LA
“PASCUALITA”
La
leyenda de “La Pascualita”
Por
Jordi Guasch
En
febrero de 1997, conocí en Chihuahua (Norte de México) a
Carmen,
una muchacha estupenda. Una noche andábamos paseando por una de
las calles
del
núcleo urbano. De repente, pidió que me detuviera en una
esquina, frente al escaparate de una tienda. Allí se encontraba
una hilera de maniquís con vestidos nupciales. Pretendió
que fijase la mirada en uno determinado. Debía observar sus ojos
y luego sus manos. Seguidamente, ante mi asombro, me explicó
que esa figura, con su extraño parecido a un ser humano, escondía
varias leyendas estremecedoras. Carmen había oído decir que
su
cabello, parte del rostro, ojos y manos, pertenecían al cuerpo embalsamado
de “La hija de la Pascualita”. Entonces empecé a contrastar
las diferentes versiones de aquella fascinante leyenda urbana.
Un
25 de marzo de 1930, día de la Encarnación, arribó
a la ciudad de Chihuahua, al popular aparador de “La Popular” (La
Casa de la Pascualita), un maniquí que parecía la imagen
viviente de su propietaria, la señora Pascualita Esparza Perales
de Pérez, y su hermana Cuca. La gente murmuraba sobre
el hecho de que fuese el cuerpo embalsamado de la hija de Pascualita. Ella
jamás lo desmintió, y la prensa se hizo eco del asunto. La
misma Pascualita exhibía recortes de diario en el aparador de “Chonita”,
como originalmente bautizaron a la figura, por haber llegado el día
de la Encarnación.
La
gente venía de diversas partes del estado para contemplar a la “Pascualita”,
nombre con el que definitivamente se la conoció. En ocasiones, debido
a la extrema aglomeración de gente, el tráfico de la Calle
Libertad llegó a suspenderse. La dueña de la tienda recibía
numerosas acusaciones por teléfono, pues aquello iba en contra de
lo moral. También recibía numerosas visitas que ante el menor
descuido, clavaban sus uñas en la cara del maniquí, dejándole
huellas que permanecerían durante décadas.
Ante
las amenazas, Pascualita optó por hacer público que no se
trataba de un cuerpo embalsamado. El hecho es que “Chonita” requería
una serie de cuidados especiales, pues al menos era cierto que tenía
cabellos, cejas y pestañas naturales insertadas una por una.
En
una ocasión llegaron al establecimiento unos judiciales con la orden
de realizar una investigación. Pascualita les pidió que volviesen
más tarde, ya que “Chonita” se encontraba en su baño. Los
policías acumularon más dudas e insistieron en verla, con
lo que el maniquí fue sacado envuelto en una bata, y con una toalla
cubriendo su cabello. Sólo se les permitió revisar el rostro,
por una cuestión púdica, marchándose los agentes aún
más inseguros.
Historias
de la "Chonita"
El
paso del tiempo ha generado variopintas historias. Se dice que el día
de la boda de la hija de Pascualita, cayó un animal ponzoñoso
en la corona de la
novia,
lo que provocó que muriera ante el altar, y debido a ello, su madre
decidió “inmortalizarla” vestida siempre con aquel terno nupcial.
Se comenta que camina de noche por la tienda y calles de su barrio, que
se cambia de indumentaria si no le gusta o derrama lágrimas en cierta
época del año.
Otra
versión se refiere al viaje de Pascualita a la capital. Allí
se prendó de un maniquí traído de París, expuesto
en la prestigiosa tienda “El Puerto de Liverpool”, donde adquiría
telas, azahares y ramos. Insistió en comprarlo ante la rotunda negativa
del propietario, que al fin cedió ya que los beneficios de la compra
de la dama chihuahuense eran superiores que si vendiese la hermosa figura.
De hecho, Pascualita le intimidó con no volver a surtir más
telas de “El Puerto de Liverpool” si el maniquí no le era vendido.
También
se rumorea que fue traído expresamente de París a petición
de la insistente señora sin pasar por intermediarios. Era tanta
la admiración que causaba entre la gente, que un poderoso chamán
de tierras lejanas, pasó por el escaparate y se enamoró inmediatamente
de “Chonita”. Utilizó su magia para darle vida. Vivió dos
meses en Chihuahua y cada noche, al dar las diez, esperaba a su “amante”
en la calle Victoria. Llevándola del brazo, visitaba los mejores
lugares de entonces, como el hotel Hilton, la cafetería de la esquina
o el casino.
En
1988 acudió al establecimiento una mujer explicando que hace años
estaba en la esquina de la calle frente a la figura. En ese momento pasó
por allí su celoso novio y le disparó. Lo último que
vio ella al ir perdiendo el sentido fue el rostro de la “Pascualita”. Despertó
más tarde en el hospital, convencida de que ésta le había
salvado, y desde ese día dedicó sus plegarias a la espectral
novia.
Me
explicaron otra fantástica versión sobre la enigmática
novia, y es que un pretendiente celoso la apuñaló cuenta
ésta se encontraba en el altar, celebrando su matrimonio con otro
joven del que verdaderamente estaba enamorada. La repentina muerte conmocionó
tanto a su progenitora, que ésta se empeñó en mantener
su belleza intacta, exhibiéndola ante todo el pueblo de Chihuahua.
Un
sábado de 1993, por la tarde, un conjunto “norteño” tocó
más de dos horas frente al aparador, ocasionando el tumulto del
gentío ensimismado por la serenata. Se trataba del encargo de un
admirador de la “Chonita”. Esta y otras muchas historias alrededor de la
misteriosa joven, han llamado la atención de la televisión
Azteca, así como de periódicos del país e internacionales.
Muchas personas acuden a la tienda y los familiares de la antigua dueña
atienden con simpatía a las preguntas sobre la leyenda, siendo una
gran satisfacción que se recuerde a su tía Pascualita.
Regreso
a México
En
septiembre de 1999 volví a Chihuahua, y visité de nuevo “La
Popular”, donde pude obtener nuevas leyendas sobre el supuesto origen del
maniquí. Una de ellas nos habla de que la hija de la Pascualita,
por su mal comportamiento, recibió una “maldición” y fue
embalsamada a fin de preservar su innata belleza física. Los baños
de la “Chonita” se efectuaban cada sábado con champú y una
serie de cuidados propios de cualquier persona. La maquilladora de la figura,
ante el enojo de otras empleadas, acostumbraba a maquillarla exageradamente,
y el excesivo maquillaje acabó por disminuir la imagen natural del
maniquí, que eso sí, portaba los más suntuosos vestidos
diseñados por la misma propietaria.
Algunas
empleadas, y eso lo comprobé personalmente, se niegan en ocasiones
a vestirla, ya que se cambia de traje por las noches. Más de una
trabajadora dejó su empleo ante los supuestos paseos nocturnos o
derramamiento de lágrimas. Las jóvenes que en aquella época
trabajaban en los céntricos comercios, se quejaban de que la mirada
de la “Chonita” les seguía hacia donde iban, y dice la tradición
popular que mirarla fijamente a los ojos en horas nocturnas puede provocar
que su fantasma te acompañe durante un tiempo indefinido: “Mira
sus ojos, tiene las venitas rojas”, nos dicen algunos paseantes
ante el aparador, que se cuidan de mirar a sus espaldas cuando recorren
los alrededores de “La Popular”. Todavía existen también,
ataques de irrespetuosos clientes, que quieren ver hasta dónde llega
la carne del maniquí.
¿Realidad
o ficción?
A la
muerte de la Pascualita, la tienda de trajes para novios fue heredada por
sus sobrinos, que la vendieron después. Contra todo lo que los habitantes
de Chihuahua comentan, se dice que Pascualita Esparza de Pérez procreó
sólo dos hijos (hombre y mujer). Ella falleció a los cuatro
años de edad, ahogada. Los descendientes argumentan que es una “leyenda
bonita, que tiene poca base de realidad”, y les satisface pese
a las agresiones por “irreligiosidad”, que se recuerde a la “Chonita”.
La
verdad podría acercarse más a la evidencia de que el maniquí
fue comprado por su asombroso parecido con Cuca, la hermana de la propietaria,
que confeccionaba los vestidos expuestos en el aparador en una época
donde sólo se conocían las burdas figuras de yeso. Pero la
“Pascualita”, al carecer de la perfección de otras estatutas decorativas,
resalta más su singularidad. Originalmente, la parte superior del
maniquí estaba constituida de cera, y la posterior de malla y pasta.
En la actualidad y a causa de un incendio, sólo se conserva la cara
de la figura, que fue impuesta sobre un cuerpo de yeso. Pero tal vez esto
sea también parte de la leyenda para calmar la ira de los fanáticos
religiosos, y el desconcierto de la ley.
Despidiendo
a la Pascualita
La
noche que debía partir de la ciudad norteña, decidí
despedirme de la enigmática mujer-maniquí, para guardar en
mi memoria su figura y sus ojos. No se encuentra en un museo, sino en una
calle principal, en un comercio de aspecto corriente, junto a otros maniquíes
de novias, con absoluta normalidad. La luz de la luna hace resaltar el
blanco de su vestido y la naturaleza de su aspecto.
Leyenda
o no, es una imagen fascinante, que observada en la nocturnidad, aun sin
conocer la siniestra crónica, produce escalofríos
Notas
añadidas al artículo comentadas personalmente con Kruela
en Noviembre del 2004:
Cuando
estuve en agosto del 2003, el dueño me obsequió con un CD
“El 'corrido' de Pascualita”, después de buscarlo por toda la ciuad
(y parte del estado) sin éxito ya que lo cantaba un grupo norteño
desaparecido. La trama del corrido coindidía con otra versión
que me contó una gente que conocí: Pascualita, de clase acomodada,
se enamoró de un taxista pobre pero su mamá quería
que se casase con un pretendiente rico. Solución: eliminar al taxista.
Según la leyenda así se hizo… se lo cargaron. La madre contrató
a un sicario para asesinar al muchacho. Pascualita, desesperada, se vistió
con su vestido blanco y se fue a la Sierra. Allí se suicidó,
tirándose por un precipicio… La mamá se volvió loca.
Obviamente
esto lo descubrí tiempo después de escribir el artículo
que publicaron en la revista “Límites”. El caso es que decidí
irme a la Sierra Tarahumara. Me monté en un caballo y junto con
un ranchero, cabalgué hasta las cuevas donde habitan los indios.
Aquellos cañones (les llaman “barrancas”) son cuatro veces más
grandes que el Cañón del Colorado. El vaquero no sabía
nada de Pascualita con lo cual yo diría que fue una historia inventada.
No obstante, no me resultó difícil imaginarme a la joven
lanzándose por una de aquellas colosas barrancas… despedazándose
al contacto de las rocas, como en la novela gótica “El monje” de
Matthew G. Lewis.
Muchos
ancianos de Chihuahua aún tratan de hacerte coger miedo relatando
su versión de la leyenda y a juzgar por mis datos empíricos,
la del suicidio está bastante aceptada popularmente. Lo que ocurre
es lo siguiente: de la capital a la Sierra Tarahumara y concretamente a
la “barranca del Cobre” (punto clave de los cañones) viajando en
tren (por maravillosos paisajes), hay unas 9 horas… A no ser que Pascualita
se bajase en “Creel” o alguna estación anterior donde también
hay montañas… Pero varias horas de trayecto no se las quitaba nadie.
Demasiado viajecito para tirarse de un precipio.
Ten
en cuenta que la Sierra Tarahumara está situada en la parte occidental
del enorme estado de Chihuahua y abarca parte del vecino estado de Sinaloa.
Es un lugar frondoso y espectacular, antagónico con el desolado
desierto chihuahuense que limita al norte con la frontera estadounidense;
zona de OVNIS, humanoides, etc… En la Sierra, según me contaron,
hallaron (en las elevadas cuevas) supuestos esqueletos de híbridos
entre extraterrestres e indias tarahumara, además de ser también
área de OVNIS y chupacabras.
Otros
datos que descubrí son que la propietaria de la tienda sólo
tuvo dos hijos, niño y niña. La cría falleció
a los cuatro años ahogada. Eso no quita que algunas dependientas
afirmen (lo comprobé) que hayan visto lágrimas en el intrigante
rostro del maniquí o sentir su presencia espectral. Y claro, qué
él mismo se mudaba de atavíos. Te aseguro que mirarla a la
cara sugestiona, pese a los cambios estéticos que ha sufrido con
los años. Los ojos son de cristal y pestañas, pelo y cejas
han sido reemplazados pero todavía conserva su halo espectral.
Me
contaba el actual dueño que no paran de acudir escolares para ver
la Leyenda en su inmortal hábitat… De hecho no es fácil hacerse
una foto en momentos concurridos porque se llena el escaparate de curiosos.
Está prohibido hacerse la instantánea dentro, junto a la
Pascualita, pero a mí me dejaron. Eso sí, no la toqué.
©
Jordi
Guasch
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sin consentimiento del autor.
Entrevista
a Jordi Guasch