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Aquí
tengo yo un pequeño relato que es muy real, me lo contó una
señora amiga mía cuando era pequeña, solo que he cambiado
los nombres, y el lugar, ante todo por respeto a su memoria, sin embargo
doy a conocer su historia ya que estoy segura a ella le hubiera gustado
así, pues ella era magnífica contando historias de horror.
Aún recuerdo
como si fuera ayer aquellos días idos de mi infancia. Al salir de
la escuela primaria, siempre me aguardaba la vieja carretita de dulces
de doña María.
Parece que
la imagen quedó estática después de tantos años,
y hace apenas tres días de que ella falleciera.
Doña
María siempre me esperaba afuera de la primaria, cargando su mercancía
de dulces y juguetes de plástico barato. Recuerdo su sonrisa y su
voz hablándome suavemente, siempre alegre.
Solía
ayudarle a recoger sus cosas y la acompañaba cuadra y media hasta
su casa. Era una casita hecha de ladrillos y lámina, vivía
sola y con el recuerdo constante de su marido, fallecido hacía siete
años atrás.
Al llegar me
invitaba a pasar, me ofrecía café con galletitas y se ponía
a hablar conmigo horas enteras, yo nunca me cansaba de escuchar las mil
vivencias de doña María, tenía una forma de relatar
lo vivido que sentías como si estuvieras ahí.
A veces me
quedaba ayudándole en un puestecito que tenía en la esquina,
y cuando oscurecía le pedía a doña María que
me relatara cuentos de espantos, y ella presurosa me decía de las
luces que se miraban en el panteón de su pueblo cuando era niña,
y también de las veces que en el monte había escuchado los
lúgubres lamentos de la Llorona, pero había un relato en
general que me llamaba bastante la atención.
Este era la
leyenda de "el degollado
de la noria". Cada
vez que le pedía que me contara la historia, ésta se persignaba.
Fueron tantas
las veces que escuché este relato que me atrevo a decir que me lo
sé de memoria, y casi parece que escucho a doña María
a mi lado.
"Estando yo
chamaca un poco más grande que tú, mi madre me envió
a la noria con una de mis tías, para que le ayudara con el "negocio"
(limpieza de la casa), porque ella no podía ni con ella misma, pues
días atrás se había caído y desde entonces
ya no pudo mover las piernas. Sabía muy bien yo que mi tía
no iba durar mucho entre los vivos, y al parecer también lo sabía
Vicente, mi primo, que no más supo que mi tía Francisca estaba
encamada y luego, luego se dejó venir como zopilote.
Nunca me agradó
Vicente, jamás había procurado la salud de mi tía,
no más la andaba rondando para quedarse con el terreno y las dos
casas. Tampoco yo le agradaba mucho a él, que me tachaba de metiche
y arrimada, y se pasaba haciéndome malas caras, yo ni lo volteaba
a ver, encogía los hombros y lo dejaba soltar su veneno.
Pero la gente
mala siempre termina por recibir su merecido, y a Vicente le tocaba el
turno.
Una noche llegó
borracho, gritando, pateando y maldiciendo, mi tía que era una persona
de carácter recio, lo corrió y lo envió a la otra
casa, este enfurecido le gritó que ya era hora que se fuera muriendo,
que no podía seguir aguantándola, ¿te imaginas, decirle
eso a tu madre? Pero bueno, de él podías pensar lo que fuera.
Y se fue Vicente,
tambaleándose de borracho, y a lo lejos aún se podían
escuchar sus gritos, maldiciéndonos a las dos.
Al día
siguiente, cuando salí tempranito en la mañana para comprar
las tortillas, me topé con un grupito de señoras, que espantadas
admitían haber escuchado la carreta de la muerte la noche anterior,
yo paré la oreja para escuchar lo que decían, y me asusté
bastante, ya que aseguraban que cuando la carreta se escuchaba rondando
por las empedradas calles de la noria, de seguro alguien no tardaba ni
tantito en morirse, enseguida pensé en mi tía Francisca,
y de un salto me fui que vuela a la casa. Al regresar la encontré
en su recámara, como siempre, le pedí disculpas por no haber
traído las tortillas y le expliqué de lo que había
escuchado, y ella me dijo que todas eran unas viejas gallinas que se espantaban
hasta de su sombra, que no creyera en semejantes cuentos, por que no dejaban
nada bueno.
Esa tarde regresó
mi primo a la casa furioso, le dijo que tanto fue a tocarle la puerta,
que para que lo corría si le iba a estar rogando que volviera. Ella
sorprendida le dijo que cómo podía ir si no podía
caminar, y él le dijo que si creía que era estúpido,
pues conocía bien su voz, y que lo estuvo llamando toda la noche.
Mi tía le dijo que era su conciencia, y él salió azotando
la reja y se fue.
Al otro día
cuando fui por el mandado, en la tienda me topé a las mismas señoras
del día anterior, y de nuevo decían haber escuchado la carreta
de la muerte rondando, una de ellas dijo que la havia visto dirigirse a
la casa del huerto, a lo que otra de ellas contestó que por
nada del mundo te debes asomar cuando ande la carreta vagando, pues te
podía confundir con la persona que ella anda buscando
y que cuando se da cuenta de que no eres esa persona, se encoleriza y te
parte el pescuezo con su guadaña.
Llegué
pues a la casa más pálida que un difunto, recordando las
palabras de aquella señora, de que la carreta se dirigió
a la casa del huerto, a donde mi tía había enviado al Vicente,
y enseguida le sumé lo que él aseguraba que le había
ocurrido, eso de que tocaban a su puerta y la voz que lo llamaba.
Entonces decidí
ir a buscarlo a la casa del huerto para advertirle, me caía mal
pero no era como pa’ dejar que se muriera, así que allá voy
yo. Al llegar estaba tendido en la hamaca, le hablé despacito, no
fuera que se enojara y me quedara yo sin decirle nada, se despertó
enojado y me dijo que me largara, le dije que me escuchara, que lo que
había oído esa noche había sido la muerte, y que si
se le ocurría asomarse ya no iba a durar otro día pa’ contarlo,
pero el soltó una carcajada y me corrió sin más ni
más. Y a mí que no me quedaba de otra, no hice otra cosa
que compadecerme de su suerte y rezar para que nada malo le pasara.
Estaba yo bien
dormida, cuando siento que me jalan de los cabellos, y entre grito y grito
reconozco la voz del Vicente, que me decía que no volviera a molestarlo
por las noches, que no iba creer semejantes cuentos, mi tía como
pudo intentó levantarse para defenderme, pero en su intento cayó
al piso, el muy cobarde salió corriendo de la casa, pensando que
mi tía se había muerto, yo como pude la levanté y
estuve con ella hasta que abrió los ojos, me aseguro que se sentía
bien.
Así
pasaron otros dos días sin que ese perro nos molestara, pero una
tarde volvió con un genio de los mil demonios, alegando lo mismo,
alegando que una de las dos había estado llamando a la puerta toda
la noche, y mi tía ya muy seria le dijo que no podía ser
otra cosa mas que las respuestas a sus malas acciones, y desesperado grito
que no iba creer esas cosas de que fue el diablo a la muerte a llamarlo
a la puerta, mi tía le rogó que por nada del mundo fuera
a abrir la puerta, que ni siquiera se asomara a la ventana, pero él,
más necio que una mula, le advirtió que si volvíamos
a estarlo llamando no sabría cómo reaccionar.
No pudimos
hacer nada por detenerlo y lo dejamos ir, sólo nos quedaba esperar
y que el tiempo lo dijera todo.
Esa noche un
grito horrible rompió el silencio de la noria, los perros aullaban,
y el viento azotaba puertas y ventanas, hacía que a uno se le pusieran
los pelos de punta.
Todo el pueblo
se despertó ante aquel desgarrador grito que provenía de
la huerta, mi tía alarmada me pidió que fuera por un vecino
para que fuera a ver al Vicente.
Así
que le llamé y él junto con otros hombres emprendieron el
rumbo hacia la casa de la huerta, a los pocos minutos volvieron cabizbajos,
yo presentía que algo malo había pasado.
Dicen que lo
encontraron en el portal de la puerta, con el cuello partido en dos y con
una mueca de terror en los ojos. Yo y mi tía sabíamos qué
había ocurrido y no nos quedó otra que rogar por el alma
de Vicente, para que descansara y no anduviera apareciéndose como
espanto por la horrible muerte que había sufrido.
Dicen
que cada vez que alguien va a morir en la noria, los galopes de caballo
se escuchan junto con el rechinar de llantas de una vieja carreta,
y que desde el huerto se escucha un grito que horroriza a los pobladores,
que se aseguran que nadie abra las puertas, ni las ventanas. Es el alma
atormentada de Vicente que con terror se topa cara a cara con la muerte"
Así
terminaba el cuento de doña María, descanse en paz.
Dulce. |