Hola
Kruela, soy de Ucayali, la selva de Perú, y me gustan las historias
de terror así que te colaboro con una historia que me contaron,
un señor, no sé si será verdad por eso creo que es
una leyenda.
Cuando todavía
era un niño, solía mofarme de los cuentos de las ancianas,
acerca de espíritus y otras ánimas que, según decían,
solían deambular en la noche por las calles de mi pueblo. Leyendas
que perduran en la imaginación de los habitantes de los pueblos
del interior. Pasan de boca en boca, y cada persona que las cuenta, le
va sumando nuevos detalles, hasta quedar adornada con el folklore típico
de cada región.
Entre todas
las historias que se solían contar en las reuniones, al caer el
sol, era una de las más evocadas, la del “Indio Misionero”.
Según
cuenta la leyenda, cuando los misioneros estaban en plena labor en el país,
existió un indio que dio tales indicios de acoger la religión,
que los educadores le otorgaron un lugar entre sus filas. Aquel hombre
podía enseñar con el mismo fervor con el cual lo hacían
los religiosos venidos de Europa. Rápidamente se transformó
en el orgullo de los misioneros. Hasta que un día, de forma repentina,
sin que nadie supiera por qué, el
indio enloqueció. En un arranque de furia atacó y mató
a tres misioneros.
Fue detenido y más tarde ajusticiado por las autoridades españolas.
Antes de que fuera ejecutado, dicen que un
sacerdote intentó rezar por su alma, pero el indio no lo permitió,
negó a Dios y fue maldecido por la eternidad.
La noche que siguió a la ejecución, varios indígenas
juraron haberlo visto caminar entre la arboleda, en las afueras de la misión.
Más
tarde, España suspendió el trabajo de los jesuitas y las
misiones fueron cerradas o, directamente, abandonadas. Sin embargo, la
leyenda del indio no desapareció. Año tras año, se
fueron sucediendo los testimonios de distintas personas que decían
haber visto al “Indio Misionero” vagar por la selva. Siempre de espaldas
a los aterrados espectadores, llorando y maldiciendo, con un tono de voz
profundo y desgarrador.
Durante el
verano en que cumplí doce años, el Padre de la vieja iglesia
de mi pueblo, que se encontraba en un estado de salud bastante delicado,
falleció. Llegó a la antigua parroquia un nuevo cura, y con
su venida, también volvieron las historias del “Indio Misionero”.
Esa estación,
más gente de la que podía recordar en mis doce años,
había visto el fantasma indio. Muchos dijeron que el arribo del
sacerdote había inquietado al ánima, y por eso había
vuelto a vagar, cada vez más cerca del cementerio, que se encontraba
al lado de la vieja parroquia.
Todos esos
relatos me parecían cuentos de viejas supersticiosas, tontas leyendas,
nada más. Y, por tal, a mis temerarios doce años, me sentía
muy por encima de mis amigos que solían pasar noches en vela, luego
de oír las historias acerca del indio.
El
nuevo sacerdote de la parroquia, al contrario del que había venido
a suceder, pensaba que la leyenda era una historia inventada,
en otros tiempos, por mentes sacrílegas que estaban en contra de
las labores de los misioneros. Cada vez que podía, trataba el tema
e intentaba persuadir a la gente del lugar de la veracidad del mito.
Dos meses después
de haber llegado, el sacerdote dejó de hablar sobre el “Indio Misionero”,
de la noche a la mañana. Nunca más volvió a tocar
el tema, y hasta trataba de evitar el asunto, cuando alguien hacía
referencia a la historia. Esta actitud sólo contribuyó a
empeorar las cosas, arraigando la leyenda entre la gente, más de
lo que estaba hasta el momento.
A pesar de
todo, yo seguía manteniendo mi opinión sobre el tema, sin
dar marcha atrás. Y tampoco dudé cuando uno
de mis amigos, cansado de mis burlas acerca de su falta de valor, me retó
a pasar la noche en la selva cercana a la iglesia, donde solía aparecer
el “Indio Misionero”.
Nada tenía que perder. Si yo tenía razón, y el fantasma
era solamente un invento, podría reírme de todos los del
pueblo a la mañana siguiente. Y de ser verdad lo que se contaba,
me transformaría en uno más de los miedosos que vivían
en el lugar, seguramente.
Dos noches
después, estaba listo para mi gran aventura. Pasamos la tarde en
el borde de la selva, y junto a los demás chicos, improvisamos una
choza, con ramas y hojas de plantas, en la que pasaría la noche
a resguardo. Algunas niñas llevaron algo de comida y agua, para
el valiente que se animaba a acampar cerca de los terrenos del “Indio Misionero”,
un lugar al que casi nadie se acercaba una vez caída la noche. Cada
uno volvió a su casa e intentó no advertir a ninguno de los
padres acerca de mi cometido.
Pasaron unas
cuantas horas hasta que estuve convencido de que mis padres dormían.
Salí de la casa, tomé una lámpara de aceite, que había
preparado de antemano, y me dirigí a la plaza del pueblo, que estaba
a unas cuantas cuadras de la iglesia. Ahí nos reuniríamos
todos los chicos, para estar seguros del inicio de mi hazaña.
Una vez que
el grupo estuvo completo, algunos trataron de persuadirme de mi cometido,
pero no les hice caso. Decidido como estaba, me despedí de cada
uno y comencé mi marcha hacia los terrenos cercanos a la iglesia.
Al llegar cerca de la parroquia, pude ver que una tenue luz salía
de la habitación donde debía encontrarse el cura. Pasé
por el lugar tratando de hacer el menor ruido posible.
Al llegar al
cementerio, di un rodeo, para no tener que cruzarlo por el medio. Que
fuera un incrédulo con respecto a las leyendas, no quería
decir que me gustara la idea de caminar por el cementerio en plena noche.
Al fin llegué hasta la choza que habíamos construido esa
misma tarde. Me senté en el medio del pequeño habitáculo
y encendí la lámpara de aceite. Su brillo se posó
sobre los comestibles y la bebida que estaban apiladas allí adentro.
Comencé a darme un verdadero festín, intentando contener
las carcajada que me asaltaban al pensar en lo nerviosos que estarían
los otros niños, mientras yo estaba disfrutando de aquel suculento
banquete.
Una vez que
hube acabado con toda la comida y la mayor parte de la bebida, me recosté
sobre el piso de tierra y esperé a que pasara la noche. En cierto
momento, perdí la noción del tiempo. Salí del refugio
y traté de guiarme por el cielo, pero fue inútil ya que se
trataba de una noche sin luna. Miré hacia la iglesia, y tan sólo
vi su oscura silueta, recortada, confusa, entre las sombras. El Padre debía
estar durmiendo para ese momento, pues ya no quedaban vestigios de la luz
que antes había observado en su ventana.
Del ostracismo
de mis pensamientos, vino a sacarme el ruido
procedente del interior de la selva.
Un sonido que se iba haciendo cada vez más cercano. Ruido
de pies arrastrándose entre las malezas y lamentaciones lejanas.
No podía ser cierto. Corrí a la choza y tomé la lámpara.
Caminé hasta el borde la selva y traté de distinguir algo
entre la vegetación. Entonces una
silueta con forma humana comenzó a dibujarse, y a los pocos minutos
la tenía a tan solo unos pasos.
Alcé la lámpara una vez más y su llama vibró,
a pesar de que no había una gota de viento. Sentí cómo
se erizaba hasta el último de mis cabellos y la sangre se helaba
en mis venas. Pude ver una figura de espaldas, se asemejaba a un indio,
que parecía llevar algo sobre su pecho, por la posición en
que tenía sus brazos.
Me acerqué
para oír lo que estaba murmurando, y pude distinguir una frase que
nunca más podré olvidar: “¿Por qué me hiciste
esto, si tanta confianza puse en ti?”. El terror había hecho
presa de mí. Intenté mover los pies, pero lo único
que logré fue trastabillar. Caí de espaldas sobre el suelo
y la lámpara rodó a mi lado, sin hacerse añicos de
puro milagro.
Antes de apagarse,
la lámpara proyectó un último haz de luz que fue a
dar de lleno en el rostro del indio que acababa de girar y me observaba
sin parar de blasfemar en contra de Dios. Todo comenzó a darme vueltas,
las imágenes se hicieron borrosas y el paisaje íntegro empezó
a tornarse cada vez más negro. Antes de que la pérdida de
conciencia fuera total, podría jurar que vi
cómo el indio que se erguía ante mí y me observaba
con ojos rojos como el fuego, lloraba aferrando a su pecho el cuerpo sin
vida de lo que parecía ser un bebé.
Luego llegaron las sombras, que lo cubrieron todo.
Desperté
al otro día en la cama de mi habitación, bañada por
la luz del día. El cura de la parroquia me había encontrado
desmayado cerca de la puerta de la iglesia y me había traído
hasta la casa de mis padres, luego de asegurarse de que me encontraba en
perfecto estado.
Claro que tuve
que rendir cuenta a mis padres acerca de lo que había hecho la noche
anterior, y afrontar el debido castigo. Y aunque conté todo lo que
había ocurrido a mis amigos, los adultos no oyeron una palabra sobre
el tema, que partiera de mis labios. Ellos creyeron que el desmayo se debía
al atracón que me había dado en la choza.
Aunque ya no
vivo en el pueblo, sé que en él, la leyenda del “Indio Misionero”
sigue tan vigente como en los días de antaño. La historia
fue mutando, y al día de hoy, el indio vaga por la selva abrazado
al cuerpo de su hijo muerto a causa de una enfermedad desconocida. Como
dije, cada generación agrega algo a la historia, para hacerla más
suya. Y la nuestra creo que volvió al fantasma un poco más
humano, de ser posible.
Con el pasar
de los años, los recuerdos de mi aventura nocturna se fueron volviendo
cada vez más difusos, y hasta yo llegué a dudar de la veracidad
de lo que había visto. No estoy muy seguro de qué fue lo
que pasó verdaderamente. Pero, lo único que sí sé
con certeza, es que desde esa noche jamás pude volver a dormir sin
una luz encendida.