Una noche, dormida en su habitación, escuchó cómo la puerta de madera se abría. Todos ya estaban en la casa, el abuelo, la abuela, los demás tíos..., entonces se preguntó quién podría ser. De pronto un miedo crudo inmovilizó sus músculos, era una sensación ya conocida, la misma sensación de miedo y cuidado que le impedía acercarse a su tía mientras aún vivía. Luego escuchó pasos, esos pasos débiles por la enfermedad, los pasos que para ella eran los más conocidos, aquellos a los que había prestado mayor atención, aquellos pasos que una vez eran percibidos la hacían correr hasta sentirse lejos, a salvo.
Los pasos se dirigían hacia ella, escuchó cómo la puerta de su habitación era forzada tratando de entrar. Marie quería gritar, pero ni el más leve murmullo salía de su garganta. La puerta se abrió y ahí estaba..., esa mujer de aspecto demacrado que a sus 24 años ya parecía una anciana esquelética. Con los ojos clavados sobre la niña que no hacía más que temblar, muriendo de espanto. Luego, la aparición desapareció ante sus ojos, se esfumó. Marie al fin pudo sentir que respiraba otra vez, no durmió más en toda la noche y al día siguiente no dijo nada de lo sucedido a nadie. Después de todo, no sabía si había sido simplemente un sueño o no. La duda la mataba, no podía ir sin sentir pánico a ningún lugar donde pudiera estar sola; lo que antes había aprendido incluso a disfrutar, ahora no lo soportaba, no podía estar sola.
La noche siguiente, Marie, por más sueño y cansancio que tenía, no podía dormir. El sobresalto de ver esa aparición era imposible de superar. Estaba absorta en sus pensamientos, tratando de pensar en lo agradable que sería volver a ver a su madre (la cual llegaría en sólo dos días, para acompañar a la familia en aquella pérdida), no la veía desde hacía más de una año. De repente fue interrumpida por el mismo ruido de la noche anterior, la puerta de madera se abría otra vez. Ya todos estaban en la casa, ella ahora sabía que no había sido una pesadilla, era verdad. Se comenzaron a oir los pasos, acercándose a su habitación. Por protección, aunque no comentó nada de lo que le sucedió la noche anterior, suplicó a su abuela que la dejara dormir a su lado, pero le respondió que las niñas de casi 8 años debían tener su propio cuarto.
Marie puso varios obstáculos en la puerta, intentando que no pudiera ser abierta en caso de que la aparición hubiera sido real. De nada sirvieron, una vez más, la puerta fue forzada y otra vez aquella imagen, esa figura esquelética que si antes inspiraba lástima, ahora causaba un terror inconcebible, que cortaba el aire, la respiración, que enmudecía... Sus ojos apenas tenían un color opaco y confuso, sin embargo, su mirada era penetrante, paralizadora, cuestionante. Sus brazos y sus piernas eran delgados y huesudos al igual que su cuello y cara, pero su estómago tenía dimensiones enormes, parecía que estaba embarazada; esa hinchazón era anormal, mucho más grande que embarazo alguno. Esta comenzó a avanzar hacia la cama de la niña, parecía casi alcanzarla y de pronto se esfumó. La niña no se movió, no hizo nada más que volver a respirar en cuanto le fue posible, horas después al fin amaneció.
Marie se levantó de la cama rápidamente y se posó en la puerta del cuarto de su abuela, la cual, por costumbre, no tardaba en levantarse. Al verla, la abuela notó demacrado el rostro de Marie y se preocupó mucho. Le preguntó qué pasaba, pero Marie a nada respondía. Marie era una niña muy bella, casi cumpliría 8 años y lucía como de 10. Su piel suave y tersa, tenía ojos brillantes y sanos, una expresión angelical, verdaderamente dulce. Sin embargo, en sólo unos días había perdido más peso de lo pudiera concebirse como normal, palidecida, cansada, temerosa y triste, así se había vuelto.
Suplicaba para que no llegara la noche, temía que la visita volvería a repetirse y esta vez su tía la alcanzaría. Marie intuía que la intencion de aquel ser espeluznante era hacerle daño, mucho daño. Pero su mente de niña aún no imaginaba que estaba a punto de morir.
Durante todo el día estuvo sentada cerca de su abuela, mirando y escuchando conversaciondes de ancianas que venían de todas partes para dar el pésame a la familia. De repente, una conversación en especial llamó su atención, una ancianita que decía, ''los muertos hay que dejarlos ir, porque de lo contrario, tratarán de llevarse todo aquello que les fue negado en vida o aquello que aun después de muertos, creen que les pertenece''. Entonces un pensamiento entró como un rayo en su cabeza, ella le debía algo a aquella persona, a la que sin razones explicables siempre rechazó y debía dárselo antes de llegado el anochecer, o se la llevaría a ella, se llevaría su vida.
Se levantó y en un descuido de su abuela comenzó a correr carretera abajo, hacia el cementerio donde estaba la tumba de su tía. Ya en la entrada del cementerio, una brisa fría erizó todo su cuerpo. Todo lo que quería entonces era irse de aquel lugar, pero sabía que no debía, o corría el riesgo de ser muerta por un fantasma. En sólo una semana había dejado de ser, se había transformado en la representación de todos sus miedos, sus nervios destrozados, su corazón al máximo ritmo ya le dolía, era un gran esfuerzo mantenerse en pie. Mientras de debatía entre irse o entrar al cementerio, recordó que su madre querida llegaría en sólo dos días más, sólo dos días; lo que más quería era estar ahí para esperarla, para verla, abrazar a su señora bonita, por ella valía la pena no rendirse. Porque si lo hacía, moriría esa misma noche, estaba segura, y jamás volvería a ver a su amada amada madre.
Entonces se incorporó, se puso en marcha a paso lento y tembloroso, mientras recordaba un pedacito de una oración que le había enseñado su madre, sólo se acordaba de un pedacito, pero lo repetía insesantemente en voz alta "aunque camine por el valle de la muerte, no temeré mal alguno, porque el Sr. mi Dios, estará conmigo".
Y así llegó hasta la tumba de su tía. Marie no asistió al entierro, no conocía la ubicación de la tumba, sin embargo caminó directamemte hasta ella. Una vez en frente, el suelo bajo sus pies comenzó a temblar, las ramas de los árboles de estremecían, el viento era fuerte, casi la empujaba, mas ella no paró de rezar. No había dicho una sola palabra en más de 24 horas, a no ser por esa oración que repetía y repetía, era su única arma, su única protección.
Casi se derrumba, no había más personas en ese lugar, sólo estaba ella, ni siquiera estaba el vigilante y de todos modos pudo entrar, parecía que aquel lugar la esperaba. De pronto un ruido insospechado la hizo arrodillar: pasos a su alrrededor, pero no veía a nadie. Los pasos se marcaban en la tierra y dibujando un círculo en torno a ella que se acercaba cada vez más.
La cruz en la tumba comenzó a moverse lentamente como si se cayera despacio al suelo. Todo eso fue demasiado para la paqueña que aún repetía su oración, esta vez con gritos, gritos de una niña que cambia el terror por puro coraje. Y sucedió, el fantasma de su tía frente a ella, otra vez sus ojos clavados como quien espera algo con desesperación y agonía. Algo que sólo puede ser dado, no arrebatado. Y la pequeña mientras oraba al fin comprendió, la miró sin temor esta vez y le dijo:
- Perdóname, lo lamento mucho, aunque no lloré yo sentí tu muerte, sí me dolió, pero no lo entendía.Diciendo esto la niña al fin pudo llorar, derramando lágrimas desde el fondo de su corazón, lágrimas por no haber disfrutado a su tía en vida, lágrimas por no haber vencido el miedo ante la apariencia adquirida de ésta tras su enfermedad, lágrimas por no haber comprendido a tiempo que morir es para siempre. Cayó acostada sobre la tumba de su tía, llorando cada lágrima que había suprimido, sintiendo al fin todo el cariño que en su corazón le tuvo a la ahora fallecida y que hasta entonces ignoraba.
Después de algún rato ella reaccionó, miró a su alrededor y todo estaba en calma, tal y como son los cementerios. En su pecho, su corazón latía normal, una sensación de quien paga una gran deuda y al fin es liberada. Por primera vez en mucho tiempo sonrió. Esa noche y todas las demás durmió en calma. Al día siguiente recibió a su madre con los brazos abiertos y fue más grande su felicidad.
Marie jamás ha vuelto a ver a ningún fantasma, jamás antepuso otra vez la apariencia física sobre la oportunidad de conocer los sentimientos de las personas y sobre todo, jamás dejó de dar gracias a Dios por cada día de su vida, porque eso es la vida, cada día es una nueva oportunidad.
Nota de KruelaFantástico. Es una pena que no nos digas quién es Marie.
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