Te
envío esta leyenda desde Guadalajara, Jalisco, México, que
encontré en una página oficial del Ayuntamiento de la ciudad.
La
Enlutadita de Mezquitán
Doña
Amparo Vélez, que vendió flores durante catorce años
afuera del Panteón de Mezquitán nos relató la siguiente
conseja.
Margarita de
Rojas era una joven bella, a la que la vida le parecía una fiesta.
Nació en el seno de una adinerada familia que le inculcó
los valores de los años porfirianos. Su rostro era un lienzo mestizo
que dejaba ver unos enormes ojos verdes, contrastantes con su espeso cabello
negro. Margarita gustaba de salir todas las tardes a pasear en la Plaza
de Armas y divertirse los fines de semana en las tertulias de los conocidos
de su familia. Aunque no le faltaban admiradores, ella los ignoraba, ya
que a su parecer no había alguno que hiciera florecer dentro de
su espíritu la semilla del amor.
Una tarde de
agosto, conoció a Raúl Trinidad, un modesto tapatío
que descendía de judíos conversos en la colonia. Al observarlo
quedó prendada de su amabilidad y lenguaje poético. Comenzaron
a verse con frecuencia y no faltaban pretextos para intercambiar epístolas,
que más tarde les hicieron enamorarse, cosa que los padres de Margarita
no veían con buenos ojos, ya que los antecedentes familiares del
pretendiente no les simpatizaban. El señor de Rojas le advirtió
a Margarita que cortara cualquier relación con Raúl, ya que
pensaban que tenía que desposarse con un caballero potentado y de
raigambre católica. Margarita lo pensó varias noches, antes
de comunicarle a su padre la decisión: no dejaría a su amado.
Ni los ruegos
de su madre, ni las amenazas de su padre la persuadieron, ya que dentro
de sí sentía que con Trinidad encontraría el camino
a la dicha. El señor de Rojas no tuvo otra alternativa; mandó
llamar a Raúl y le explicó que, en vista que nada podía
hacerlos olvidar aquel idilio, que para él era desfavorable, daría
formal consentimiento para la boda a condición de que reuniera cierto
capital, que le permitiera ofrecer a su hija la vida a la que estaba acostumbrada.
Raúl quedó convencido y partió hacia la ciudad de
México, en donde lo esperaba un tío lejano para que administrara
algunos comercios, no sin antes asegurarle a su amada que volvería
en el plazo de seis meses, para iniciar la vida conyugal sin desasosiegos.
Pasaron algunas
semanas y las cartas que consolaban a Margarita dejaron de llegar, dejándole
sumida en la incertidumbre. Poco después recibió la visita
de un hombre maduro que dijo ser el tío de Raúl, con la noticia
de que había sucumbido a la viruela el dos de noviembre y que, entre
sus últimas palabras le había pedido que le dijera que hasta
el último aliento la amaría, además que sus restos
fueran inhumados en su terruño, para estar cerca de ella. Raúl
Trinidad fue sepultado en el Panteón Municipal o de Mezquitán
al día siguiente.
Cuenta la leyenda
que Margarita no volvió a fijarse en hombre alguno. Visitaba la
cripta de su amado vestida de luto cada semana y, aunque estuviera enferma,
llevaba entre sus brazos un ramo de claveles rojos puntualmente. Siguió
esta rutina hasta el día de su muerte.
Cuentan los
que de esto saben, que de vez en cuando, especialmente la noche de Día
de Muertos, cuando la necrópolis está abrigada con el aliento
de la oscuridad, una figura menuda de mujer, con un velo negro sobre el
rostro, entra al cementerio y desaparece entre los monumentos funerarios.
Dicen que es el ánima de Margarita que vendrá desde el más
allá, hasta que alguna persona se apiade y tome su lugar para dejar
flores cada semana en la tumba de su amado.
Jesús
Sepúlveda
Nota
de Kruela: espero
que al ser extraída de una página pública sea libre
de ponerse en otros lugares, de lo contrario avisa para quitarla. Gracias