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30/10/2002 |
Hace ya muchos años, una noche de insomnio, escuché un programa de radio que dirigía Alejo García. El tema versaba sobre los espectros y uno de los invitados a la tertulia comentó que todos los niños suelen tener el espíritu de algún familiar fallecido encargado de cuidarles y protegerles. Eso que normalmente se llama “ángel de la guarda” no es más que la presencia de alguien que está siempre con las criaturas que todavía no son conscientes del peligro de ser pequeño en un mundo diseñado para adultos. Añadía Alejo, que por eso era normal ver a los niños hablar en voz alta aún estando completamente solos, ese amigo invisible al que se dirigen con toda naturalidad, esa presencia intuida que no les causa temor.Recordé a mi hija que entonces tenía cuatro años, y sonreí constatando que en más de una ocasión la había oído dialogar perfectamente con su imaginación. ¿Así que hay fantasmas protectores que me la cuidan?, me dije, y me dormí tranquila.
A la mañana siguiente, la niña estaba especialmente revoltosa. Yo tenía mucho trabajo y no me la quitaba de encima, entonces le dije: “Anda cielo ve a jugar con tu fantasmita”, ella obedeció de inmediato, se fue al cuarto y empezó a jugar...
Fue un día tranquilo como cualquier otro, era sábado.
Amaneció el domingo y nos preparamos para ir a la playa, estaba todo listo, le dije a mi marido que la niña iba descalza y le debía poner las sandalias para marcharnos. Empiezo a oír ruido de muebles mientras la impaciencia asoma a su rostro. “¿Se puede saber donde está la otra sandalia?”
“En la salita” contesté.
Por más que buscamos, fuimos incapaces de encontrarla. Yo estaba segura de que las había dejado juntas, cuando le puse el pijama. Se estaba haciendo tarde, habíamos quedado con unos amigos y nos gusta ser puntuales. Debo aclarar que las sandalias eran ortopédicas por un pequeño problema de pies planos que se estaba tratando. Por eso tenía un par que cada seis meses se le renovaban.
Miramos por toda la casa, mi marido cansado exclamó. “Parece cosa de fantasmas”. Entonces me vino a la memoria lo de “Ve a jugar con tu fantasmita” que dije con cierto aire jocoso.
Pensé que si era verdad que un espíritu andaba por ahí podría haberse sentido herido o menospreciado o qué sé yo. Entonces dije: “Perdona si te he ofendido, no volveré a tomarme a broma nada referente a tu presencia y por favor sigue protegiendo a mi hija.”
La sandalia apareció, en ese mismo momento, en la salita, junto a la pata del sofá que había sido levantado momentos antes sin ningún resultado.
¿Fue venganza por haberle tomado a coña, o lección para principiantes?
Jamás he vuelto a meterme con esa presencia que a veces he notado. Yo cuento lo que ha pasado, cada uno que lo interprete como quiera, pero haberlos haylos.
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